sábado, 9 de abril de 2016

(Dis) Culpando

Ha pasado mucho tiempo, y sin embargo, recuerdo aquella mañana con la sólida nitidez del día de ayer. Bien dicen que los recuerdos se sostienen en las emociones, son marcas que nos quedan impresas en el alma con la tinta de la alegría, o del dolor, o del sobresalto, o de tantas y tantas otras posibilidades.
La anécdota inicial no parece reportar mayor importancia. Una mañana en un liceo, una clase que finaliza en la primera hora con una somnolencia generalizada, una profe correcta y cumplidora, excesivamente detallista y con cierto grado superlativo de autoconcepto. Jóvenes que atienden en mayor o menor grado, aletargados en una adolescencia que se expresa en  el inicio de la jornada. Todo hubiera sido como siempre. El rayo de sol colándose por una ventana, los bancos dispuestos geométricamente uno detrás del otro, el escritorio de la profe presidiendo esa sala, esos jóvenes  y esa profe…
Hasta no hace muchos años algunos objetos que eran necesarios para estudiar ciertas asignaturas tenían un alto valor económico.  Las calculadoras científicas por ejemplo, eran preciados y necesarios elementos, imprescindibles para las clases de ciencias físicas o matemáticas. No todas las familias podían acceder así que como con tantas otras cosas, procedíamos a compartir. Si el liceo podía, armaba la “caja viajera”, una caja con varios de estos preciados materiales que iba y venía del aula al escritorio de la dirección, permitiendo que los estudiantes pudieran usar en la clase los objetos necesarios. Más allá de esto, surgía el préstamo que naturalmente se instalaba entre unos y otros cotidianamente, para ayudar a resolver las situaciones y que tanto tiene que ver con la enseñanza natural de algunos valores humanos.
Sebastián y Germán son muy amigos. Habitualmente comparten materiales y se acompañan en las distintas instancias. La amistad en la adolescencia tiene una fortaleza mágica, única, propia de ese tiempo de la vida en que se construyen complicidades que la mayoría de las veces, duran para siempre. Suele ser de tanto vigor, que aún cuando el vértigo de la vida se interpone y como adultos las personas no puedan sostener la frecuencia de un vínculo presencial, los reencuentros son de una frescura que parece no advertir el tiempo sucedido entre un evento de reunión y el siguiente.
La confianza entre ellos era completa, así que era bastante incomprensible que al finalizar la clase, y al no quedar nadie más en el salón que los dos amigos y la profe, Sebastián constatara que le desapareció la calculadora científica que recién Germán le había devuelto y que estaba arriba del escritorio. ¿Cómo podía haber ocurrido esto? ¿Magia? Germán no le iba a mentir, ¿verdad? Debía haber una explicación lógica pero no se daba cuenta cuál era
La profe, sin embargo, enseguida construyó una hipótesis culpabilizadora. Frente a la mirada perpleja de los dos jóvenes, interpeló a Germán reclamándole que devolviera el objeto. Germán quedó pálido y mudo, invadido por una sensación desesperada. Algo se había desencadenado súbitamente que él no llegaba a comprender. Juraba haber dejado la calculadora en la mesa de Seba, juraba haberla devuelto, juraba no quedarse nunca con nada que no le perteneciera, juraba ser honesto y Seba le creía, era su amigo, pero no llegaba a comprender lo sucedido. En cambio la profe, ya en los minutos finales del recreo, hizo llamar a la Adscripta, increpó nuevamente a Germán delante de ella y decidió  por su cuenta que había dos opciones: o Germán había mentido y nunca había puesto en la mesa de Seba la calculadora o la había puesto y retirado inmediatamente. El responsable de todas las opciones siempre era Germán.
No seguiré contando detalles del vejamen al que a veces algunos humanos someten a otro sin pruebas. Tampoco abundaré en la profunda incapacidad de problematización sobre la realidad que tienen algunas personas que se contentan con la adjudicación de responsabilidades a quien impresiona como más evidentemente responsable, sin hacer un análisis de las condiciones y características de la situación. Siempre me impresionó la existencia de humanos que  simplemente no piensan el daño que pueden infligirle a un semejante, acusándolo de un acto que no ha sido comprobado. Algunas personas, dominadas por su ego, se creen las dueñas de la verdad, se consideran  portadoras de todo el saber del universo por eso se sienten libres de achacar responsabilidades y culpas.  Hay un agravante ineludible a todo esto y es  que  esos seres humanos además sean de profesión,  docentes, porque desde nuestro rol, como referentes, debemos ser particularmente cuidadosos y abrir con certeza todos los mecanismos para llegar  a la verdad sin adjudicar responsabilidades anticipadamente y gestar dolores difíciles de ser cicatrizados.
La anécdota insólita tiene un final insólito. Cuando Sebastián fue a la clase de Dibujo,  -Germán ya no estaba en el liceo porque se había descompuesto de la angustia- ,  sintió al sacar la tabla de dibujo de la cubierta protectora que algo más pesado se desplazaba hacia abajo. Allí estaba la calculadora. Seguramente se había deslizado por la mesa y como la tabla estaba apoyada en forma vertical contra el banco de Seba, el espesor tan pequeño de la objeto permitió el deslizamiento para que entrara justito en el escasísimo espacio.


A veces la casualidad conspira inesperadamente. Por eso tenemos que ser cautos y recordar que no debemos imputar a nadie acciones para las que no existe una prueba fehaciente. Nadie debe hacerlo, pero mucho menos alguien que se precie de ser profesor. Esa es la diferencia entre un experto en el conocimiento de una asignatura y un profe. Un profe cuida el alma del otro,  hace de su alma un alma compañera. No juzga anticipadamente,  respeta los tiempos, recoge las pruebas y si comprueba, entonces actúa para hacer reaccionar al  que cometió el error y ayudarlo a recomponer el daño.  Ser profesor es estar siempre construyendo el camino para gestar el encuentro con los otros, aceptando sus características, disfrutando sus diferencias, respetando a todos. Ser profesor es ser portador del Eros…

6 comentarios:

  1. Hay una linea muy fina entre lo que fué... y lo que pudo haber sido.

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  2. Claro... Por eso son tan necesarias la calma y la cautela y tan inaceptables la culpabilización injustificada

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  3. A buen entendedor pocas palabras bastan

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  4. muy buen artículo, debería estar en la sala de profesores de todos los liceos

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