Ha pasado mucho tiempo, y sin embargo, recuerdo aquella
mañana con la sólida nitidez del día de ayer. Bien dicen que los recuerdos se
sostienen en las emociones, son marcas que nos quedan impresas en el alma con
la tinta de la alegría, o del dolor, o del sobresalto, o de tantas y tantas
otras posibilidades.
La anécdota inicial no parece reportar mayor importancia.
Una mañana en un liceo, una clase que finaliza en la primera hora con una
somnolencia generalizada, una profe correcta y cumplidora, excesivamente
detallista y con cierto grado superlativo de autoconcepto. Jóvenes que atienden
en mayor o menor grado, aletargados en una adolescencia que se expresa en el inicio de la jornada. Todo hubiera sido
como siempre. El rayo de sol colándose por una ventana, los bancos dispuestos
geométricamente uno detrás del otro, el escritorio de la profe presidiendo esa
sala, esos jóvenes y esa profe…
Hasta no hace muchos años algunos objetos que eran necesarios
para estudiar ciertas asignaturas tenían un alto valor económico. Las calculadoras científicas por ejemplo,
eran preciados y necesarios elementos, imprescindibles para las clases de
ciencias físicas o matemáticas. No todas las familias podían acceder así que
como con tantas otras cosas, procedíamos a compartir. Si el liceo podía, armaba
la “caja viajera”, una caja con varios de estos preciados materiales que iba y
venía del aula al escritorio de la dirección, permitiendo que los estudiantes
pudieran usar en la clase los objetos necesarios. Más allá de esto, surgía el
préstamo que naturalmente se instalaba entre unos y otros cotidianamente, para
ayudar a resolver las situaciones y que tanto tiene que ver con la enseñanza
natural de algunos valores humanos.
Sebastián y Germán son muy amigos. Habitualmente comparten
materiales y se acompañan en las distintas instancias. La amistad en la
adolescencia tiene una fortaleza mágica, única, propia de ese tiempo de la vida
en que se construyen complicidades que la mayoría de las veces, duran para
siempre. Suele ser de tanto vigor, que aún cuando el vértigo de la vida se
interpone y como adultos las personas no puedan sostener la frecuencia de un
vínculo presencial, los reencuentros son de una frescura que parece no advertir
el tiempo sucedido entre un evento de reunión y el siguiente.
La confianza entre ellos era completa, así que era bastante
incomprensible que al finalizar la clase, y al no quedar nadie más en el salón
que los dos amigos y la profe, Sebastián constatara que le desapareció la
calculadora científica que recién Germán le había devuelto y que estaba arriba
del escritorio. ¿Cómo podía haber ocurrido esto? ¿Magia? Germán no le iba a
mentir, ¿verdad? Debía haber una explicación lógica pero no se daba cuenta cuál
era
La profe, sin embargo, enseguida construyó una hipótesis
culpabilizadora. Frente a la mirada perpleja de los dos jóvenes, interpeló a
Germán reclamándole que devolviera el objeto. Germán quedó pálido y mudo, invadido
por una sensación desesperada. Algo se había desencadenado súbitamente que él no
llegaba a comprender. Juraba haber dejado la calculadora en la mesa de Seba,
juraba haberla devuelto, juraba no quedarse nunca con nada que no le
perteneciera, juraba ser honesto y Seba le creía, era su amigo, pero no llegaba
a comprender lo sucedido. En cambio la profe, ya en los minutos finales del
recreo, hizo llamar a la Adscripta, increpó nuevamente a Germán delante de ella
y decidió por su cuenta que había dos
opciones: o Germán había mentido y nunca había puesto en la mesa de Seba la
calculadora o la había puesto y retirado inmediatamente. El responsable de
todas las opciones siempre era Germán.
No seguiré contando detalles del vejamen al que a veces
algunos humanos someten a otro sin pruebas. Tampoco abundaré en la profunda incapacidad
de problematización sobre la realidad que tienen algunas personas que se
contentan con la adjudicación de responsabilidades a quien impresiona como más
evidentemente responsable, sin hacer un análisis de las condiciones y
características de la situación. Siempre me impresionó la existencia de humanos
que simplemente no piensan el daño que
pueden infligirle a un semejante, acusándolo de un acto que no ha sido
comprobado. Algunas personas, dominadas por su ego, se creen las dueñas de la
verdad, se consideran portadoras de todo
el saber del universo por eso se sienten libres de achacar responsabilidades y
culpas. Hay un agravante ineludible a todo
esto y es que esos seres humanos además sean de profesión, docentes, porque desde nuestro rol, como
referentes, debemos ser particularmente cuidadosos y abrir con certeza todos
los mecanismos para llegar a la verdad
sin adjudicar responsabilidades anticipadamente y gestar dolores difíciles de
ser cicatrizados.
La anécdota insólita tiene un final insólito. Cuando
Sebastián fue a la clase de Dibujo, -Germán ya no estaba en el liceo porque se
había descompuesto de la angustia- , sintió
al sacar la tabla de dibujo de la cubierta protectora que algo más pesado se
desplazaba hacia abajo. Allí estaba la calculadora. Seguramente se había
deslizado por la mesa y como la tabla estaba apoyada en forma vertical contra
el banco de Seba, el espesor tan pequeño de la objeto permitió el deslizamiento
para que entrara justito en el escasísimo espacio.
A veces la casualidad conspira inesperadamente. Por eso
tenemos que ser cautos y recordar que no debemos imputar a nadie acciones para
las que no existe una prueba fehaciente. Nadie debe hacerlo, pero mucho menos
alguien que se precie de ser profesor. Esa es la diferencia entre un experto en
el conocimiento de una asignatura y un profe. Un profe cuida el alma del otro, hace de su alma un alma compañera. No juzga
anticipadamente, respeta los tiempos,
recoge las pruebas y si comprueba, entonces actúa para hacer reaccionar al que cometió el error y ayudarlo a recomponer
el daño. Ser profesor es estar siempre
construyendo el camino para gestar el encuentro con los otros, aceptando sus
características, disfrutando sus diferencias, respetando a todos. Ser profesor
es ser portador del Eros…
Hay una linea muy fina entre lo que fué... y lo que pudo haber sido.
ResponderEliminarClaro... Por eso son tan necesarias la calma y la cautela y tan inaceptables la culpabilización injustificada
ResponderEliminarA buen entendedor pocas palabras bastan
ResponderEliminarAsí es...
Eliminarmuy buen artículo, debería estar en la sala de profesores de todos los liceos
ResponderEliminarMil gracias!!!!
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