Salimos de Tres Cruces un poco antes de las seis de la mañana, con los ojos chiquitos,
casi pegaditos por el sueño pero con muchas ganas de ver en las tierras de
Tacuarembó algunas pruebas confirmatorias de que educar vale la pena y que la polifonía
puede ser una realidad. Salimos juntas, como tantas otras veces, cada una con
su caudal de sueños a cuestas, Reyna,
Nelly y yo. Cada una con su historia propia en su mochila,- pero portando la
mochila común de los sueños y las convicciones compartidas-.
Nos esperaba un salón poblado de jóvenes y docentes, de vecinos
y miembros de la sociedad civil pertenecientes a los trece liceos del
departamento. El evento fue vigorosamente convocado por Leticia, la Referente del
Espacio de Participación, que cálida y firme tiende su mano tierna a cuantos
van llegando, inclusive a nosotras. Y se para con la fuerza sólida de quien viene sostenido por la tarea
previa, aportando conceptos, promoviendo redes, provocando acciones. Y nos
envuelve, nos involucra y también, por momentos, su discurso nos
emociona.
Reyna saca una y otra vez a relucir su calidad de orientadora técnica,
y nos enseña reglamentos, artículos,
circulares, en fin, normas, esas que tantas veces nos cuesta cumplir porque nos
constriñen pero que también garantizan nuestros derechos, en tanto que Nelly abre el abanico de su experiencia y pregunta
con acierto, completa ideas mientras paga pasajes, confirma datos y se asegura
que todo esté en orden…Yo me conmuevo con este vértigo de ideas y reclamos, de
alegría y preocupación, de sabiduría y exploración que este espacio me propone.
Pero nada me conmueve más que lo que al final me dice Heber.
Heber López es un alumno del liceo de Tambores. Vino con otra
compañera y con un profe sereno que plantea un interesante trabajo sobre violencia
de género. Cualquier observador desprevenido podría pensar a primera vista, que
Heber tiene más edad que la que verdaderamente tiene, por el porte robusto, la
barba, pero sobre todo por el vocabulario que usa, el tono de su voz, el elegante
y adecuado uso de las pausas. Su discurso
impresiona. El afirma que a
medida que los alumnos circulan por el
liceo, van perdiendo a los padres. Heber participa junto a su profe con una
solidez de tal magnitud que bien podría pensarse que es un profe y no un alumno.
Llama la atención sobre todo su tono, su
seguridad, el volumen adecuado de su voz, que convoca la atención de los
presentes en el amplio salón que se silencia para darle paso.
Cuando todo termina y van saliendo, nosotras tres -Reyna, Nelly
yo-, quedamos casi en fila antecediendo la puerta para dar los besos de despedida como en los cortejos
que se hacían en los cumpleaños de quince de antaño. Al acercarse Heber, me atrevo a preguntarle en qué año está
-En sexto, me dice, y yo agrego
-Qué bueno y por supuesto que vas a seguir estudiando, le digo.
Si, me dice con la firmeza que da una decisión ya acuñada hace
tiempo, -Voy a ser cura.
Yo exhalo un Ahhh, de sorpresa, porque me resultó inesperado el
rumbo y él inmediatamente agrega:
-Yo sabía que en algún momento me iba a cruzar con gente como
ustedes que sabe que un liceo es mucho más que una fábrica para hacer trabajadores.
No olvidaré jamás esas palabras. Muchas veces vienen a mi cabeza
una y otra vez, cuando en la
problematización sobre el sentido de la educación en la vida del ser humano,
caemos en la tentación de pensar en el trabajo como actividad que ocupa la
mayor parte del tiempo de la vida. Es intensamente cimbroneador escuchar a un
joven que reclama el lugar de la educación como una oportunidad para el desarrollo completo de lo humano… A no
olvidarlo…