domingo, 12 de febrero de 2017

Torturante


Durante los trece años que fui Directora del liceo 30 solía repartir mi horario entre la mañana y la tarde. Los días que iba de mañana, lo hacía muy temprano porque siempre gocé del placer inmenso de acudir al comienzo del día como quien observa en forma privilegiada el inicio del mundo, y los días que iba de tarde, me quedaba hasta el final en la búsqueda del  mismo placer, pero en sentido inverso:  ver detenerse la vida.
Las mañanas eran hermosas. Llegaba cuando era de noche aún e iba observando cómo la inmensa explanada de acceso al liceo se iba poblando de jóvenes. El lugar estratégico del edificio liceal, me permitió siempre tener el panorama de acceso de profes y chiquilines. Algunos llegaban desde la calle Rivera, con paso cansino atravesando la inmensa avenida y el predio verde que se encuentra frente al local, otros en cambio, llegaban desde el costado y aparecían como de golpe, los veía cuando iban subiendo la escalera lateral. Muchos padres acompañaban a sus hijos, sobre todo durante el invierno en que la noche aún puebla el mundo y todo parece borroso y difícil de ser afrontado. Recuerdo claramente que aún en los días más oscuros, ni bien sonaba el timbre y los chiquilines ingresaban, se hacía la luz, aparecía el día y se inauguraba una nueva instancia del mundo que nos acoge con todas las promesas de lo que está por ocurrir.
Así es que era bastante natural para mi  observar cómo entre otras madres y padres,  la mamá de Joaquín lo acompañaba cada mañana. Sin embargo, me llamó mucho la atención que en  un momento del año la presencia de la madre de nuestro alumno se hizo persistente más allá del horario de ingreso al liceo. Permanecía en los alrededores del edificio disimulando con el perro que llevaba por la correa, miraba hacia el liceo con cierto recelo, de reojo, como buscando conocer algo que parecía escondido. Más que su presencia, me llamaba la atención su actitud.  Yo al principio pensé que podía deberse al cambio que los chicos tienen en la adolescencia. Los adultos, particularmente los padres, vivimos con mucha preocupación estos nuevos modos de estar en el mundo de los chicos cuando dejan la niñez y comienzan a ingresar en la nueva etapa. Contestan de otro modo, son desafiantes, airosos e interpelantes, cambian físicamente y también cambian sus modos de vestir, de hablar, en fin, de vivir. A los padres, nos cuestan estos cambios y también nos atemorizan. Nos da miedo que se nos descarrilen y la verdad es que en general, sufrimos mucho.  A los profes, no nos pasa esto con nuestros alumnos. Ya los recibimos en la edad del cambio y estamos preparados para vivirlo pero con los hijos, -aunque seamos profes- no hay preparación que valga.
Un día, después de casi un mes de verla en los alrededores a horas poco frecuentes, decidí salir del liceo, acercarme y preguntarle si le pasaba algo, si quería compartir alguna preocupación. Ella titubeó pero en seguida negó tener preocupación alguna. Me dijo que había cambiado el horario de trabajo y que pasaba la mañana disfrutando para que el perro no estuviera encerrado todo el día. Yo no insistí más allá del comentario. Suelo dejar una oreja disponible para quien me quiera contar lo que le pasa pero no insisto en averiguar lo que el otro, por la razón que sea no quiere contarme. Hasta que un día, se develó el secreto y conocí lo que estaba pasando. Recuerdo el estupor inicial y el temblequeo que me entró en el cuerpo y el esfuerzo que hice por controlarlo porque necesitaba pensar qué hacer, cómo hacerlo y cuándo. Era muy inesperado para mi, de verdad. Me invadió la sorpresa, hubiera esperado cualquier otra cosa menos eso.
Por ese tiempo y desde hacía poco más de un año, había llegado al liceo un profesor de Matemáticas para segundo año. Era un veterano delgado, de cabello muy corto y prolijo, algo rígido de más pero especialmente cumplidor con los horarios, la asistencia y todo lo que estaba establecido como norma que debía ser respetada. En general, se llevaba bien con los chicos. Me había llamado la atención que en algunas ocasiones en que realizábamos actividades para todos los estudiantes y profes del nivel,  a él le costaba ingresar en la dinámica grupal. Se preocupaba por cumplir con lo que le correspondía con la porción de jóvenes que le habíamos asignado pero no seguía el ritmo colectivo. El mundo para él, empezaba y terminaba en las acciones que él debía implementar y si los demás no llegaban a culminar no los ayudaba. Me acuerdo particularmente un día en que definimos realizar una jornada para lijar los bancos y acondicionar cada salón de clase y él pretendía irse antes porque los suyos ya habían terminado. No estaba dispuesto a colaborar con nada más allá de lo que se le había solicitado que cumpliera, por lo que conversar con él de solidaridad y compromiso colectivo era de verdad, muy difícil.
Aquella ventosa mañana ocurrió algo cuya razón no puedo explicar. Suelo tener buena memoria, per o en este caso y por más que me esfuerce, solo recuerdo el escalofrío que me provocó la voz de la mamá de Joaquín cuando me vino a visitar y empezó a contarme su historia. Me contó sobre el tiempo en que estuvo en prisión durante la dictadura. Descubrí en el relato, aunque parezca mentira, cierta alegría relacionada con los lazos generados con las otras mujeres que eran sus compañeras. Me habló largamente del tiempo de dolor y de tortura a la que en forma despiadada eran sometidas, y, advertí cómo tenía las sensaciones claras, de lo que se oía y lo poco que se veía en aquellos momentos de capucha y traslados forzosos de un lado a otro del establecimiento penal. El relato iba y venía en el tiempo. Va y viene en las sensaciones y en el dolor, aún hoy, para mi….
No pasó mucho rato hasta que me dijo que una mañana había venido a consultar sobre la forma de justificar las inasistencias de su hijo al liceo. Estando ella ahí, el profesor entró en la adscripción y pidió un borrador. Aquella voz… aquella voz la remontó inexorablemente a aquellos tiempos en la cárcel… aquella voz estaba cargada de cotidianeidad para ella, era el tono y el modo de hablar, era el pasado que venía de un lugar muy distinto al liceo y sin embargo, dentro del liceo se hacía actual. Aquel supuesto profesor de Matemática, era probablemente uno de sus torturadores. ¿Qué se puede decir ante semejante monstruosidad? ¿Qué se puede decir ante semejante sospecha, probablemente verdadera, que liga a un docente con un pasado tan tenebroso? ¿Qué hacer y cómo?
Me acuerdo que cuando ella se fue, traté de reponerme porque había quedado devastada. Entonces, lo llamé. Le pregunté cómo estaba y mientras hablaba con él, observaba sus reacciones. Rabia y asco me invadieron. Tenía que controlarme… Le dije que estaba haciendo un relevamiento de los estudios y habilidades desarrolladas por los profesores para armar un proyecto de formación en las coordinaciones aprovechando la formación y experiencia del propio plantel docente que tenía el liceo, por lo tanto, precisaba saber qué había hecho antes, dónde se había desempeñado. Creo que empezó a sospechar en ese instante. Empezó a darme referencias de otros liceos y cuando entró una adscripta a hacer una pregunta, desapareció.
No lo vi más. Pidió licencia y nunca más volvió a trabajar. Creo que nunca más tomó horas porque  aunque hicimos la denuncia, sé que nunca lo juzgaron porque no había pruebas suficientes. Sé que sigue vivito y coleando, pero al menos, no paseará más su impunidad por las aulas uruguayas.


viernes, 10 de febrero de 2017

Apuñaditas



La escritora española Nuria Varela suele decir que vivimos en la sociedad del simulacro, una sociedad que sostiene falsedades como verdades indiscutibles porque constituyen un discurso políticamente correcto. Entre esas falsedades, una de las más difundidas es que  todo el mundo quiere la igualdad. Es una sociedad tan simuladora, que está habituada a la gimnasia de mantener un discurso correcto, respetuoso de los DDHH,  aunque las acciones que se llevan adelante en el escenario social real vayan a contramarcha de lo dicho.

En muchas ocasiones es una falsedad consciente, algunas personas saben que dicen algo en lo que no creen y que no regirá sus acciones, pero en otros casos, hay una inconsciencia real. Nos referimos a esas situaciones en las que se suele tener convencimiento que se está defendiendo la igualdad, pero se actúa de un modo natural, impensado, llevando adelante comportamientos exclusores en forma espontánea en consonancia con la condición cultural patriarcal que nos caracteriza como sociedad. Son muchos los casos en que los  micromachismos se expresan en acciones comunes de la vida cotidiana.
En la sociedad del simulacro, sin embargo, hay instantes en que se dispara por parte de alguno de sus miembros un chispazo de sinceridad, que muchas veces es casi un “sincericidio”.

Sin duda, los dichos del actual Intendente de Durazno y ex Legislador, realizados días pasados con respecto a la posibilidad de fijar una cuota de participación de las mujeres en la política, deja al descubierto cuánto irrita en algunos casos que las mujeres reclamemos espacios de participación. El tema volvió a estar en el tapete, y en este punto necesitamos ser sinceras, si tuviésemos que contestar a secas sobre la Ley que fija la cuota para la participación política de las mujeres, diríamos que no estamos de acuerdo. Creemos que cada persona debe ganarse el lugar que le corresponde acorde a su capacidad, a sus méritos, a sus condiciones, a su formación.
Sin embargo, también creemos que para poder demostrar esa capacidad o formación específica, hay que tener chance y para que haya chance debe haber un espacio a ser habitado. De lo contrario, caemos en la simplicidad o en la falacia de la meritocracia que tan presente está en la sociedad del simulacro,  y que tanto daño hace a la hora de encubrir las desigualdades reinantes.

Por ello la ley que fija la cuota de participación de mujeres en política es hoy imprescindible, pues poco podrá mostrarse de la buena capacidad y condición de las mujeres si no hay oportunidad para que esto ocurra. Al menos, deberá sostenerse el tiempo necesario que permita desnaturalizar que algunos espacios son privativos de los hombres.

La sociedad patriarcal, sin lugar a dudas, tiene un hábito de reparto de funciones hacia los componentes masculinos en forma automática basado en el androcentrismo. Es un hábito que viene disimulado últimamente por algunas pocas concesiones a algunas mujeres, porque la sociedad, aquella sociedad del simulacro, necesita algunas pinceladas correctas de barniz para sobrevivir. Pero como se niega invariablemente con las acciones lo que se asume con la palabra, a la hora de la verdad, los cargos más importantes suelen detentarlos los hombres, a quienes les alcanza su mera condición de tales, a los que, muchas veces, no se les requerirá ninguna característica especial para lograrlo.

Entonces, cuando las mujeres salimos a la calle a luchar por nuestros derechos bajo las más variadas formas, molestamos.  Molesta la sed de rebeldía, el afán de desnaturalización de lo que ya no estamos dispuestas a soportar. 
Desconocer nuestra lucha es negar que tenemos motivos particulares para preocuparnos por lo que vivimos cotidianamente. Como si el hecho de que – si seguimos al ritmo que vamos hoy-nos va a costar 115 años cerrar la brecha salarial de género, o que nos inunde el acoso callejero, o que las tareas domésticas y de cuidado sean una responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, o que a pesar de mayor formación casi no ocupemos cargos de dirección, o que 7 de cada 10 mujeres hayan vivido violencia basada en género en algún momento de sus vidas, o que Uruguay sea el país con mayor tasa de feminicidios en la región, fueran todas paranoias de un grupito que intenta “dominar” al sistema. Pues además de las desigualdades y complejidades a las que estamos sujetos todos y todas, nosotras tenemos que enfrentar otros obstáculos. Muchos de ellos invisibles y naturalizados, por tanto, ridiculizados y menospreciados

Entonces el nerviosismo de algunos brota y se expresa con diminutivos peyorativos –“puñadito”- para dar a entender que unas pocas mujeres sueltas, que tienen un afán dominador están enunciándose y por lo tanto no deberán ser consideradas. Algunas veces la sociedad del simulacro se ve sacudida por la expresión virulenta de alguno de sus miembros que olvida la simulación y dice la verdad sentida, que lo atemoriza, que le provoca pensar en un futuro donde no todo esté resuelto entre hombres que ser reparten la torta.
Pero… ¿qué pasa si además se constata que las que parecían “pocas” no son tales, y que encima , no son solo integrantes del género femenino, sino que están acompañadas por algunos hombres que SÍ estarían dispuestos a participar sin fingimientos para que esta porción de mujeres lleven adelante un reclamo que creen lícito?

Si hay algo de lo que estamos convencidas, es que la lucha no debe ser nunca una lucha en soledad. Tenemos que dejar ser parte de ella a todos y todas los que quieran pelearla en cada trinchera con nosotras, para que la sociedad tenga más de coherente y consecuente que de simuladora, y deje de una vez de perpetuar las complicidades y el silencio que alimentan la impunidad.

Por eso elegimos apuñar, agarrar con toda nuestra fuerza esta lucha y sujetarla en nuestras manos.
Es nuestra.

Apuñamos porque estamos trabajando incansablemente para que no se caiga lo que traemos, para que no se desmorone lo que hemos logrado, gritando, gritando en todos los sentidos posibles, pues ya no queremos ser más invisibles y no permitiremos quedarnos, como diría el tango, con la “ñata contra el vidrio” mirando lo que está más allá del techo de cristal, sintiendo que muchas veces, se convierte en un techo de mármol. 


(Este texto fue publicado en el Semanario Voces el jueves 9 de febrero de 2017)

                                             Lic. Mariana Chiquiar
                                             Prof. Celsa Puente