martes, 24 de marzo de 2020

Educar… aún cuando el mundo esté llenito de coronavirus.

@PuenteCelsa

Es domingo y el día recién comienza. Al silencio de todos los días, habitual a estas horas del inicio   del mundo, se suma el silencio natural del domingo. Es mi sexto día de aislamiento voluntario y el sol que entra por la ventana me recuerda que vale la pena estar aquí y que es necesario el esfuerzo del encierro porque hay otros soles pendientes en el futuro, otras luces que albergarán más vida.

Es un encierro peculiar, con el privilegio de grandes ventanas que no solo me traen la alegría del hibisco rojo del jardín, siempre desbordante de flores, y del verde que en sus múltiples matices sigue latiendo vida desde todos los espacios exteriores de mi casa. Como casi todos los habitantes de este tiempo, tengo además ventanas virtuales al mundo, un beneficio adicional que en otros momentos de la historia y en otras pestes, era impensable.

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras toman a las gentes siempre desprevenidas” dice Albert Camus desde “La Peste”, uno de los tantos textos que estamos recorriendo por estos días. La literatura da cuenta de que la guerra y la peste es una constante periódica en la historia de la humanidad y que casi siempre, a pesar de los tiempos diversos, de los hábitos y costumbres, nos hace reaccionar de maneras similares. Quizás cierto sentido de omnipotencia nos permite presumir que no nos tocará. En principio, albergamos la idea de que la peste es en otro lado, demasiado lejano. China es, en este caso,  ese extraño y exótico país que a nuestros ojos aparece como absolutamente remoto, del lado opuesto del planeta. También cierta presunción de ominipotencia personal se pone en juego cuando al confirmar la llegada del virus al país, -evidencia indiscutible de  que no hay lejanía posible que logre exonerar a nuestro territorio-, muchos siguen sintiendo que no será a nosotros a quienes ataque: “(…) hay quienes tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo”, dice Camús. Hay también quienes niegan lo que pasa y hacen como si el virus no existiera o disminuyen su importancia aún cuando el riesgo es inmenso y en muchos casos  tenga consecuencias irreparables

Pero vuelvo a las ventanas virtuales. Esos pequeños resquicios  que se abren al mundo desde nuestros dispositivos electrónicos y nos permiten correr visillos, mirar al otro, entrar en diálogo más allá del tiempo y del espacio, contactarnos, discutir y solazarnos en el encuentro. En estos tiempos de aislamiento social, han aparecido incluso los que habitualmente no habitan tan naturalmente este espacio, y vamos descubriendo presentaciones de artistas desde los recintos de sus propios hogares, lectura de poesía, obras de teatro, conciertos y canciones. También aparecieron los grandes poetas de todos los tiempos: los docentes. Esos maestros y profes que a fuerza de encarar la vida con toda la energía, siempre y desde siempre, van inventando modos de llegar a nuestros estudiantes. Así que en medio del arte, el arte educativo de llegar al otro se va poniendo a la orden del día y circulan videos por las redes con profes que nos enseñan a hacer ecuaciones de segundo grado, escuchamos audios que nos dan indicaciones acerca de cómo escribir un texto, visualizamos una práctica de laboratorio de ciencias a través de una animación o ingresamos con nuestros niños y adolescentes a las plataformas virtuales para hacer los ejercicios del día.

Las ansiedades iniciales detectadas frente a la suspensión de las clases pudieron disminuirse con estos contactos. Proliferan los grupos de whats app y de Facebook, de Instagram y de cualquier otra red que pueda estar disponible y sea de acceso frecuente y sencillo. Algunos profes me han contado que lo inicial ha sido darles confianza a ellos y a  sus familias, y que en el fragor del encuentro, durante los primeros días los contactos eran tan frecuentes que  ha surgido la necesidad de establecer horarios para que no se convierta en  una demanda de día completo. Es cierto que la sobrecarga para chicos y grandes,  puede obturar el encuentro, saturar la alegría inicial y despojarnos del sentido de estar. Lo cierto es que es necesario establecer que más  allá de los contenidos siempre valiosos que se  intercambian, está el sostén humano. Profes y maestros  saben cuán necesario es estar disponible, identificar a los estudiantes con el mensaje de empatía necesario para tranquilizar los ánimos y sostener la espera del aislamiento para una generación de jóvenes que está acostumbrada a la inmediatez, a que no hay tiempos de deseo porque todo parece poder lograrse a un solo click, a no aburrirse… “La paciencia es la ciencia de la paz , de la paz interior”  decía con acierto el escritor Enrique Barrios. La paciencia es escasa en nuestro tiempo, no es un bien que cultivemos y  sin embargo, resulta ser un bien fundamental para el desarrollo humano interior.

 Así que sin preverlo, sin permiso, ni aviso,  sin advertirlo,  se desató un escenario absolutamente inesperado. Simplemente surgió e irrumpió  sin planificación posible y provocó  la suspensión presencial de los cursos.  Pero en este retazo del mundo, Uruguay, mi país,  hay un desarrollo tecnológico previo, y una ruta anterior llamada Plan Ceibal. Nuestra maleta ya venía bien equipada, y muchas   propuestas que hoy estamos ofreciendo para todos ya habían sido usadas con anticipación para dar cabida a la diversidad, esos jóvenes que habitan nuestros centros educativos y necesitan atenciones especiales.
Con fuerza inusitada se  desencandena este hilván de voces, videos, acciones, propuestas, presencias no materiales que indican que educar es  asumir la adversidad como un desafío y encender la creatividad. Educar será siempre acercarnos al otro para darle hospitalariamente la bienvenida al mundo… aún cuando el mundo este llenito de cornavirus.