miércoles, 25 de enero de 2017

(in) Dignidad



Cada vez que circulo por la rambla y paso por la curvita a la altura del Buceo, me asalta en forma espontánea, -sin proponérmelo, pero también sin poder evitarlo-, la imagen de aquella familia. Es que los vi tantas, tantas veces al atardecer cumplir aquel ritual maléfico, que no puedo sacar de mi mente y mi corazón aquella reiteración constante de estampas casi idénticas que se sucedían cada puesta del sol durante el verano.  Cambiaban los colores del fondo, pero las figuras y sus acciones eran las mismas.

Eran dos hermanos varones, -que se llevaban muy poquitos años entre si-, la pareja aparentemente de padres y aquella delgadita y triste adolescente, que luego devino joven y que no hacía más que servir al resto de la familia. Ellos subían desde la playa, cada tarde que iba llegando a su fin en medio de los colores matizados del sol poniente, y la silueta de ella, esmirriada y desganada se recortaba contra el crisol, mientras se desplazaba en forma constante, casi haciendo un surco,  de la orilla al murito de la rambla, arrastrando el balde con agua. La aguardaban impertérritos cada uno de los miembros de su familia. La primera vez me quedé estupefacta, pero bien dicen que las cosas a fuerza de repetirse se van volviendo naturales, y así fue también,  tristemente para mí. El recuerdo no me exonera de haber sido también cómplice silencioso de aquella muestra de servidumbre que se repetía como si una obligación inexcusable, casi como si un designio de los dioses  le hubiera conferido realizar aquella tarea in eternum.

Cada verano culmina con el inicio del año lectivo. Es un tiempo de movimientos, de descubrimientos, de mucha ilusión. Llegan nuestros nuevos alumnos, sus hábitos, sus intereses, sus posiblidades y nuestra creatividad para forjar ocasiones acordes a todos ellos, asegurándonos que aprendan. Desde los primeros días de aquel año 2002, entre los recién llegados, se destacó un estudiante de tono particularmente despectivo. Los profesores se sorprendieron por el modo burlón, especialmente dirigido a las compañeras a quienes prepoteaba en forma persistente y de quienes se burlaba insidiosamente. Comenzamos a indagar sobre su situación en los antecedentes escolares y en los datos que contenía la ficha. De las conversaciones que tuvimos con Daniel, -portador de un aire de superioridad preeminente-, se desprendía claramente  una mirada machista del mundo. De acuerdo a su relato, las compañeras eran unas exageradas, las profesoras estaban nerviosas, las adscriptas eran muy sensibles. Sin duda para él, las mujeres siempre estábamos equivocadas y en algún momento de la charla, pareció desprenderse cierto dejo de sorpresa de su parte en relación a los requerimientos que con respecto al tema del vínculo con las compañeras le hacíamos. Solo que era tan pero tan hábil que supo disimularlo a tiempo como para no generar mayores dificultades de las que ya había, ni instalar una incomodidad mayor a la que reinaba.

Cuando conocimos a los padres, en dos o tres minutos de charla, entendí todo. Entendí las reacciones de este joven varón que creía –porque así se lo habían enseñado- que era superior solo por el hecho de ser poseedor del sexo masculino. Una simple mirada del padre a la madre cuando intentó hablar,  me generó un escalofrío cuyo estupor aún recuerdo. Recordé la figura sin vida recortada contra el cielo multicolor que anuncia la llegada de la noche y no precisé nada más para entender que tenemos que trabajar mucho para lograr relaciones mínimamente aceptables.


Mis ojos vuelven a ver el agua correr por los pies de los hermanos. Seguramente Daniel había cambiado y ya no reconocía a aquel niño que aguardaba pacientemente que le quitaran la arena,  pero debo confesar que tampoco recuerdo con mayor claridad aquellos rostros. Sin embargo, veo aquellos pies... Mis ojos vuelven a ver el agua arenosa circular por la vereda y despeñarse por el orificio del murito de la playa del Buceo. Vuelven a ver la escandalosa escena de la esclavitud de quien por haber sido la hija concebida con anterioridad al matrimonio,- la hija de otro, de un amor que no pudo o no quiso ser nada más que instante-, esta pobrecita tenía que pagar el precio de limpiar los pies de cada miembro de su familia  como el suplicio asignado por haber sobrevivido como testimonio de un tiempo de amor fugaz. Vuelvo a ver con horror y aversión a aquella madre que pagaba el precio del fragor adolescente, sumiendo a su joven hija a este vejamen de cada día. Me pregunto si esta situación se hubiera dado del mismo modo si en lugar de niña, hubiera sido varón. Y entiendo todo… entiendo por qué  vivimos en el mundo en el que vivimos, por qué es importante intervenir a tiempo y desnaturalizar lo que no es natural y pienso  -Pucha,  cuánto nos queda aún por recorrer para ser dignos…

martes, 17 de enero de 2017

“Demasiado buenos son”



Conocimos a Simón una mañana de fines de abril. Apareció después que habían terminado de entrar al liceo todos los chiquilines del turno matutino, como una sombra que se recortaba contra el resplandor de la puerta. Traía en la mano, arrugadito, un papelito que era la boleta de inscripción que su madre había realizado el día anterior.

De la charla inicial con él, quedaban claras algunas cosas: no tenía mucha idea de cómo moverse en Montevideo, tenía miedo, se sentía inseguro. Durante todo el día, buscamos información de él a través de su propio relato y más tarde, a través del relato inquietante que hizo Sonia, la adscripta del turno vespertino que había atendido a la madre el día anterior cuando vino a inscribirlo. Por suerte, vivía a pocas cuadras, en un apartamentito en Santiago Rivas, por lo que moverse por la ciudad, al menos para ir y venir al liceo, no iba a requerirle más orientación que aprenderse el camino por algunas calles y sostener el rumbo sobre sus propios pies. La diferencia entre nuestro Montevideo y su Artigas natal era enorme y era bastante natural que se sintiera indefenso en un mundo tan distante  y tan distinto.

Ese día se quedó con nosotros. En verdad, tenía un lugar asignado en el turno vespertino, pero según él mismo nos contó, la madre lo mandó de mañana para ver si nos encontraban “distraídos” y le asignábamos algún grupo. Igual, no valía la pena volver, -según sus propias palabras- en la casa no había nadie.

Quizás fue ese día el que marcó en algo su buen vínculo con todos nosotros, los adultos del liceo,  una buena relación que por suerte,  seguiría por siempre. Quizás la feliz casualidad de  darnos cuenta que esa mañana había clase de Educación Física de segundo año y la decisión de incorporarlo invitándolo a participar, fue lo que permitió abrir  una puerta a su integración, que seguramente por ese motivo fue diferente. Además, Cecilia, la profe, lo recibió de mil amores y como él no tenía indumentaria adecuada para hacer ejercicio lo puso de “ayudante”. El  mismo se presentó a los compañeros, -con un hilito de voz- y colaboró llevando y colocando en su lugar los conos, recogiendo las pelotas o tomando el tiempo de cada ejercicio y al final de cada uno, haciendo sonar el silbato. Sin haberlo planificado, le dimos una gran mano, y allí logramos que en un ratito, Simón conociera a los estudiantes del turno vespertino que serían sus compañeros, más allá de su clase.  Creo que fue una combinación de circunstancias que le permitieron insertarse con tanta facilidad, que desde ese día, asumió su lugar  natural como ayudante en la clase de Educación  Física de todos los segundos y fue aceptado por los compañeros con esa espontaneidad inexplicable que dan las casualidades,  permiten ejercer una fuerza motora en la asignación de roles, que nadie más se anima a interpelar.

Pasó una buena parte del año y Simón seguía integrado,  había desarrollado buenas habilidades sociales pero nada más. La primera reunión de evaluación develó la cantidad de asignaturas insuficientes que tenía y algunos comentarios de los profesores sobre su condición. Todos coincidían en que era un muy buen muchacho, colaborador, pero no se enganchaba nunca en la propuesta de la clase. No estudiaba ni hacía tareas domiciliarias, ni entregaba las láminas de Educación Visual y Plásica, aunque era muy buen dibujante, pero no cumplía. No había trabajo en el hogar, ni de lectura, ni de búsqueda de materiales o realización de tarea de ningún tipo.

Sonia, que era la única que conocía a la madre, desde aquel incierto día de abril en que vino a inscribirlo, me comentó que no estaba segura que valiera la pena llamarla. -¿Por qué?, le dije, incrédula, a lo que ella me contestó fulminante, -¿Qué pensás de una madre que no quiere darte el número de teléfono para ubicarla y que cuando a regañadientes te lo da te dice que No la llames?. Sin palabras…

La verdad es que Simón, un chiquilín con buenas condiciones, de corazón noble, colaborador, inteligente  y sensible, es víctima de un mundo adulto omiso, de un padre que no comparece y de una madre que le entregó sus hijos a su propia madre y se fue de la ciudad a reiniciar otra vida como si no hubiera tenido pasado o nada en él que la ligara  a las responsabilidades más básicas, como la maternidad. Una historia tremenda sin tremendismos. Sin grandes titulares, sin expresiones desgarradoras pero desgarrante en el día a día del abandono silencioso de los adultos. Creo que quiero salvar a la abuela, que habiéndose hecho cargo de sus cuatro nietos, fue invitada por su otra hija a pasar un par de meses en Estados Unidos y recurrió a la madre de los niños como responsable de ellos para poder tener la libertad de viajar. Ese era el motivo por el que Simón y sus hermanos terminaron viviendo en Montevideo.  
La madre de Simón, amnésica de su pasado, consiguió un trabajo “de muchas horas”, razón que arguyó cuando se le preguntó telefónicamente porqué no podía venir al liceo, pero además tenía una pareja que vivía en la Ciudad Vieja, por lo que, al salir de trabajar se iba para allí y no regresaba a su casa. Todos, Simón y dos hermanos más chicos se quedaban a cargo de una hermana de un par de años más grande que Simón.

Muchas veces me pregunto sobre el lugar de los adultos en nuestro mundo. Me pregunto sobre la facilidad de procreación y la incapacidad para acompañar responsablemente a estas nuevas vidas que traen al mundo. Hay un vacío enorme en la respuesta. Hay una cantidad de excusas y un sinfín de pretextos que se enumeran sin sentido.
Ellos quedan solos.

A la intemperie, a cielo descubierto, aunque tengan techo, no tienen hogar.

Demasiado buenos son.

lunes, 9 de enero de 2017

Re-anudar


-         ----¿A qué viniste? –la voz  del profesor de Física sonó estridente y dura. –Mirá que hoy hay escrito y no sé qué vas a hacer si hace como veinte días que no venís.
Esto es parte de una escena bastante común en los liceos sobre todo a partir del mes de julio, al que yo llamo “tiempo de los desencantos”.
A esa altura del año lectivo, ya circuló un tiempo bastante importante del año, se entregaron al menos en dos ocasiones los boletines de calificaciones y muchos profes han hecho su clasificación interna de la clase. Todos ya se han desencantado y  a menos que aparezca la fuerza de aquellos que creen en el antidestino y siguen luchando, el desencanto de los chiquilines es tal, que se transforma en  un inexorable tiempo de fuerte  abandono.  Es un abandono aceptado. La institución va perdiendo a los integrantes que no acompañan el ritmo, como si el ritmo pudiera ser único e incluso como, -si aún considerando a mi juicio la imposible hipótesis de un ritmo único-hubiera un solo modo de bailar.

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Aleyda[i] es psicóloga  y se desempeña en un liceo de un barrio pobre de Montevideo.
A pesar de que ella es muy joven, el destino conspiró para que nos conociéramos hace unos cuantos años, cuando ella era practicante y venía con el grupo de Psicología educacional al liceo 30. Siempre fue intensamente comprometida, con un decir pausado y una mirada escudriñadora que trata de desentrañar la esencia de la persona que tiene delante. Seguramente la intensa experiencia de haber sido hija de una docente de porte, la llevó a elegir dentro de la Psicología el espacio institucional de los liceos para desarrollar su actividad profesional. Es que habla de los chiquilines y se le ve el alma comprometida que emerge en cada palabra, cada suspiro, cada expresión. Sin duda, está haciendo una labor importante y comprometida en este centro, pero qué difícil es lidiar con las convicciones que se le presentan a uno como mandatos del alma cuando una buena parte de los colegas, no las comprende. Ella, sin embargo, no baja los brazos. Trabaja incansablemente intentando mostrarle a los alumnos y sus familias la posibilidad que les abre la educación, la oportunidad de cambiar los destinos, de conseguir un desarrollo personal que incidirá seguramente en toda la familia. Algunos profes tienen sintonía con esta postura, pero muchos otros, van allí, a ese liceo de un barrio pobre, como cuerpos que cumplen la tarea, descorazonados y sin esperanza de generar un cambio. Van los cuerpos… muchas veces van a la hora… Algunos solo van…


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Efectivamente, Yonathan hacía veinte días o un poco más que ya no iba al liceo. Se quedó cuidando la casa y a la hermanita chica cuando la madre por fin consiguió trabajo, y como él andaba con las notas bajas,  -porque al decir de la madre “la cabeza no le da”-, era más productivo que diera una mano en la casa que andar perdiendo el tiempo en el liceo.  A él tanto le daba…a sus catorce años era difícil que pudiera advertir lo importante que era renunciar a ejercer su derecho en el espacio educativo. En  verdad, -mejor-, pensaba. Se salvaría de madrugar, de aguantarse los rezongos de los profes, podría dormir y cuando regresara su madre a casa, a eso de las cinco o un poco más tarde, podría encontrarse con sus amigos del barrio. Total, la hermanita era muy tranquila, dormía de mañana y luego la llevaba a la escuelita, tenía que esperar para ir a buscarla y al fin se desligaría al llegar su madre.
La verdad que Yonathan es un buen chiquilín, pero tiene escasos recursos personales para poner en juego en la clase. Su papá es albañil y su madre, empleada doméstica y aunque es una familia bastante bien constituída, no ven en el estudio una posibilidad de desarrollo para sus hijos.  Es un chiquilín tranquilo que impresiona capaz,  pero seguramente será una capacidad latente si no encuentra una mano que fértilmente provoque su desarrollo. Si no se cruza con ese ser que pueda ayudar a que lo mejor aparezca en la superficie de su vida,  quedará ligado al destino familiar de tareas de fuerte esfuerzo físico y baja retribución. Será un mero reiterador de la historia familiar.


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Un equipo pequeño de profes junto a la Dirección y la psicóloga trabajan ardorosamente para traer otra vez al liceo a aquellos chiquilines que se fueron “cayendo” en el año. El resultado del “tiempo de los desencantos” suele ser fuerte,  tiene una aparente causalidad forjada en los problemas personales con un abanico inmenso de posibilidades, desde los que tienen que cuidar la casa y los hermanos, con lo que nos enfrentamos a los modos del trabajo infantil encubierto, hasta los que no tienen championes para venir al liceo, pasando por los problemas de disolución de las parejas parentales y la violencia en todos sus matices, tanto la doméstica como el acoso liceal.
La institución educativa como  cartografía de lazos de la que nos habla Frigerio, va perdiendo integrantes y por lo tanto chances de nuevos lazos, posibilidades de anudamiento y desanudamiento. Hay cierta anestesia en esa pérdida, en ese goteo sangrante que es una forma de selección aceptada. Hay sin embargo, por suerte, equipos docentes que reaccionan, que se rebelan, que no aceptan esa selección naturalizada.
Allí están ellos, el equipo liceal, intentando generar redes para dar soluciones, consiguiendo championes, ropa y materiales, procurando la participación de técnicos para abordar los problemas familiares, intentando conseguir un horario más extenso en las guarderías para  los pequeños , inventando soluciones para conseguir el regreso. Es destacable que lo logran en un número alto de situaciones, pero en verdad, también es claro que no logran ir más allá de ese regreso casi furtivo, ocasional, en un lapso limitado. Es que nada de lo institucional puede funcionar si dentro del aula no hay cambios, o al menos la disponibilidad para entender la importancia y el esfuerzo de todos invertido en este regreso. No hay nada que pueda hacerse si no es en equipo y en equipo en forma completa. Los llevan a la puerta del salón, procuran su ingreso al aula pero allí dentro, muchas veces la rutina reina, el día del escrito sigue siendo el día clave del mes, las prácticas se reiteran anestesiadamente y la expulsión vuelve a operarse. ¿Hay maldad en quienes operan de este modo? No, en absoluto. Hay unas prácticas que llevan muchas décadas de reiterarse una y otra vez,   hay una vida profesional de los docentes que deja poco tiempo para pensar, hay una incapacidad involuntaria de registrar al Otro, ese Otro que antes no llegaba a educación media.


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Yonathan está nervioso. Está volviendo al liceo… En la puerta del salón lo sorprende algún compañero que lo saluda con afecto, inesperadamente para él. Entra a clase.
-         - ¿A qué viniste? –la voz  del profesor de Física sonó estridente y dura. –Mirá que hoy hay escrito y no sé qué vas a hacer si hace como veinte días que no venís.



[i] Aleyda Fontana es Licenciada en Psicología , integrante por años de los equipos multidisciplinarios institucionales. Actualmente, se desempeña en el Centro de Recursos para alumnos ciegos y con baja visión. Es una profesional noble y comprometida , digno exponente del colectivo del que forma parte. 

miércoles, 4 de enero de 2017

Los cachorros se crían en la manada.


Todos le dicen Pirata. Hay que reconocer que es un nombre bien puesto porque tiene una fisonomía que se adapta claramente a la imagen tradicional de estos famosos personajes de antaño. Sin embargo, a la hora de retratarlo es difícil saber bien qué es lo que provoca la imagen de esos legendarios ladrones del mar. Indudablemente  es cierto que podría encarnar  perfectamente a cualquiera de ellos en  alguna producción cinematográfica  y el papel, de verdad, le vendría como anillo al dedo.  Después de analizarlo mucho, he llegado a la conclusión que es cuestión de conjunto: ninguna característica en particular sino la combinación de todas ellas es lo nos permite asociar a Ernesto[i] con estos personajes legendarios.
Es necesario aclarar, sin embargo,  que nada más alejado de las intenciones de los piratas tradicionales que este Pirata nuestro. Generoso, tranquilo y conciliador, -dueño de un sentido del humor único-, nuestro Pirata más que a llevarse nada viene siempre a enriquecernos, a dejarnos plenos de ilusiones, alegrías  y emociones. Tiene una chispa inigualable, espontánea  que es expresión pura de su caudal de creatividad.
Llega al liceo cada mediodía, con su paso constante. Mochila al hombro, gorrito en la cabeza, -de lana en invierno  y  de lona en verano-  para cubrir la calva que lo deja tan expuesto a las inclemencias de todas las estaciones. Ojos vivaces y chispeantes que dan cuenta de las ideas que van y vienen con un propósito único: hacer que los jóvenes aprendan, disfruten  y se desarrollen en contacto permanente, esculpiéndose, forjándose unos a otros.
Así es que nuestro Pirata es un gran “hacedor de grupos”, generador de equipos de estudiantes que a través del juego aprenden y enseñan a otros sobre todo,  el arte de compartir, de intercambiar, de reconocer a los otros para lograr que a través de ese ejercicio que cada uno construya su identidad, en definitiva, el arte de vivir sanamente.
Trabajando con él, confirmé en la práctica lo que la teoría me ofreció tantas veces: los humanos nos hacemos humanos en vínculo con los otros.
Así es que cada sábado en nuestro liceo comenzamos a formar grupos de alumnos que tuvieran en común algún interés, ciertas afinidades que funcionaran como pretexto para compartir un tiempo que tenía como intención final forjar humanidad, gestar nuevos  vínculos, vivir experiencias diferentes a las cotidianas, dotar de asombro el tiempo. La excusa sería la huerta que hacía años teníamos en el fondo del liceo y que habíamos inaugurado junto a los padres hacía unos añitos, o el aprendizaje de la ejecución de algún instrumento musical, o la danza, o la cocina, o un sinfín de propuestas que funcionaron como ocasiones para convocar jóvenes, potenciar sus habilidades naturales, descubrir sus centros de interés y principalmente ofrecer posibilidades para autoexplorarse  y desarrollarse. De la mano del Pirata y con el juego como pretexto nacieron los Chapas (Cultores de la Hamaca Paraguaya), un grupo de jóvenes que a través de las actividades lúdico-recreativas, se formaron como líderes y se ganaron el reconocimiento de los chicos y los grandes. Es un  equipo de jóvenes que se nutre con el recambio natural de las generaciones y que aún persiste a pesar del tiempo y de los avatares de la vida, como un clásico del liceo 30 de Montevideo.
Cierto  sábado,  de esos que anuncian la primavera, cuando la luz se hace más intensa y el aroma de las flores comienza a poblar la vida,  el Pirata me cuenta a última hora, ya con su mochila calzada para emprender el regreso a casa que la reunión de los Chapas de ese día había estado muy emotiva. Cuando cuenta algo importante su rostro toma cierta tensión que hace más visible la expresión de sus ojos. Me dice que uno de los chiquilines en la ronda de intercambios contó que hacía dos días que había perdido a la madre. Así sin más. Era sábado  y el jueves había perdido a la madre. El relato me dejó helada. Suelo sentir eso: en la niñez y la adolescencia la pérdida de alguno de los progenitores, pero principalmente de la madre, me conmueve con intensidad porque se me aparece la imagen de la desolación, del desconsuelo expresado en la intemperie en la que puede sentirse sumergido un niño o un joven cuando ese adulto clave ya no está… ha dejado de estar para siempre. En principio, me sorprendió no haber tenido la noticia previamente. Allí tomé conciencia de que era sábado de tarde y aparentemente el deceso se había producido el jueves. Ni tiempo tuvimos de saberlo. Intentando salir de mi estupor, le dije: -¿ Y qué hiciste?  Y él simplemente me contestó  –Nada. Solo dejé que actuara la manada. Naturalmente todos se acercaron, lo abrazaron, lo contuvieron. Yo solo acompañé ese instante. La manada sabe qué tiene que hacer para apuntalar a cualquiera de sus integrantes.  





[i] Ernesto Mazzei es Profesor de Biología y Orientador de grupos de líderes recreadores. Es un profe uruguayo de los que nutre de sentido la vida educativa.