jueves, 25 de agosto de 2016

Amnesia

Últimamente he advertido una suerte de amnesia que parece haber atacado a una buena parte de los que tengo en derredor. Por momentos, tengo la sensación de que los uruguayos padecemos una fiebre que nos ha dejado vacíos de pasado y creo de verdad, que es una fiebre peligrosa, con propensión a dejarnos tan desvalidos como para hacernos fenecer desde lo individual y colectivo. Reconozco que la memoria es forzosamente selectiva ya que el olvido es necesario, es un mecanismo de supervivencia porque de lo contrario si nuestra memoria tuviera que registrar y hacer perdurar cada instante vivido estaría sometida a tanta presión que al fin, estallaría. Pero justamente, es esa selectividad la que me alarma. Una selectividad que no habilita a la valoración del presente y por lo tanto, pone en riesgo su cuidado y preservación.
Creo que por eso escribo este blog. La narración es el recurso del que disponemos con frecuencia para actualizar lo que ocurrió, por lo tanto, para mi, narrar es como hacerle la guerra al olvido, es un mecanismo por el que me acerco a los otros, donde descubro mi ser, salgo de mi silencio y consigo que los otros también se abran, construyan su propio relato a partir de la memoria individual y social. De alguna forma siento que la acción de compartir mi anecdotario narrativamente, me acerca a los otros.
Hay un mecanismo natural que se desencadena: cuanto más derechos conquistamos, más impacientes y ansiosos por progresar profundizando, nos ponemos. Sin embargo,  eso nunca debería justificar el olvido de otros tiempos no tan lejanos y pavorosamente dolorosos, que deberíamos obstinadamente decidirnos a no repetir jamás.
Yo recuerdo bien, que apenas comenzado el nuevo milenio, los uruguayos la estábamos pasando muy, muy mal. Viene a mi memoria la tarea emprendida junto a padres y profes del liceo 30, en el que en aquel tiempo era directora, para poder alimentar a un buen grupo de  chiquilines que llegaban a nuestras aulas con el dolor de la pancita vacía, porque era un tiempo en que todo escaseaba, tiempos en que  hasta la basura era escasa porque la necesidad era tan definitiva,  que no se tiraba nada, se aprovechaba todo.
 Imposible olvidarme de Rosa, la mamá de Mónica y Andrés, que con su pequeña motito, recorría cada anochecer algunas panaderías del barrio para recoger el pan y los bizcochos que no se habían vendido y que nosotros calentábamos con amor a la mañana siguiente para que acompañara una tacita de leche caliente que les dábamos a nuestros queridos gurisitos uruguayos a los que la historia les había hecho la trastada de hacerlos vivir en tiempos tan funestos. Cuando uno da comida, da mucho más que un alimento para el cuerpo, entrega un poco de humanidad, abraza al otro desde la solidaridad más profunda para que defienda su vida, el mensaje implícito es que todos queremos defender la vida. Si esto nos pasaba en el Buceo, -que es y siempre ha sido un barrio de nivel medio-,  qué historias habrá entonces de aquel tiempo en otras geografías uruguayas, incluso en otros barrios de nuestra ciudad, que habitualmente están en una condición más desfavorecida.
No puedo fingir sordera ante algunos comentarios tremendistas que califican los tiempos que corren.
 Insisto en conservar obstinadamente la gravedad de ese pasado que nos marcó -la crisis que nos ahogó durante muchos años y que tiene el emblemático sello temporal del año 2002- .
 Mariela me cuenta brevemente una situación escalofriante. Ella trabajaba en ese tiempo, en el liceo de La Paz, y empezaron a darse cuenta que en general, varios chicos se desmayaban los lunes de mañana. Era recurrente: cada lunes vivían el sofocón de tener que asistir a muchos estudiantes que se desplomaban. Costó encontrar la respuesta a una reacción que se producía con énfasis ese día de la semana y no otro, y al fin, luego de algunas cavilaciones se dieron cuenta del motivo: los comedores comunitarios no abrían los fines de semana y nuestros chiquilines llegaban al liceo vacíos de vida, desgastados por las horas que corroen cuando el alimento no llega y todo duele en el cuerpo y mancilla el alma. 

Del pasado podemos huir o aprender. Yo elijo la segunda opción. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Tarde de fiesta

Tarde de fiesta.-


Era una tarde clara, de esas que ya anuncian la llegada próxima del verano, cuando hicimos la inauguración del liceo de Nuevo Berlín. Fue un liceo ansiosamente esperado por esta pequeña comunidad, pues hasta el momento el liceo funcionaba en un edificio que era verdaderamente inadecuado. La ansiedad se había agrandado en los últimos meses, porque por cuestiones inesperadas del destino y en forma casi excepcional, la empresa constructora había terminado la obra antes de lo previsto y tenía la pretensión de cobrar a su favor, un dinero por la entrega anticipada que la administración no estaba dispuesta a pagarle. Así que los chiquilines de Nuevo Berlín durante algún tiempo, debieron aceptar que su precioso liceo estaba pronto pero que no podían usarlo. Pasaban hacia el viejo edificio a tener clase y miraban con el rabillo del ojo  el edificio cómodo, luminoso y funcional que les pertenecía pero que aún no podían disfrutar. Fue un sacrificio fuerte que seguramente cristalizó en la alegría y alto nivel de preparación de la ceremonia de inauguración. 

Antes de llegar al liceo, nos dimos con Perla un paseíto por el rio, donde olfateamos la apacible vida de los habitantes de esta localidad: el silencio sonoro de un tiempo impregnado de perfumes y aire limpio y fresco.

La inauguración se hizo en la explanada de acceso al edificio liceal. Allí se agolpó el pueblo entero para festejar, por fin, la posibilidad de disfrutar de ese espacio hermoso que albergaría lo más importante que una localidad puede tener: la educación.

Por un instante el mundo fue eso, una fiesta plena de color, música, palabras emocionadas de grandes y chicos  y alguna lagrimita de alegría que se coló para completar la jornada. Sin embargo, para mi, lo más importante ocurrió después, cuando en la recorrida por las instalaciones apareció una mujer sencilla y expresiva que se paró frente a Javier Landoni y a mi, extendió sus brazos abarcándonos y nos dijo enfáticamente: “Gracias, gracias, gracias, en nombre de mis hijos y mis nietos, mil gracias a los dos” Esos son los instantes mágicos que no se olvidan aunque pasen mil años, que nos permiten recuperar el sentido de porqué estamos, porqué a veces, aguantamos lo que aguantamos y sostenemos con una fuerza que no sabíamos que teníamos algunos procesos. Porque están ellos, allí, los que solo nos tienen a nosotros, -los profes-,  que podemos abrir algunas oportunidades, para hacer de la vida de los otros, una experiencia más humana.