Comencé a ejercer la docencia en los últimos años de la dictadura. Aún puedo sentir en la piel y en el alma la sensación
de que la vida cotidiana estaba atravesada por el autoritarismo y el miedo. La
asignación de horas docentes se realizaba en forma central, arbitraria,
definida por algunos poderosos a los que no les importaba si teníamos que atravesar la ciudad entera para llegar al
liceo y si el horario era adecuado o no a nuestras necesidades. Tampoco
importaba si uno era titulado o no lo era, porque los privilegios se
distribuían caprichosamente en función de otros criterios que ni vale la pena
recordar. Nada se elegía en la vida, a
duras penas se mantenía la vida…
El regreso de la ansiada
democracia nos abrió un nuevo horizonte: al menos podríamos elegir nuestras
horas, aunque en dudosa condición de transparencia, al menos elegíamos lo que aparecía en un
pizarrón con contenidos sometidos a lo que la autoridad deseaba ofrecer y a la
capacidad de la funcionaria ocasional que se equivocaba o acertaba a escribir
allí lo que iba quedando disponible para ser elegido. La segunda condición era
la rapidez. Había que decidir en minutos escasos, escasísimos, lo que iba a determinar la vida laboral del
año que se avecinaba, con las consiguientes consecuencias en la organización
familiar y naturalmente determinantes de los ingresos que se iban a percibir,
que por cierto, en aquellos tiempos eran vergonzosamente magros. Igual había siempre muy poquitas horas. Las
horas aparecían o desaparecían y los motivos de esto nunca eran claros.
A veces es bueno y necesario hacer estos ejercicios de
reactualizar el pasado en un país donde –ya lo he dicho muchas veces- parece
que estuviéramos vacíos de memoria.
Con el fortalecimiento de la democracia en el Uruguay, hemos
profundizado en derechos. Cuando les contamos a los jóvenes las historias que
supimos protagonizar, les cuesta creer que sean ciertas. Sin embargo, con el
cambio de los tiempos, también ha calado hondo el individualismo y los procesos
colectivos se han visto deteriorados. Es un análisis hecho a la ligera, pero es
necesario tomar conciencia de que los espacios de participación que no
habitamos, que las voces que no volvemos disponibles por comodidad o desinterés
o vaya a saber por qué otros motivos, son ocupadas por algunos que tienen otros
intereses y que muchas veces cristalizan procesos deteniéndolos sin que haya razones
justificadas. Sin embargo, no creo que
esto deba hacernos desistir de la decisión de gestionar convocando a que todos
logren expresarse. Convencida de que los cambios verdaderos no se decretan sino
que salen de una voluntad colectiva, es necesario solicitar la salida del
inmovilismo y el derribamiento de los deseos
de algunos para que se expongan
los deseos de todos.
Los sueños nunca
realizados.-
Año a año, la elección de horas es una instancia de
preocupación para los docentes. Se diluye a medida que uno va envejeciendo
porque cuanto más “arriba” uno está ubicado en el escalafón, más probabilidades
de elegir el liceo deseado, el turno, los cursos. Es paradójico y tiene un
ribete casi cómico porque a medida que envejecemos, -única razón aún por la que
subimos en el escalafón los profesores efectivos- el acto de elección de horas
es un acto de inmenso valor social, un momento en el año en el que nos encontramos
con los de nuestra generación, nos abrazamos, comentamos viajes, situaciones
familiares y posibles tiempos de jubileo próximos a llegar. De paso, nos
quejamos.
Pero no es así cuando uno está en los grados más bajos, es
decir, en los primeros años del ejercicio de la carrera y sobre todo, cuando la
asignatura que se dicta es de las denominadas “deficitarias”, aquellas
disciplinas en las que hay muchos docentes para el total de horas. Supe vivir
año a año el sobresalto y la inseguridad de no saber dónde trabajaría el año
próximo, ni cuántas horas de clase lograría tener y por lo tanto la
incertidumbre de la vida misma, de los ingresos que tendría, de los horarios en
los que debería desempeñarme. La incidencia que esto tiene en la vida familiar
es inmensa, sobre todo cuando uno tiene hijos pequeños y debe organizar
horarios para estar presente a ciertas horas del día. En muchos años, recuerdo
la preocupación reinando durante todo el verano a causa de elecciones de horas tardías y las
consiguientes angustias llevadas a grado superlativo. El sueño de la duración
de la elección de horas por más de un año era recurrente y la fuerza con la que
ese deseo estaba instalado era directamente proporcional a la falta de diálogo
e interés por el tema que las autoridades de ese tiempo tenían. Es paradójico y
amerita un análisis bien interesante que
algunos personajes de ese tiempo, aún permanecen en la palestra pública y son
actualmente adalides defensores de lo que NO hicieron en su tiempo, de lo que
NO concedieron e incluso de lo que ni siquiera escucharon al menos para abrir
una posibilidad de diálogo. Soñar con la elección de horas por más de un año,
era aspirar a un futuro estable, con la
capacidad de organizar nuestras vidas familiares, nuestras posibilidades de
seguir formándonos, nuestros ratos de ocio, la construcción del equilibrio de
la vida cotidiana.
Pensando desde las
instituciones.-
Durante algo más de trece años de mi vida, fui Directora de
un liceo de Ciclo Básico. Fue un cargo estable porque accedí a él por concurso,
por lo que la efectividad obtenida a través de ese mecanismo me permitió
permanecer todo el tiempo deseado. Vivía sin embargo, cada año, la
incertidumbre de no saber con quién contaría dentro del plantel docente para el
año siguiente. Cada verano se sucedían los abrazos de bienvenida renovada y las
angustias por las pérdidas de compañeros que se veían obligados a tomar sus
horas en otros centros. Era necesario también el esfuerzo de recibir con la
suficiente disponibilidad a los nuevos para darles la oportunidad de mostrar
sus virtudes sin que cargaran con el peso de haber “corrido” a alguno de los
que hubiéramos deseado retener. Debo confesar también que a veces nos invadía
la preocupación de la llegada de algún profe de los que sabemos que no
hubiéramos deseado conservar, ya sea por su falta de integración a la propuesta
institucional, su carácter o sus múltiples inasistencias, entre otras razones. Aun
así, con toda la carga de buenos profes y no tan buenos, yo hubiera deseado
como directora, en ese tiempo, contar con un plantel estable por unos años.
Si bien es cierto que el núcleo principal de docentes efectivos se mantenía,
había cierto porcentaje de rotación que hacía que cada año tuviéramos que
dedicar el tiempo inicial a compartir con los colegas nuevos el rumbo del proyecto
institucional, narrar actividades realizadas y tratar de seducir a los recién
llegados para que entendieran nuestros objetivos, se plegaran a la propuesta
institucional y pudieran aportar el enriquecimiento de la misma.
Para un equipo directivo siempre es bueno contar con un
plantel estable. Uno va conociendo las fortalezas naturales de cada uno de los
docentes, va generando expectativas con respecto a las potencialidades de cada
integrante y a las posibles conformaciones de equipos de trabajo, va
descubriendo qué es lo que les puede delegar y también va conociendo las
debilidades y armando estrategias de
formación y abordaje para que los aspectos que necesitan ser superados, se
atiendan en contextos de formación individual y colectiva. Tengo la convicción
de que uno aprende con los años a aceptar a los colegas como son y a ayudarlos
a formarse a evolucionar y a aportar a la convivencia que se genera en el intercambio con los otros:
con los jóvenes y los adultos de la institución. Por lo tanto, con el equipo
confirmado por dos o tres años, con sus figuras fuertes y con las que no lo son
tanto, es mucho más probable establecer una buena planificación para conseguir
las metas educativas nacionales y los rumbos educativos particulares que cada
liceo desea darle a su propuesta.
Hablando de educación
media.
La educación media es el tramo educativo que más atención
requiere en los diversos países de todo el mundo. Coincide con el advenimiento
de la adolescencia, una etapa que ya sabemos que es difícil en la historia de
las personas, clave en la construcción de la subjetividad pero que es
particularmente compleja, lo fue siempre y lo es especialmente en el mundo de hoy, de jóvenes atravesados por
estímulos audiovisuales, de adultos escasamente presentes en sus vidas y de
instituciones educativas que no han cambiado por siglos. El sistema educativo
de media tiene muchos desafíos por delante en todo el mundo. En el caso
concreto de Uruguay tiene que redefinir y reconstruir el modelo del liceo para
que sea realmente un escenario de desarrollo de los estudiantes, debe ser un
espacio hospitalario, de exploración de posibilidades, de trabajo con otros, de
aprendizaje de ciudadanía, de circulación de saberes para interrogar el mundo y
para lograr transformarlo a partir de esa interrogación. No puede ser un
espacio de trámite por el que forzosamente hay que pasar porque muchos de los
jóvenes hacen lo que ya han demostrado que la propia fuerza de la juventud y el
instinto de vida los llevan a hacer: se van.
La formación y estabilidad del colectivo docente, la ruptura
con las rutinas, la disponibilidad a la innovación a la hora de pensar en la
propuesta didáctica, la libertad en el uso de los tiempos y los espacios
institucionales, la exploración a partir de temas de interés o problemas del
contexto, el trabajo en duplas y tríos docentes, la posibilidad del
acompañamiento de los estudiantes a su ritmo, la oferta cultural del
centro y el espacio liceal como un
espacio hospitalario en el que el joven es bienvenido son a mi juicio algunas
claves fundamentales. La lista podría continuar y da cuenta del trabajo
inaugurado aunque se encuentre en diversos niveles de desarrollo según el
centro educativo del que hablemos pero lo cierto es que encierra algo mucho más
importante a ser cambiado que cada uno de los aspectos enunciados: el necesario cambio en relación a
una cultura y una concepción de la educación media. El problema es tan complejo
que es incluso difícil de poner en palabras, por lo que lo que quiero señalar
con mayor fuerza es que una única acción por necesaria que parezca y por bien
implementada que se tenga no será la solución definitiva. Acá no hay fórmulas
mágicas, ni pócimas milagrosas. La posibilidad de que los docentes permanezcan
por más de un año con sus horas asignadas a un centro educativo es para
nosotros una medida beneficiosa por los motivos ya expresados pero NO es la
solución a la compleja situación de la educación media de este país. Y esto lo
aclaro para erradicar simplismos que algunos oportunistas están expresando en
el ámbito público.
El clásico de todos los
años.
Cuando me convocaron en enero del año 2014 a dirigir el
Consejo de Educación Secundaria, todo el procedimiento de elección de horas era
un gran caos casi inexplicable. Con el tiempo hemos generado un proceso limpio,
transparente, a tiempo y muy participativo para erradicar las desconfianzas que
todos tenemos y que arrancan de algunas décadas atrás en que algunas ventajas
exclusivas solo para cierto sector estaban a la orden del día. Es destacable
haber comenzado con los cursos con una cobertura casi completa de las horas de
clase en todo el país y de haber desarrollado procedimientos alternativos como
las Aulas en línea, con tutores remotos,
cuando ya estamos seguros que no hay ningún profesor real ni en la
localidad ni en su entorno para dictar la clase. Repito que es interesante el proceso de
amnesia que viven algunos actores públicos que tuvieron puestos de relevancia
en aquellos tiempos.
El tema de la elección de horas es moneda corriente para la
prensa, casi como una renta renovable que se da año a año sin que muchos sepan bien
de qué se trata pero se presenta a la opinión pública por parte de algunas
figuras como síntesis de cambio o innovación y como expresión de impotencia de
las autoridades. Es bueno recordar que hay actores que aprovechan las
circunstancias para sacar de ellas el mejor beneficio posible, que gozan de un
vedetismo que no pueden por sus condiciones personales lograr con otros temas
de los que sí, de verdad, deberían encargarse y que logran de este modo, rédito
político, saciando su narcisismo.