Dolores duele aún en el día después…
Duele diferente…pero duele.
Ya no duele la perplejidad, pero duele la vida sin techo en
la conciencia de quedar a la intemperie como único lugar habitable.
Ya pasó…Cesó la lluvia. Pasaron las retroexcavadoras y los
hombres fornidos que levantaron los restos deformes del torbellino. La ciudad
está limpia, intentando parecerse a lo que era. Cada cosa, - o lo que queda de
cada una de ellas - va volviendo a su
lugar. Cada uno va encontrando las palabras para explicar lo que vivió, lo que
vio, lo que sintió, dónde estaba, con
quiénes, haciendo qué en el momento en que irrumpió ese vendaval loco que
arremetió con furia llevándose la paz tranquila y aburrida de la vida cotidiana
para siempre.
Es tiempo de calma, de volver al cauce. Es tiempo de relatos sanadores, de abrazos y de palabras despiertas…
Es tiempo de emociones compartidas para descubrir que la
fuerza de la adversidad nos recuerda la fragilidad de lo humano. Es tiempo de
solidaridad que emerge y se instala en forma espontánea. Y de recuerdo de
solidaridades no programadas en la
locura de la arremetida. Cómo no emocionarse cuando alguna profe cuenta, mientras
lagrimea inexorablemente que, para proteger al que no podía correr porque
estaba en una silla de ruedas, los compañeros hicieron un colchón humano a su
alrededor, apretándose fuerte, abrazándose intensamente, armando coraza, resistiendo…
Son relatos de supervivencia.
Son relatos de amor,
a uno mismo,
al otro mio,
al otro de otro,
simplemente al otro...
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