Colonia Miguelete es una pequeña
localidad ubicada a unos sesenta y pocos kilómetros de la ciudad capital del departamento
de Colonia. Es un pueblo chiquito y coqueto, con calles prolijas y casas cuidadas rodeadas de jardines
primorosos y coloridos aún en invierno. Es un pueblo de gente amable, un lugar
al que uno llega y tiene la sensación de haber pasado la puerta de una
dimensión diferente a la cotidiana. Allí fuimos el jueves pasado a compartir
con la comunidad el festejo por los veinticinco años de creación del liceo y la
inauguración oficial del nuevo edificio.
Fue una tarde mágica. Aún casi en
las puertas del invierno, parecía una tarde de primavera, cálida y ventosa,
pero sumamente agradable. Esta circunstancia climatológica permitió disfrutar
del evento en la amplia explanada de acceso al edificio liceal, ancho, extendido
en la totalidad de un terreno, dibujado desde la blancura de su construcción en
medio de un verde intenso de naturaleza pura. La mesa principal estaba cubierta
con un mantel blanco también que resisitía gracias a los caireles que hacían el
contrapeso para que el viento caprichoso no se lo llevara. Reinaba en ella un
conjunto armonioso de flores rojas y blancas matizadas por el verde de ramajes
circundantes. No faltó nada ni nadie. Estaba el Intendente y el Presidente de
la Anep, el representante de la comisión Pro Nuevo Edificio y las
representantes de las alumnas actuales, dos preciosas adolescentes que ocupaban
el lugar en la mesa principal un poco nerviosas y bastante emocionadas. Entre
el público se mezclaron legisladores, representantes de autoridades locales,
vecinos de toda la vida, padres de alumnos, antiguos directores, chiquilines y
hasta representantes de la Presidencia de la República. Por un instante, casi
me siento en Macondo, un lugar de dimensiones humanas, de vidas que se cruzan
cumpliendo objetivos, de sueños que se concretan porque fueron visualizados por
muchos desde hacía mucho tiempo. Richard, que integra la mesa en nombre del
equipo que en el 2008 se largó hasta Montevideo para pedirle a quien era en ese
tiempo la Directora General del CES, -la querida Alex Mazzei-, la construcción del nuevo edificio, está radiante.
Se emociona mientras me cuenta con una
sonrisa deslumbrante que él soñó que
Paola fuera la directora del liceo cuando lograran hacer el acto oficial de
inauguración. –Los sueños se cumplen, me dice. Y yo pienso que es cierto, que
hay que soñar y trabajar y que estos recortes de vida, en lugares donde la vida
pensada desde lo humano todavía es posible, son fiel expresión de que soñar
vale la pena porque en un plazo razonable y con trabajo sostenido, los sueños
se convierten en realidades.
Las imágenes inolvidables de
momentos inesperados, se suceden ahora
en mi recuerdo. Un matrimonio joven, con tres niños me pide una foto. Paola, la
directora se acerca y me cuenta frente a ellos que son ambos alumnos del
Programa de adultos, que tenemos cuarenta adultos estudiando que desean terminar
su ciclo básico. Ellos son encantadores y están encantados de estar allí. Cuando los
felicito por el esfuerzo, por el coraje, sencillamente ella, menudita y frágil
me dice:- Es que lo hacemos por ellos tres, para que se den cuenta que hay que
estudiar, que estudiar en bueno para vivir. No hay mejor definición de sentido
que esta sencillez hecha palabra sobre el valor de aprender y la fuerza del
mensaje para las generaciones de los “nuevos”.
El edificio es sencillo y amplio.
Tiene forma de U, vidriada. Es un mundo claro, radiante. No hay una reja ni un
protector de vidrios. Hay simplemente ventanales acristalados, cuidadosamente
limpios que dejan pasar la plenitud de la luz al interior de cada recinto.
–Las tardes soleadas de invierno son muy
placenteras aquí, - me dice Paola, mientras recorremos esta construcción
sencilla pero confortable que da a un patio central con bancos de material decorados
por los estudiantes engalanados de naturaleza. –Tenemos todo para que los
chicos aprendan, y aprenden. No hay casi repetidores ni desvinculados. Los
conocemos y los acompañamos, pedimos ayuda a la comunidad si hay que superar
algún obstáculo procedente de familias o situaciones personales. Todos
trabajamos mucho. Todos trabajamos para que todos aprendan. Todos pueden
aprender. Es tan claro… el mundo adulto generosamente comprometido con las
generaciones nuevas logra esto: un centro educativo poblado de jóvenes y
adultos que quieren superarse y están dispuestos a trabajar juntos para
conseguirlo, porque nada cae como gracia desde el cielo.