viernes, 25 de noviembre de 2016

Tesoro de retazos.



Es frecuente que las personas guardemos recuerdos, pruebas de momentos vividos, marcas materiales de cada experiencia que nos conmovió, de cada instante de la vida que merece ser recordado. Son huellas  que se guardan con la intención de resistir lo etéreo del vivir, son formas de combatir el tiempo que pasa y borra el presente con tanta fluidez vertiginosa, son modos de responder ante  el riesgo de perder lo vivido.

Muchas veces, son pruebas de momentos íntimos: una servilleta con una palabra o un número telefónico que recuerda una charla en un café, una carta con expresiones de amor o consuelo, una caravana que ha perdido a su hermana quizás desprendida en el fragor de un abrazo, una flor marchita que fue en su tiempo una fresca promesa de amor.

Otras veces, - y esto en particular nos ocurre a los docentes- son huellas de vida profesional: textos producidos en alguna tarde de lectura  y creación, documentos, cartas de alumnos  y colegas, ideas que nos desvelan y se plasman en alguna hoja de papel con la intención de arrancárselas al olvido.

Son señales que dan prueba de lo que hemos sido y marcan el camino, son pruebas que explican lo que somos,  reliquias integrantes de nuestro tesoro personal que nutren nuestros ratos de desazón,  a las que recurrimos para reencontrarnos con el sentido de nuestra vida cuando por momentos , nos sentimos perdidos.  Las tenemos en cajas, bolsas o baúles. Las tenemos en un rincón de la biblioteca, o del ropero, o en el cajón de las “multicosas” que en cada casa hay y que es de acceso vedado a sus ocupantes.
Así llegaron a nosotros las ocho cajas azules, prolijamente armadas que conforman el tesoro profesional, y parte del personal,  de Susana Vázquez. Llegaron como expresión de generosidad plena de mano de sus hijos, Germán  Florencia, con la comprensión sabia de que esos retazos de memoria, trascienden la vida de Susana y  forman parte esencial de la vida de todos los educadores uruguayos. Es bueno recordar que algunos hechos puntuales que nos ocurren en el marco de la vida personal de cada uno, muchas veces adquieren un extraordinario valor por la repercusión colectiva que tienen.

Esas cajas azules, armadas con amor,  contienen los retales de la historia de Susana y  de tantos uruguayos: cartas de reconocimiento a la impecable labor docente, trabajos inéditos, documentos de la ATD, planes de estudio subrayados, trabajados, construidos  y forjados desde la convicción de que la educación pública debe ofrecer la mejor propuesta a sus jóvenes generaciones. También tienen testimonios de dolor: actas de destitución, discursos varios preparados pre y post dictadura  y material de la comisión de destituidos, entre otros valiosos textos.

Susana llegó al acto de homenaje con el porte digno que quienes la conocieron en tiempos de juventud, declaran que tenía. Me emociona verla y me impresiona su gesto seguro pero sobre todo sus ojos, tremendamente claros e inusitadamente jóvenes.
Estuvimos allí, en esa hora  y poco, todos…Sus amigos y compañeros de antaño, sus exalumnos, -muchos ya devenidos inspectores-, su familia y en especial, sus nietos, esos jóvenes que ocuparon la primer fila para sorber cada instante del evento con dedicación plena. Nadie se movió ni distrajo la vista, ni comentó nada con el de al lado.  La solemnidad reinó tanto en la oratoria como en la música del violín que nos acompañó, ejecutado por dos jóvenes alumnos de nuestro Bachillerato Artístico.

No hubo más que aplausos,  admiración, lágrimas de emoción, flores multicolores, una medalla –nuevo mojón de memoria material- y un GRACIAS SUSANA, extensivo a todos los docentes que cada día, convencidos del valor de la tarea, construimos el mundo.
                                                                                                                                                                                                      23/11/2016


*La Prof. Susana Vázquez fue docente de Historia, egresada del Ipa, desempeñándose tanto en liceos como en  los Institutos de Formación docente  y la Universidad de la República. Fue Directora del liceo No 12  e Inspectora de Historia en el Consejo de Educación Secundaria. Fue destituída en tiempos de la Dictadura uruguaya y fue una luchadora incansable por la Democracia, los DDHH y la restauración de los derechos. Trabajó siempre con dignidad , dedicación y solvencia académica. Un ejemplo a imitar. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La red.



Solía decirle a mis alumnos que una de las tareas que debíamos emprender durante el curso era “cuidarnos unos a otros”. Corrían los años 90 en un liceo inmenso como el Dámaso y, -aunque nadie ya lo recuerde- los grupos eran también enormes,  de unos 37 o 40 alumnos cada uno, atiborrados en el salón, donde muchas veces no había ni bancos suficientes.

 Mi preocupación por aquel tiempo era, en primer lugar, llegar a construir con aquellos jóvenes de primer año de Bachillerato, una estrategia que asegurara la permanencia de todos durante todo el año. Si lograba que permanecieran, era seguro que, de un modo u otro, lograría que aprendieran. Con un número tan alto de alumnos por grupo  y en condiciones de franco hacinamiento, era difícil, primero identificarlos aprendiéndose el nombre de cada uno  y luego registrar en mi cabeza la presencia real de todos. Yo tenía siete grupos en ese liceo, lo que significaba trabajar, reconocer  y procurar aprendizajes a unos doscientos ochenta jóvenes, a los que veía tres veces por semana, cuarenta minutos en cada ocasión.

Así es que decidí comprometer a los propios chiquilines en la estrategia de permanencia y asistencia al liceo: les asignaba el cuidado de un compañero. Cada alumno debía tener conocimiento de lo relacionado con las inasistencias de un compañero de la clase. Si el compañero asignado en forma totalmente arbitraria, faltaba, el responsable  debía averiguar el motivo y  darlo a  conocer en la segunda instancia de la ausencia.   De alguna manera tejíamos así una red de sostén mutuo, en la que cada uno debía ser responsable de sí mismo y también de otro, en el entendido que concurrir era clave para el desarrollo de cada uno.

Este trabajo de toma de conciencia y desarrollo de la responsabilidad me llevaba unos dos meses. Estoy convencida que si las clases comienzan en marzo, uno debe invertir esos dos meses iniciales en reconocer a los alumnos, en lograr que se conozcan entre sí, en poner juntos las reglas de funcionamiento del curso y del aula. El resto del tiempo será fértil si esos dos meses se invierten en estas actividades, con un contrato claro que asegure el clima del aula para el resto del año. En general me daba muy buen resultado.

Entre los muchos alumnos del grupo que por sus características podían quedar por fuera de nuestra propuesta educativa,  estaba el Rafa. Un morocho pelado, fornido, acostumbrado a impactar con su presencia. Me acuerdo que el primer día de clase llegó tarde, se paró en la puerta del salón, me miró increpante como quién quiere ser el reprochador para salir del lugar del reprochado. Yo lo aflojé con una bienvenida cálida, preguntándole si tenía los horarios semanales de Literatura, a lo que él  me respondió con una expresión afirmativa cuajada de sorpresa.

En general, el episodio de la impuntualidad no se repitió más. Teníamos una buena relación, cumplía con las tareas, participaba en la clase en un lindo grupo, en el que se disfrutaba el intercambio. Pero un día,  intempestivamente, se develó la verdad. Y digo develó porque realmente lo recuerdo así, se corrió el velo de mis ojos.

Ese día, ingresamos a clase y Rafa entró unos minutos más tarde. Era un tiempo menor el del retraso porque recuerdo claramente que aún todos nos estábamos acomodando en el salón. Inmediatamente después que él ingresó, una tromba humana ocupó el salón de clase, increpándole con fuerza acerca de dónde había estado, qué había hecho los meses anteriores y un sinfín de reproches, para mí incomprensibles. El ingreso feroz era de  la adscripta.  El desoden reinaba al principio con el palabrerío incomprensible que iba y venía entre los dialogantes  y luego, cuando logramos superar la perturbación inicial, logré entender que  Rafa hacía tiempo que  no venía más al liceo,  aunque si venía en forma constante a la clase de Literatura.

Mi sorpresa en ese momento fue enorme. Ahora que miro la situación con la perspectiva de los años, tomo conciencia de cómo trabajábamos los docentes. No teníamos casi contacto entre los adultos, no existían los tiempos adicionales de coordinación y las únicas instancias de encuentro entre colegas, -fuera de los cruces fútiles y rápidos de la sala de profesores-, eran las dos reuniones de evaluación, una se hacía a mitad de año y otra al final, cuando ya conversar sobre el grupo y los jóvenes era más una catarsis de lo vivido que un eficiente intercambio profesional para gestar una estrategia de trabajo más fructífera.

Cuando salí del impacto inicial, logré hablar con Rafa y con la clase, tratando de entender porqué solo venía a la clase de Literatura. Me contó que había empezado a trabajar y que seguía viniendo a mi clase porque no quería decepcionarme. No olvidaré nunca la fuerza de la mirada de esos ojos morenos, diciendo esas palabras. No olvidaré nunca que ese día, comprendí la importancia esencial que tenemos los adultos en la vida de los jóvenes y qué enorme responsabilidad esto configura. Sin proponérmelo, esa mezcla de tristeza y alegría que me abrazó en ese momento, vuelve a embargarme frente al vivído recuerdo de una situación tan desconcertante.

Mi estrategia había sido sin lugar a dudas, eficiente,  pero con un efecto circunscripto a la clase de Literatura y por lo tanto, con una profunda ineficiencia en cuanto al resultado más global que deseaba conseguir. Parece increíble que un jovencito de dieciséis o diecisiete años que tuvo que empezar a trabajar mantenga la asistencia a una sola asignatura con la única intención de no desilusionar al adulto que tiene enfrente. Pero así fue, la expresión pura del afecto que se devuelve cuando alguien se siente tan bienvenido.


En esto radica gran parte del éxito de la cuestión educativa, en los vínculos francos, de confianza, de responsabilidad  y compromiso que uno puede gestar con los estudiantes y que dejan certezas y enseñanzas para vivir. Para mí, son enseñanzas más firmes e importantes que los contenidos de la asignatura, porque seguramente preservaremos el recuerdo de los contenidos si el encuadre de aprendizaje estuvo dado por un adulto hospitalario que nos hizo sentir que estábamos aptos y que todo era posible.