Con frecuencia, las palabras o expresiones se ponen de moda. Esto significa
que pasan a formar parte del repertorio de un vocabulario específico que se usa
en los ámbitos disciplinares y que su inclusión
discursiva por parte de los hablantes asegura una autodefinición como “aggiornados”.
Esto acarrea que la aplicación casi
automática, yo diría incluso irreflexiva de algunas palabras o expresiones en
un determinado contexto témporo-espacial genera un vaciamiento de significado o
una retención inadecuada del significante ligada a cierto significado en forma
absolutamente unívoca e indeclinable.
En el ámbito de la educación esto pasa con mucha frecuencia. Algunos
vocablos o expresiones tienen períodos de éxito y períodos de demonización.
Por ejemplo, la palabra COMPETENCIAS, que supo ver el estrellato en lengua
de expertos, últimamente ha caído en el reino de las condenadas. En la mayoría
de los ámbitos educativos, hoy parece
caprichosamente prohibida y de imposible discusión referencial. Decirla
es quedar preso de una mirada mercantilista vinculada con las reformas educativas
de los años 90, sin posibilidad de definición renovadora. Como palabra es el
envase de un contenido no deseado, condenado y condenatorio.
Otras expresiones, en cambio, generan todo lo contrario. Son usadas en
forma recurrente al igual que los comodines en los juegos de naipes. Cuando no
se sabe muy bien qué decir pero hay que quedar bien funcionan como
salvoconductos. Por ejemplo, la expresión TRABAJAR EN EQUIPO. Es como una
fórmula mágica que “salva” al hablante
en la mayoría de los casos del vacío argumentativo o conceptual y sumerge al
oyente en una suerte de torrente democrático y cooperador. Hoy TRABAJAR EN
EQUIPO es una expresión necesaria que remite a buenas ideas y sensaciones, que
forma parte del discurso políticamente correcto aunque podríamos discutir si
las prácticas se corresponden o no con ese teórico manifiesto.
Por ejemplo, se habla de equipos educativos o equipos de dirección pero los
mismos no constituyen más que la sencilla cobertura de vacantes de cargos.
Cubrir los cargos no asegura conformar un equipo y mucho menos trabajar en
equipo. El equipo es entonces una expresión de deseo, es un modo de exponer la
necesidad de un trabajo colaborativo en que se construye una visión común,
resignando parte de la visión individual, o al menos aceptando la mirada del
otro como una mirada posible para discutir la propia. Lo ideal es que de ese
intercambio surja una posibilidad nueva, una construcción diferente a la de
cada uno, un resultado enriquecido de la conjunción donde se definen además de
supuestos teóricos, planteos de concreción, etapas de las mismas y objetivos
deseados. Una ruta que se construye juntos, renunciando a lo individual, con
escucha activa, disponible, franca y nutrida desde la discrepancia pero con deseos
de acordar. Supone el desistimiento voluntario de lo individual y la certeza de una recompensa fuerte
desde el nosotros.
Sin embargo, es necesario reconocer que esto en la vida real se da
escasamente. Cuando se produce tiene un efecto maravilloso, convocante,
comprometido pero la mayoría de las veces no se da. Casi me animaría a asegurar
que hay una relación inversamente proporcional entre la cantidad de veces a la
que se alude en el discurso sobre el trabajo en equipo –reitero, expresión que
está de moda- y lo que ocurre en realidad. La expresión es entonces una cáscara
vacía que disfraza a una realidad que cada vez es más verticalista y menos
constructora desde la horizontalidad. Es que creo con un sentimiento inquietante
que estamos acostumbrándonos a decir mucho, pensar poco y reflexionar nada.
Me queda una anécdota sabrosa para contar. Corría el año 2013 y yo estaba
desempeñando el rol de supervisora de los liceos del este montevideano. En ese
momento, descubría con inquietud que un director liceal tenía un porte
escurridizo con respecto a la expectativa de que se involucrara en la vida del
centro educativo. Siempre estaba en su escritorio, no salía de ese espacio de protección,
no lideraba los espacios de coordinación. Era como el capitán de un buque a la
deriva que ha perdido el timonel a fuerza de mirarse el ombligo cada día y no
poner nunca un ojo en el barco y mucho menos en el estado del mar. Temeroso se
encerraba en la cabina de mando pero el terror le imposibilitaba actuar. La
subdirectora tenía un comportamiento totalmente opuesto. Atenta al estado del
mar, dialogante con cada uno de los habitantes del barco, vivía desesperada por
instalar el diálogo con el capitán mayor, sin éxito. Sus solicitudes siempre
recibían un silencio por respuesta, e incluso frente a la insistencia, algunas
veces, por momentos, -muchas veces-, recibió algún gesto de destrato. Se sentía
relegada y me hizo el planteo de la situación con mucha seriedad profesional.
Sentía que había agotado los caminos para generar ella sola las vías de acceso
a construir acuerdos con el Director y estaba padeciendo la situación que ya
empezaba a cobrarse consecuencias en su cuerpo y en su estado de ánimo. Así es
que decidí como supervisora encarar un diálogo con ambos a los efectos de
conceptualizar diferencias y empezar con expectativas moderadas a construir un
camino de encuentro que permitiera alguna posibilidad de trabajo conjunto. El
diálogo que voy a transcribir es breve y en esa brevedad es tan contundente que
no necesita más explicación que el uso banal y rutinario de una expresión de
moda. Mi planteo fue sobre la preocupación que me causaba que no pudieran
trabajar en equipo, por un lado por el sufrimiento de la subdirectora y por
otro lado por el consiguiente daño institucional que eso acarreaba. El director
me miró con sorpresa. - ¿cómo que no trabajamos en equipo? , me dijo, -nosotros
trabajamos en equipo. Yo quedé estupefacta frente a la aseveración tan rotunda
por lo que le contesté –Entonces, Director ¿qué significa para usted trabajar
en equipo? Y él, seguro, lleno de razón, me contestó:
-Nosotros trabajamos en equipo. Yo doy las indicaciones y ella las cumple.
Estimado lector, cuando sientas que alguien alude a la escasez de trabajo
en equipo por parte de alguien con quien debió hacer este tipo de tareas para
llegar a acuerdos y comandar algún timonel institucional, primero pregúntale cómo
conceptualiza esa persona esta expresión y qué tipo de práctica lleva adelante.
De la respuesta, nacerán tus conclusiones y verás si la línea que se traza para
la ruta es vertical u horizontal y qué papel cumple, entonces, la expresión de moda.