miércoles, 25 de abril de 2018

Trabajo en equipo: la expresión de moda.



Con frecuencia, las palabras o expresiones se ponen de moda. Esto significa que pasan a formar parte del repertorio de un vocabulario específico que se usa en los ámbitos disciplinares y que su  inclusión discursiva por parte de los hablantes asegura una autodefinición como “aggiornados”. Esto acarrea que la aplicación  casi automática, yo diría incluso irreflexiva de algunas palabras o expresiones en un determinado contexto témporo-espacial genera un vaciamiento de significado o una retención inadecuada del significante ligada a cierto significado en forma absolutamente unívoca e indeclinable.

En el ámbito de la educación esto pasa con mucha frecuencia. Algunos vocablos o expresiones tienen períodos de éxito y períodos de demonización.

Por ejemplo, la palabra COMPETENCIAS, que supo ver el estrellato en lengua de expertos, últimamente ha caído en el reino de las condenadas. En la mayoría de los ámbitos educativos, hoy parece  caprichosamente prohibida y de imposible discusión referencial. Decirla es quedar preso de una mirada mercantilista vinculada con las reformas educativas de los años 90, sin posibilidad de definición renovadora. Como palabra es el envase de un contenido no deseado, condenado y condenatorio.

Otras expresiones, en cambio, generan todo lo contrario. Son usadas en forma recurrente al igual que los comodines en los juegos de naipes. Cuando no se sabe muy bien qué decir pero hay que quedar bien funcionan como salvoconductos. Por ejemplo, la expresión TRABAJAR EN EQUIPO. Es como una fórmula mágica que  “salva” al hablante en la mayoría de los casos del vacío argumentativo o conceptual y sumerge al oyente en una suerte de torrente democrático y cooperador. Hoy TRABAJAR EN EQUIPO es una expresión necesaria que remite a buenas ideas y sensaciones, que forma parte del discurso políticamente correcto aunque podríamos discutir si las prácticas se corresponden o no con ese teórico manifiesto.

Por ejemplo, se habla de equipos educativos o equipos de dirección pero los mismos no constituyen más que la sencilla cobertura de vacantes de cargos. Cubrir los cargos no asegura conformar un equipo y mucho menos trabajar en equipo. El equipo es entonces una expresión de deseo, es un modo de exponer la necesidad de un trabajo colaborativo en que se construye una visión común, resignando parte de la visión individual, o al menos aceptando la mirada del otro como una mirada posible para discutir la propia. Lo ideal es que de ese intercambio surja una posibilidad nueva, una construcción diferente a la de cada uno, un resultado enriquecido de la conjunción donde se definen además de supuestos teóricos, planteos de concreción, etapas de las mismas y objetivos deseados. Una ruta que se construye juntos, renunciando a lo individual, con escucha activa, disponible, franca y nutrida desde la discrepancia pero con deseos de acordar. Supone el desistimiento voluntario de lo  individual y la certeza de una recompensa fuerte desde el nosotros.

Sin embargo, es necesario reconocer que esto en la vida real se da escasamente. Cuando se produce tiene un efecto maravilloso, convocante, comprometido pero la mayoría de las veces no se da. Casi me animaría a asegurar que hay una relación inversamente proporcional entre la cantidad de veces a la que se alude en el discurso sobre el trabajo en equipo –reitero, expresión que está de moda- y lo que ocurre en realidad. La expresión es entonces una cáscara vacía que disfraza a una realidad que cada vez es más verticalista y menos constructora desde la horizontalidad. Es que creo con un sentimiento inquietante que estamos acostumbrándonos a decir mucho, pensar poco y reflexionar nada.

Me queda una anécdota sabrosa para contar. Corría el año 2013 y yo estaba desempeñando el rol de supervisora de los liceos del este montevideano. En ese momento, descubría con inquietud que un director liceal tenía un porte escurridizo con respecto a la expectativa de que se involucrara en la vida del centro educativo. Siempre estaba en su escritorio, no salía de ese espacio de protección, no lideraba los espacios de coordinación. Era como el capitán de un buque a la deriva que ha perdido el timonel a fuerza de mirarse el ombligo cada día y no poner nunca un ojo en el barco y mucho menos en el estado del mar. Temeroso se encerraba en la cabina de mando pero el terror le imposibilitaba actuar. La subdirectora tenía un comportamiento totalmente opuesto. Atenta al estado del mar, dialogante con cada uno de los habitantes del barco, vivía desesperada por instalar el diálogo con el capitán mayor, sin éxito. Sus solicitudes siempre recibían un silencio por respuesta, e incluso frente a la insistencia, algunas veces, por momentos, -muchas veces-, recibió algún gesto de destrato. Se sentía relegada y me hizo el planteo de la situación con mucha seriedad profesional. Sentía que había agotado los caminos para generar ella sola las vías de acceso a construir acuerdos con el Director y estaba padeciendo la situación que ya empezaba a cobrarse consecuencias en su cuerpo y en su estado de ánimo. Así es que decidí como supervisora encarar un diálogo con ambos a los efectos de conceptualizar diferencias y empezar con expectativas moderadas a construir un camino de encuentro que permitiera alguna posibilidad de trabajo conjunto. El diálogo que voy a transcribir es breve y en esa brevedad es tan contundente que no necesita más explicación que el uso banal y rutinario de una expresión de moda. Mi planteo fue sobre la preocupación que me causaba que no pudieran trabajar en equipo, por un lado por el sufrimiento de la subdirectora y por otro lado por el consiguiente daño institucional que eso acarreaba. El director me miró con sorpresa. - ¿cómo que no trabajamos en equipo? , me dijo, -nosotros trabajamos en equipo. Yo quedé estupefacta frente a la aseveración tan rotunda por lo que le contesté –Entonces, Director ¿qué significa para usted trabajar en equipo? Y él, seguro, lleno de razón, me contestó:
-Nosotros trabajamos en equipo. Yo doy las indicaciones y ella las cumple.  

Estimado lector, cuando sientas que alguien alude a la escasez de trabajo en equipo por parte de alguien con quien debió hacer este tipo de tareas para llegar a acuerdos y comandar algún timonel institucional, primero pregúntale cómo conceptualiza esa persona esta expresión y qué tipo de práctica lleva adelante. De la respuesta, nacerán tus conclusiones y verás si la línea que se traza para la ruta es vertical u horizontal y qué papel cumple, entonces,  la expresión de moda.


jueves, 12 de abril de 2018

Para calcular los cambios…




El jueves pasado, hace exactamente una semana, Sebastián nos conmovió a todos con una feliz noticia: había logrado aprobar el examen de Matemáticas.

Salvar un examen siempre es motivo de alegría en esta carrera de obstáculos que es en el fondo el sistema educativo, pero en este caso, este examen revestía una condición especial: salvar o perder, significaba quedar fuera o seguir en carrera. Sebas es uno de los tantos uruguayos que hizo en alguna Facultad de la Universidad de la República su inscripción condicional, esperando la ansiada culminación del Bachillerato en el período especial de abril. Hasta aquí, la situación es aplicable a cualquier joven. Comenzar a cursar una carrera con esa preocupación es tensionante y se convierte en una situación  muy angustiante para aquellos que no pueden celebrar porque no lograron salvar la valla que el mes de abril les propone. Quedan definitivamente varados, con un proyecto anual truncado y con los probables impactos que esto puede tener en el proyecto de vida.

El caso de Sebastián, sin embargo, aunque no es único, tiene algunos aditivos singulares. Es un  joven extremadamente inteligente y sensible, que procede de un barrio humilde y que dentro de su familia y su entorno inmediato es el que está logrando “zafar” de la miseria y esto último no se relaciona con  los logros económicos que son aún inexistentes, sino con la clara concepción que él tiene y él mismo ha narrado “estudiar, -nos ha dicho- es lo único que tengo para desenterrarme de la mediocridad en la que vivo”. Es que sumado a su inteligencia y sagacidad, hay en él una condición crítica y una profunda habilidad para poner en palabras lo que siente y piensa. Sorprende en este joven  la capacidad para valorar a sus profesores con expresiones que calan intensamente, destacando el lugar de los educadores en la vida de sus compañeros de barrio que hoy tienen una nuda vida, “docentes necesarios para vaciar su hambre y violencia y llenarse de sueños y esperanza”, una devolución a la tarea de todos los docentes, por extensión,  en términos de impacto de vida, que emociona y llama profundamente la atención. Hay en su relato aseveraciones contundentes como la certeza de que hay muchas cosas peores “que un estómago con hambre” y el agradecimiento a los docentes que le enseñaron a “aspirar, soñar y creer”, que requieren de una madurez que supera su edad cronológica.

Sebastián, el uruguayo joven que está haciendo una ruptura con su entorno familiar y barrial para superarse y ayudar a otros a hacerlo, nos interpela fuertemente desde la sencillez de la celebración del examen aprobado. A partir de sus palabras me asaltan miles de preguntas: ¿Es correcto que quede imposiblitado de hacer una carrera un joven –cualquiera sea su condición- por una asignatura? ¿Y si además ese joven eligió una carrera de letras, como Sebastián que está haciendo una Tecnicatura en corrección de estilo y la asignatura que “debe” es de otro campo del saber opuesto al elegido? Y no es por desconocimiento del valor de las asignaturas que me atrevo a hacer esta pregunta,  sé que cada asignatura además de ofrecer unos conocimientos específicos nos ayuda a desarrollar procesos cognitivos que usamos en forma natural durante toda la vida, por lo que no es posible caer en la tentación de la mentada pregunta popular que escuchamos con frecuencia…¿esto para qué me sirve?  Pero me martillea en la cabeza, una y otra vez...¿es justo, correcto, adecuado que un estudiante que se sobrepone a un entorno difícil corra el riesgo de la desmotivación y de quedar un año sin actividad específica por  tener previa una asignatura? ¿No es tiempo de tomar la evaluación de un modo integral y que podamos a través de ella percibir la evolución de cada uno de los jóvenes de acuerdo a su situación de inicio y tomando en cuenta la ruta que ha diseñado  para seguir adelante? Son preguntas que me asaltan cuando siento que construimos un sistema que funciona como una trampa y  que se produce y reproduce sin cesar con un ritmo constante que imposibilita la interrogante, pero sobre todo, que deshumaniza y niega con sus acciones y rutinas la esencia de lo que verdaderamente debe ser la educación.

Por eso creo que no debe pasar desapercibida la expresión del joven que origina estas palabras, cuando invadido de sabia ironía feliz nos cuenta: “Salvé Matemáticas (…) Bachiller al fin. Ahora voy a poder calcular bien los cambios cuando compre fiambre”

domingo, 1 de abril de 2018

Un sueño Pintadito.




Más que imágenes o sonidos, lo que recuerdo de aquel día son sentimientos. Por aquel tiempo –hace unos cuatro años- yo estaba indagando el mundo con una mirada diferente y tengo  desde esos momentos y para siempre, un sinfín de imágenes, sonidos y texturas, atesoradas en mi alma y en mi cuerpo.

Siempre digo, -porque tengo la convicción plena- que uno ve la vida como por una pequeña mirilla y depende del lugar que estemos ocupando en el momento, para que lo mirado, —la imagen que la mirilla ofrece-,tenga una u otra silueta,  este o aquel color u aroma.   Yo estaba en ese instante de mi vida en pleno esfuerzo de abandonar la mirada montevideana construida desde mi experiencia incambiada como natural de este departamento y más aún de la ciudad capital y necesitaba reconstruir mi mirilla y adoptar una mirada nacional. Pasar de ser Inspectora de once liceos montevideanos  a ser Directora General de todos los liceos del país, me desafió y conmovió fuertemente. Por eso mi primera decisión fue salir a conocer. La experiencia me dice que uno puede leer una buena carta, una nota descriptiva e incluso tener un relato oral de excelente calidad narrando lo que sucede en una comunidad educativa y sentirse conectado con la cuestión y con la gente pero NADA iguala a la vivencia. Efectivamente estar en el lugar, hablar con la gente, sentir al otro latir a nuestro lado  es lo que permite ponerse en situación, emocionarse pero sobre todo, comprender.

Así que me fui a conocer el país y pasé los primeros meses del año 2014 conversando con la gente, recorriendo liceos, compartiendo con profes y familias. Pero insisto, de esa tarde de marzo, solo me quedan los sentimientos. Si tuviera que agregar alguna nota adicional, diría que había poca luz, que estaban los representantes de la comunidad y que del enojo inicial pasé a la convicción de que teníamos que elegir el camino colectivo para salir adelante.

¿A quién se le podía ocurrir crear un liceo en un lugar donde no estaba dada ni una sola condición para su existencia? La pregunta no exige respuesta ni pretende culpabilizar a nadie pero explica mi enojo cuando me enteré que bajo la hospitalidad de la escuela pública del barrio y luego de que el horario escolar terminara, es decir, a partir de las 16 y 30 horas, se había decidido poco tiempo antes de mi asunción que se fundara el liceo de Pintadito.

Pintadito,  un barrio humilde  ubicado a la entrada de la ciudad de Artigas,  hacía tiempo que demandaba para sus jóvenes un espacio educativo que permitiera la continuidad de los estudios más allá de la escuela primaria   Pero la verdad es que en ese momento, allí, no había NADA, exceptuando algunos pocos salones que la escuela dejaría abiertos que se completarían con las aulas móviles que pronto llegarían.  Sin embargo, esta carencia material contrastaba con la decisión y la emoción con la que me encontré cuando llegué aquella tarde.

Romel, el valiente profe que había elegido el cargo de Director del liceo  inexistente, me esperó con un afecto inmenso, acompañado por padres, vecinos, profes y maestras. No hubo una sola queja, el lugar se pobló de  agradecimientos, alegría y planes de futuro que me desarmaron. Don Britos, un moreno veterano que es el jefe espontáneo de la comunidad, me explicó con enorme convicción cómo era imprescindible asegurar dentro del barrio un espacio para el desarrollo de la educación media porque no había buena frecuencia de transporte hacia los otros liceos de la ciudad y ese era un factor desalentador para que los chicos siguieran estudiando. Con gran lucidez me contó que habían conseguido que funcionara allí el servicio de salud y que estaban iniciando con buen nivel de éxito la regularización de los terrenos. Su sencillez de hombre humilde pero comprometido con la historia colectiva de su barrio me inundó de admiración. Esa tarde entendí lo equivocada que estaba, no estábamos fundando un liceo desde la nada, sino   simplemente  materializando el deseo de una comunidad vigente que solo aspiraba a instituir las condiciones de estudio para lograr la superación de sus integrantes. Nunca como hasta ese momento, sentí el compromiso tan intenso como para luchar para que ese liceo fuera una realidad y tuviera su propio edificio para funcionar en un horario adecuado y con todas las condiciones necesarias.

No haré más largo este relato. Solo quiero compartir con todos ustedes que mañana, dos de abril de 2018, el liceo de Pintadito que existe desde el 2014, -resistiendo tormentas reales y metafóricas,  y enseñándonos a todos a dialogar con nuestras dificultades, eligiendo el trabajo para superarlas-, estrenará su nuevo edificio. Allí, al ladito de la escuela que le dio abrigo para que se produjera el origen. Con su director y su secretario presentes desde el primer día, con sus profes comprometidos que supieron verse a sí mismos como los únicos posibilitadores del desarrollo de los jóvenes, con sus madres, padres y vecinos, con su enorme capacidad de responder a las adversidades y seguir gestando esperanza, mañana estrenarán su nuevo edificio. Es además, un edificio precioso, de diseño funcional, luminoso, con dos hermosos patios interiores que parecen jardines de invierno, con  espléndidos salones y laboratorios.

El mismo basalto lajoso que los albañiles arrancaron del suelo para preparar el terreno, es el que sirvió para darle una terminación diferente que lo hace único en todo el país. Es que Pintadito es genuino y merece tener un edificio diferente para alentar la vida de esos jóvenes y hacernos sentir a todos que luchar, vale la vida y que los sueños, acompañados de convicción y trabajo dejan de ser abstracciones fantasiosas para ser realidades.

Mi admiración y saludo a todos los integrantes de la comunidad educativa y a todos los uruguayos, el estímulo fuerte para que, -digan lo que digan-, hay que seguir pintando sueños.