domingo, 30 de julio de 2017

Haciendo sinapsis.




Conocí a Graciela cuando yo ya era hacía unos cuantos años directora del liceo 30 y ella tomó  sus horas de clase de Biología nuevamente en el turno vespertino. Graciela había trabajado durante años en el liceo, -de hecho es vecina del local liceal- , pero había elegido otros rumbos y destinos , cuando se había impuesto lo que los uruguayos llamamos en la jerga común la reforma Rama, una reforma impuesta que en los años 90 dividió a los profesores dolorosamente. El liceo 30 fue uno de los centros en los que se desarrolló este plan y Graciela eligió un nuevo escenario para su desarrollo profesional durante un tiempo.

Recuerdo que al conocerla me impactó su solvencia profesional y su inmensa sensatez. Una profe de años que prefería trabajar con los grupos de primer año de educación media básica,  cosa poco frecuente, pues en general los profesores a medida que avanzan en su carrera, prefieren elegir sus horas en el bachillerato en el entendido de que los humanos a medida que crecemos damos menos trabajo. Sin duda, ella es conocedora del lugar del docente como orientador de la vida de los estudiantes en forma integral,  más allá de  los conocimientos de la asignatura que debe procurar. Por eso la recuerdo tan nítidamente por ejemplo, cuando rezongaba a Allan, un chiquito recién ingresado al liceo, al que le costaba tanto aceptar las dinámicas nuevas y e insistía con  jugar todo el día. Ella, con su tono firme pero siempre cariñoso, le hablaba una y otra vez,  como una madremaestraprofe para hacerlo reaccionar.

Me unieron siempre muchas cosas a esta mujer maravillosa. Fuimos construyendo como adultas un vínculo que al principio fue profesional y que luego devino en un afecto personal y en una profunda admiración por mi parte, pues demostró que además de una gran capacidad como docente tiene una profunda entereza humana y sabe remar  con fuerza y decisión en todas las aguas tormentosas en que la vida va poniendo su barca. Por eso forma parte hoy de mi equipo de mujeres incondicionales, no porque me toleren todo, muy por el contrario porque el afecto se expresa en la crítica constructiva y el intercambio constante que me ofrece posibilidades de crecimiento y desarrollo, permitiendo que el enfrentamiento con errores y debilidades siempre sea desde la posibilidad de redefinir el rumbo y reconducir el barco.

Cada día Graciela me sigue sorprendiendo. Hace unos días la invité a conocer el nuevo edificio del liceo 29, un edificio precioso, con un diseño vanguardista, cómodo, luminoso, funcional que sustituye a la vieja casona que en su tiempo fue un convento  y que con algunas adaptaciones fue el modo en que las autoridades de su tiempo dieron una respuesta para la existencia del liceo 29. Aunque estábamos  en receso de clases por las vacaciones de julio,  encontramos en el liceo igualmente a algunos  estudiantes. Las mesas de exámenes estaban funcionando y como resultado de la instalación de las mismas,  algunos estudiantes se arracimaban buscando compartir la preocupación de alguna posible pregunta. Nada ha cambiado en relación a los exámenes desde que yo me acuerdo. Son en definitiva,  un ejercicio de control de un recorte de información suministrada durante el año  a juzgar por lo que el trío de profes cree que son saberes relevantes de esa nueva porción del saber que es la asignatura. Son para mi, un ejercicio de valor puntual al momento en que se producen. Se recuerdan algunos conceptos para el momento, para inevitablemente olvidarlos luego.  Es un juego donde prevalece lo efímero: se recuerda para convencer momentáneamente al equipo docente que uno sabe los contenidos solicitados y una vez cumplida esa meta, se olvida esa información para siempre.



 Como buena profe, mientras caminábamos descubriendo espacios nuevos, explorando el edificio liceal, Graciela se acercó a un grupo de estudiantes que esperaba. No pudo evitar entrar en conversación con  con ellos y descubrió que estaban por dar examen de Biología , por lo que fue imposible resistirse a  hacer recomendaciones y sacarles dudas. Lo hizo con la sencillez y la alegría con que los profes nos acercamos a los chiquilines para facilitarles en lo posible el acceso al saber. Yo no había reparado en  que hubo en ese rato de intercambio una orientación sobre posibles preguntas del examen. Fue un intercambio rápido y discreto, pero sin duda, fecundo. Por eso me sorprendió el vértigo con el que se descolgó desde los últimos escalones  ese chiquilín flaquito cuando nosotras nos estábamos por retirar y conversábamos las palabras del estribo en el pie de la escalera. Bajó  galopante, con la felicidad impetuosa del que siente que ha cumplido su función, agradeciéndole a Graciela. Ella le preguntó qué le habían preguntado y él le dijo: -Lo que vos me explicaste: Sinapsis. Esa conexión entre neuronas que ella le había explicado con sencillez, de alguna manera mostraba la conexión que ella supo establecer con él. La adscripta añade al instante un dato que completa esta anécdota vital : -No sabés la falta que le hacía esta alegría a este chiquilín. Inmediatamente  relata una situación personal de  orfandad materna que se había sucedido en tiempos muy recientes. Yo me quedé tan emocionada de ver la escena, de recoger en unos instantes tanta información, tanta fuerza acumulada en cada palabra y cada gesto que no  me salió más que decirle, -Viste; Graciela, hoy fuiste su ángel! Ella simplemente me miró con los ojos llenitos de lágrimas, -Es cierto, hoy fui su ángel.