lunes, 20 de abril de 2020

Un lápiz labial. En recuerdo a las muchachas de abril

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Un nuevo 21 de abril actualiza el recuerdo inexorable de aquella madrugada en que se hizo intenso el espesor del silencio. Quizás fue la interrupción desaforada e inesperada lo que provocó que el antes y el después fuera más profundo, mucho más inmenso, hondamente inolvidable. Hoy hace cuarenta y seis años que el silencio, esa ausencia de sonido que es telón de fondo de la vida a ciertas horas del mundo, fue interrumpido por el griterío desbordante y la ráfaga de la metralleta contra tres veinteañeras que estaban en el reposo de la madrugada reponiendo energías para encarar un nuevo día que nunca llegaron a ver.

Hay momentos del transcurrir del mundo que funcionan como si estuvieran entre paréntesis. Como si el silencio fuera el marco testificante de lo que se irrumpe y trastorna una realidad que nunca más se recompone. Son acciones hijas del odio. Así fue aquella madrugada del 21 de abril, cuando Silvia, Laura y Diana descansaban después de cenar y de charlar como charlan las veinteañeras, soñando otros mundos, albergando futuro, creando imágenes del porvenir. Silvia además tenía un porvenir asegurado en la vida que latía en su vientre y el amor por el padre de ese niño que albergaba con la fuerza de la juventud de ambos.  Las tres tenían seguramente muchos otros amores que se amontonaban en el alma y en el cuerpo. Porque es seguro que si de amor hablamos, lo que no faltaba en ese trio, era ese sentimiento.

La ráfaga cobarde se suscitó entre gritos y golpes que rasgaron para siempre, a la manera de un arañazo profundo, la tranquilidad del vecindario en aquella madrugada infame. Entraron, las acribillaron y retiraron de inmediato todo lo que allí había que no eran más que unos pocos muebles y las cosas propias de tres jovencitas que convivían temporariamente en aquel sencillo apartamento de la calle Mariano Soler. El triple asesinato y la desaparición de los objetos del escenario de la muerte, -reciente escenario de la vida-,  fue un intento  cobarde de simular que nada había pasado.

Cuando los vecinos pudieron superar el estupor con las primeras luces del alba, ya habían sentido el ruido del camión del ejército llevándose las “cosas” entre las que estaban también los tres cuerpos agujereados que transportaron embolsados en unas parihuelas quizás improvisadas para la ocasión. Solo quedó casi invisible, silencioso pero representativo de la historia, como una señal, un lápiz labial que perteneció a alguna de aquellas jovencitas. Mi cabeza vuela y me las imagino probándose colores, intentando realzar la belleza natural de cada una.

Pero más allá de que es un elemento cosmético propio de la coquetería femenina, un lápiz labial es siempre un lápiz. Y un lápiz, sea cual fuere, es un utensilio para registrar la vida, un elemento para dejar plasmado para siempre lo que vimos, lo que sentimos, lo que vivimos. Un lápiz labial quedó como único testigo, desapercibido en el ángulo recto que forma la calle contra el cordón de la vereda. Quedó solito, y seguramente no ha sido una casualidad que  un lápiz labial haya sobrevivido a la tensión convulsiva del momento.  Hoy, especialmente en este presente ingrato, lo siento como símbolo que reclama la memoria que debe necesariamente ser sostenida.

Hoy más que nunca, retomo la validez de aquel lápiz,
resquicio de ese día funesto,  para que los octogenarios 
que llegaron a serlo a fuerza del privilegio de la vida vivida con impunidad, puedan saber con certeza rotunda que seguiremos escribiendo lo que hicieron. Siempre habrá trazos de memoria marcadas por el lápiz labial de aquellas chiquilinas de abril que quedarán para siempre en mi alma y en mi pluma

miércoles, 1 de abril de 2020

Las lluvias del pasado.




Llevo tantos días de aislamiento que ya no llevo ni la cuenta.  Y hoy, encima, llueve… Llueve desde que abrí los ojos, por momentos en forma potente y por otros  mansa y suavemente pero hace horas que me desperté y hace horas que llueve sin descanso.  

Recuerdo que de niña la lluvia me dejaba sin ganas de hacer nada. Cierta melancolía venida seguramente del fondo de los tiempos se apropiaba de mi ser. Aquello de la morriña gallega, una condición ancestral de la nostalgia expresada como un rasgo de la naturaleza en la lluvia siempre presente en los lares de quienes heredo la vida.

La lluvia es algo más que agua que circula, es armonía en sonidos variables, es luz que cambia y enciende tonos singulares en imágenes  inesperadas, es también vida que remite al límite del tiempo con la nada, pero  aún aceptando que el agua se vincula tanto con el origen de la vida, yo no puedo evitar que me provoque cierta desolación interior, irremediable, ingobernable, imposible de erradicar.
Cuando conocí a Galicia entendí muchas cosas de mi historia personal y familiar. Vinieron a mi cabeza imágenes de otras vidas: la lluvia funcionando siempre como un  telón de fondo y con ella , las melodías que despierta esa mansedumbre del agua que cae habitualmente por allí y cierta tristeza y lentitud en el hacer, un hacer siempre cuajado de melancolía. Aún en los momentos de mayor felicidad y celebración plena, irremediablemente hay un instante que se viste de tristeza cuando hay más de dos gallegos o gallegas juntas y es una melancolía que aunque sosegada, no se retira con facilidad, tiene la persistencia de los tiempos, un desde siempre ineludible que todo lo tiñe.

Hace muchos años –más de una década y media – que visité aquel retazo del mundo de donde proceden mis antepasados. Allí vive Pedro, mi primo escritor de micro relatos que me esperaba cargadito de afectos sostenidos en una infancia compartida en Uruguay. Fuimos dos niños felices disfrutando la sencillez de nuestros juegos  en la vereda, las visitas a la playa en los días de sol y las canciones divertidas a toda hora y en todo lugar. 

Particularmente  recuerdo a Pedro como un gran contador de chistes. Solía provocar la atención familiar aún desde muy chiquito y preparaba su repertorio de historias graciosas y chistes breves con la dedicación de un artista consagrado,  provocando las delicias de todos los integrantes de la familia.  En los tiempos en que lo visité, habían pasado muchas horas desde aquella infancia feliz. El estaba tramitando su divorcio. Fue en el  discurrir de aquellas conversaciones hiladas con el afecto del tiempo sin vernos pero hilvanadas con la naturalidad del amor que nunca caduca a pesar de la  distancia y las horas sin vernos , que al narrar las circunstancias de su vida allí, me nombró la lluvia.

-Aquí siempre llueve… siempre. En esa charla, él colocaba a la lluvia como parte del escenario del sufrir. -Un día llegué a sentir que tenía raíces en los pies, después de diez días de lluvia ininterrumpida – me dijo. 

Me quedé con esa imagen. Suelo tener una capacidad de visualización inevitable y pude verlo, en ese momento,  con esas ramificaciones, imaginé sus pies y aquellos deditos desarrollando breves y frágiles extensiones hacia el suelo y lo visualicé intentando desprenderse de la tierra, luchando por caminar, por moverse, por cambiar y superar aquella situación. Intenté ayudarlo con mi imaginación, desprendiendo aquellas ramificaciones inquietantes que lo ligaban al suelo de esa Galicia fértil pero a la vez, atrapadora.

La lluvia y la quietud, la lluvia y el letargo, la lluvia y ese paréntesis que abre en nuestras vidas enlenteciéndola. La lluvia como carga ancestral contra la que luchar para llegar a regalarle algunos soles a nuestra descendencia.