.
Un nuevo 21
de abril actualiza el recuerdo inexorable de aquella madrugada en que se hizo
intenso el espesor del silencio. Quizás fue la interrupción desaforada e
inesperada lo que provocó que el antes y el después fuera más profundo, mucho
más inmenso, hondamente inolvidable. Hoy hace cuarenta y seis años que el
silencio, esa ausencia de sonido que es telón de fondo de la vida a ciertas
horas del mundo, fue interrumpido por el griterío desbordante y la ráfaga de la
metralleta contra tres veinteañeras que estaban en el reposo de la madrugada
reponiendo energías para encarar un nuevo día que nunca llegaron a ver.
Hay
momentos del transcurrir del mundo que funcionan como si estuvieran entre paréntesis.
Como si el silencio fuera el marco testificante de lo que se irrumpe y
trastorna una realidad que nunca más se recompone. Son acciones hijas del odio.
Así fue aquella madrugada del 21 de abril, cuando Silvia, Laura y Diana
descansaban después de cenar y de charlar como charlan las veinteañeras,
soñando otros mundos, albergando futuro, creando imágenes del porvenir. Silvia
además tenía un porvenir asegurado en la vida que latía en su vientre y el amor
por el padre de ese niño que albergaba con la fuerza de la juventud de
ambos. Las tres tenían seguramente muchos
otros amores que se amontonaban en el alma y en el cuerpo. Porque es seguro que
si de amor hablamos, lo que no faltaba en ese trio, era ese sentimiento.
La ráfaga
cobarde se suscitó entre gritos y golpes que rasgaron para siempre, a la manera
de un arañazo profundo, la tranquilidad del vecindario en aquella madrugada
infame. Entraron, las acribillaron y retiraron de inmediato todo lo que allí
había que no eran más que unos pocos muebles y las cosas propias de tres
jovencitas que convivían temporariamente en aquel sencillo apartamento de la
calle Mariano Soler. El triple asesinato y la desaparición de los objetos del
escenario de la muerte, -reciente escenario de la vida-, fue un intento
cobarde de simular que nada había pasado.
Cuando los
vecinos pudieron superar el estupor con las primeras luces del alba, ya habían
sentido el ruido del camión del ejército llevándose las “cosas” entre las que
estaban también los tres cuerpos agujereados que transportaron embolsados en
unas parihuelas quizás improvisadas para la ocasión. Solo quedó casi invisible,
silencioso pero representativo de la historia, como una señal, un lápiz labial que
perteneció a alguna de aquellas jovencitas. Mi cabeza vuela y me las imagino
probándose colores, intentando realzar la belleza natural de cada una.
Pero más
allá de que es un elemento cosmético propio de la coquetería femenina, un lápiz
labial es siempre un lápiz. Y un lápiz, sea cual fuere, es un utensilio para
registrar la vida, un elemento para dejar plasmado para siempre lo que vimos,
lo que sentimos, lo que vivimos. Un lápiz labial quedó como único testigo,
desapercibido en el ángulo recto que forma la calle contra el cordón de la
vereda. Quedó solito, y seguramente no ha sido una casualidad que un lápiz labial haya sobrevivido a la tensión
convulsiva del momento. Hoy, especialmente
en este presente ingrato, lo siento como símbolo que reclama la memoria que
debe necesariamente ser sostenida.
resquicio de ese día funesto, para que los octogenarios
que llegaron a serlo a fuerza del privilegio de la vida vivida con impunidad, puedan saber con certeza rotunda que seguiremos escribiendo lo que hicieron. Siempre habrá trazos de memoria marcadas por el lápiz labial de aquellas chiquilinas de abril que quedarán para siempre en mi alma y en mi pluma