sábado, 28 de mayo de 2016

Historias que se tejen


Es domingo y estamos en un amplio salón del Centro de Formación Docente de Minas, junto a la Subsecretaria del Ministerio de Educación y Cultura, parte de su equipo y todas las autoridades de la educación. Es un espacio de atención a quienes lo solicitaron previamente que funciona habitualmente en vísperas de un Consejo de Ministros que se realiza en alguna localidad de ese departamento. Es fascinante estar allí, por las historias, las demandas, las preocupaciones que aparecen en boca de los diversos colectivos, que aprovechan la ocasión de tener para sí, unos instantes a todas las autoridades. Es una espacio de historias inusitadas, de increíbles vivencias y por lo tanto, de sorpresas y aprendizajes. En el tiempo que llevo concurriendo, -un poco más de un año- he escuchado relatos  increíbles y pedidos insólitos, desde los que quieren cambiar de lugar el Obelisco de la localidad, los que quieren apoyo para las fiestas locales,- todas ellas de insólitos nombres-, hasta los que solicitan la construcción de un centro educativo para una pequeña localidad que en sus tiempos fue una estación de tren o quieren simplemente entrar a las escuelas a enseñar candombe. Todo se ve, todo se escucha, todo se vive con respeto por más inaudito que parezca. La variedad está a la orden del día y da cuenta de las también variadas vivencias y necesidades que los humanos tenemos en relación a la mirada que también portamos del mundo.
En una de esas tardes, apareció Carla, una dulce maestra, muy joven, muy enamorada de su profesión, que además de trabajar en la escuela, -a la que califica como el “lugar de la felicidad” para los niños-,  es Gestora de Cultura Científica de su departamento. Apareció acompañada de dos adolescentes altos y callados que fueron distinguidos el año pasado por haber creado una silla de ruedas todo terreno, creación que les permitió acceder a la feria internacional de Ciencias en EUA.
Ella es la que habla y habla rápido, con apremio, como queriendo aprovechar cada instante que se le escapa. Lo hace con fruición, quizás por aquello de que estamos hechos de tiempo. Y viene a pedir un reconocimiento, no para ella, sino para todos los docentes orientadores de los Clubes de Ciencias[i] porque este año, se cumplen treinta años del proyecto que vive expresado en cada emprendimiento que cada profesor o maestro entusiasmado pone en juego junto a un conjunto de niños o jóvenes, la mayoría de las veces, sin más reconocimiento o beneficio que la palabra de aliento de alguien cuando presentan en la Feria de Ciencias sus hallazgos. Carla rescata el valor de las ferias departamentales, esos eventos movidos en que todos los clubes del departamento se desplazan a la capital y arman su stand para mostrar su trabajo. Y allí es cuando ella, con un tinte emocionado de voz, nos dice que hay historias que se tejen, fabulosas, que no las miden los números. Historias de chicos que vienen desde el medio del campo, muchos de los cuales nunca han pisado la capital, muchos de los que disfrutan la ducha cuando se bañan en el lugar donde los hospedamos porque en sus casas no tienen estas comodidades.
Carla tiene un vértigo verbal que convoca, que invita, que mueve la fibra del afecto apelando al esfuerzo convencido que hacen los orientadores de los Clubes de Ciencias. Insiste en la vivencia y la oportunidad de desarrollar otros saberes, otras experiencias de vida más allá de la investigación científica o a propósito de ella, la ocasión de la experiencia vital  en el contacto de estos niños y jóvenes con otra realidad, diferente a la de sus vidas cotidianas.
Salud… Por Carla y por todos los profes y maestros uruguayos. Por los 30 años de un proyecto que nutre a niños jóvenes, que despierta curiosidad, que provoca “historias que se tejen”.



[i] Los Clubes de Ciencias se crean a partir de un proyecto que en el marco del Ministerio de Educación y Cultura, invita a la creación de equipos de investigación integrados por un orientador adulto y los niños y jóvenes que sientan interés por la temática que se propone. Los temas son variados y seleccionados por los propios integrantes de cada club. Hay instancias departamentales para compartir los trabajos y de esas Ferias, surge una clasificación que posibilita la participación en la Feria Nacional. Si bien hay una metodología de trabajo y de presentación,  nada inhibe la creatividad. Todas las ocasiones son riquísimas en relación a la alegría de compartir conocimientos y de intercambiar metodologías.

viernes, 20 de mayo de 2016

Meditación



Yo era muy joven, en ese momento y daba mis clases de Literatura en un liceo privado y en varios liceos públicos. Fue un tiempo de exploración profesional y por lo tanto, de fuerte aprendizaje. Fue el tiempo en el que descubrí -entre otras miles de cosas- cuántos tipos de hambre puede tener un ser humano.
Todos mis alumnos tenían hambre, pero mis alumnos del privado tenían un hambre diferente a la que tenían mis alumnos del público. No tenían como dice Galeano, “hambre de pan” pero sin duda, tenían como bien señaló el gran Eduardo, una profunda “hambre de abrazos”, de atención, de afecto, de reconocimiento.
Eran inquietos, desordenados, parecían desinteresados, pero yo intuía que en ese hormigueo que los recorría, no había ni más ni menos que una intensa insatisfacción provocada por la posesión de infinidad de cosas materiales y la escasez de instancias de atención, sencillamente en la mayoría de los casos, la escasa o nula existencia de tiempos compartidos con los adultos referentes.
Mi preocupación principal al preparar las clases en aquel tiempo, consistía  en encontrar mecanismos para “engancharlos”, en buscar propuestas desafiantes que me permitieran concentrar la atención de estos jóvenes, encantadores, pero sin sosiego.
Siempre supe que la sencillez encierra la respuesta a las grandes cosas, pero también sé que es muy difícil pensar con sencillez. Fui reflexionando y llevando adelante mil modos de dar la clase, mil maneras insólitas de presentar los temas, usando recursos audiovisuales, trayendo noticias y a partir de ellas buscar puntos de enlace con el texto que estábamos dando, preguntas y palabras disparadoras,  propuestas grupales, salidas didácticas,  todo lo que estaba a mi alcance y en todos los casos tuve diversos resultados pero no lograba conseguir que estos chiquilines tuvieran un estado interior que les permitiera pensar y dialogar escuchándose. Sinceramente, me agotaban…Asumir una clase con ellos era equivalente a tres o cuatro en otros grupos.
El estado de inquietud constante, -del alma y del cuerpo- era un impedimento claro para gestar aprendizajes. Me daba cuenta que no era una cuestión de voluntad. Yo les pedía concentración y atención, un esfuerzo que ellos no podían hacer, aunque estuvieran bienintencionados.
Así que simplemente un día, decidí dejarme llevar por lo que me había funcionado a mi siempre como tranquilizador. Decidí empezar la clase con una música suave, decidí invitarlos a cerrar sus ojos, a visualizar paisajes naturales en los que se sintieran felices y cómodos… Hicimos un acuerdo, ellos se dejarían llevar unos minutos por mi voz, sería corto como para que nadie se sintiera incómodo con el ejercicio pero deberían hacerlo todos, los treinta compañeros del grupo. Después decidiríamos si había valido la pena, si seguiríamos practicando. Mi propuesta se concentró en explicarles que eran encantadores pero no estaba logrando que la clase se diera con un nivel de interés como para propiciar aprendizajes y para aprender es necesario estar tranquilo, conectado con uno mismo, sereno, con calma para que fluya lo que cada uno trae y lo pueda poner en juego combinándolo con lo que yo como profe traía para compartir. Aceptaron. Así que puse un tema de ENYA y después de invitarlos a tomar la posición más cómoda que pudieran lograr sin perder el lugar en el banco, intenté guiar la visualización de un espacio natural que a cada uno le resultara acogedor, deseado, agradable, tranquilizador.
Fue breve, pero muy eficaz. Inmediatamente se notó en la clase el efecto de ese instante de contacto personal de cada uno con su propio ser. Fue muy placentero para mi descubrir que con pocos elementos podía ayudarlos a sosegarse para estar más disponibles a que surja lo mejor que cada uno porta y recibir la palabra, el gesto y las ideas del otro.
Para no destruir el hallazgo decidí que no siempre lo haríamos. Me resultaba muy gracioso escucharlos en forma recurrente solicitar ese instante de calma e incluso algunos colegas llegaron a comentarme que los chicos les pedían su rato de meditación para aprender mejor.

Hay algunos aditivos que necesita una clase para preciarse de ser realmente un espacio de intercambio de saberes, una oportunidad para incorporar conocimientos, ensayar procedimientos, insistir en el descubrimiento de aspectos de la vida. Uno de ellos es el clima del aula, la confianza, la calma y la alegría para ir al encuentro del saber y generar el vínculo sano entre todos. La rutina mata la creatividad. La reiteración automática es el monstruo que se devora la oportunidad de descubrir el surgimiento de lo humano. Por eso aunque uno haga un hallazgo como el que aquí narro, debe resistirse a la repetición, porque la tendencia del sistema educativo es la de propiciar la reiteración de acciones.  Que lo mejor aparezca, depende a veces de acciones sencillas, de compartir el deseo de encontrar ese instante de disfrute entre todos y de no desgastarlo, de cuidarlo para que siga siendo un momento genuino de sensaciones nuevas. Es una circunstancia tan placentera, tan disfrutable, que creo que solo los profes comprendemos…. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Los ojos de Carlos.



Soy Inspectora de Institutos y liceos. Es una tarea que me gusta, de hecho, accedí a ella por pura elección como parte de mi desarrollo profesional, pero por momentos, me desespera. Si tuviera que elegir, prefiero la dirección del liceo porque desde el ejercicio de la dirección uno HACE directamente y se enfrenta cada día con sus logros y sus fracasos. Como supervisora, uno acompaña al otro, al Director y al equipo estable de la institución, pero no puede hacer por él o ellos, debe contener la ansiedad y tener mucha paciencia, pues aunque crea que es muy sencillo mover los hilos de la vida para que el liceo tenga una organización adecuada y se instale una gestión que permita potenciar lo pedagógico, el o la Directora toman o dejan el consejo, procuran la acción o la obturan, instalan la vida o forjan la parálisis de muerte.
He tenido que supervisar algunos centros en los que de verdad, he sufrido. He sentido esa pesada sensación de que con rapidez podría provocarse otro vínculo, otras acciones, otro modo de gestar la vida,  pero el colega de turno, por incapacidad o por  ser portador de otra convicción, no lo hace.
En uno de esos liceos, muy desordenado, casi caótico, una tarde fría de invierno, aprendí que las manos de Lucía son los ojos de Carlos.
El cuento es sencillo pero a la vez, infinitamente complejo. Es que la propia condición de lo humano está marcada por la coexistencia de la sencillez y la complejidad. Parece un juego de palabras, pero no lo es.
 Había ido de visita al centro educativo, junto a otros Inspectores de asignatura. Como Inspectora de Insitutos y liceos había permanecido en el espacio de la adscripción dando indicaciones infructuosas en medio del desquicio, intentando no enloquecer. Y allí surgió la oferta de Emy, la Inspectora de Química: entrar a visitar una clase. Me pareció estupendo entrar al aula a ver una clase de una disciplina tan distinta a la mía y por respeto natural, me acerqué a la docente para consultarle si estaba de acuerdo con mi presencia en su clase. Lucía me impactó desde ese instante por su inmensa calidez, su sonrisa franca y su enorme hospitalidad. Algo mágico tiene esa profe, algo cautivante se esboza en ese amor por la vida que deja entrever en cada palabra, en cada sonrisa, en cada gesto.
Y así fue… simplemente mágico. Cuando se cerró la puerta del salón, emergió una fuerza diferente que me hizo olvidar el desquicio del patio. Un aire sinceramente tranquilo invadía el aula, y los estudiantes, ocupaban con calma sus lugares, saludando con afecto a esta profe que con su sola presencia lograba hacer de ese salón un espacio de calma y disfrute aunque estuviera geográficamente instalado en medio del Infierno.
Lo impactante es que este clima de aula se produce en forma automática… algo que ya viene generado a priori, desde mucho antes, en un acuerdo educativo que habilita la ocasión de compartir los saberes disfrutando, curioseando en la asignatura, saboreando cada instante.
Sin duda, la personalidad del profesor es clave, y sin duda, Lucía es muy especial. Es tan especial, que cuando termina la clase y comentamos la misma, me cuenta la historia de Carlos y me da su cuaderno. Ella me lo cuenta de un modo que me conmueve aún hoy, cuando hago este ejercicio de actualización del recuerdo después de tanto tiempo. Creo que pasaron tres años desde aquel día y en la memoria,  emerge limpito, próximo, cristalino. Lucía simplemente me cuenta que ha creado un cuaderno para Carlos, aquel chiquito menudito, que apareció el primer día de clase, un poco más perdido que todos los otros compañeros, porque Carlos además de adolescente, además de nervioso por el inicio de los cursos, tiene una característica especial : es ciego.  Es ciego y además tiene una historia compleja y no puede ir al liceo en el que se concentran los jóvenes con estas características, así que para él la ocasión de hacer la educación media o se da en el liceo del barrio o no podrá darse...
Lucía me cuenta la historia de Carlos y me muestra el cuaderno. Una cuadernola amorosamente hecha, artesanalmente hecha, en Braille, con diagramas, esquemas y dibujos hechos con materiales que dan textura, con todos los materiales imaginados: con arroz, polenta, goma, todo lo que da volumen y textura… TODO. El amor completo a la educación está expresado en ese cuaderno que Lucía hace para Carlos cada fin de semana en su hogar. Y lo mejor es que ella lo narra con una alegría inusitada, con la alegría de quien se siente bendecido, de quien siente que es un privilegiado que ha tenido la suerte de vivir esta experiencia.  Su relato es tan fresco que estimula.  Me cuenta entre risas cómo ingenuamente trató al principio de hacer la escritura Braille con un punzón y le quedaba una escritura tan inmensa que el pobre Carlos no llegaba a recorrerla con su dedito. Me contó cómo aprendió con una regleta que especialmente se compró a hacerla correctamente y cómo en su casa, sus familiares aprendieron que los domingos cuando todos se iban a dormir la siesta, ella dedicaba ese tiempo sagrado, concentrada con amor, en la confección del cuaderno de Carlos.

Es así, simple y humanamente complejo: Lucía lo sabe, por eso lo saborea, los disfruta, lo descubre como parte de una experiencia increíble de forjar humanidad en otro. Las manos de Lucía, son los ojos de Carlos

viernes, 6 de mayo de 2016

Mentira


Era uno de esos días intensamente helados de agosto. Lo recuerdo y no puedo evitar sentir el frío  y el escalofrío de aquellos días. Podría describir con precisión la escena inicial, pero más que lo que visualmente me quedó impreso, lo más fuerte fue lo que sentí. Recuerdo a Juanita, aquella veterana profesora de Literatura que se había reintegrado de su descanso jubilatorio para tomar unas horas de Espacio Curricular Abierto como modo de reencontrarse con la actividad que había dado  sentido a su vida , además de completar la magra jubilación. Recuerdo también,  casi como un cuadro grotesco, su llanto sobre el plato de ravioles en la cantina, mi estado de sorpresa al detectar la escena y todo el movimiento que se suscitó a continuación.
Había sido una mañana inusual. La subdirectora que había estado a cargo del turno,  pasó a explicarme el motivo del llanto de la profe: le habían robado, en plena clase, el dinero que tenía en la cartera, algo que de verdad parece poco creíble, pero efectivamente había ocurrido. Inútiles fueron el sinfín de preguntas que se desencadenaron como para disipar errores. ¿Tendría realmente ese dinero en la cartera?, ¿no estaría confundida y lo habría dejado en su casa por olvido. Efectivamente, no. Juanita había pagado temprano en la cantina liceal el plato de ravioles sobre el que le vi derramar tantas lágrimas y el cambio de ese pago –que era una buena cantidad de dinero porque había abonado con un billete de mil pesos – estaba en su cartera cuando ella entró a clase.
Desterrando la posibilidad de un hechizo, simplemente me planteé que era imprescindible comenzar a investigar, porque cuando un hecho se suscita en un lugar donde hay tanta gente, alguien debió haber visto algo, y seguramente más de un estudiante sabría dar información para que llegáramos a descubrir la verdad. Por otra parte, sentía una responsabilidad inmensa, no podía dejar impune un hecho de este tenor, porque evidentemente el que lo había hecho había traspasado varias líneas rojas, se había animado a ultrajar el espacio del aula y la cartera de una profe en presencia de todos sus compañeros. Como directora siempre me acució la preocupación de dar mensajes claros en torno a lo que puede admitirse y lo que no se aceptará de ningún modo en el ámbito de la clase y de la institución educativa. La impunidad nos genera a todos, ese resto amargo que deja la sensación de enorme vulnerabilidad e injusticia instalada naturalmente en la vida cotidiana y la sociedad uruguaya tiene una vasta experiencia sobre este tema.
No voy a entrar en detalles sobre el engorroso y difícil proceso que se produjo a partir de ese momento y que duró casi un mes de idas y venidas, charlas con los grupos de tercero y conversaciones individuales con jóvenes y padres. Solo quiero señalar que fue una de esas veces que recordaré siempre por haberme enfrentado a la impertérrita actitud de un joven que siendo responsable, lo negaba  todo con un inmenso caudal de frialdad, aún cuando lo enfrentábamos a la prueba  de su responsabilidad frente a lo ocurrido. Agotamos todos los caminos para lograr que hubiera un reconocimiento por parte del protagonista.
Siempre me he preguntado acerca de esa inusitada capacidad que tiene una porción de la especie humana, personas que son capaces de faltar a la verdad, mirando a los otros a los ojos y declarando falsamente con un aire de verdad tal que hace dudar al mejor plantado.
En tiempos en que era profesora adscripta, comencé a descubrir este  modo de actuar de algunas personas que hasta el día de hoy sigue sorprendiéndome. Me ha pasado más de una vez que al realizar seguimientos a situaciones especiales que a veces se dan  en las clases me he encontrado con  algunos jóvenes que podían negar o aseverar un hecho con rotunda certeza,  sosteniendo la mentira  y acompañándola con la mirada y  la fuerza de quien no admite ser descubierto.

Este extraño trastorno  no deja de desconcertarme aún hoy, cuando yo ya estoy tan veterana que debería estar inmunizada a estos fenómenos. Sin embargo, me sigue generando estupor encontrarme con humanos que son capaces de negar una responsabilidad que les compete, o aseguran algo sobre un semejante achacándole responsabilidades y  culpas o embretándolo en alguna situación embarazosa, con tal de salvarse.  Lamentablemente estos impostores, son muchos más de los que a simple vista creemos percibir y su increíble capacidad de simulación suele engañarnos o bien dejarnos tan desconcertados que nos cuesta aceptar la realidad.  Aunque sea difícil, es necesario desenmascararlos. Es imprescindible hacerlo por ellos mismos, para intentar el sacudón que provoque la recapacitación y el cambio, pero además, es indispensable por todos los otros, porque es necesario apostar por una vida donde reine la verdad y cada uno se haga cargo de los efectos de sus acciones.