El jueves pasado, bien temprano, la mañana no lucía muy tentadora. Cierta grisura se disponía a invadirlo todo, mientras circulo con paso apuradito por la calle Rivera intentando atrapar el 60 con destino a la Ciudad Vieja. Sin embargo, el gris se corrió al treparme al bus y encontrarme con una chofer-cobradora que con postura erguida, blusa floreada y cabello largo y lacio, me esperaba con un certero : “Celsa Puente. Vos sos Celsa Puente”. Mientras me repongo en la fragilidad de unos segundos de la impresión, atino a decir lo que habitualmente pensamos los y las profes : -Vos fuiste mi alumna. Si, -me dice- en el liceo 30,- mientras el sonido de la tarjeta magnética da cuenta del descuento por el correpondiente viaje.
Me voy al fondo y me siento en un bus casi vacío. Habitualmente lo tomo casi al inicio del recorrido y me bajo prácticamente al final. Así es que soy testigo del sinfín de viajeros que suben y bajan sin cesar, que llenan asientos y pasillos y que los abandonan dejándolo hueco. Pienso... cuántas cosas me ha dejado el liceo 30. Fueron los mejores años de mi vida profesional, sin lugar a dudas. Y qué joven que era, sigo pensando mientras hago el ejercicio de mirar (me) hacia adentro. En ese tiempo, no lo sabía y tenía la fuerza de mis treinta y poco que se convirtieron en unos cuarenta y muchos cuando me fui de allí. “Allí” no es solo aquí un adverbio de tiempo, es ese lugar, ese tiempo, esos jóvenes hoy devenidos adultos que recuerdan, que me recuerdan a cada paso y que me enamoran y re enamoran con el privilegio de ese pasado. Confieso que me resulta imposible pasar por “allí” sin que los ojos se me vayan solos, en forma autónoma hacia la fisonomía de ese edificio único, reconocible, cuya silueta es símbolo de ese tiempo de vida, de ese espacio habitado con sentido durante tantos años.
Me pongo los auriculares y mientras Serrano suena en mis oídos:” Sucede que a veces la vida mata y el amor/ te echa silicona en los cerrojos de tu casa,/
o te abre un expediente de regulación,/y te expulsa del Edén, hacia tierras extrañas…”
Y casi sin darme cuenta en estos devaneos ya voy llegando a mi destino. Así que un gesto desde el lugar de la conductora, justo cuando casi se aproxima a empezar a dar el giro por la Plaza Independencia, acompañado de mi nombre, me lleva en forma casi automática a desplazarme hacia la puerta delantera. En esa ráfaga de segundos, me pone dos billetes de veinte pesos en la mano.
-Quiero invitarte, me dice mientras mi cara da cuenta de la estupefacción que me genera ese gesto. –Quiero invitarte, tengo el mejor recuerdo de vos, Celsa.
¿Cómo te llamás?, atino a decirle. –Camila, soy del grupito aquel del problema con aquella profe, ¿te acordás? ...Y claro que me acuerdo, mientras circulan los breves segundos del segundo giro sobre la calle Ciudadela
–Mi madre se va a poner re contenta cuando le cuente. Gracias, gracias, gracias- me queda latiendo a ese son el corazón, mientras me bajo con los billetes apretados en la mano, la emoción que me invade y Serrano que me sigue susurrado “Pero sucede también/
que, sin saber cómo ni cuándo,/algo te eriza la piel/y te rescata del naufragio”
Nunca hubiera imaginado que ese ómnibus iba a ser el lugar de la alegría.