domingo, 4 de octubre de 2020

Camila


El jueves pasado, bien temprano, la mañana no lucía muy tentadora. Cierta grisura se disponía a invadirlo todo, mientras  circulo con paso apuradito por la calle Rivera intentando atrapar el 60 con destino a la Ciudad Vieja. Sin embargo, el gris se corrió al treparme al bus y encontrarme con una chofer-cobradora que con postura erguida, blusa floreada y cabello largo y lacio, me esperaba con un certero : “Celsa Puente. Vos sos Celsa Puente”. Mientras me repongo en la fragilidad de unos segundos de la impresión, atino a decir lo que habitualmente pensamos los y las profes : -Vos fuiste mi alumna. Si, -me dice- en el liceo 30,- mientras el sonido de la tarjeta magnética da cuenta del descuento por el correpondiente viaje. 

Me voy al fondo y me siento en un bus casi vacío. Habitualmente lo tomo casi al inicio del recorrido y me bajo prácticamente al final. Así es que soy testigo del sinfín de viajeros que suben y bajan sin cesar, que llenan asientos y pasillos y que los abandonan dejándolo hueco.  Pienso... cuántas cosas me ha dejado el liceo 30. Fueron los mejores años de mi vida profesional, sin lugar a dudas. Y qué joven que era, sigo pensando mientras hago el ejercicio de mirar (me)  hacia adentro. En ese tiempo, no lo sabía y tenía la fuerza de mis treinta y poco que se convirtieron en unos cuarenta y muchos cuando me fui de allí. “Allí” no es solo aquí un adverbio de tiempo, es ese lugar, ese tiempo, esos jóvenes hoy devenidos adultos que recuerdan, que me recuerdan a cada paso y que me enamoran y re enamoran con el privilegio de ese pasado. Confieso que me resulta imposible pasar por “allí” sin que los ojos se me vayan solos, en forma autónoma hacia la fisonomía de ese edificio único, reconocible, cuya silueta es símbolo de ese tiempo de vida, de ese espacio habitado con sentido durante tantos años. 

Me pongo los auriculares y mientras Serrano suena en mis oídos:” Sucede que a veces la vida mata y el amor/ te echa silicona en los cerrojos de tu casa,/

o te abre un expediente de regulación,/y te expulsa del Edén, hacia tierras extrañas…” 

Y casi sin darme cuenta en estos devaneos ya voy llegando a mi destino. Así que un gesto desde el lugar de la conductora, justo cuando casi se aproxima a empezar a dar el giro por la Plaza Independencia, acompañado de mi nombre, me lleva en forma casi automática a desplazarme hacia la puerta delantera. En esa ráfaga de segundos, me pone dos billetes de veinte pesos en la mano.

 -Quiero invitarte, me dice mientras mi cara da cuenta de la estupefacción que me genera ese gesto. –Quiero invitarte, tengo el mejor recuerdo de vos, Celsa.  

¿Cómo te llamás?, atino a decirle. –Camila, soy del grupito aquel del problema con aquella profe, ¿te acordás? ...Y claro que me acuerdo, mientras circulan los breves segundos del segundo giro sobre la calle Ciudadela 

–Mi madre se va a poner re contenta cuando le cuente. Gracias, gracias, gracias- me queda latiendo a ese son el corazón, mientras me bajo con los billetes apretados en la mano, la emoción que me invade y Serrano que me sigue susurrado “Pero sucede también/

que, sin saber cómo ni cuándo,/algo te eriza la piel/y te rescata del naufragio”

Nunca hubiera imaginado que ese ómnibus iba a ser el lugar de la alegría.

lunes, 20 de abril de 2020

Un lápiz labial. En recuerdo a las muchachas de abril

.
Un nuevo 21 de abril actualiza el recuerdo inexorable de aquella madrugada en que se hizo intenso el espesor del silencio. Quizás fue la interrupción desaforada e inesperada lo que provocó que el antes y el después fuera más profundo, mucho más inmenso, hondamente inolvidable. Hoy hace cuarenta y seis años que el silencio, esa ausencia de sonido que es telón de fondo de la vida a ciertas horas del mundo, fue interrumpido por el griterío desbordante y la ráfaga de la metralleta contra tres veinteañeras que estaban en el reposo de la madrugada reponiendo energías para encarar un nuevo día que nunca llegaron a ver.

Hay momentos del transcurrir del mundo que funcionan como si estuvieran entre paréntesis. Como si el silencio fuera el marco testificante de lo que se irrumpe y trastorna una realidad que nunca más se recompone. Son acciones hijas del odio. Así fue aquella madrugada del 21 de abril, cuando Silvia, Laura y Diana descansaban después de cenar y de charlar como charlan las veinteañeras, soñando otros mundos, albergando futuro, creando imágenes del porvenir. Silvia además tenía un porvenir asegurado en la vida que latía en su vientre y el amor por el padre de ese niño que albergaba con la fuerza de la juventud de ambos.  Las tres tenían seguramente muchos otros amores que se amontonaban en el alma y en el cuerpo. Porque es seguro que si de amor hablamos, lo que no faltaba en ese trio, era ese sentimiento.

La ráfaga cobarde se suscitó entre gritos y golpes que rasgaron para siempre, a la manera de un arañazo profundo, la tranquilidad del vecindario en aquella madrugada infame. Entraron, las acribillaron y retiraron de inmediato todo lo que allí había que no eran más que unos pocos muebles y las cosas propias de tres jovencitas que convivían temporariamente en aquel sencillo apartamento de la calle Mariano Soler. El triple asesinato y la desaparición de los objetos del escenario de la muerte, -reciente escenario de la vida-,  fue un intento  cobarde de simular que nada había pasado.

Cuando los vecinos pudieron superar el estupor con las primeras luces del alba, ya habían sentido el ruido del camión del ejército llevándose las “cosas” entre las que estaban también los tres cuerpos agujereados que transportaron embolsados en unas parihuelas quizás improvisadas para la ocasión. Solo quedó casi invisible, silencioso pero representativo de la historia, como una señal, un lápiz labial que perteneció a alguna de aquellas jovencitas. Mi cabeza vuela y me las imagino probándose colores, intentando realzar la belleza natural de cada una.

Pero más allá de que es un elemento cosmético propio de la coquetería femenina, un lápiz labial es siempre un lápiz. Y un lápiz, sea cual fuere, es un utensilio para registrar la vida, un elemento para dejar plasmado para siempre lo que vimos, lo que sentimos, lo que vivimos. Un lápiz labial quedó como único testigo, desapercibido en el ángulo recto que forma la calle contra el cordón de la vereda. Quedó solito, y seguramente no ha sido una casualidad que  un lápiz labial haya sobrevivido a la tensión convulsiva del momento.  Hoy, especialmente en este presente ingrato, lo siento como símbolo que reclama la memoria que debe necesariamente ser sostenida.

Hoy más que nunca, retomo la validez de aquel lápiz,
resquicio de ese día funesto,  para que los octogenarios 
que llegaron a serlo a fuerza del privilegio de la vida vivida con impunidad, puedan saber con certeza rotunda que seguiremos escribiendo lo que hicieron. Siempre habrá trazos de memoria marcadas por el lápiz labial de aquellas chiquilinas de abril que quedarán para siempre en mi alma y en mi pluma

miércoles, 1 de abril de 2020

Las lluvias del pasado.




Llevo tantos días de aislamiento que ya no llevo ni la cuenta.  Y hoy, encima, llueve… Llueve desde que abrí los ojos, por momentos en forma potente y por otros  mansa y suavemente pero hace horas que me desperté y hace horas que llueve sin descanso.  

Recuerdo que de niña la lluvia me dejaba sin ganas de hacer nada. Cierta melancolía venida seguramente del fondo de los tiempos se apropiaba de mi ser. Aquello de la morriña gallega, una condición ancestral de la nostalgia expresada como un rasgo de la naturaleza en la lluvia siempre presente en los lares de quienes heredo la vida.

La lluvia es algo más que agua que circula, es armonía en sonidos variables, es luz que cambia y enciende tonos singulares en imágenes  inesperadas, es también vida que remite al límite del tiempo con la nada, pero  aún aceptando que el agua se vincula tanto con el origen de la vida, yo no puedo evitar que me provoque cierta desolación interior, irremediable, ingobernable, imposible de erradicar.
Cuando conocí a Galicia entendí muchas cosas de mi historia personal y familiar. Vinieron a mi cabeza imágenes de otras vidas: la lluvia funcionando siempre como un  telón de fondo y con ella , las melodías que despierta esa mansedumbre del agua que cae habitualmente por allí y cierta tristeza y lentitud en el hacer, un hacer siempre cuajado de melancolía. Aún en los momentos de mayor felicidad y celebración plena, irremediablemente hay un instante que se viste de tristeza cuando hay más de dos gallegos o gallegas juntas y es una melancolía que aunque sosegada, no se retira con facilidad, tiene la persistencia de los tiempos, un desde siempre ineludible que todo lo tiñe.

Hace muchos años –más de una década y media – que visité aquel retazo del mundo de donde proceden mis antepasados. Allí vive Pedro, mi primo escritor de micro relatos que me esperaba cargadito de afectos sostenidos en una infancia compartida en Uruguay. Fuimos dos niños felices disfrutando la sencillez de nuestros juegos  en la vereda, las visitas a la playa en los días de sol y las canciones divertidas a toda hora y en todo lugar. 

Particularmente  recuerdo a Pedro como un gran contador de chistes. Solía provocar la atención familiar aún desde muy chiquito y preparaba su repertorio de historias graciosas y chistes breves con la dedicación de un artista consagrado,  provocando las delicias de todos los integrantes de la familia.  En los tiempos en que lo visité, habían pasado muchas horas desde aquella infancia feliz. El estaba tramitando su divorcio. Fue en el  discurrir de aquellas conversaciones hiladas con el afecto del tiempo sin vernos pero hilvanadas con la naturalidad del amor que nunca caduca a pesar de la  distancia y las horas sin vernos , que al narrar las circunstancias de su vida allí, me nombró la lluvia.

-Aquí siempre llueve… siempre. En esa charla, él colocaba a la lluvia como parte del escenario del sufrir. -Un día llegué a sentir que tenía raíces en los pies, después de diez días de lluvia ininterrumpida – me dijo. 

Me quedé con esa imagen. Suelo tener una capacidad de visualización inevitable y pude verlo, en ese momento,  con esas ramificaciones, imaginé sus pies y aquellos deditos desarrollando breves y frágiles extensiones hacia el suelo y lo visualicé intentando desprenderse de la tierra, luchando por caminar, por moverse, por cambiar y superar aquella situación. Intenté ayudarlo con mi imaginación, desprendiendo aquellas ramificaciones inquietantes que lo ligaban al suelo de esa Galicia fértil pero a la vez, atrapadora.

La lluvia y la quietud, la lluvia y el letargo, la lluvia y ese paréntesis que abre en nuestras vidas enlenteciéndola. La lluvia como carga ancestral contra la que luchar para llegar a regalarle algunos soles a nuestra descendencia.

martes, 24 de marzo de 2020

Educar… aún cuando el mundo esté llenito de coronavirus.

@PuenteCelsa

Es domingo y el día recién comienza. Al silencio de todos los días, habitual a estas horas del inicio   del mundo, se suma el silencio natural del domingo. Es mi sexto día de aislamiento voluntario y el sol que entra por la ventana me recuerda que vale la pena estar aquí y que es necesario el esfuerzo del encierro porque hay otros soles pendientes en el futuro, otras luces que albergarán más vida.

Es un encierro peculiar, con el privilegio de grandes ventanas que no solo me traen la alegría del hibisco rojo del jardín, siempre desbordante de flores, y del verde que en sus múltiples matices sigue latiendo vida desde todos los espacios exteriores de mi casa. Como casi todos los habitantes de este tiempo, tengo además ventanas virtuales al mundo, un beneficio adicional que en otros momentos de la historia y en otras pestes, era impensable.

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras toman a las gentes siempre desprevenidas” dice Albert Camus desde “La Peste”, uno de los tantos textos que estamos recorriendo por estos días. La literatura da cuenta de que la guerra y la peste es una constante periódica en la historia de la humanidad y que casi siempre, a pesar de los tiempos diversos, de los hábitos y costumbres, nos hace reaccionar de maneras similares. Quizás cierto sentido de omnipotencia nos permite presumir que no nos tocará. En principio, albergamos la idea de que la peste es en otro lado, demasiado lejano. China es, en este caso,  ese extraño y exótico país que a nuestros ojos aparece como absolutamente remoto, del lado opuesto del planeta. También cierta presunción de ominipotencia personal se pone en juego cuando al confirmar la llegada del virus al país, -evidencia indiscutible de  que no hay lejanía posible que logre exonerar a nuestro territorio-, muchos siguen sintiendo que no será a nosotros a quienes ataque: “(…) hay quienes tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo”, dice Camús. Hay también quienes niegan lo que pasa y hacen como si el virus no existiera o disminuyen su importancia aún cuando el riesgo es inmenso y en muchos casos  tenga consecuencias irreparables

Pero vuelvo a las ventanas virtuales. Esos pequeños resquicios  que se abren al mundo desde nuestros dispositivos electrónicos y nos permiten correr visillos, mirar al otro, entrar en diálogo más allá del tiempo y del espacio, contactarnos, discutir y solazarnos en el encuentro. En estos tiempos de aislamiento social, han aparecido incluso los que habitualmente no habitan tan naturalmente este espacio, y vamos descubriendo presentaciones de artistas desde los recintos de sus propios hogares, lectura de poesía, obras de teatro, conciertos y canciones. También aparecieron los grandes poetas de todos los tiempos: los docentes. Esos maestros y profes que a fuerza de encarar la vida con toda la energía, siempre y desde siempre, van inventando modos de llegar a nuestros estudiantes. Así que en medio del arte, el arte educativo de llegar al otro se va poniendo a la orden del día y circulan videos por las redes con profes que nos enseñan a hacer ecuaciones de segundo grado, escuchamos audios que nos dan indicaciones acerca de cómo escribir un texto, visualizamos una práctica de laboratorio de ciencias a través de una animación o ingresamos con nuestros niños y adolescentes a las plataformas virtuales para hacer los ejercicios del día.

Las ansiedades iniciales detectadas frente a la suspensión de las clases pudieron disminuirse con estos contactos. Proliferan los grupos de whats app y de Facebook, de Instagram y de cualquier otra red que pueda estar disponible y sea de acceso frecuente y sencillo. Algunos profes me han contado que lo inicial ha sido darles confianza a ellos y a  sus familias, y que en el fragor del encuentro, durante los primeros días los contactos eran tan frecuentes que  ha surgido la necesidad de establecer horarios para que no se convierta en  una demanda de día completo. Es cierto que la sobrecarga para chicos y grandes,  puede obturar el encuentro, saturar la alegría inicial y despojarnos del sentido de estar. Lo cierto es que es necesario establecer que más  allá de los contenidos siempre valiosos que se  intercambian, está el sostén humano. Profes y maestros  saben cuán necesario es estar disponible, identificar a los estudiantes con el mensaje de empatía necesario para tranquilizar los ánimos y sostener la espera del aislamiento para una generación de jóvenes que está acostumbrada a la inmediatez, a que no hay tiempos de deseo porque todo parece poder lograrse a un solo click, a no aburrirse… “La paciencia es la ciencia de la paz , de la paz interior”  decía con acierto el escritor Enrique Barrios. La paciencia es escasa en nuestro tiempo, no es un bien que cultivemos y  sin embargo, resulta ser un bien fundamental para el desarrollo humano interior.

 Así que sin preverlo, sin permiso, ni aviso,  sin advertirlo,  se desató un escenario absolutamente inesperado. Simplemente surgió e irrumpió  sin planificación posible y provocó  la suspensión presencial de los cursos.  Pero en este retazo del mundo, Uruguay, mi país,  hay un desarrollo tecnológico previo, y una ruta anterior llamada Plan Ceibal. Nuestra maleta ya venía bien equipada, y muchas   propuestas que hoy estamos ofreciendo para todos ya habían sido usadas con anticipación para dar cabida a la diversidad, esos jóvenes que habitan nuestros centros educativos y necesitan atenciones especiales.
Con fuerza inusitada se  desencandena este hilván de voces, videos, acciones, propuestas, presencias no materiales que indican que educar es  asumir la adversidad como un desafío y encender la creatividad. Educar será siempre acercarnos al otro para darle hospitalariamente la bienvenida al mundo… aún cuando el mundo este llenito de cornavirus.