viernes, 29 de abril de 2016

Afectos y repulsiones.



Lorena, es una joven profe de Historia. En realidad, es practicante del año final de la carrera, por lo que por primera vez estará en solitario a cargo del grupo de primer año que tiene asignado. Llega al liceo con el rostro lleno de entusiasmo y la mochila cargada de dudas, pero también de mucha alegría, con aquel entusiasmo inicial que nos invadió a todos alguna vez. Se muestra ansiosa, abierta y deseosa de indagar desde este nuevo rol, con la esperanza de todos los logros. Los otros colegas, la  reciben y “apichonan” con mucho afecto.  
Florencia llega al liceo de la mano del padre, junto al hermano que también cursará primer año. Es un papá que asume la crianza de estos dos hijos, solo. Está como perdido, buscando con la mirada una figura orientadora que lo ayude. La adolescencia viene haciendo carne en estos dos gurises, particularmente en ella, -declara él- pues aunque es delgadita, casi esmirriada y el físico no descubre la edad, la rebeldía se expresa en ese carácter fuerte, intenso y decidido con el que contesta y se para frente al mundo adulto.  En efecto, Florencia engaña, porque dentro de ese cuerpito frágil de adolescente rubia y pálida, se esconde la fuerza desatada de la edad sumada a la incomprensión del abandono materno. El papá insiste en repetir que la relación con ella es más difícil que con el varón porque es nena y hay algunas cosas que a ella le pasan, que él no entiende.
La relación de los adultos del equipo  estable del liceo con Florencia es buena. Nos escucha y cuando protesta la llevamos a razonar y siempre, infaliblemente, el abrazo o cualquier gesto de amor alcanza para que ella se desarme y se entregue a una conversación disfrutable que le devuelve el gesto delicioso que realza su belleza natural. Sin embargo, hay algo que no logramos mejorar y es el comportamiento en la clase de historia. Es una clase en la que Florencia se desacata, grita, no se queda quieta, protesta por todo, habla, habla, habla, habla y ensordece a la joven profe que quiere concentrarse en el hilo de esa clase frágil, recientemente preparada.
Lorena suda, se exaspera, sufre.  Se ha barrido el entusiasmo de su rostro. Sale de cada clase despeinada y exhausta como quien ha tenido que liderar el ejército en la batalla más larga y difícil.
En cada coordinación docente, hablamos del tema. Los colegas, preocupados, se deshacen en consejos para que Lorena logre mejorar la relación con Florencia. Los recursos del diálogo se han puesto en juego en todas las combinaciones pensadas. Recuerdo claramente el día que me di cuenta lo que pasaba. Lorena echó de clase a Florencia y ella salió indignada, caminando con la fuerza del enojo. Me acerqué y la llevé a la Dirección. En esa soledad íntima, le pregunté qué le pasaba. Ella todo el tiempo indicaba la injusticia que la profesora, -que parecía la única responsable de la situación-, había cometido. Yo trataba, como tantas veces, de hacerla razonar, indicándole cómo todos perdían en esta situación. La profe se había enojado, ella había tenido que salir de clase, también estaba disgustada, realmente nadie ganaba. No tuve suerte con mi intento de tranquilizarla, ese día, estaba más contrariada que nunca. Ese enojo, fue sin embargo, el que me abrió los ojos. Reconozco haber estado muy insistente en tratar de comprender qué era lo que la enojaba tanto, descubrir el motivo de fondo de ese vínculo tan negativo que las dañaba a las dos. Y fue justo ahí, cuando yo hablé de ambas y de la relación que las unía, o mejor dicho, que las separaba, que Florencia soltó desesperadamente el motivo de ese enojo desenfrenado que la devoraba. Fue un instante de profunda rabia y nunca olvidaré sus ojitos celestes mirándome fijamente cuando me dijo: -¡Es que ella es idéntica a mi madre! Esa madre abandónica y ausente en el mundo real, se hacía presente a través de quién sabe qué gesto, qué característica, qué actitud de Lorena, cada día, en la clase de historia.
Lo cierto es que los seres humanos despertamos sensaciones  -buenas o malas- a otros humanos que tenemos alrededor.  Esto ocurre en forma absolutamente involuntaria: nuestras características naturales, algo de nuestra gestualidad, el simple timbre o tono de la voz, puede despertar en otro un recuerdo, una asociación y por lo tanto, una sensación, que para bien o para mal, marcará gran parte del vínculo que podamos construir.
Esto es particularmente importante cuando somos profesores. Despertamos afectos o repulsiones en nuestros estudiantes sin que nos lo propongamos, y a su vez, ellos también nos despiertan sensaciones, que es esperable que siendo adultos y con formación docente, podamos controlar para que no contamine la relación,  -ese intercambio fundamental para que se produzca el proceso pedagógico-, pero, humanos somos y como tales, no siempre logramos dominar las impresiones que otros nos dejan y que suelen invadirnos.
Así se suceden las afinidades naturales, casi inexplicables, y los sentimientos adversos, también incomprensibles.  Sin desearlo, disparamos y recibimos sensaciones, emociones, sentimientos que inciden en el vínculo individual y se  cuelan e impactan  en el conjunto de una clase. El desafío, no siempre logrado, es mantener el equilibrio.

Los profesores,  usando la asignatura como pretexto, tenemos la función esencial de  incidir en la formación humana de nuestros estudiantes,  intentando un reparto saludable y justo de saberes, de oportunidades, de ocasiones de desarrollo. y para esto, aunque con mucho esfuerzo,  debemos controlar las afinidades y disgustos que surgen. Así nos vamos construyendo como humanos mutuamente, nos vamos esculpiendo unos a otros, a través de este diario oficio de educar que inexorablemente es una forma de expresión del  oficio de vivir. 

jueves, 21 de abril de 2016

Dolores II



Dolores duele aún en el día después…
Duele diferente…pero duele.
Ya no duele la perplejidad, pero duele la vida sin techo en la conciencia de quedar a la intemperie como único lugar habitable.
Ya pasó…Cesó la lluvia. Pasaron las retroexcavadoras y los hombres fornidos que levantaron los restos deformes del torbellino. La ciudad está limpia, intentando parecerse a lo que era. Cada cosa, - o lo que queda de cada una de ellas -  va volviendo a su lugar. Cada uno va encontrando las palabras para explicar lo que vivió, lo que vio, lo que sintió,  dónde estaba, con quiénes, haciendo qué en el momento en que irrumpió ese vendaval loco que arremetió con furia llevándose la paz tranquila y aburrida de la vida cotidiana para siempre.
Es tiempo de calma, de volver al cauce.  Es tiempo de relatos sanadores, de abrazos y de palabras despiertas…
Es tiempo de emociones compartidas para descubrir que la fuerza de la adversidad nos recuerda la fragilidad de lo humano. Es tiempo de solidaridad que emerge y se instala en forma espontánea. Y de recuerdo de solidaridades no programadas  en la locura de la arremetida. Cómo no emocionarse cuando alguna profe cuenta, mientras lagrimea inexorablemente que, para proteger al que no podía correr porque estaba en una silla de ruedas, los compañeros hicieron un colchón humano a su alrededor, apretándose fuerte, abrazándose intensamente, armando coraza, resistiendo…
Son relatos de supervivencia.
Son relatos de amor,
a uno mismo,
al otro mio,
 al otro de otro,

simplemente al otro... 

sábado, 16 de abril de 2016

Duele Dolores

Dolores.
Duele el dolor de lo que se ve. El revoltijo de objetos partidos que se amontona en las calles y en las plazas.
Duele el instante narrado de impacto que no llega a comprenderse cabalmente porque ataca sin aviso, con un  vigor tan súbito e  inesperado  que no permite comprender lo que pasa.
Duelen los jóvenes en estado de perplejidad que deambulan por la plaza de la ciudad buscando una explicación, como si fueran fantasmas de otro tiempo, que se quedaron varados sin aviso…
Y lo ojos incrédulos que ven y no quieren creer…
Y las palabras que brotan repitiendo sensaciones agolpadas en el alma: las imágenes absurdas de los techos volando arrugados como papeles o los sonidos intensos que simulan la fuerza arrasadora de un avión.
Y el miedo por uno y por todos. Y la indecisión fatal frente a no saber qué hacer. Y la angustia y el grito y el golpe y el desorden y todo el universo que se agolpa en unas pocas cuadras como producto del soplido de algún dios maléfico que está enojado.

Dolores me/nos DUELE

viernes, 15 de abril de 2016

La fisura

El salón es sencillo por demás. Sencillo y austero, desnudo,  despojado. Las sillas se disponen ordenadamente queriendo simular un salón de actos o un teatro, que al modo tradicional concentra la atención en la parte delantera de la sala, con un espacio disponible para que los protagonistas ocupen su lugar en un escenario inexistente.
Daniel, mi colega de Literatura,  toma el micrófono y habla para toda la audiencia, indicando la importancia de este dispositivo educativo. Lo dice con una profunda sencillez, en  Areas Pedagógicas*  “encendemos una  vela” para mostrar que la oscuridad no puede ni debe reinar. Lo humano se impone, emerge, se expresa y da lugar a esta ceremonia sencilla, pero honda, profundamente cuidada, una ceremonia de reconocimiento a la oportunidad educativa para aquellos que están en los bordes, para los que parecía que no tendrían chance de recomponer su vida, de gestar un diseño vital posible que habilite la reedición de la historia familiar y personal. Daniel nos habla de luces, de velas, de posibilidades, de ocasiones, de fisuras en la lógica hegemónica y esta ceremonia de clausura de cursos es de algún modo, la viva expresión de que esto es posible, que solo falta decidirse genuinamente y trabajar, trabajar y trabajar para crear las chances.
Bryan está escondido detrás de los lentes negros, -parapeto de la emoción, armadura contra el mundo que habita y con el que no puede evitar tener cierta desconfianza-. Ha sido convocado al escenario inexistente para recibir un reconocimiento por su denodado trabajo en la elaboración de la bandera que dará lugar al momento siguiente. Es el autor, el protagonista con nombre propio, con historia propia, con bandera propia que ofrece al colectivo generosamente. Ha pintado durante largas horas sin aflojar, sosteniendo el cansancio para que la expresión de la comunidad educativa tuviera su producto material.
Allá afuera, en la calle, nos espera el ritual colectivo. Alumnos y profesores, padres y vecinos, autoridades y curiosos,  recorrimos la geografía de  Juan Lacaze en un tiempo distinto al habitual, en un tiempo nuevo de enunciaciones y de identidades, de posibilidades y logros, de rupturas e inicios. 
La bandera que llevamos entre todos como símbolo de lo que nos une, lleva el logo de Areas pedagógicas y la bandera de Armenia, como expresión del retazo doloroso de historia genocida que fue hilo conductor del trabajo en clase. Lleva también la bandera de Siria como homenaje a la familia que vive en la localidad y que formó parte del primer contingente que llegó a Uruguay el 9 de octubre de 2014. Lleva los mensajes y las firmas de todos los que estábamos allí, en la primera parte de esta ceremonia de reencuentro con la vida, con la educación, con la construcción de otro futuro y con los reconocimientos de todos estos chiquilines que hasta hoy estaban en el borde de la sociedad y que desde hoy reclaman públicamente el espacio que les corresponde y que ya no dejarán de ocupar nunca. Los vecinos salen a la puerta invadidos por la perplejidad de este colectivo que circula a pleno ritmo de tambor, portando esta bandera de integración cultural, que probablemente no comprendan. El propio colectivo es diverso, expresado en los hiyab de nuestras niñas sirias, en la diversidad de nuestras vestimentas,  en la variedad de los tonos de piel, en el candombe que emerge de los tambores y hace el fondo musical y la  luz de los fanales improvisados con botellas de plástico para sostener las velas.
Pero aún hay más. Hay un cierre en plena calle, frente al mural también pintado con dedicación, casi con frenesí. La comunidad armenia, presente en el acto, nos invitó a danzar en la calle, en la circularidad de las figuras humanas que dan cuenta de lo que no tiene ni principio ni fin cuando todos deseamos sentir nuestra condición más íntima, más allá de lo cultural. Hay danza armenia, hay historia recorrida con conmovedores recuerdos, hay humanidad circulando, hay vida que así, si, merece ser vivida.  

Simplemente, es un recordatorio. Un recordatorio de que debemos abandonar la máquina de clasificar cambiándola por la máquina de distribuir… Así de simple, así de difícil, así de necesario…
*Areas Pedagógicas es un dispositivo educativo forjado a través de un Convenio entre el Consejo de Educación Secundaria (CES) y el Instituto de Niños, Niñas y Adolescentes del Uruguay (INAU) para atender a cierta pobación de jóvenes vulnerados que , habiendo culminado la escuela primaria no continuaron estudiando en la media o fracasaron en el intento. Son jóvenes con biografías complejas que , o bien por desamparo, desatención o dificultades en el cumplimiento de la ley, se encuentran en alguno de los programas del INAU

sábado, 9 de abril de 2016

(Dis) Culpando

Ha pasado mucho tiempo, y sin embargo, recuerdo aquella mañana con la sólida nitidez del día de ayer. Bien dicen que los recuerdos se sostienen en las emociones, son marcas que nos quedan impresas en el alma con la tinta de la alegría, o del dolor, o del sobresalto, o de tantas y tantas otras posibilidades.
La anécdota inicial no parece reportar mayor importancia. Una mañana en un liceo, una clase que finaliza en la primera hora con una somnolencia generalizada, una profe correcta y cumplidora, excesivamente detallista y con cierto grado superlativo de autoconcepto. Jóvenes que atienden en mayor o menor grado, aletargados en una adolescencia que se expresa en  el inicio de la jornada. Todo hubiera sido como siempre. El rayo de sol colándose por una ventana, los bancos dispuestos geométricamente uno detrás del otro, el escritorio de la profe presidiendo esa sala, esos jóvenes  y esa profe…
Hasta no hace muchos años algunos objetos que eran necesarios para estudiar ciertas asignaturas tenían un alto valor económico.  Las calculadoras científicas por ejemplo, eran preciados y necesarios elementos, imprescindibles para las clases de ciencias físicas o matemáticas. No todas las familias podían acceder así que como con tantas otras cosas, procedíamos a compartir. Si el liceo podía, armaba la “caja viajera”, una caja con varios de estos preciados materiales que iba y venía del aula al escritorio de la dirección, permitiendo que los estudiantes pudieran usar en la clase los objetos necesarios. Más allá de esto, surgía el préstamo que naturalmente se instalaba entre unos y otros cotidianamente, para ayudar a resolver las situaciones y que tanto tiene que ver con la enseñanza natural de algunos valores humanos.
Sebastián y Germán son muy amigos. Habitualmente comparten materiales y se acompañan en las distintas instancias. La amistad en la adolescencia tiene una fortaleza mágica, única, propia de ese tiempo de la vida en que se construyen complicidades que la mayoría de las veces, duran para siempre. Suele ser de tanto vigor, que aún cuando el vértigo de la vida se interpone y como adultos las personas no puedan sostener la frecuencia de un vínculo presencial, los reencuentros son de una frescura que parece no advertir el tiempo sucedido entre un evento de reunión y el siguiente.
La confianza entre ellos era completa, así que era bastante incomprensible que al finalizar la clase, y al no quedar nadie más en el salón que los dos amigos y la profe, Sebastián constatara que le desapareció la calculadora científica que recién Germán le había devuelto y que estaba arriba del escritorio. ¿Cómo podía haber ocurrido esto? ¿Magia? Germán no le iba a mentir, ¿verdad? Debía haber una explicación lógica pero no se daba cuenta cuál era
La profe, sin embargo, enseguida construyó una hipótesis culpabilizadora. Frente a la mirada perpleja de los dos jóvenes, interpeló a Germán reclamándole que devolviera el objeto. Germán quedó pálido y mudo, invadido por una sensación desesperada. Algo se había desencadenado súbitamente que él no llegaba a comprender. Juraba haber dejado la calculadora en la mesa de Seba, juraba haberla devuelto, juraba no quedarse nunca con nada que no le perteneciera, juraba ser honesto y Seba le creía, era su amigo, pero no llegaba a comprender lo sucedido. En cambio la profe, ya en los minutos finales del recreo, hizo llamar a la Adscripta, increpó nuevamente a Germán delante de ella y decidió  por su cuenta que había dos opciones: o Germán había mentido y nunca había puesto en la mesa de Seba la calculadora o la había puesto y retirado inmediatamente. El responsable de todas las opciones siempre era Germán.
No seguiré contando detalles del vejamen al que a veces algunos humanos someten a otro sin pruebas. Tampoco abundaré en la profunda incapacidad de problematización sobre la realidad que tienen algunas personas que se contentan con la adjudicación de responsabilidades a quien impresiona como más evidentemente responsable, sin hacer un análisis de las condiciones y características de la situación. Siempre me impresionó la existencia de humanos que  simplemente no piensan el daño que pueden infligirle a un semejante, acusándolo de un acto que no ha sido comprobado. Algunas personas, dominadas por su ego, se creen las dueñas de la verdad, se consideran  portadoras de todo el saber del universo por eso se sienten libres de achacar responsabilidades y culpas.  Hay un agravante ineludible a todo esto y es  que  esos seres humanos además sean de profesión,  docentes, porque desde nuestro rol, como referentes, debemos ser particularmente cuidadosos y abrir con certeza todos los mecanismos para llegar  a la verdad sin adjudicar responsabilidades anticipadamente y gestar dolores difíciles de ser cicatrizados.
La anécdota insólita tiene un final insólito. Cuando Sebastián fue a la clase de Dibujo,  -Germán ya no estaba en el liceo porque se había descompuesto de la angustia- ,  sintió al sacar la tabla de dibujo de la cubierta protectora que algo más pesado se desplazaba hacia abajo. Allí estaba la calculadora. Seguramente se había deslizado por la mesa y como la tabla estaba apoyada en forma vertical contra el banco de Seba, el espesor tan pequeño de la objeto permitió el deslizamiento para que entrara justito en el escasísimo espacio.


A veces la casualidad conspira inesperadamente. Por eso tenemos que ser cautos y recordar que no debemos imputar a nadie acciones para las que no existe una prueba fehaciente. Nadie debe hacerlo, pero mucho menos alguien que se precie de ser profesor. Esa es la diferencia entre un experto en el conocimiento de una asignatura y un profe. Un profe cuida el alma del otro,  hace de su alma un alma compañera. No juzga anticipadamente,  respeta los tiempos, recoge las pruebas y si comprueba, entonces actúa para hacer reaccionar al  que cometió el error y ayudarlo a recomponer el daño.  Ser profesor es estar siempre construyendo el camino para gestar el encuentro con los otros, aceptando sus características, disfrutando sus diferencias, respetando a todos. Ser profesor es ser portador del Eros…

domingo, 3 de abril de 2016

Una botella al mar del tiempo.

El 8 de mayo de 2015, reinauguramos el local del liceo No 2 de Florida. Es un edificio que resulta como síntesis de lo antiguo y de lo nuevo, una obra de profunda capacidad de ensamble de los arquitectos que pudieron mantener la ochava antigua, con su techito de vidrio y metal, el farolito y el mural reinando en las paredes, con la practicidad, linealidad y luz del nuevo edificio. Ambas construcciones se abrazan amorosamente formando un conjunto armónico donde la historia y la funcionalidad se unen para forjar un escenario adecuado para nuestros jóvenes y profes.
El  antiguo edificio tiene una larga historia: fue hospital y hotel antes de ser liceo. Esas paredes han atesorado historias de varias tonalidades, de amores y dolores, de afectos y despedidas. Será por eso que era imposible derribarlo y había que buscar el modo de que siguiera viviendo sin perder la posibilidad de que la comunidad educativa de este liceo encontrara las condiciones requeridas para seguir desarrollándose.
Magias de una humanidad que pretende vencer al tiempo, que quiere durar más allá de la circunstancia que le otorga la vida, son las que se materializan en la botella que con un mensaje dentro, fue encontrada con motivo de la recuperación de la parte antigua del edificio liceal. Esa botella con un mensaje, fue puesta en el mar del tiempo por un grupo de sencillos obreros de la construcción que supieron vislumbrar, -aún en la rusticidad de su formación académica-, que estaban emprendiendo una tarea que perduraría por varias generaciones, que supieron advertir el valor de lo que hacían, que supieron verse a sí mismos como creadores de historia.... Huelgan las palabras, todo es poesía,  aunque no puedo evitar conmoverme en forma personal con el recuerdo inevitable de mi abuelo Gerardo, que también fue obrero de la construcción y nos dejó tantas enseñanzas a todos a pesar de la escasez de su formación educativa. Va a continuación la transcripción textual de la nota que encerraba la botella y que fue compartida  para todos los que tuvimos la suerte de estar en Florida el ocho de mayo de 2015, para emocionarnos colectivamente:

Al colocar la piedra fundamental de
este edificio, colocamos este recuerdo
para que nuestros nietos al lebantar
este documento conoscan los nombres
de los honrrados trabajadores que con
su esfuerzo edificaron el edificio
que sirvió de albergue a muchas genera-
ciones.
         Pedro Rodriguez Pereira (Maestro Constructor)
         Carlos Sachi
         Roque Latorraca
         Alcalá Aguirre
         Pedro Consul
         Santos Triscornia
         Cecilio Perez
         Enrique Perez
         Roberto Zubeldía

Dueño de la casa (Tomás Molina)

Nota: Se deja constancia que Tomás Molina
es Bolchevique. Y por lo tanto entusiasta
admirador de la nueva Rusia Soviética
y augura para el día que lean el presente
documento una sociedad de
 hombres de bien.*

*Se ha respetado la ortografía original y la disposición de las palabras en la hoja.