Lorena, es una joven profe de Historia. En realidad, es
practicante del año final de la carrera, por lo que por primera vez estará en
solitario a cargo del grupo de primer año que tiene asignado. Llega al liceo
con el rostro lleno de entusiasmo y la mochila cargada de dudas, pero también
de mucha alegría, con aquel entusiasmo inicial que nos invadió a todos alguna
vez. Se muestra ansiosa, abierta y deseosa de indagar desde este nuevo rol, con
la esperanza de todos los logros. Los otros colegas, la reciben y “apichonan” con mucho afecto.
Florencia llega al liceo de la mano del padre, junto al
hermano que también cursará primer año. Es un papá que asume la crianza de
estos dos hijos, solo. Está como perdido, buscando con la mirada una figura
orientadora que lo ayude. La adolescencia viene haciendo carne en estos dos
gurises, particularmente en ella, -declara él- pues aunque es delgadita, casi
esmirriada y el físico no descubre la edad, la rebeldía se expresa en ese
carácter fuerte, intenso y decidido con el que contesta y se para frente al
mundo adulto. En efecto, Florencia
engaña, porque dentro de ese cuerpito frágil de adolescente rubia y pálida, se
esconde la fuerza desatada de la edad sumada a la incomprensión del abandono
materno. El papá insiste en repetir que la relación con ella es más difícil que
con el varón porque es nena y hay algunas cosas que a ella le pasan, que él no
entiende.
La relación de los adultos del equipo estable del liceo con Florencia es buena. Nos
escucha y cuando protesta la llevamos a razonar y siempre, infaliblemente, el
abrazo o cualquier gesto de amor alcanza para que ella se desarme y se entregue
a una conversación disfrutable que le devuelve el gesto delicioso que realza su
belleza natural. Sin embargo, hay algo que no logramos mejorar y es el
comportamiento en la clase de historia. Es una clase en la que Florencia se
desacata, grita, no se queda quieta, protesta por todo, habla, habla, habla,
habla y ensordece a la joven profe que quiere concentrarse en el hilo de esa
clase frágil, recientemente preparada.
Lorena suda, se exaspera, sufre. Se ha barrido el entusiasmo de su rostro.
Sale de cada clase despeinada y exhausta como quien ha tenido que liderar el
ejército en la batalla más larga y difícil.
En cada coordinación docente, hablamos del tema. Los
colegas, preocupados, se deshacen en consejos para que Lorena logre mejorar la
relación con Florencia. Los recursos del diálogo se han puesto en juego en
todas las combinaciones pensadas. Recuerdo claramente el día que me di cuenta
lo que pasaba. Lorena echó de clase a Florencia y ella salió indignada,
caminando con la fuerza del enojo. Me acerqué y la llevé a la Dirección. En esa
soledad íntima, le pregunté qué le pasaba. Ella todo el tiempo indicaba la
injusticia que la profesora, -que parecía la única responsable de la situación-,
había cometido. Yo trataba, como tantas veces, de hacerla razonar, indicándole
cómo todos perdían en esta situación. La profe se había enojado, ella había tenido
que salir de clase, también estaba disgustada, realmente nadie ganaba. No tuve
suerte con mi intento de tranquilizarla, ese día, estaba más contrariada que
nunca. Ese enojo, fue sin embargo, el que me abrió los ojos. Reconozco haber
estado muy insistente en tratar de comprender qué era lo que la enojaba tanto,
descubrir el motivo de fondo de ese vínculo tan negativo que las dañaba a las
dos. Y fue justo ahí, cuando yo hablé de ambas y de la relación que las unía, o
mejor dicho, que las separaba, que Florencia soltó desesperadamente el motivo
de ese enojo desenfrenado que la devoraba. Fue un instante de profunda rabia y
nunca olvidaré sus ojitos celestes mirándome fijamente cuando me dijo: -¡Es que
ella es idéntica a mi madre! Esa madre abandónica y ausente en el mundo real,
se hacía presente a través de quién sabe qué gesto, qué característica, qué
actitud de Lorena, cada día, en la clase de historia.
Lo cierto es que los seres humanos despertamos sensaciones -buenas o malas- a otros humanos que tenemos
alrededor. Esto ocurre en forma
absolutamente involuntaria: nuestras características naturales, algo de nuestra
gestualidad, el simple timbre o tono de la voz, puede despertar en otro un
recuerdo, una asociación y por lo tanto, una sensación, que para bien o para
mal, marcará gran parte del vínculo que podamos construir.
Esto es particularmente importante cuando somos profesores.
Despertamos afectos o repulsiones en nuestros estudiantes sin que nos lo
propongamos, y a su vez, ellos también nos despiertan sensaciones, que es
esperable que siendo adultos y con formación docente, podamos controlar para
que no contamine la relación, -ese
intercambio fundamental para que se produzca el proceso pedagógico-, pero,
humanos somos y como tales, no siempre logramos dominar las impresiones que
otros nos dejan y que suelen invadirnos.
Así se suceden las afinidades naturales, casi inexplicables,
y los sentimientos adversos, también incomprensibles. Sin desearlo, disparamos y recibimos
sensaciones, emociones, sentimientos que inciden en el vínculo individual y
se cuelan e impactan en el conjunto de una clase. El desafío, no
siempre logrado, es mantener el equilibrio.
Los profesores, usando
la asignatura como pretexto, tenemos la función esencial de incidir en la formación humana de nuestros
estudiantes, intentando un reparto
saludable y justo de saberes, de oportunidades, de ocasiones de desarrollo. y
para esto, aunque con mucho esfuerzo, debemos
controlar las afinidades y disgustos que surgen. Así nos vamos construyendo
como humanos mutuamente, nos vamos esculpiendo unos a otros, a través de este
diario oficio de educar que inexorablemente es una forma de expresión del oficio de vivir.

