viernes, 25 de noviembre de 2016

Tesoro de retazos.



Es frecuente que las personas guardemos recuerdos, pruebas de momentos vividos, marcas materiales de cada experiencia que nos conmovió, de cada instante de la vida que merece ser recordado. Son huellas  que se guardan con la intención de resistir lo etéreo del vivir, son formas de combatir el tiempo que pasa y borra el presente con tanta fluidez vertiginosa, son modos de responder ante  el riesgo de perder lo vivido.

Muchas veces, son pruebas de momentos íntimos: una servilleta con una palabra o un número telefónico que recuerda una charla en un café, una carta con expresiones de amor o consuelo, una caravana que ha perdido a su hermana quizás desprendida en el fragor de un abrazo, una flor marchita que fue en su tiempo una fresca promesa de amor.

Otras veces, - y esto en particular nos ocurre a los docentes- son huellas de vida profesional: textos producidos en alguna tarde de lectura  y creación, documentos, cartas de alumnos  y colegas, ideas que nos desvelan y se plasman en alguna hoja de papel con la intención de arrancárselas al olvido.

Son señales que dan prueba de lo que hemos sido y marcan el camino, son pruebas que explican lo que somos,  reliquias integrantes de nuestro tesoro personal que nutren nuestros ratos de desazón,  a las que recurrimos para reencontrarnos con el sentido de nuestra vida cuando por momentos , nos sentimos perdidos.  Las tenemos en cajas, bolsas o baúles. Las tenemos en un rincón de la biblioteca, o del ropero, o en el cajón de las “multicosas” que en cada casa hay y que es de acceso vedado a sus ocupantes.
Así llegaron a nosotros las ocho cajas azules, prolijamente armadas que conforman el tesoro profesional, y parte del personal,  de Susana Vázquez. Llegaron como expresión de generosidad plena de mano de sus hijos, Germán  Florencia, con la comprensión sabia de que esos retazos de memoria, trascienden la vida de Susana y  forman parte esencial de la vida de todos los educadores uruguayos. Es bueno recordar que algunos hechos puntuales que nos ocurren en el marco de la vida personal de cada uno, muchas veces adquieren un extraordinario valor por la repercusión colectiva que tienen.

Esas cajas azules, armadas con amor,  contienen los retales de la historia de Susana y  de tantos uruguayos: cartas de reconocimiento a la impecable labor docente, trabajos inéditos, documentos de la ATD, planes de estudio subrayados, trabajados, construidos  y forjados desde la convicción de que la educación pública debe ofrecer la mejor propuesta a sus jóvenes generaciones. También tienen testimonios de dolor: actas de destitución, discursos varios preparados pre y post dictadura  y material de la comisión de destituidos, entre otros valiosos textos.

Susana llegó al acto de homenaje con el porte digno que quienes la conocieron en tiempos de juventud, declaran que tenía. Me emociona verla y me impresiona su gesto seguro pero sobre todo sus ojos, tremendamente claros e inusitadamente jóvenes.
Estuvimos allí, en esa hora  y poco, todos…Sus amigos y compañeros de antaño, sus exalumnos, -muchos ya devenidos inspectores-, su familia y en especial, sus nietos, esos jóvenes que ocuparon la primer fila para sorber cada instante del evento con dedicación plena. Nadie se movió ni distrajo la vista, ni comentó nada con el de al lado.  La solemnidad reinó tanto en la oratoria como en la música del violín que nos acompañó, ejecutado por dos jóvenes alumnos de nuestro Bachillerato Artístico.

No hubo más que aplausos,  admiración, lágrimas de emoción, flores multicolores, una medalla –nuevo mojón de memoria material- y un GRACIAS SUSANA, extensivo a todos los docentes que cada día, convencidos del valor de la tarea, construimos el mundo.
                                                                                                                                                                                                      23/11/2016


*La Prof. Susana Vázquez fue docente de Historia, egresada del Ipa, desempeñándose tanto en liceos como en  los Institutos de Formación docente  y la Universidad de la República. Fue Directora del liceo No 12  e Inspectora de Historia en el Consejo de Educación Secundaria. Fue destituída en tiempos de la Dictadura uruguaya y fue una luchadora incansable por la Democracia, los DDHH y la restauración de los derechos. Trabajó siempre con dignidad , dedicación y solvencia académica. Un ejemplo a imitar. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La red.



Solía decirle a mis alumnos que una de las tareas que debíamos emprender durante el curso era “cuidarnos unos a otros”. Corrían los años 90 en un liceo inmenso como el Dámaso y, -aunque nadie ya lo recuerde- los grupos eran también enormes,  de unos 37 o 40 alumnos cada uno, atiborrados en el salón, donde muchas veces no había ni bancos suficientes.

 Mi preocupación por aquel tiempo era, en primer lugar, llegar a construir con aquellos jóvenes de primer año de Bachillerato, una estrategia que asegurara la permanencia de todos durante todo el año. Si lograba que permanecieran, era seguro que, de un modo u otro, lograría que aprendieran. Con un número tan alto de alumnos por grupo  y en condiciones de franco hacinamiento, era difícil, primero identificarlos aprendiéndose el nombre de cada uno  y luego registrar en mi cabeza la presencia real de todos. Yo tenía siete grupos en ese liceo, lo que significaba trabajar, reconocer  y procurar aprendizajes a unos doscientos ochenta jóvenes, a los que veía tres veces por semana, cuarenta minutos en cada ocasión.

Así es que decidí comprometer a los propios chiquilines en la estrategia de permanencia y asistencia al liceo: les asignaba el cuidado de un compañero. Cada alumno debía tener conocimiento de lo relacionado con las inasistencias de un compañero de la clase. Si el compañero asignado en forma totalmente arbitraria, faltaba, el responsable  debía averiguar el motivo y  darlo a  conocer en la segunda instancia de la ausencia.   De alguna manera tejíamos así una red de sostén mutuo, en la que cada uno debía ser responsable de sí mismo y también de otro, en el entendido que concurrir era clave para el desarrollo de cada uno.

Este trabajo de toma de conciencia y desarrollo de la responsabilidad me llevaba unos dos meses. Estoy convencida que si las clases comienzan en marzo, uno debe invertir esos dos meses iniciales en reconocer a los alumnos, en lograr que se conozcan entre sí, en poner juntos las reglas de funcionamiento del curso y del aula. El resto del tiempo será fértil si esos dos meses se invierten en estas actividades, con un contrato claro que asegure el clima del aula para el resto del año. En general me daba muy buen resultado.

Entre los muchos alumnos del grupo que por sus características podían quedar por fuera de nuestra propuesta educativa,  estaba el Rafa. Un morocho pelado, fornido, acostumbrado a impactar con su presencia. Me acuerdo que el primer día de clase llegó tarde, se paró en la puerta del salón, me miró increpante como quién quiere ser el reprochador para salir del lugar del reprochado. Yo lo aflojé con una bienvenida cálida, preguntándole si tenía los horarios semanales de Literatura, a lo que él  me respondió con una expresión afirmativa cuajada de sorpresa.

En general, el episodio de la impuntualidad no se repitió más. Teníamos una buena relación, cumplía con las tareas, participaba en la clase en un lindo grupo, en el que se disfrutaba el intercambio. Pero un día,  intempestivamente, se develó la verdad. Y digo develó porque realmente lo recuerdo así, se corrió el velo de mis ojos.

Ese día, ingresamos a clase y Rafa entró unos minutos más tarde. Era un tiempo menor el del retraso porque recuerdo claramente que aún todos nos estábamos acomodando en el salón. Inmediatamente después que él ingresó, una tromba humana ocupó el salón de clase, increpándole con fuerza acerca de dónde había estado, qué había hecho los meses anteriores y un sinfín de reproches, para mí incomprensibles. El ingreso feroz era de  la adscripta.  El desoden reinaba al principio con el palabrerío incomprensible que iba y venía entre los dialogantes  y luego, cuando logramos superar la perturbación inicial, logré entender que  Rafa hacía tiempo que  no venía más al liceo,  aunque si venía en forma constante a la clase de Literatura.

Mi sorpresa en ese momento fue enorme. Ahora que miro la situación con la perspectiva de los años, tomo conciencia de cómo trabajábamos los docentes. No teníamos casi contacto entre los adultos, no existían los tiempos adicionales de coordinación y las únicas instancias de encuentro entre colegas, -fuera de los cruces fútiles y rápidos de la sala de profesores-, eran las dos reuniones de evaluación, una se hacía a mitad de año y otra al final, cuando ya conversar sobre el grupo y los jóvenes era más una catarsis de lo vivido que un eficiente intercambio profesional para gestar una estrategia de trabajo más fructífera.

Cuando salí del impacto inicial, logré hablar con Rafa y con la clase, tratando de entender porqué solo venía a la clase de Literatura. Me contó que había empezado a trabajar y que seguía viniendo a mi clase porque no quería decepcionarme. No olvidaré nunca la fuerza de la mirada de esos ojos morenos, diciendo esas palabras. No olvidaré nunca que ese día, comprendí la importancia esencial que tenemos los adultos en la vida de los jóvenes y qué enorme responsabilidad esto configura. Sin proponérmelo, esa mezcla de tristeza y alegría que me abrazó en ese momento, vuelve a embargarme frente al vivído recuerdo de una situación tan desconcertante.

Mi estrategia había sido sin lugar a dudas, eficiente,  pero con un efecto circunscripto a la clase de Literatura y por lo tanto, con una profunda ineficiencia en cuanto al resultado más global que deseaba conseguir. Parece increíble que un jovencito de dieciséis o diecisiete años que tuvo que empezar a trabajar mantenga la asistencia a una sola asignatura con la única intención de no desilusionar al adulto que tiene enfrente. Pero así fue, la expresión pura del afecto que se devuelve cuando alguien se siente tan bienvenido.


En esto radica gran parte del éxito de la cuestión educativa, en los vínculos francos, de confianza, de responsabilidad  y compromiso que uno puede gestar con los estudiantes y que dejan certezas y enseñanzas para vivir. Para mí, son enseñanzas más firmes e importantes que los contenidos de la asignatura, porque seguramente preservaremos el recuerdo de los contenidos si el encuadre de aprendizaje estuvo dado por un adulto hospitalario que nos hizo sentir que estábamos aptos y que todo era posible. 

jueves, 25 de agosto de 2016

Amnesia

Últimamente he advertido una suerte de amnesia que parece haber atacado a una buena parte de los que tengo en derredor. Por momentos, tengo la sensación de que los uruguayos padecemos una fiebre que nos ha dejado vacíos de pasado y creo de verdad, que es una fiebre peligrosa, con propensión a dejarnos tan desvalidos como para hacernos fenecer desde lo individual y colectivo. Reconozco que la memoria es forzosamente selectiva ya que el olvido es necesario, es un mecanismo de supervivencia porque de lo contrario si nuestra memoria tuviera que registrar y hacer perdurar cada instante vivido estaría sometida a tanta presión que al fin, estallaría. Pero justamente, es esa selectividad la que me alarma. Una selectividad que no habilita a la valoración del presente y por lo tanto, pone en riesgo su cuidado y preservación.
Creo que por eso escribo este blog. La narración es el recurso del que disponemos con frecuencia para actualizar lo que ocurrió, por lo tanto, para mi, narrar es como hacerle la guerra al olvido, es un mecanismo por el que me acerco a los otros, donde descubro mi ser, salgo de mi silencio y consigo que los otros también se abran, construyan su propio relato a partir de la memoria individual y social. De alguna forma siento que la acción de compartir mi anecdotario narrativamente, me acerca a los otros.
Hay un mecanismo natural que se desencadena: cuanto más derechos conquistamos, más impacientes y ansiosos por progresar profundizando, nos ponemos. Sin embargo,  eso nunca debería justificar el olvido de otros tiempos no tan lejanos y pavorosamente dolorosos, que deberíamos obstinadamente decidirnos a no repetir jamás.
Yo recuerdo bien, que apenas comenzado el nuevo milenio, los uruguayos la estábamos pasando muy, muy mal. Viene a mi memoria la tarea emprendida junto a padres y profes del liceo 30, en el que en aquel tiempo era directora, para poder alimentar a un buen grupo de  chiquilines que llegaban a nuestras aulas con el dolor de la pancita vacía, porque era un tiempo en que todo escaseaba, tiempos en que  hasta la basura era escasa porque la necesidad era tan definitiva,  que no se tiraba nada, se aprovechaba todo.
 Imposible olvidarme de Rosa, la mamá de Mónica y Andrés, que con su pequeña motito, recorría cada anochecer algunas panaderías del barrio para recoger el pan y los bizcochos que no se habían vendido y que nosotros calentábamos con amor a la mañana siguiente para que acompañara una tacita de leche caliente que les dábamos a nuestros queridos gurisitos uruguayos a los que la historia les había hecho la trastada de hacerlos vivir en tiempos tan funestos. Cuando uno da comida, da mucho más que un alimento para el cuerpo, entrega un poco de humanidad, abraza al otro desde la solidaridad más profunda para que defienda su vida, el mensaje implícito es que todos queremos defender la vida. Si esto nos pasaba en el Buceo, -que es y siempre ha sido un barrio de nivel medio-,  qué historias habrá entonces de aquel tiempo en otras geografías uruguayas, incluso en otros barrios de nuestra ciudad, que habitualmente están en una condición más desfavorecida.
No puedo fingir sordera ante algunos comentarios tremendistas que califican los tiempos que corren.
 Insisto en conservar obstinadamente la gravedad de ese pasado que nos marcó -la crisis que nos ahogó durante muchos años y que tiene el emblemático sello temporal del año 2002- .
 Mariela me cuenta brevemente una situación escalofriante. Ella trabajaba en ese tiempo, en el liceo de La Paz, y empezaron a darse cuenta que en general, varios chicos se desmayaban los lunes de mañana. Era recurrente: cada lunes vivían el sofocón de tener que asistir a muchos estudiantes que se desplomaban. Costó encontrar la respuesta a una reacción que se producía con énfasis ese día de la semana y no otro, y al fin, luego de algunas cavilaciones se dieron cuenta del motivo: los comedores comunitarios no abrían los fines de semana y nuestros chiquilines llegaban al liceo vacíos de vida, desgastados por las horas que corroen cuando el alimento no llega y todo duele en el cuerpo y mancilla el alma. 

Del pasado podemos huir o aprender. Yo elijo la segunda opción. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Tarde de fiesta

Tarde de fiesta.-


Era una tarde clara, de esas que ya anuncian la llegada próxima del verano, cuando hicimos la inauguración del liceo de Nuevo Berlín. Fue un liceo ansiosamente esperado por esta pequeña comunidad, pues hasta el momento el liceo funcionaba en un edificio que era verdaderamente inadecuado. La ansiedad se había agrandado en los últimos meses, porque por cuestiones inesperadas del destino y en forma casi excepcional, la empresa constructora había terminado la obra antes de lo previsto y tenía la pretensión de cobrar a su favor, un dinero por la entrega anticipada que la administración no estaba dispuesta a pagarle. Así que los chiquilines de Nuevo Berlín durante algún tiempo, debieron aceptar que su precioso liceo estaba pronto pero que no podían usarlo. Pasaban hacia el viejo edificio a tener clase y miraban con el rabillo del ojo  el edificio cómodo, luminoso y funcional que les pertenecía pero que aún no podían disfrutar. Fue un sacrificio fuerte que seguramente cristalizó en la alegría y alto nivel de preparación de la ceremonia de inauguración. 

Antes de llegar al liceo, nos dimos con Perla un paseíto por el rio, donde olfateamos la apacible vida de los habitantes de esta localidad: el silencio sonoro de un tiempo impregnado de perfumes y aire limpio y fresco.

La inauguración se hizo en la explanada de acceso al edificio liceal. Allí se agolpó el pueblo entero para festejar, por fin, la posibilidad de disfrutar de ese espacio hermoso que albergaría lo más importante que una localidad puede tener: la educación.

Por un instante el mundo fue eso, una fiesta plena de color, música, palabras emocionadas de grandes y chicos  y alguna lagrimita de alegría que se coló para completar la jornada. Sin embargo, para mi, lo más importante ocurrió después, cuando en la recorrida por las instalaciones apareció una mujer sencilla y expresiva que se paró frente a Javier Landoni y a mi, extendió sus brazos abarcándonos y nos dijo enfáticamente: “Gracias, gracias, gracias, en nombre de mis hijos y mis nietos, mil gracias a los dos” Esos son los instantes mágicos que no se olvidan aunque pasen mil años, que nos permiten recuperar el sentido de porqué estamos, porqué a veces, aguantamos lo que aguantamos y sostenemos con una fuerza que no sabíamos que teníamos algunos procesos. Porque están ellos, allí, los que solo nos tienen a nosotros, -los profes-,  que podemos abrir algunas oportunidades, para hacer de la vida de los otros, una experiencia más humana. 



sábado, 30 de julio de 2016

De herencias y lazos...
Hilvanando ideas sobre la educación y sus instituciones.



La ciencia ha comprobado que los humanos no nacemos con la programación genética que nos asegure el desarrollo como especie. En efecto, los seres humanos somos los mamíferos que logramos el mayor grado de desarrollo en la escala animal, pero somos asimismo, paradójicamente, los más débiles, entre otros factores porque no logramos sobrevivir sin el apoyo constante y la atención permanente de otro humano.

En principio, y para lograr que un “cachorro” humano logre su desarrollo, se hace indispensable contar con que el tiempo haga su labor para proveer las condiciones maduracionales y conseguir que ese tiempo sea un tiempo de compañía. La inexorable presencia de otro humano -naturalmente de mayor edad y por consiguiente, de desarrollo ya avanzado- que va haciendo surgir lo que está latente como potencial, se hace indispensable. Solo a modo de ejemplo, pensemos cómo es necesario desde el nacimiento circulen como mínimo alrededor de quince meses de vida para desarrollar la marcha y balbucear las primeras palabras. Ninguna de estas dos acciones básicas, podrían llevarse adelante sin la presencia de un semejante generoso que a través de la insistente presencia orientadora, incite a lograr estas habilidades. En general, se trata de un adulto de la familia cuya función será luego complementada por los adultos de otras instituciones, dentro de las que, las instituciones educativas ocupan un rol preponderante. “El niño necesita, pues, ser acogido, necesita que haya adultos que lo ayuden a estabilizar progresivamente las capacidades mentales que le ayudarán a vivir en el mundo, a adaptarse a las dificultades con que se encuentre y a construir él mismo, progresivamente , sus propios saberes” (Meirieu, 1998)

De acuerdo con Berger, P. y Luckmann, T.(2001), esta socialización primaria supone que  “El niño acepta los roles y actitudes de los otros significantes, o sea que los internaliza y se apropia de ellos”, la fuerza de los otros es tan intensa que “El yo es una entidad reflejada (…) el individuo llega a ser lo que los otros significantes lo consideran.” El proceso es complejo y entraña una dialéctica entre “la auto-identificación y la identificación que hacen los otros, entre la identidad objetivamente atribuida y la que es subjetivamente asumida.” 


La familia tiene un lugar insustituible. Son los progenitores, -o aquellos adultos que ocupen ese rol-,  los que nos introducen en el mundo a través de la palabra brindada o la sonrisa esbozada en el acto de arroparnos o darnos de comer. Sin embargo, está fuera de discusión que si quedáramos únicamente ligados a las enseñanzas familiares, quedaríamos sujetos a una suerte de endogamia sin posibilidades de retramitar nuestra identidad, de enriquecernos con enseñanzas aportadas por otros adultos inscriptos en otras dinámicas institucionales diferentes a las familiares.  También quedaríamos privados de entregar la riqueza que todos portamos, el enigma del que todos somos poseedores (Hannah Arendt, 1983)

Sigiuendo la línea de pensamiento de Berger, P. y Luckmann, T.(2001), en este punto estamos ante la socialización secundaria en que “Los submundos internalizados (…) son generalmente realidades parciales que contrastan con el mundo de base adquirido en la socialización primaria” Los roles de la socialización secundaria comportan un alto grado de anonimato, vale decir se separan fácilmente de los individuos que los desempeñan; son intercambiables.

La construcción de la subjetividad, necesita de escenarios diversos para reeditar la identidad, revisar los vínculos, explorar posibilidades y no quedar presos del modelo que aporta la familia como único modo de estar en el mundo.  La identidad se construye en relación a los otros, se configura en una suerte de interacción permanente. El poeta Octavio Paz, lo sintetiza maravillosamente en unos pocos pero sustanciosos versos: “Para que pueda ser he de ser otro,/salir de mi, buscarme entre los otros, /los otros que no son si yo no existo, /los otros que me dan plena existencia.”


Otros adultos, otras instituciones, otros lazos

La Doctora Graciela Frigerio afirma que los docentes ejercemos el oficio del lazo y que por tanto, las instituciones educativas son cartografías de lazos. La metáfora, intenta dar cuenta de las relaciones que se anudan y se liberan para lograr el desarrollo humano y la apropiación de la herencia, comprendiendo a la educación como un ejercicio de generosidad intergeneracional. Exige de los adultos, -que se supone han elegido en forma voluntaria habitar en forma permanente esas instituciones, las educativas -, una profunda generosidad en tanto la herencia que se entrega simultáneamente supone una renuncia. Se renuncia, en principio, a la condición inalterable de la misma. Se renuncia porque se ofrece para su apropiación y transformación, para aportarle al mundo la “radical novedad” que cada humano porta y que tan sabiamente había advertido la filòsofa Hannah Arendt.

El espacio educativo es un escenario privilegiado para aportar al desarrollo del proceso de humanización, en tanto en él nos relacionamos con otros adultos y con otros miembros de la misma generación, pero además naturalmente, nos vamos haciendo del saber acumulado por las generaciones anteriores. La educación es un ejercicio artificial que provee a la generación de los “nuevos” de lo necesario para continuar con cierta condición de éxito el resto del camino de la vida, que siempre será de humanización permanente. No es un pasaje unidireccional. El adulto, docente, no se mantiene inmune dentro del proceso, él también se transforma, construyen alumnos y profesores juntos los saberes en el marco de esta interacción educativa en que ambos salen transformados.
 
Las instituciones educativas son espacios de ensayo para vestir las ropas que luciremos como adultos, para probarlas una y otra vez, conservar unas, desterrar otras. Por eso, es inconcebible pensar que pueda haber miembros de la especie que no habiten las instituciones educativas, al menos en las dos primeras décadas de la vida. Por eso es inconcebible, la “división de las infancias” (Frigerio, 2008), o la aceptación de la sociedad como una máquina de etiquetar y clasificar niños y jóvenes, suponiendo que a algunos les corresponde el desarrollo de algunos procesos educativos y la vida en las instituciones, y a otros nada. Para los niños, -dice Frigerio- "las representaciones de los adultos reservaron la idea de una familia lo suficientemente buena, el espacio escolar, un imaginario y orden simbólico cristalizado y probablemente ilusorio (…) en el cual hijos y alumnos sería la mejor síntesis de su identidad“.

Sin embargo, hay otros niños que son adjetivados, la mayor parte de las veces con “adjetivos calificativos descalificantes,  (pobres, amorales, anormales, huérfanos, en peligro, peligrosos, excluidos, marginales u otros equivalentes)”.  La autora insiste en recordarnos cómo la clasificación de las vidas está a la vista de todos “para todo aquel que no quiera escudarse en la negación tranquilizadora”. Yo creo que en el Uruguay y particularmente en la educación media estamos viviendo este terrible trance, estamos saliendo de la negación, de los pretextos que hasta ahora nos permitieron señalar que la educación media solo es una etapa educativa merecida para algunos. Estamos haciendo el esfuerzo vital de aceptar que la educación media es para todos, evitando que las instituciones de este tramo educativo, sean los escenarios exclusivos de jóvenes con destinos posibilitados por su biografía personal y pasen a ser escenarios de desarrollo de los jóvenes que hasta ahora estaban adjetivados.
La juventud no es una categoría única.  No es posible hablar de juventud, sino de juventudes. La pretensión de homogeneizar a nuestros jóvenes en una misma categoría, niega cuestiones intrínsecas a la propia lucha de poder generacional y privilegios que les son negados por una mirada aparentemente “objetiva” de demarcación generacional.   Bourdieu (2002) nos recuerda que “La edad es un dato biológico socialmente manipulado y manipulable; muestra que el hecho de hablar de los jóvenes como de una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, y de referir estos intereses a una edad definida biológicamente constituye en sí una manipulación evidente”

Los universos sociales son múltiples, y múltiple debe ser la forma de acercarnos a nuestros jóvenes.

El docente es el forjador del lazo. Es el que ofrece la ocasión del encuentro, el que orienta, corrige, pregunta y admite ser interrogado e interpelado por ese cachorro humano que especialmente en la adolescencia, necesita de la fortaleza de los adultos para poder “chocar” contra ellos y encontrar así el camino hacia la construcción de la personalidad.  Es el docente el que debe resistir la normalización de la exclusión, la forma invisible, “transparente” de aceptar que algunos pueden y deben estar dentro de las escuelas y otros definitivamente fuera (Gentili, 2000)

Pensando en educación media

La adolescencia es quizás el tiempo más tumultuoso de la vida. Es un tiempo de interrogaciones y de desafíos, donde se asientan las bases de la vida futura. Es un tiempo turbulento de profundas interpelaciones. Nos vamos construyendo “contra” el otro, otro adulto que debe ser firme y resistir los embates para que el lazo se produzca y la humanización prospere. Por eso es tan importante la presencia solvente del adulto y tan terrible cuando el adulto no está, ya sea porque no está físicamente o porque no está por haber decidido no hacerlo. Estamos en un tiempo de ausencias, de adultos que han renunciado al ejercicio de su rol de tales y que por lo tanto no están disponibles para que ese juego de tensión y encuentro pueda producirse. Es descorazonador para un joven no encontrar al adulto firme contra el que luchar, contra el que construirse.

Cuando el lazo no se produce, o se rompe, el adolescente es natural que busque otros enlaces. Si los adultos no se encuentran disponibles para él,  los producirá con los mismos de su generación, y el lugar para que ese lazo se forje, generalmente es la calle.  Si la institución no es hospitalaria y el adulto no está dispuesto a resistir poniendo límites pero también comprendiendo al joven, lo natural es que el muchacho no resista, no logre permanecer en la institución. Lo cierto es que la intemperie queda como último reducto y cobijo para quienes en plena soledad en relación al mundo adulto, necesitan suplir su abandono con lazos de unión con otros congéneres para encontrar sentido a estar en este mundo. La calle y sus riesgos será el espacio de vida para estos adolescentes solos que buscan como todos, encontrar el sentido de estar en el mundo.  Las alianzas fraternales entre jóvenes que se encuentran en esta situación suelen ser vigorosamente intensas. Son fraternales lazos que suplen los lazos rotos, suelen ser intrageneracionales a falta de lo intergeneracional.

Salir de la baldosa

La tensión entre el límite firme y el afecto, la solidez del adulto para poner pocas reglas, claras y bien conocidas, es el camino clave para la permanencia de un joven. Mi impresión es que reflexionamos escasamente sobre los motivos que llevan al joven al abandono y en general, cuando lo hacemos no interpelamos nuestra oferta, ni nuestras instituciones. Nuestro natural razonamiento deposita en nuestros estudiantes la responsabilidad de no haber permanecido y no interroga ni la gramática del liceo ni la identidad profesional del docente. Y no es mi intención buscar culpables, sino simplemente interrogar para transformar, interpelar una práctica rutinaria y reiterativa que en forma casi exacta desarrolla una modalidad de vínculo y de entrega de la herencia cultural que no puede admitir otros modos más allá de los exactamente planificados.

El modelo de nuestras instituciones educativas conspira negativamente para que las tensiones planteadas se desarrollen favorablemente.Son instituciones fuertemente codificadas, con tiempos y espacios tan rígidamente definidos que impiden que en los tiempos inicialmente planificados para una actividad pueda  realizarse otra tarea. La prueba más contundente se produce cuando frente a la ausencia de un profesor que tenía clase a determinada hora, las dos soluciones que se ofrecen suelen ser las de permanecer a la espera hasta la hora siguiente o bien, retirarse antes de hora. Pocas son las instituciones que tienen la capacidad de realizar arreglos estructurales sobre la marcha que les permite el aprovechamiento del tiempo ofreciendo actividades diversas que son también educativas aunque no sea la clase planificada.

Nuestras instituciones parecen haber perdido el sentido o la especificidad que amerita su existencia para la sociedad. Se supone que el liceo existe para que los estudiantes aprendan, indaguen, exploren, se transformen. Si esto así fuera, todo instante institucional debería ser un instante educativo, pues es potencialmente una oportunidad de vínculo entre los adultos y los jóvenes, para formar a los jóvenes, para construir humanidad.  La necesidad espontánea de dar respuesta a un tiempo que deviene dentro del horario en forma impredecible, sin asignación específica, debería ser vivido como oportunidad y no como tortura, más allá que se tenga previamente organizado un repertorio de actividades preparadas para su aplicación. De hecho, muchas instituciones lo logran y generan un ambiente de trabajo satisfactorio tanto para jóvenes como para adultos, con un alto monto de ilusión y posterior concreción de los logros de aprendizaje.

La rigidez organizacional también impide el aprovechamiento de los espacios reales. Un patio puede ser un patio de recreo a determinada hora y a la siguiente puede ser un espacio de taller de plástica o un gimnasio. La flexibilidad debe ser una característica de quienes habitan las instituciones educativas para que todo lo que en ella hay, material e inmaterial, pueda aparecer al servicio del proceso de desarrollo humano de nuestros estudiantes.
  
Es necesario avanzar hacia una revisión de los funcionamientos institucionales para abandonar los formatos des-subjetivantes, instituciones tan rígidas como para expulsar a todo aquel que no se adapte con rapidez a ellas, instituciones tan rígidas como para no aceptar la chance de realizar otras actividades educativas, no tradicionales, más creativas. Hoy es imperioso pensar en instituciones que ofrecen diversos caminos para los diversos jóvenes. Una institución hospitalaria que puede albergarlos a todos en un momento del desarrollo de la humanidad en que es indispensable aceptar que todos somos educables aunque tengamos ritmos diversos.

La universalización como desafío

Uruguay demoró un siglo en universalizar la educación primaria. Lo logró con el tesón férreo de la voluntad política y la convicción de que la democracia descansaba en buen parte en este logro. Como es un logro consumado hace décadas, los uruguayos tenemos la impresión de que siempre todos tuvimos acceso a esta etapa de la formación educativa.

Lo cierto es que hoy la formación primaria es francamente insuficiente para habitar un mundo tan exigente como el de hoy, para adquirir condiciones para una ciudadanía plena. De allí que hoy se haga indiscutible la necesaria formación secundaria. Hoy el ciclo básico de educación media hace las veces de la educación primaria de antaño.

La tensión que actualmente encaramos, sin lugar a dudas, es producir el movimiento necesario para que la educación media, -pensada en sus orígenes fundacionales como una educación para pocos, solo para aquellos hijos de familias acomodadas que guardaban un destino de formación terciaria para sus hijos, para los jóvenes sin adjetivos- pueda cambiar ese sentido inicial y ofrecerse a todos. La concepción de la educación como derecho que oficia como puerta de acceso a todos los demás derechos, nos pone hoy en el desafío inmenso pero inexorable de abrir los procesos que permitan que con sus recorridos propios y sus ritmos especiales, todos los jóvenes puedan llegar a cursar su educación media y acceder a los bienes culturales, en el sentido más amplio del término, que este período de la formación debe provocar.

La recorrida por nuestros centros educativos permite descubrir que existen en la práctica muchos liceos que realmente logran climas institucionales acogedores y prácticas educativas muy valiosas, donde “la relación con el otro, no es una relación de dominación ni de poder, sino de acogimiento”  porque  “solo siendo responsables del otro (…) de su gozo y de su sufrimiento, accedemos a la humanidad”(Bárcena, Mélich, 2000). La consigna es seguir trabajando creativamente para erradicar una práctica que viene imponiéndose en los últimos tiempos y que se expresa en la suspensión del vínculo educativo como forma de expresión de la imposibilidad de asumir las dificultades que se suceden en la vida cotidiana. Habitar la institución dialógicamente, con creatividad es el camino para ir superando las dificultades de una realidad que aún dista mucho de ser óptima pero que encierra el desafío democrático de la distribución del saber y de la construcción de una trama democrática que nos albergue a todos.
                                                                                                
                                                                                                                     
                                                                                                                         Julio, 2016.


 Bibliografía
Arendt, Hanna. “La condición humana” Ediciones Paidós, 1993
Bárcena, F y Melich, J. “La educación como acontecimiento ético. Natalidad, narración y hospitalidad” Editorial Paidós, 2000
Berger, P. y Luckmann, T.(2001) “La construcción social de la realidad”.Cap. III. La sociedad como realidad subjetiva. Amorrortu editores. Buenos Aires
BOURDIEU, Pierre. La juventud no es más que una palabra. En: Sociología y cultura. México: Grijalbo, Conaculta, 2002.
Frigerio, Graciela. “La división de las infancias” Ediciones del Estante. 2008
Gentili, Pablo. “Códigos para la ciudadanía. La formación ética como práctica de libertad” Ediciones Santillana. 2000

Meirieu, Phillipe. “Frankenstein educador”. Ediciones Laertes. 1998

viernes, 10 de junio de 2016

Los sonidos de Tambores.


Salimos de Tres Cruces un poco antes de las seis de la mañana, con los ojos chiquitos, casi pegaditos por el sueño pero con muchas ganas de ver en las tierras de Tacuarembó algunas pruebas confirmatorias  de que educar vale la pena y que la polifonía puede ser una realidad. Salimos juntas, como tantas otras veces, cada una con su caudal de sueños a cuestas,  Reyna, Nelly y yo. Cada una con su historia propia en su mochila,- pero portando la mochila común de los sueños y las convicciones compartidas-.
Nos esperaba un salón poblado de jóvenes y docentes, de vecinos y miembros de la sociedad civil pertenecientes a los trece liceos del departamento. El evento fue vigorosamente convocado por Leticia, la Referente del Espacio de Participación, que cálida y firme tiende su mano tierna a cuantos van llegando, inclusive a nosotras. Y se para con la fuerza  sólida de quien viene sostenido por la tarea previa, aportando conceptos, promoviendo redes, provocando acciones. Y nos envuelve, nos involucra y también, por momentos, su discurso nos emociona. 
Reyna saca una y otra vez a relucir su calidad de orientadora técnica, y nos enseña reglamentos,  artículos, circulares, en fin, normas, esas que tantas veces nos cuesta cumplir porque nos constriñen pero que también garantizan nuestros derechos, en tanto que  Nelly abre el abanico de su experiencia y pregunta con acierto, completa ideas mientras paga pasajes, confirma datos y se asegura que todo esté en orden…Yo me conmuevo con este vértigo de ideas y reclamos, de alegría y preocupación, de sabiduría y exploración que este espacio me propone. Pero nada me conmueve más que lo que al final me dice Heber. 
Heber López es un alumno del liceo de Tambores. Vino con otra compañera y con un profe sereno que plantea un interesante trabajo sobre violencia de género. Cualquier observador desprevenido podría pensar a primera vista, que Heber tiene más edad que la que verdaderamente tiene, por el porte robusto, la barba, pero sobre todo por el vocabulario que usa, el tono de su voz, el elegante y adecuado uso de las pausas.  Su discurso impresiona. El afirma que a medida  que los alumnos circulan por el liceo, van perdiendo a los padres. Heber participa junto a su profe con una solidez de tal magnitud que bien podría pensarse que es un profe y no un alumno. Llama la atención  sobre todo su tono, su seguridad, el volumen adecuado de su voz, que convoca la atención de los presentes en el amplio salón que se silencia para darle paso.
Cuando todo termina y van saliendo, nosotras tres -Reyna, Nelly yo-, quedamos casi en fila antecediendo la puerta para dar  los besos de despedida como en los cortejos que se hacían en los cumpleaños de quince de antaño. Al acercarse Heber,  me atrevo a preguntarle en qué año está 
-En sexto, me dice, y yo agrego
-Qué bueno y por supuesto que vas a seguir estudiando, le digo.
Si, me dice con la firmeza que da una decisión ya acuñada hace tiempo, -Voy a ser cura.
Yo exhalo un Ahhh, de sorpresa, porque me resultó inesperado el rumbo y él inmediatamente agrega:
-Yo sabía que en algún momento me iba a cruzar con gente como ustedes que sabe que un liceo es mucho más que una fábrica para hacer trabajadores. 

No olvidaré jamás esas palabras. Muchas veces vienen a mi cabeza  una y otra vez, cuando en la problematización sobre el sentido de la educación en la vida del ser humano, caemos en la tentación de pensar en el trabajo como actividad que ocupa la mayor parte del tiempo de la vida. Es intensamente cimbroneador escuchar a un joven que reclama el lugar de la educación como una oportunidad para  el desarrollo completo de lo humano… A no olvidarlo…

domingo, 5 de junio de 2016

(Con) Vocación

Estaba esperando frente al mostrador de una tienda cuando un “Hola profe” detrás de una sonrisa inconfundible, me llevó de un sacudón quince o quizás, dieciséis años atrás. La recuerdo perfectamente, con sus quince años nuevitos, sentadita en los bancos del medio del salón, junto a su inseparable amiga. Pelo largo, rizado y rubio, sonrisa a flor de piel, ternura constante.
-  ¿Cómo estás, corazón? Le digo y ella me contesta – ¿ te acordás de mi?...¡Cómo no hacerlo! Me acuerdo con profunda nitidez de las charlas con aquel grupo encantador con el que disfrutábamos mutuamente el encuentro educativo tres veces por semana en los salones del liceo 14.
-No me acuerdo de tu nombre, pero puedo describirlo todo de aquel tiempo, -le digo- ¿Cuánto hace? ¿Cuántos años tenés? –Tengo 32 y me llamo Adriana. Vos me decías Rulitos. – ¡Cierto! Ahora me acuerdo, tu amiga se llamaba Fabiana, ¿verdad?  –Si y todavía cada tanto nos vemos. Ahora menos porque ella tuvo un bebé y cuesta más salir cuando sos mamá. – Claro, -le  digo-, y  sin poder resisitir la tentación de conocer qué pasó con aquel promisorio futuro educativo, le pregunto  - ¿y a qué te dedicás? – Y…soy colega tuya, estoy dando clase. – ¡Qué alegría! – no pude controlar la satisfacción narcisista que la sospecha de haber incidido de algún modo en aquella decisión de ser docente, me generaba-.  ¿De qué?  - De dibujo.
 Y ahí comienza  a narrar toda la historia.  Me cuenta que desde cuarto año de liceo quería hacer el profesorado de Dibujo, pero que sus padres pusieron el grito en el cielo. Que profesora mejor no, que te vas a morir de hambre, que te vas a pasar de un lugar a otro corriendo para dar clase. Que no te conviene, que te conviene hacer una carrera que te permita ser independiente. Que sería lindo que fuera Arquitecta. Y bueno… fue Arquitecta. Yo la recuerdo como buena alumna, dueña de las dos cualidades que constituyen una combinación perfecta para prosperar en los estudios: aplicada y lúcida. Portadora de un buen caudal de inteligencia era también muy trabajadora.  Me contó que hizo la carrera de Arquitectura, con el sacrificio natural pero sin dolorosas dificultades y que finalmente la culminó para darle el gusto a la familia y que  logró llegar a la meta porque mientras hacía la carrera, se enteró de un llamado abierto para dar clases en secundaria, que fue lo mejor que le pasó en la vida. Y fue muy intensa al contarme que no solo el trabajo la salvó para permitirle un pasar económico mientras terminaba su formación, señaló claramente que fue el motor emotivo, el sostén de alegría que le permitió llegar a la meta. Y  tanto, que ahora está estudiando profesorado y no trabaja de Arquitecta, sencillamente porque no le gusta, no le interesa.
Nos despedimos con un abrazo enorme, sabiendo que pronto nos encontraremos porque la vida de los profes es así,  nos encontramos y desencontramos  inesperadamente en diversos puntos del camino. Seguramente un liceo será escenario propicio para un nuevo apretón amoroso que anude el pasado con el presente.
Después del abrazo conmovedor con aquella mujer treintona en cuya vida de algún modo participé al punto de dejar el recuerdo duradero tantos años después,  me quedé pensando en lo que dijo de los padres y en el lugar que nuestra sociedad nos adjudica a los docentes. El discurso circulante, correcto, nos pone en el lugar abnegado de la entrega a los otros, del loable apostolado, de la incansable y casi heroica actividad pero cuando llega la hora de que la entrega la haga el hijo propio, la familia protesta, trata de inhibir la decisión, sigue apostando por carreras más prestigiosas. No sé si por suerte o por desgracia pero ya está comprobado que cuando la vocación docente abraza, es casi como un designio de los dioses, absolutamente inevitable por muchos obstáculos que se interpongan. Es triste pensar que en lugar de luchar para que la profesión docente, -de la que derivarán las posibilidades de desarrollo de todo el colectivo-, sea prestigiosa, reconocida, valorada, cada uno juega el papel de “sálvese quien pueda”, intentando impedir que los miembros de su familia sean docentes, en lugar de poner la energía en la transformación necesaria.
La sociedad se sostiene gracias a la tarea que hacemos los docentes cada día, traspasamos el legado y producimos humanidad permitiendo que cada uno de nuestros alumnos recomponga su identidad construyendo su propio horizonte. Es tiempo de salir de la esfera discursiva.

Sin lugar a dudas, el egoísmo prevalece. Queda todavía mucho por hacer.  

sábado, 28 de mayo de 2016

Historias que se tejen


Es domingo y estamos en un amplio salón del Centro de Formación Docente de Minas, junto a la Subsecretaria del Ministerio de Educación y Cultura, parte de su equipo y todas las autoridades de la educación. Es un espacio de atención a quienes lo solicitaron previamente que funciona habitualmente en vísperas de un Consejo de Ministros que se realiza en alguna localidad de ese departamento. Es fascinante estar allí, por las historias, las demandas, las preocupaciones que aparecen en boca de los diversos colectivos, que aprovechan la ocasión de tener para sí, unos instantes a todas las autoridades. Es una espacio de historias inusitadas, de increíbles vivencias y por lo tanto, de sorpresas y aprendizajes. En el tiempo que llevo concurriendo, -un poco más de un año- he escuchado relatos  increíbles y pedidos insólitos, desde los que quieren cambiar de lugar el Obelisco de la localidad, los que quieren apoyo para las fiestas locales,- todas ellas de insólitos nombres-, hasta los que solicitan la construcción de un centro educativo para una pequeña localidad que en sus tiempos fue una estación de tren o quieren simplemente entrar a las escuelas a enseñar candombe. Todo se ve, todo se escucha, todo se vive con respeto por más inaudito que parezca. La variedad está a la orden del día y da cuenta de las también variadas vivencias y necesidades que los humanos tenemos en relación a la mirada que también portamos del mundo.
En una de esas tardes, apareció Carla, una dulce maestra, muy joven, muy enamorada de su profesión, que además de trabajar en la escuela, -a la que califica como el “lugar de la felicidad” para los niños-,  es Gestora de Cultura Científica de su departamento. Apareció acompañada de dos adolescentes altos y callados que fueron distinguidos el año pasado por haber creado una silla de ruedas todo terreno, creación que les permitió acceder a la feria internacional de Ciencias en EUA.
Ella es la que habla y habla rápido, con apremio, como queriendo aprovechar cada instante que se le escapa. Lo hace con fruición, quizás por aquello de que estamos hechos de tiempo. Y viene a pedir un reconocimiento, no para ella, sino para todos los docentes orientadores de los Clubes de Ciencias[i] porque este año, se cumplen treinta años del proyecto que vive expresado en cada emprendimiento que cada profesor o maestro entusiasmado pone en juego junto a un conjunto de niños o jóvenes, la mayoría de las veces, sin más reconocimiento o beneficio que la palabra de aliento de alguien cuando presentan en la Feria de Ciencias sus hallazgos. Carla rescata el valor de las ferias departamentales, esos eventos movidos en que todos los clubes del departamento se desplazan a la capital y arman su stand para mostrar su trabajo. Y allí es cuando ella, con un tinte emocionado de voz, nos dice que hay historias que se tejen, fabulosas, que no las miden los números. Historias de chicos que vienen desde el medio del campo, muchos de los cuales nunca han pisado la capital, muchos de los que disfrutan la ducha cuando se bañan en el lugar donde los hospedamos porque en sus casas no tienen estas comodidades.
Carla tiene un vértigo verbal que convoca, que invita, que mueve la fibra del afecto apelando al esfuerzo convencido que hacen los orientadores de los Clubes de Ciencias. Insiste en la vivencia y la oportunidad de desarrollar otros saberes, otras experiencias de vida más allá de la investigación científica o a propósito de ella, la ocasión de la experiencia vital  en el contacto de estos niños y jóvenes con otra realidad, diferente a la de sus vidas cotidianas.
Salud… Por Carla y por todos los profes y maestros uruguayos. Por los 30 años de un proyecto que nutre a niños jóvenes, que despierta curiosidad, que provoca “historias que se tejen”.



[i] Los Clubes de Ciencias se crean a partir de un proyecto que en el marco del Ministerio de Educación y Cultura, invita a la creación de equipos de investigación integrados por un orientador adulto y los niños y jóvenes que sientan interés por la temática que se propone. Los temas son variados y seleccionados por los propios integrantes de cada club. Hay instancias departamentales para compartir los trabajos y de esas Ferias, surge una clasificación que posibilita la participación en la Feria Nacional. Si bien hay una metodología de trabajo y de presentación,  nada inhibe la creatividad. Todas las ocasiones son riquísimas en relación a la alegría de compartir conocimientos y de intercambiar metodologías.

viernes, 20 de mayo de 2016

Meditación



Yo era muy joven, en ese momento y daba mis clases de Literatura en un liceo privado y en varios liceos públicos. Fue un tiempo de exploración profesional y por lo tanto, de fuerte aprendizaje. Fue el tiempo en el que descubrí -entre otras miles de cosas- cuántos tipos de hambre puede tener un ser humano.
Todos mis alumnos tenían hambre, pero mis alumnos del privado tenían un hambre diferente a la que tenían mis alumnos del público. No tenían como dice Galeano, “hambre de pan” pero sin duda, tenían como bien señaló el gran Eduardo, una profunda “hambre de abrazos”, de atención, de afecto, de reconocimiento.
Eran inquietos, desordenados, parecían desinteresados, pero yo intuía que en ese hormigueo que los recorría, no había ni más ni menos que una intensa insatisfacción provocada por la posesión de infinidad de cosas materiales y la escasez de instancias de atención, sencillamente en la mayoría de los casos, la escasa o nula existencia de tiempos compartidos con los adultos referentes.
Mi preocupación principal al preparar las clases en aquel tiempo, consistía  en encontrar mecanismos para “engancharlos”, en buscar propuestas desafiantes que me permitieran concentrar la atención de estos jóvenes, encantadores, pero sin sosiego.
Siempre supe que la sencillez encierra la respuesta a las grandes cosas, pero también sé que es muy difícil pensar con sencillez. Fui reflexionando y llevando adelante mil modos de dar la clase, mil maneras insólitas de presentar los temas, usando recursos audiovisuales, trayendo noticias y a partir de ellas buscar puntos de enlace con el texto que estábamos dando, preguntas y palabras disparadoras,  propuestas grupales, salidas didácticas,  todo lo que estaba a mi alcance y en todos los casos tuve diversos resultados pero no lograba conseguir que estos chiquilines tuvieran un estado interior que les permitiera pensar y dialogar escuchándose. Sinceramente, me agotaban…Asumir una clase con ellos era equivalente a tres o cuatro en otros grupos.
El estado de inquietud constante, -del alma y del cuerpo- era un impedimento claro para gestar aprendizajes. Me daba cuenta que no era una cuestión de voluntad. Yo les pedía concentración y atención, un esfuerzo que ellos no podían hacer, aunque estuvieran bienintencionados.
Así que simplemente un día, decidí dejarme llevar por lo que me había funcionado a mi siempre como tranquilizador. Decidí empezar la clase con una música suave, decidí invitarlos a cerrar sus ojos, a visualizar paisajes naturales en los que se sintieran felices y cómodos… Hicimos un acuerdo, ellos se dejarían llevar unos minutos por mi voz, sería corto como para que nadie se sintiera incómodo con el ejercicio pero deberían hacerlo todos, los treinta compañeros del grupo. Después decidiríamos si había valido la pena, si seguiríamos practicando. Mi propuesta se concentró en explicarles que eran encantadores pero no estaba logrando que la clase se diera con un nivel de interés como para propiciar aprendizajes y para aprender es necesario estar tranquilo, conectado con uno mismo, sereno, con calma para que fluya lo que cada uno trae y lo pueda poner en juego combinándolo con lo que yo como profe traía para compartir. Aceptaron. Así que puse un tema de ENYA y después de invitarlos a tomar la posición más cómoda que pudieran lograr sin perder el lugar en el banco, intenté guiar la visualización de un espacio natural que a cada uno le resultara acogedor, deseado, agradable, tranquilizador.
Fue breve, pero muy eficaz. Inmediatamente se notó en la clase el efecto de ese instante de contacto personal de cada uno con su propio ser. Fue muy placentero para mi descubrir que con pocos elementos podía ayudarlos a sosegarse para estar más disponibles a que surja lo mejor que cada uno porta y recibir la palabra, el gesto y las ideas del otro.
Para no destruir el hallazgo decidí que no siempre lo haríamos. Me resultaba muy gracioso escucharlos en forma recurrente solicitar ese instante de calma e incluso algunos colegas llegaron a comentarme que los chicos les pedían su rato de meditación para aprender mejor.

Hay algunos aditivos que necesita una clase para preciarse de ser realmente un espacio de intercambio de saberes, una oportunidad para incorporar conocimientos, ensayar procedimientos, insistir en el descubrimiento de aspectos de la vida. Uno de ellos es el clima del aula, la confianza, la calma y la alegría para ir al encuentro del saber y generar el vínculo sano entre todos. La rutina mata la creatividad. La reiteración automática es el monstruo que se devora la oportunidad de descubrir el surgimiento de lo humano. Por eso aunque uno haga un hallazgo como el que aquí narro, debe resistirse a la repetición, porque la tendencia del sistema educativo es la de propiciar la reiteración de acciones.  Que lo mejor aparezca, depende a veces de acciones sencillas, de compartir el deseo de encontrar ese instante de disfrute entre todos y de no desgastarlo, de cuidarlo para que siga siendo un momento genuino de sensaciones nuevas. Es una circunstancia tan placentera, tan disfrutable, que creo que solo los profes comprendemos…. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Los ojos de Carlos.



Soy Inspectora de Institutos y liceos. Es una tarea que me gusta, de hecho, accedí a ella por pura elección como parte de mi desarrollo profesional, pero por momentos, me desespera. Si tuviera que elegir, prefiero la dirección del liceo porque desde el ejercicio de la dirección uno HACE directamente y se enfrenta cada día con sus logros y sus fracasos. Como supervisora, uno acompaña al otro, al Director y al equipo estable de la institución, pero no puede hacer por él o ellos, debe contener la ansiedad y tener mucha paciencia, pues aunque crea que es muy sencillo mover los hilos de la vida para que el liceo tenga una organización adecuada y se instale una gestión que permita potenciar lo pedagógico, el o la Directora toman o dejan el consejo, procuran la acción o la obturan, instalan la vida o forjan la parálisis de muerte.
He tenido que supervisar algunos centros en los que de verdad, he sufrido. He sentido esa pesada sensación de que con rapidez podría provocarse otro vínculo, otras acciones, otro modo de gestar la vida,  pero el colega de turno, por incapacidad o por  ser portador de otra convicción, no lo hace.
En uno de esos liceos, muy desordenado, casi caótico, una tarde fría de invierno, aprendí que las manos de Lucía son los ojos de Carlos.
El cuento es sencillo pero a la vez, infinitamente complejo. Es que la propia condición de lo humano está marcada por la coexistencia de la sencillez y la complejidad. Parece un juego de palabras, pero no lo es.
 Había ido de visita al centro educativo, junto a otros Inspectores de asignatura. Como Inspectora de Insitutos y liceos había permanecido en el espacio de la adscripción dando indicaciones infructuosas en medio del desquicio, intentando no enloquecer. Y allí surgió la oferta de Emy, la Inspectora de Química: entrar a visitar una clase. Me pareció estupendo entrar al aula a ver una clase de una disciplina tan distinta a la mía y por respeto natural, me acerqué a la docente para consultarle si estaba de acuerdo con mi presencia en su clase. Lucía me impactó desde ese instante por su inmensa calidez, su sonrisa franca y su enorme hospitalidad. Algo mágico tiene esa profe, algo cautivante se esboza en ese amor por la vida que deja entrever en cada palabra, en cada sonrisa, en cada gesto.
Y así fue… simplemente mágico. Cuando se cerró la puerta del salón, emergió una fuerza diferente que me hizo olvidar el desquicio del patio. Un aire sinceramente tranquilo invadía el aula, y los estudiantes, ocupaban con calma sus lugares, saludando con afecto a esta profe que con su sola presencia lograba hacer de ese salón un espacio de calma y disfrute aunque estuviera geográficamente instalado en medio del Infierno.
Lo impactante es que este clima de aula se produce en forma automática… algo que ya viene generado a priori, desde mucho antes, en un acuerdo educativo que habilita la ocasión de compartir los saberes disfrutando, curioseando en la asignatura, saboreando cada instante.
Sin duda, la personalidad del profesor es clave, y sin duda, Lucía es muy especial. Es tan especial, que cuando termina la clase y comentamos la misma, me cuenta la historia de Carlos y me da su cuaderno. Ella me lo cuenta de un modo que me conmueve aún hoy, cuando hago este ejercicio de actualización del recuerdo después de tanto tiempo. Creo que pasaron tres años desde aquel día y en la memoria,  emerge limpito, próximo, cristalino. Lucía simplemente me cuenta que ha creado un cuaderno para Carlos, aquel chiquito menudito, que apareció el primer día de clase, un poco más perdido que todos los otros compañeros, porque Carlos además de adolescente, además de nervioso por el inicio de los cursos, tiene una característica especial : es ciego.  Es ciego y además tiene una historia compleja y no puede ir al liceo en el que se concentran los jóvenes con estas características, así que para él la ocasión de hacer la educación media o se da en el liceo del barrio o no podrá darse...
Lucía me cuenta la historia de Carlos y me muestra el cuaderno. Una cuadernola amorosamente hecha, artesanalmente hecha, en Braille, con diagramas, esquemas y dibujos hechos con materiales que dan textura, con todos los materiales imaginados: con arroz, polenta, goma, todo lo que da volumen y textura… TODO. El amor completo a la educación está expresado en ese cuaderno que Lucía hace para Carlos cada fin de semana en su hogar. Y lo mejor es que ella lo narra con una alegría inusitada, con la alegría de quien se siente bendecido, de quien siente que es un privilegiado que ha tenido la suerte de vivir esta experiencia.  Su relato es tan fresco que estimula.  Me cuenta entre risas cómo ingenuamente trató al principio de hacer la escritura Braille con un punzón y le quedaba una escritura tan inmensa que el pobre Carlos no llegaba a recorrerla con su dedito. Me contó cómo aprendió con una regleta que especialmente se compró a hacerla correctamente y cómo en su casa, sus familiares aprendieron que los domingos cuando todos se iban a dormir la siesta, ella dedicaba ese tiempo sagrado, concentrada con amor, en la confección del cuaderno de Carlos.

Es así, simple y humanamente complejo: Lucía lo sabe, por eso lo saborea, los disfruta, lo descubre como parte de una experiencia increíble de forjar humanidad en otro. Las manos de Lucía, son los ojos de Carlos

viernes, 6 de mayo de 2016

Mentira


Era uno de esos días intensamente helados de agosto. Lo recuerdo y no puedo evitar sentir el frío  y el escalofrío de aquellos días. Podría describir con precisión la escena inicial, pero más que lo que visualmente me quedó impreso, lo más fuerte fue lo que sentí. Recuerdo a Juanita, aquella veterana profesora de Literatura que se había reintegrado de su descanso jubilatorio para tomar unas horas de Espacio Curricular Abierto como modo de reencontrarse con la actividad que había dado  sentido a su vida , además de completar la magra jubilación. Recuerdo también,  casi como un cuadro grotesco, su llanto sobre el plato de ravioles en la cantina, mi estado de sorpresa al detectar la escena y todo el movimiento que se suscitó a continuación.
Había sido una mañana inusual. La subdirectora que había estado a cargo del turno,  pasó a explicarme el motivo del llanto de la profe: le habían robado, en plena clase, el dinero que tenía en la cartera, algo que de verdad parece poco creíble, pero efectivamente había ocurrido. Inútiles fueron el sinfín de preguntas que se desencadenaron como para disipar errores. ¿Tendría realmente ese dinero en la cartera?, ¿no estaría confundida y lo habría dejado en su casa por olvido. Efectivamente, no. Juanita había pagado temprano en la cantina liceal el plato de ravioles sobre el que le vi derramar tantas lágrimas y el cambio de ese pago –que era una buena cantidad de dinero porque había abonado con un billete de mil pesos – estaba en su cartera cuando ella entró a clase.
Desterrando la posibilidad de un hechizo, simplemente me planteé que era imprescindible comenzar a investigar, porque cuando un hecho se suscita en un lugar donde hay tanta gente, alguien debió haber visto algo, y seguramente más de un estudiante sabría dar información para que llegáramos a descubrir la verdad. Por otra parte, sentía una responsabilidad inmensa, no podía dejar impune un hecho de este tenor, porque evidentemente el que lo había hecho había traspasado varias líneas rojas, se había animado a ultrajar el espacio del aula y la cartera de una profe en presencia de todos sus compañeros. Como directora siempre me acució la preocupación de dar mensajes claros en torno a lo que puede admitirse y lo que no se aceptará de ningún modo en el ámbito de la clase y de la institución educativa. La impunidad nos genera a todos, ese resto amargo que deja la sensación de enorme vulnerabilidad e injusticia instalada naturalmente en la vida cotidiana y la sociedad uruguaya tiene una vasta experiencia sobre este tema.
No voy a entrar en detalles sobre el engorroso y difícil proceso que se produjo a partir de ese momento y que duró casi un mes de idas y venidas, charlas con los grupos de tercero y conversaciones individuales con jóvenes y padres. Solo quiero señalar que fue una de esas veces que recordaré siempre por haberme enfrentado a la impertérrita actitud de un joven que siendo responsable, lo negaba  todo con un inmenso caudal de frialdad, aún cuando lo enfrentábamos a la prueba  de su responsabilidad frente a lo ocurrido. Agotamos todos los caminos para lograr que hubiera un reconocimiento por parte del protagonista.
Siempre me he preguntado acerca de esa inusitada capacidad que tiene una porción de la especie humana, personas que son capaces de faltar a la verdad, mirando a los otros a los ojos y declarando falsamente con un aire de verdad tal que hace dudar al mejor plantado.
En tiempos en que era profesora adscripta, comencé a descubrir este  modo de actuar de algunas personas que hasta el día de hoy sigue sorprendiéndome. Me ha pasado más de una vez que al realizar seguimientos a situaciones especiales que a veces se dan  en las clases me he encontrado con  algunos jóvenes que podían negar o aseverar un hecho con rotunda certeza,  sosteniendo la mentira  y acompañándola con la mirada y  la fuerza de quien no admite ser descubierto.

Este extraño trastorno  no deja de desconcertarme aún hoy, cuando yo ya estoy tan veterana que debería estar inmunizada a estos fenómenos. Sin embargo, me sigue generando estupor encontrarme con humanos que son capaces de negar una responsabilidad que les compete, o aseguran algo sobre un semejante achacándole responsabilidades y  culpas o embretándolo en alguna situación embarazosa, con tal de salvarse.  Lamentablemente estos impostores, son muchos más de los que a simple vista creemos percibir y su increíble capacidad de simulación suele engañarnos o bien dejarnos tan desconcertados que nos cuesta aceptar la realidad.  Aunque sea difícil, es necesario desenmascararlos. Es imprescindible hacerlo por ellos mismos, para intentar el sacudón que provoque la recapacitación y el cambio, pero además, es indispensable por todos los otros, porque es necesario apostar por una vida donde reine la verdad y cada uno se haga cargo de los efectos de sus acciones.

viernes, 29 de abril de 2016

Afectos y repulsiones.



Lorena, es una joven profe de Historia. En realidad, es practicante del año final de la carrera, por lo que por primera vez estará en solitario a cargo del grupo de primer año que tiene asignado. Llega al liceo con el rostro lleno de entusiasmo y la mochila cargada de dudas, pero también de mucha alegría, con aquel entusiasmo inicial que nos invadió a todos alguna vez. Se muestra ansiosa, abierta y deseosa de indagar desde este nuevo rol, con la esperanza de todos los logros. Los otros colegas, la  reciben y “apichonan” con mucho afecto.  
Florencia llega al liceo de la mano del padre, junto al hermano que también cursará primer año. Es un papá que asume la crianza de estos dos hijos, solo. Está como perdido, buscando con la mirada una figura orientadora que lo ayude. La adolescencia viene haciendo carne en estos dos gurises, particularmente en ella, -declara él- pues aunque es delgadita, casi esmirriada y el físico no descubre la edad, la rebeldía se expresa en ese carácter fuerte, intenso y decidido con el que contesta y se para frente al mundo adulto.  En efecto, Florencia engaña, porque dentro de ese cuerpito frágil de adolescente rubia y pálida, se esconde la fuerza desatada de la edad sumada a la incomprensión del abandono materno. El papá insiste en repetir que la relación con ella es más difícil que con el varón porque es nena y hay algunas cosas que a ella le pasan, que él no entiende.
La relación de los adultos del equipo  estable del liceo con Florencia es buena. Nos escucha y cuando protesta la llevamos a razonar y siempre, infaliblemente, el abrazo o cualquier gesto de amor alcanza para que ella se desarme y se entregue a una conversación disfrutable que le devuelve el gesto delicioso que realza su belleza natural. Sin embargo, hay algo que no logramos mejorar y es el comportamiento en la clase de historia. Es una clase en la que Florencia se desacata, grita, no se queda quieta, protesta por todo, habla, habla, habla, habla y ensordece a la joven profe que quiere concentrarse en el hilo de esa clase frágil, recientemente preparada.
Lorena suda, se exaspera, sufre.  Se ha barrido el entusiasmo de su rostro. Sale de cada clase despeinada y exhausta como quien ha tenido que liderar el ejército en la batalla más larga y difícil.
En cada coordinación docente, hablamos del tema. Los colegas, preocupados, se deshacen en consejos para que Lorena logre mejorar la relación con Florencia. Los recursos del diálogo se han puesto en juego en todas las combinaciones pensadas. Recuerdo claramente el día que me di cuenta lo que pasaba. Lorena echó de clase a Florencia y ella salió indignada, caminando con la fuerza del enojo. Me acerqué y la llevé a la Dirección. En esa soledad íntima, le pregunté qué le pasaba. Ella todo el tiempo indicaba la injusticia que la profesora, -que parecía la única responsable de la situación-, había cometido. Yo trataba, como tantas veces, de hacerla razonar, indicándole cómo todos perdían en esta situación. La profe se había enojado, ella había tenido que salir de clase, también estaba disgustada, realmente nadie ganaba. No tuve suerte con mi intento de tranquilizarla, ese día, estaba más contrariada que nunca. Ese enojo, fue sin embargo, el que me abrió los ojos. Reconozco haber estado muy insistente en tratar de comprender qué era lo que la enojaba tanto, descubrir el motivo de fondo de ese vínculo tan negativo que las dañaba a las dos. Y fue justo ahí, cuando yo hablé de ambas y de la relación que las unía, o mejor dicho, que las separaba, que Florencia soltó desesperadamente el motivo de ese enojo desenfrenado que la devoraba. Fue un instante de profunda rabia y nunca olvidaré sus ojitos celestes mirándome fijamente cuando me dijo: -¡Es que ella es idéntica a mi madre! Esa madre abandónica y ausente en el mundo real, se hacía presente a través de quién sabe qué gesto, qué característica, qué actitud de Lorena, cada día, en la clase de historia.
Lo cierto es que los seres humanos despertamos sensaciones  -buenas o malas- a otros humanos que tenemos alrededor.  Esto ocurre en forma absolutamente involuntaria: nuestras características naturales, algo de nuestra gestualidad, el simple timbre o tono de la voz, puede despertar en otro un recuerdo, una asociación y por lo tanto, una sensación, que para bien o para mal, marcará gran parte del vínculo que podamos construir.
Esto es particularmente importante cuando somos profesores. Despertamos afectos o repulsiones en nuestros estudiantes sin que nos lo propongamos, y a su vez, ellos también nos despiertan sensaciones, que es esperable que siendo adultos y con formación docente, podamos controlar para que no contamine la relación,  -ese intercambio fundamental para que se produzca el proceso pedagógico-, pero, humanos somos y como tales, no siempre logramos dominar las impresiones que otros nos dejan y que suelen invadirnos.
Así se suceden las afinidades naturales, casi inexplicables, y los sentimientos adversos, también incomprensibles.  Sin desearlo, disparamos y recibimos sensaciones, emociones, sentimientos que inciden en el vínculo individual y se  cuelan e impactan  en el conjunto de una clase. El desafío, no siempre logrado, es mantener el equilibrio.

Los profesores,  usando la asignatura como pretexto, tenemos la función esencial de  incidir en la formación humana de nuestros estudiantes,  intentando un reparto saludable y justo de saberes, de oportunidades, de ocasiones de desarrollo. y para esto, aunque con mucho esfuerzo,  debemos controlar las afinidades y disgustos que surgen. Así nos vamos construyendo como humanos mutuamente, nos vamos esculpiendo unos a otros, a través de este diario oficio de educar que inexorablemente es una forma de expresión del  oficio de vivir. 

jueves, 21 de abril de 2016

Dolores II



Dolores duele aún en el día después…
Duele diferente…pero duele.
Ya no duele la perplejidad, pero duele la vida sin techo en la conciencia de quedar a la intemperie como único lugar habitable.
Ya pasó…Cesó la lluvia. Pasaron las retroexcavadoras y los hombres fornidos que levantaron los restos deformes del torbellino. La ciudad está limpia, intentando parecerse a lo que era. Cada cosa, - o lo que queda de cada una de ellas -  va volviendo a su lugar. Cada uno va encontrando las palabras para explicar lo que vivió, lo que vio, lo que sintió,  dónde estaba, con quiénes, haciendo qué en el momento en que irrumpió ese vendaval loco que arremetió con furia llevándose la paz tranquila y aburrida de la vida cotidiana para siempre.
Es tiempo de calma, de volver al cauce.  Es tiempo de relatos sanadores, de abrazos y de palabras despiertas…
Es tiempo de emociones compartidas para descubrir que la fuerza de la adversidad nos recuerda la fragilidad de lo humano. Es tiempo de solidaridad que emerge y se instala en forma espontánea. Y de recuerdo de solidaridades no programadas  en la locura de la arremetida. Cómo no emocionarse cuando alguna profe cuenta, mientras lagrimea inexorablemente que, para proteger al que no podía correr porque estaba en una silla de ruedas, los compañeros hicieron un colchón humano a su alrededor, apretándose fuerte, abrazándose intensamente, armando coraza, resistiendo…
Son relatos de supervivencia.
Son relatos de amor,
a uno mismo,
al otro mio,
 al otro de otro,

simplemente al otro... 

sábado, 16 de abril de 2016

Duele Dolores

Dolores.
Duele el dolor de lo que se ve. El revoltijo de objetos partidos que se amontona en las calles y en las plazas.
Duele el instante narrado de impacto que no llega a comprenderse cabalmente porque ataca sin aviso, con un  vigor tan súbito e  inesperado  que no permite comprender lo que pasa.
Duelen los jóvenes en estado de perplejidad que deambulan por la plaza de la ciudad buscando una explicación, como si fueran fantasmas de otro tiempo, que se quedaron varados sin aviso…
Y lo ojos incrédulos que ven y no quieren creer…
Y las palabras que brotan repitiendo sensaciones agolpadas en el alma: las imágenes absurdas de los techos volando arrugados como papeles o los sonidos intensos que simulan la fuerza arrasadora de un avión.
Y el miedo por uno y por todos. Y la indecisión fatal frente a no saber qué hacer. Y la angustia y el grito y el golpe y el desorden y todo el universo que se agolpa en unas pocas cuadras como producto del soplido de algún dios maléfico que está enojado.

Dolores me/nos DUELE