martes, 20 de junio de 2017

Tiempo de reconocimiento y transformaciones.-


“Y la educación también es donde decidimos si amamos a nuestros niños lo suficiente como para no expulsarlo de nuestros mundo y dejarlos librados a sus propios recursos, ni robarles de las manos la posibilidad de llevar a cabo algo nuevo, algo que nosotros no previmos; si los amamos lo suficiente como para prepararlos por adelantado para la tarea de renovar un mundo común”[i]
Hannah Arendt


La creación de las Aulas Comunitarias en el marco de la oferta del Consejo de Educación Secundaria en el año 2007, fue francamente imprescindible. Era un tiempo coincidente con la reciente creación y los primeros pasos  del Ministerio de Desarrollo Social y la necesaria visibilización de uruguayos, hasta ese momento,  invisibles. Fue el tiempo del Plan de emergencia porque la emergencia se imponía como modo de actuar para traer dentro de las fronteras sociales a los compatriotas que se encontraban más allá de los bordes, despiadadamente olvidados, privados de sus derechos fundamentales, deshumanizados. El Uruguay se dio por tanto a una serie de acciones inmediatas para dar respuesta a una situación social de profunda gravedad.

El dispositivo era necesario e impostergable: apostar por la convocatoria y posterior formación de aquel conjunto de jóvenes que no habían radicado inscripción alguna en la educación media luego de haber egresado de primaria, o que habían intentado infructuosamente cursar educación media pero se habían desvinculado por no haber encontrado en los liceos un espacio adecuado para las condiciones de la que eran portadores. Aún desde el esfuerzo que ya venían haciendo las comunidades liceales,  -particularmente algunos colectivos docentes-, por discutir con la meta fundacional de los liceos, no era posible dar respuesta a este conjunto de jóvenes tan desamparados. Es válido, sin embargo,  reconocer el arduo proceso llevado adelante por las instituciones educativas liceales, desde  aquella génesis que hablaba de atender a la población que luego iría a la Universidad y que concebía la natural circunstancia del apoyo familiar de sus estudiantes, -en tiempos donde solo se consideraba la educación primaria como imprescindible  y suficiente para el desempeño humano-, a estos tiempos en que posicionados desde el derecho a la educación, sabemos que la educación media debe ser universal, debe ser una oferta que brinde respuesta al ejercicio pleno del derecho a la educación. Con menor o mayor acierto ha habido desde los liceos un esfuerzo por abrir las puertas a todos, luchando contra la historia de origen.

Sin embargo, las Aulas Comunitarias fueron dispositivos fundamentales, porque los esfuerzos no fueron suficientes para dar respuestas a todos. Se constituyeron en espacios de trabajo flexibles, desde los que se generaron procesos múltiples: convocar a los jóvenes, ofrecerles un trayecto posible adaptado a sus condiciones de ingreso, generar un desarrollo de habilidades sociales y de aprendizajes variados como para promover su evolución. Para esto sin duda, la presencia de la sociedad civil fue clave, atendiendo a la historia de trabajo de la que estas organizaciones son portadoras, un “saber hacer” acumulado  en el abordaje de niños y jóvenes vulnerados del que es indispensable que se nutra la educación formal para  trazar una ruta y llegar a estos destinatarios.


Una década más tarde.

El Programa Aulas Comunitarias nació entonces como un programa “puente”. Un mecanismo intermedio para captar jóvenes que no iban a llegar solos a la educación media formal, acompañarlos en un trayecto de uno o dos años e incluirlos en el liceo, por tanto fue concebido como un mecanismo de conexión y continuidad.  Al pasar el tiempo cualquiera advierte que el mecanismo de captación de jóvenes es muy bueno pero no así el de continuidad. Es cierto que hay que concentrar la mirada en el liceo como institución rígida, que tiene unos “modos de hacer” cristalizados y pretende, como ya se ha dicho tantas veces, a la manera de Procusto, la adaptación de todos a un mecanismo único. No quedan dudas respecto a la necesaria revisión de la gramática institucional en tanto el liceo está  organizado a la manera de un damero en el que se van distribuyendo asignaturas en forma rigurosamente inamovible, por lo que resulta  difícil creer que el mero pasaje durante un período por el dispositivo de Aulas Comunitarias puede ser lo único que asegure la continuidad educativa de estos ciudadanos. También es hoy seguro que la mayoría de los liceos están haciendo esfuerzos organizacionales y pedagógicos, que se van generando dinámicas nuevas que se expresan en acciones concretas que presentan al liceo como institución susceptible de generar variaciones según las circunstancias o necesidades que se vislumbren.  Es además cierto que aún falta. Es necesario poner en la mesa, con honestidad cuánto falta aún   para completar el proceso que permita pensar en el liceo y sentir que es un espacio hospitalario, que responda a los ritmos variados y a las necesidades y características de todos los jóvenes, un espacio para las adolescencias.

Parte de este proceso de transformación del liceo debe estar centrado en la oferta de un recorrido adaptado a estos jóvenes que no cumplen con la norma, con lo esperado. En principio, y fundamentalmente porque los liceos deben ser espacios para todos los jóvenes y no debe la sociedad uruguaya contentarse con tener unos dispositivos paralelos al liceo que funcionen como cápsulas de contención de la porción de juventud más desfavorecida.

Es claro que debe diseñarse una ruta que ofreciendo un recorrido peculiar y adaptado a las características de estos ciudadanos, pueda también concebir espacios para que todos los estudiantes liceales compartan tiempos de aprendizaje en común. Todos son jóvenes y el liceo debe ser el escenario natural de desarrollo educativo de todos, admitiendo  en forma simultánea la existencia de recorridos peculiares y la convivencia en tiempos comunes. Los talleres son los espacios naturales para que todos los estudiantes se encuentren, por lo que además de enriquecer la propuesta curricular y permitir explorar otras actividades e intereses no tradicionales en relación a la oferta curricular de la educación media, son además potentes espacios de fortalecimiento de habilidades sociales y grupales. 


El primer intento: la Propuesta 2016.

Como primer dispositivo facilitador de la transición desde las Aulas Comunitarias hacia el liceo, durante el año 2016 se comenzó a implementar una propuesta que viene desarrollándose por segundo año  y que adolece de  ciertas debilidades, algunas de ellas, de implementación por lo que está en proceso de revisión y rediseño. Lo cierto es que ha tenido un desempeño desparejo en los siete centros en los que se está llevando adelante. Por supuesto que se está haciendo un análisis minucioso de cada situación, levantando evidencia empírica que nos permita “leer” cada caso. Yo tengo la hipótesis inquietante de que  uno de los  escollos es el imaginario que se cierne sobre estos jóvenes y el  injusto modo de verlos como “los diferentes”. En muchos centros no se ha logrado que los adultos puedan ver a estos muchachos  y muchachas como parte natural de la matrícula del liceo, por lo que tampoco se ha operado en la habilitación de los espacios de taller como lugares habitables  para todos, dejando a este colectivo de jóvenes en la misma situación capsular que vivían dentro de las AC pero ahora trasladado al liceo. Sin embargo, es importante señalar que hay experiencias exitosas, donde los equipos impulsores están trabajando con fuerza,  y han permitido el desarrollo de experiencias muy favorables tanto desde el punto de vista social como pedagógico. La diversidad de situaciones impera,  porque hemos confirmado la existencia de centros  en los que son los profesores de aula los más entusiastas y el equipo directivo del liceo el más esquivo o reticente y viceversa. No hay afirmaciones definitivas.  Por eso parece importante reflexionar que  no habrá diseño válido, por perfecto que este pueda parecer si no hay en el educador una convicción clara de reconocimiento del Otro como un ser humano, sujeto de derechos. Pèrez Aguirre dice que “Educar (…) es afectar los corazones, los estilos de vida, las convicciones. Y es evidente que esto no puede hacerse sino desde las actitudes profundas del propio educador (en el entendido de la “comunión” educador-educando en la vida cotidiana). No podemos concebir al proceso educativo, más que como una especie de empatía, de mímesis de actitudes de ambos sujetos”[ii] En esta tarea transformadora, movilizadora de concepciones, cimbroneadora de lo cultural,  estamos trabajando obstinadamente.

                                                   Inspectora Prof. CelsaPuente.
                                                                              Directora General
                                                                                        CES






[i] Arendt. H (1996) Entre pasado y presente. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Barcelona, Península, pàg. 208
[ii]  Pèrez Aguirre, Luis. “Si digo educar en DDHH” http://ipes.anep.edu.uy/documentos/2011/desafiliados/materiales/aguirre_dos.pdf

2 comentarios:

  1. Una condición fundamental para que la inclusión ocurra de verdad, es la apertura,la flexibilidad y un fuerte liderazgo en los equipos de dirección. Estos deben promover y facilitar espacios y modalidades de trabajo que trasciendan el aula, la grilla de horarios, las asignaturas, las formas y momentos de evaluación tradicionales, entre otros aspectos. El liderazgo debe ser fortísimo, pues les toca demostrar,por ejemplo que el paradigmas de educación en el cual fuimos formados, primero, como estudiantes de secundaria y luego como docentes, no sirve, se hace pedazos cuando hablamos de una escuela inclusiva. Las evidencias de que seguimos parados en un paradigma obsoleto, se pueden ver aún en las reuniones de profesores, cuando por característica del grupo, la palabra recurrente en todos los juicios es HETEROGÉNEO, como si la heterogeneidad fuera algo fuera de la norma, algo a destacar.

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  2. Agradezco sinceramente este comentario. Es cierto para mi también que el equipo directivo impulsa u obtura la posibilidad de trabajar con TODOS los jóvenes. En el caso de Secundaria tenemos muchos planes, muy adecuados para acompañar a los estudiantes en procesos de aprendizaje más personalizados, atentos a los ritmos diversos, comprobadamente adecuados para estudiantes más vulnerados, sin embargo, los directores no los piden cuando se les consulta por la malla curricular del año próximo. Es fundamental aceptar que no hay un solo modo de recorrer el ciclo educativo, que hay caminos diferentes que pueden tomarse para lograr el mismo destino. Hay que decidirse a hacerlo...

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