Soy hija
de una familia tradicional que intentó cumplir el esquema prefijado:
padre proveedor, madre ama de casa. Digo intentó, porque los avatares de la
vida siempre impusieron que mi madre tuviera que trabajar a la par de mi padre
en el oficio que él aún conserva hasta sus ochenta y dos años actuales: sastre.
Así que mi madre, que lo conoció siendo una niñita de dieciséis años, recién
llegadita de aquella España perdida en el medio de la nada que era su aldea,
aprendió con este hombre al que amó profundamente el oficio de la costura. Ella
lo acompañaba en cada apurón de entrega, o preparaba las telas y realizaba
tareas intermedias en el arte de transformar un pedazo amorfo de género en una
prenda al cuerpo del cliente, hecha a su
medida, para que le calzara como si hubiera venido al mundo con ella puesta.
Sin embargo,
había una serie de tareas que eran responsabilidad exclusiva de mi madre. Ella
lavaba, limpiaba, cocinaba SIEMPRE. No importaba si había tenido que estar
cosiendo seis, ocho, diez horas. El compartía la responsabilidad de su oficio
convocándola pero ella no podía
compartir NUNCA los deberes domésticos.
Seguramente
de esta injusticia naturalizada, surgieron muchas características de mi vida
actual. De esa injusta situación regularizada en mi hogar, resuenan en mi
cabeza y corazón muchas palabras de mi madre que marcaron mi vida, y que sin
lugar a dudas, me ayudaron a construir el camino de mi propia historia.
Aquella
mujer rústica, venida del medio del campo, que contaba en su bagaje solo un
escaso pasaje por la escuela primaria, era una entrañable adepta a los libros. De
ella, aprendí a llenar mi tiempo con la lectura descubriendo en esta actividad
la fuente de placer para conocer y para disfrutar, lo que seguramente definió
mi futura vocación de profe de literatura y mi militancia irrenunciable a hacer
de cada ser humano un lector. De ella también aprendí el coraje de dar
respuesta siempre a cada situación de la vida con entereza y decisión y a construir
mi propia historia, con mi propio relato que se cruza naturalmente con el de mi
esposo y de mis hijos pero que no se reduce a ellos.
Cuando
pienso en mi madre, inevitablemente pienso en Ranciére y la certeza que él nos
brinda de que uno puede enseñar incluso lo que no sabe, basta con saber
encender en el otro, en el nuevo al que estamos formando, el botón de búsqueda,
para que haga con claridad y precisión su propio camino.
Es así que una
mujer que apenas sabía leer supo desarrollar el amor por la lectura en sus
hijos. Una mujer fuertemente exigida y presa en una sociedad que la enjauló en
un modelo tradicional de vida donde las mujeres tienen todo el peso de los
deberes en general, supo trasmitirme la necesidad de crear la propia historia
profesional independiente, equilibrando los deberes y el placer de ser
profesional y ser madre, de trabajar fuera de casa y sostener las dinámicas
hogareñas para que la pareja y los hijos prosperen con alegría en un juego de
responsabilidades divididas, compartidas
y naturalmente solidarias, aceptando que mamá también tiene una vida propia, y
sus propios deseos, sus sueños, sus necesidades.
Cuando me
cruzo con los micromachismos que abundan en la vida cotidiana, -la mayoría de
ellos expresión de la naturalización cultural que se repite en forma anestesiada
- simplemente recurro a la fortaleza
generada en mí por mi madre como expresión de esas mujeres antecesoras que no
se resignaron, y que aun no pudiendo transformar sus vidas, hicieron todo para
transformar las nuestras.
(El presente texto fue publicado en el Semanario Hebreo, el 9 de marzo de 2017)
(El presente texto fue publicado en el Semanario Hebreo, el 9 de marzo de 2017)
Me encantó!
ResponderEliminarMe alegra! Pura vivencia
EliminarHermosísimo Celsa!
ResponderEliminarMil gracias!!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
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ResponderEliminarHermoso total, Celsa. Me emocioné. Tal vez porque cuando vi todas las que éramos en la plaza de Las Piedras el 8, cuando vi cuántas cabezas blancas blandían carteles,cómo desde ellas hasta las más jóvenes pedíamos el respeto a nuestros derechos y con nuestra presencia marcábamos nuestro sitio, pensé mucho en mi madre; supe que hubiera estado allí.Nuestras madres han sido mujeres bisagra, nos han dado ejemplo, nos han permitido ser. Un abrazo. Stella Ojeda
ResponderEliminarQué lindo, Stella! Gracias!! Me emociona saber que tenemos una sintonía natural en estos temas. Gracias por decirlo!
ResponderEliminarme emociono.
ResponderEliminarAKGC