jueves, 9 de marzo de 2017

Nuestras ancestras

Soy hija  de una familia tradicional que intentó cumplir el esquema prefijado: padre proveedor, madre ama de casa. Digo intentó, porque los avatares de la vida siempre impusieron que mi madre tuviera que trabajar a la par de mi padre en el oficio que él aún conserva hasta sus ochenta y dos años actuales: sastre. Así que mi madre, que lo conoció siendo una niñita de dieciséis años, recién llegadita de aquella España perdida en el medio de la nada que era su aldea, aprendió con este hombre al que amó profundamente el oficio de la costura. Ella lo acompañaba en cada apurón de entrega, o preparaba las telas y realizaba tareas intermedias en el arte de transformar un pedazo amorfo de género en una prenda al cuerpo del cliente, hecha  a su medida, para que le calzara como si hubiera venido al mundo con ella puesta.

Sin embargo, había una serie de tareas que eran responsabilidad exclusiva de mi madre. Ella lavaba, limpiaba, cocinaba SIEMPRE. No importaba si había tenido que estar cosiendo seis, ocho, diez horas. El compartía la responsabilidad de su oficio convocándola  pero ella no podía compartir NUNCA los deberes domésticos.

Seguramente de esta injusticia naturalizada, surgieron muchas características de mi vida actual. De esa injusta situación regularizada en mi hogar, resuenan en mi cabeza y corazón muchas palabras de mi madre que marcaron mi vida, y que sin lugar a dudas, me ayudaron a construir el camino de mi propia historia.

Aquella mujer rústica, venida del medio del campo, que contaba en su bagaje solo un escaso pasaje por la escuela primaria, era una entrañable adepta a los libros. De ella, aprendí a llenar mi tiempo con la lectura descubriendo en esta actividad la fuente de placer para conocer y para disfrutar, lo que seguramente definió mi futura vocación de profe de literatura y mi militancia irrenunciable a hacer de cada ser humano un lector. De ella también aprendí el coraje de dar respuesta siempre a cada situación de la vida con entereza y decisión y a construir mi propia historia, con mi propio relato que se cruza naturalmente con el de mi esposo y de mis hijos pero que no se reduce a ellos.

Cuando pienso en mi madre, inevitablemente pienso en Ranciére y la certeza que él nos brinda de que uno puede enseñar incluso lo que no sabe, basta con saber encender en el otro, en el nuevo al que estamos formando, el botón de búsqueda, para que haga con claridad y precisión su propio camino.

Es así que una mujer que apenas sabía leer supo desarrollar el amor por la lectura en sus hijos. Una mujer fuertemente exigida y presa en una sociedad que la enjauló en un modelo tradicional de vida donde las mujeres tienen todo el peso de los deberes en general, supo trasmitirme la necesidad de crear la propia historia profesional independiente, equilibrando los deberes y el placer de ser profesional y ser madre, de trabajar fuera de casa y sostener las dinámicas hogareñas para que la pareja y los hijos prosperen con alegría en un juego de responsabilidades divididas,  compartidas y naturalmente solidarias, aceptando que mamá también tiene una vida propia, y sus propios deseos, sus sueños, sus necesidades.  

Cuando me cruzo con los micromachismos que abundan en la vida cotidiana, -la mayoría de ellos expresión de la naturalización cultural que se repite en forma anestesiada -  simplemente recurro a la fortaleza generada en mí por mi madre como expresión de esas mujeres antecesoras que no se resignaron, y que aun no pudiendo transformar sus vidas, hicieron todo para transformar las nuestras.  

(El presente texto fue publicado en el Semanario Hebreo, el 9 de marzo de 2017)

9 comentarios:

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  3. Hermoso total, Celsa. Me emocioné. Tal vez porque cuando vi todas las que éramos en la plaza de Las Piedras el 8, cuando vi cuántas cabezas blancas blandían carteles,cómo desde ellas hasta las más jóvenes pedíamos el respeto a nuestros derechos y con nuestra presencia marcábamos nuestro sitio, pensé mucho en mi madre; supe que hubiera estado allí.Nuestras madres han sido mujeres bisagra, nos han dado ejemplo, nos han permitido ser. Un abrazo. Stella Ojeda

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  4. Qué lindo, Stella! Gracias!! Me emociona saber que tenemos una sintonía natural en estos temas. Gracias por decirlo!

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