Durante los trece años que fui Directora del liceo 30 solía
repartir mi horario entre la mañana y la tarde. Los días que iba de mañana, lo
hacía muy temprano porque siempre gocé del placer inmenso de acudir al comienzo
del día como quien observa en forma privilegiada el inicio del mundo, y los
días que iba de tarde, me quedaba hasta el final en la búsqueda del mismo placer, pero en sentido inverso: ver detenerse la vida.
Las mañanas eran hermosas. Llegaba cuando era de noche aún e
iba observando cómo la inmensa explanada de acceso al liceo se iba poblando de
jóvenes. El lugar estratégico del edificio liceal, me permitió siempre tener el
panorama de acceso de profes y chiquilines. Algunos llegaban desde la calle
Rivera, con paso cansino atravesando la inmensa avenida y el predio verde que
se encuentra frente al local, otros en cambio, llegaban desde el costado y
aparecían como de golpe, los veía cuando iban subiendo la escalera lateral.
Muchos padres acompañaban a sus hijos, sobre todo durante el invierno en que la
noche aún puebla el mundo y todo parece borroso y difícil de ser afrontado.
Recuerdo claramente que aún en los días más oscuros, ni bien sonaba el timbre y
los chiquilines ingresaban, se hacía la luz, aparecía el día y se inauguraba
una nueva instancia del mundo que nos acoge con todas las promesas de lo que
está por ocurrir.
Así es que era bastante natural para mi observar cómo entre otras madres y
padres, la mamá de Joaquín lo acompañaba
cada mañana. Sin embargo, me llamó mucho la atención que en un momento del año la presencia de la madre de
nuestro alumno se hizo persistente más allá del horario de ingreso al liceo.
Permanecía en los alrededores del edificio disimulando con el perro que llevaba
por la correa, miraba hacia el liceo con cierto recelo, de reojo, como buscando
conocer algo que parecía escondido. Más que su presencia, me llamaba la
atención su actitud. Yo al principio
pensé que podía deberse al cambio que los chicos tienen en la adolescencia. Los
adultos, particularmente los padres, vivimos con mucha preocupación estos
nuevos modos de estar en el mundo de los chicos cuando dejan la niñez y
comienzan a ingresar en la nueva etapa. Contestan de otro modo, son
desafiantes, airosos e interpelantes, cambian físicamente y también cambian sus
modos de vestir, de hablar, en fin, de vivir. A los padres, nos cuestan estos
cambios y también nos atemorizan. Nos da miedo que se nos descarrilen y la
verdad es que en general, sufrimos mucho. A los profes, no nos pasa esto con nuestros
alumnos. Ya los recibimos en la edad del cambio y estamos preparados para
vivirlo pero con los hijos, -aunque seamos profes- no hay preparación que
valga.
Un día, después de casi un mes de verla en los alrededores a
horas poco frecuentes, decidí salir del liceo, acercarme y preguntarle si le
pasaba algo, si quería compartir alguna preocupación. Ella titubeó pero en
seguida negó tener preocupación alguna. Me dijo que había cambiado el horario
de trabajo y que pasaba la mañana disfrutando para que el perro no estuviera
encerrado todo el día. Yo no insistí más allá del comentario. Suelo dejar una
oreja disponible para quien me quiera contar lo que le pasa pero no insisto en
averiguar lo que el otro, por la razón que sea no quiere contarme. Hasta que un
día, se develó el secreto y conocí lo que estaba pasando. Recuerdo el estupor
inicial y el temblequeo que me entró en el cuerpo y el esfuerzo que hice por
controlarlo porque necesitaba pensar qué hacer, cómo hacerlo y cuándo. Era muy inesperado
para mi, de verdad. Me invadió la sorpresa, hubiera esperado cualquier otra
cosa menos eso.
Por ese tiempo y desde hacía poco más de un año, había
llegado al liceo un profesor de Matemáticas para segundo año. Era un veterano
delgado, de cabello muy corto y prolijo, algo rígido de más pero especialmente
cumplidor con los horarios, la asistencia y todo lo que estaba establecido como
norma que debía ser respetada. En general, se llevaba bien con los chicos. Me
había llamado la atención que en algunas ocasiones en que realizábamos
actividades para todos los estudiantes y profes del nivel, a él le costaba ingresar en la dinámica
grupal. Se preocupaba por cumplir con lo que le correspondía con la porción de
jóvenes que le habíamos asignado pero no seguía el ritmo colectivo. El mundo
para él, empezaba y terminaba en las acciones que él debía implementar y si los
demás no llegaban a culminar no los ayudaba. Me acuerdo particularmente un día
en que definimos realizar una jornada para lijar los bancos y acondicionar cada
salón de clase y él pretendía irse antes porque los suyos ya habían terminado.
No estaba dispuesto a colaborar con nada más allá de lo que se le había
solicitado que cumpliera, por lo que conversar con él de solidaridad y
compromiso colectivo era de verdad, muy difícil.
Aquella ventosa mañana ocurrió algo cuya razón no puedo
explicar. Suelo tener buena memoria, per o en este caso y por más que me
esfuerce, solo recuerdo el escalofrío que me provocó la voz de la mamá de
Joaquín cuando me vino a visitar y empezó a contarme su historia. Me contó
sobre el tiempo en que estuvo en prisión durante la dictadura. Descubrí en el
relato, aunque parezca mentira, cierta alegría relacionada con los lazos
generados con las otras mujeres que eran sus compañeras. Me habló largamente del
tiempo de dolor y de tortura a la que en forma despiadada eran sometidas, y,
advertí cómo tenía las sensaciones claras, de lo que se oía y lo poco que se
veía en aquellos momentos de capucha y traslados forzosos de un lado a otro del
establecimiento penal. El relato iba y venía en el tiempo. Va y viene en las
sensaciones y en el dolor, aún hoy, para mi….
No pasó mucho rato hasta que me dijo que una mañana había
venido a consultar sobre la forma de justificar las inasistencias de su hijo al
liceo. Estando ella ahí, el profesor entró en la adscripción y pidió un
borrador. Aquella voz… aquella voz la remontó inexorablemente a aquellos
tiempos en la cárcel… aquella voz estaba cargada de cotidianeidad para ella,
era el tono y el modo de hablar, era el pasado que venía de un lugar muy
distinto al liceo y sin embargo, dentro del liceo se hacía actual. Aquel
supuesto profesor de Matemática, era probablemente uno de sus torturadores.
¿Qué se puede decir ante semejante monstruosidad? ¿Qué se puede decir ante
semejante sospecha, probablemente verdadera, que liga a un docente con un
pasado tan tenebroso? ¿Qué hacer y cómo?
Me acuerdo que cuando ella se fue, traté de reponerme porque
había quedado devastada. Entonces, lo llamé. Le pregunté cómo estaba y mientras
hablaba con él, observaba sus reacciones. Rabia y asco me invadieron. Tenía que
controlarme… Le dije que estaba haciendo un relevamiento de los estudios y
habilidades desarrolladas por los profesores para armar un proyecto de
formación en las coordinaciones aprovechando la formación y experiencia del
propio plantel docente que tenía el liceo, por lo tanto, precisaba saber qué
había hecho antes, dónde se había desempeñado. Creo que empezó a sospechar en
ese instante. Empezó a darme referencias de otros liceos y cuando entró una
adscripta a hacer una pregunta, desapareció.
No lo vi más. Pidió licencia y nunca más volvió a trabajar.
Creo que nunca más tomó horas porque aunque hicimos la denuncia, sé que nunca lo
juzgaron porque no había pruebas suficientes. Sé que sigue vivito y coleando,
pero al menos, no paseará más su impunidad por las aulas uruguayas.
Gracias nuevamente por tu aporte permanente a la lucha por un mundo mejor. La lucha diaria y desde el pie hecha cpn sensibilidad y humanismo.
ResponderEliminarDe todo corazón, gracias por tus palabras!
EliminarTremendo. Se me ha encogido el corazón.
ResponderEliminarFue así... Tremendo!!
ResponderEliminarFah...
ResponderEliminarQué bueno que superaste el momento y lo pudiste contar. Gracias por eso. un abrazo!
Gracias a vos, Clau, por leer y comentar... Abrazo!!
ResponderEliminarterminé el relao con el corazón a mil. Tremendo ni imaginar tus sensaciones. Gracias. No al olvido
ResponderEliminarGracias. El corazón a mil tuve en ese momento y reiteró en forma involuntaria esa sensación cuando lo recuerdo
ResponderEliminarOjala que al menos esten todos jubilados... o fuera de los corredores liceales y de salud.. ya que no esten presos q al menso esten ladeados..
ResponderEliminarGracias Celsa por contarnos tus historias de vida y ademas por haber sembrado esa semilla unica que germina en el 30.. no puede perderse y hay q desparramarla!!!!
Mil graciassss!!
EliminarTerrible. Con un argumento similar vi una pelìcula donde un nazi se refugia en Australia, forma una familia y una mujer, sobreviviente de un campo (tambièn acà,mujer) lo escucha en un paseo por Europa. Ya no recuerdo bien el argumento. Terrible, tanto como este testimonio.Queda transparente la cobardìa del torturador ante el reconocimiento de su pasado.
ResponderEliminarMuy fuerte el relato Celsa!! Me imagino no habrá sido nada sencillo lidiar con tal situación. Me llamo Matías y fui alumno de ese liceo del 2000 al 2002, hermoso lugar. Gratos recuerdos tengo de profesores y adscriptas
ResponderEliminarMe alegra tu recuerdo, Matías!
EliminarGracias Celsa por esa historia.
ResponderEliminarGracias, Ariel!!
Eliminardebe ser terrible volver a escuchar la voz de un ser tan espantoso y que te hizo tanto daño! Pobre señora!
EliminarGracias Celsa por el relato. Mariella
Celsa mientras leia tu historia recorde el año pasado cuando mi oadre quien eere funciones de adscripto eb el liceo de San Gregorio de Polanco me conto una historia similar sobre un progesor de dibujo no recuerdo si me dijo como se llamaba pero me conto q al enterarse quedo tan estupefacto que no supo como reaccionar yo tambien soy docente nacida post dictadura pero mis padres ka vivieron en piel y hueso y cuando oimos o sabemos q aun estan caminando por las calles como si nada nos invade la impotencia y la tristeza y peor aun es saber q aun hoy recorren nuestras aulas un abrazo !!
ResponderEliminarHola Celsa, leyendo tu artículo "Torturante" no pude emocionarme tanto como los que comentaron antes porque al leerlo se me presentaron varias interrogantes que seguramente como docente que inspira a sus alumnos a no creer todo lo que le dicen, seguro comprenderás.
ResponderEliminarSupuesto Profesor? hasta ese momento a nadie se le había ocurrido verificar si realmente lo era?
Todo lo que tenías para transformarlo en "monstruosidad" era que alguien le parecía que la voz era la de aquel? porqué la sospecha era "probablemente" verdadera? Este caso fue bastante publicitado y como tu dices la justicia no encontró pruebas, entonces porqué tu lo has condenado? Porque como tu dices desapareció y no volvió? mmmm, perdoname Celsa, yo no tengo el corazón partío...más bien lleno de dudas!!
Hola!leyendo la historia lo recordé.El Matute,le decíamos sus estudiantes de segundo año en el Liceo 26 (que intuitivos fuimos en aquel momento).Habló del año 95. Este y los siguientes fueron años de lucha del movimiento estudiantil resistiendo a la reforma de rama. Imagino que ver a tanto chiquilin saliendo de los salones y cantando para comenzar el paro, le revolvió el estómago y lo llevo a su esencia,salio al corredor le quitó la bandera a un compañero y comenzó a golpearlo con el palo de de ella. Se hizo la denuncia y le iniciaron un sumario.Después de ese día nunca más lo vimos,no volvió a clase y nos dejo una carta de la cual no reuerdo ni media palabra.No existía para nosotros nada que justificaría tamaña indecencia. Muchos años después 2004-2005
ResponderEliminarIba camino a clases en el Ipa y miro las paredes empapeladas con la foto de este repugnante ser, denunciando sus torturas. LOS TORTURADORES TIENEN NOMBRE Y EL DE ESTE ES RUBEN SOSA.
Yo estuve preso durante cuatro años y medio y los primeros dias encapuchados, comprobas (al igual que los no videntes) como se te agudizan todos los sentidos, el olfato, los olores y el que mas desarrollo el auditivo a tal punto que reconoces las pisadas de tus celadores
ResponderEliminarQuerida Celsa, un relato realmente estremecedor. Es la primera vez que leo tu blog. Me dejaste con una puerta abierta a leerte
ResponderEliminarmás. Un abrazote desde Alemania
Muchísimas gracias por tu comentario
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