viernes, 10 de febrero de 2017

Apuñaditas



La escritora española Nuria Varela suele decir que vivimos en la sociedad del simulacro, una sociedad que sostiene falsedades como verdades indiscutibles porque constituyen un discurso políticamente correcto. Entre esas falsedades, una de las más difundidas es que  todo el mundo quiere la igualdad. Es una sociedad tan simuladora, que está habituada a la gimnasia de mantener un discurso correcto, respetuoso de los DDHH,  aunque las acciones que se llevan adelante en el escenario social real vayan a contramarcha de lo dicho.

En muchas ocasiones es una falsedad consciente, algunas personas saben que dicen algo en lo que no creen y que no regirá sus acciones, pero en otros casos, hay una inconsciencia real. Nos referimos a esas situaciones en las que se suele tener convencimiento que se está defendiendo la igualdad, pero se actúa de un modo natural, impensado, llevando adelante comportamientos exclusores en forma espontánea en consonancia con la condición cultural patriarcal que nos caracteriza como sociedad. Son muchos los casos en que los  micromachismos se expresan en acciones comunes de la vida cotidiana.
En la sociedad del simulacro, sin embargo, hay instantes en que se dispara por parte de alguno de sus miembros un chispazo de sinceridad, que muchas veces es casi un “sincericidio”.

Sin duda, los dichos del actual Intendente de Durazno y ex Legislador, realizados días pasados con respecto a la posibilidad de fijar una cuota de participación de las mujeres en la política, deja al descubierto cuánto irrita en algunos casos que las mujeres reclamemos espacios de participación. El tema volvió a estar en el tapete, y en este punto necesitamos ser sinceras, si tuviésemos que contestar a secas sobre la Ley que fija la cuota para la participación política de las mujeres, diríamos que no estamos de acuerdo. Creemos que cada persona debe ganarse el lugar que le corresponde acorde a su capacidad, a sus méritos, a sus condiciones, a su formación.
Sin embargo, también creemos que para poder demostrar esa capacidad o formación específica, hay que tener chance y para que haya chance debe haber un espacio a ser habitado. De lo contrario, caemos en la simplicidad o en la falacia de la meritocracia que tan presente está en la sociedad del simulacro,  y que tanto daño hace a la hora de encubrir las desigualdades reinantes.

Por ello la ley que fija la cuota de participación de mujeres en política es hoy imprescindible, pues poco podrá mostrarse de la buena capacidad y condición de las mujeres si no hay oportunidad para que esto ocurra. Al menos, deberá sostenerse el tiempo necesario que permita desnaturalizar que algunos espacios son privativos de los hombres.

La sociedad patriarcal, sin lugar a dudas, tiene un hábito de reparto de funciones hacia los componentes masculinos en forma automática basado en el androcentrismo. Es un hábito que viene disimulado últimamente por algunas pocas concesiones a algunas mujeres, porque la sociedad, aquella sociedad del simulacro, necesita algunas pinceladas correctas de barniz para sobrevivir. Pero como se niega invariablemente con las acciones lo que se asume con la palabra, a la hora de la verdad, los cargos más importantes suelen detentarlos los hombres, a quienes les alcanza su mera condición de tales, a los que, muchas veces, no se les requerirá ninguna característica especial para lograrlo.

Entonces, cuando las mujeres salimos a la calle a luchar por nuestros derechos bajo las más variadas formas, molestamos.  Molesta la sed de rebeldía, el afán de desnaturalización de lo que ya no estamos dispuestas a soportar. 
Desconocer nuestra lucha es negar que tenemos motivos particulares para preocuparnos por lo que vivimos cotidianamente. Como si el hecho de que – si seguimos al ritmo que vamos hoy-nos va a costar 115 años cerrar la brecha salarial de género, o que nos inunde el acoso callejero, o que las tareas domésticas y de cuidado sean una responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, o que a pesar de mayor formación casi no ocupemos cargos de dirección, o que 7 de cada 10 mujeres hayan vivido violencia basada en género en algún momento de sus vidas, o que Uruguay sea el país con mayor tasa de feminicidios en la región, fueran todas paranoias de un grupito que intenta “dominar” al sistema. Pues además de las desigualdades y complejidades a las que estamos sujetos todos y todas, nosotras tenemos que enfrentar otros obstáculos. Muchos de ellos invisibles y naturalizados, por tanto, ridiculizados y menospreciados

Entonces el nerviosismo de algunos brota y se expresa con diminutivos peyorativos –“puñadito”- para dar a entender que unas pocas mujeres sueltas, que tienen un afán dominador están enunciándose y por lo tanto no deberán ser consideradas. Algunas veces la sociedad del simulacro se ve sacudida por la expresión virulenta de alguno de sus miembros que olvida la simulación y dice la verdad sentida, que lo atemoriza, que le provoca pensar en un futuro donde no todo esté resuelto entre hombres que ser reparten la torta.
Pero… ¿qué pasa si además se constata que las que parecían “pocas” no son tales, y que encima , no son solo integrantes del género femenino, sino que están acompañadas por algunos hombres que SÍ estarían dispuestos a participar sin fingimientos para que esta porción de mujeres lleven adelante un reclamo que creen lícito?

Si hay algo de lo que estamos convencidas, es que la lucha no debe ser nunca una lucha en soledad. Tenemos que dejar ser parte de ella a todos y todas los que quieran pelearla en cada trinchera con nosotras, para que la sociedad tenga más de coherente y consecuente que de simuladora, y deje de una vez de perpetuar las complicidades y el silencio que alimentan la impunidad.

Por eso elegimos apuñar, agarrar con toda nuestra fuerza esta lucha y sujetarla en nuestras manos.
Es nuestra.

Apuñamos porque estamos trabajando incansablemente para que no se caiga lo que traemos, para que no se desmorone lo que hemos logrado, gritando, gritando en todos los sentidos posibles, pues ya no queremos ser más invisibles y no permitiremos quedarnos, como diría el tango, con la “ñata contra el vidrio” mirando lo que está más allá del techo de cristal, sintiendo que muchas veces, se convierte en un techo de mármol. 


(Este texto fue publicado en el Semanario Voces el jueves 9 de febrero de 2017)

                                             Lic. Mariana Chiquiar
                                             Prof. Celsa Puente

4 comentarios:

  1. Nunca se entreguen, y sigan luchando como antes, como ahora, como siempre.

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    1. En eso estamos, en forma sostenida y constante. Generando el cambio

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  2. COMPARTO TODAS Y CADA UNA DE SUS PALABRAS... NO HAY QUE BAJAR LOS BRAZOS, HAY QUE SEGUIR SOÑANDO Y LUCHANDO POR UN MUNDO MEJOR EN EL CUAL EXISTAN PERSONAS EN VEZ DE HOMBRES, MUJERES , BLANCOS , NEGROS...

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