La escritora española Nuria Varela
suele decir que vivimos en la sociedad del simulacro, una sociedad que sostiene
falsedades como verdades indiscutibles porque constituyen un discurso
políticamente correcto. Entre esas falsedades, una de las más difundidas es que
todo el mundo quiere la igualdad. Es una sociedad tan simuladora, que
está habituada a la gimnasia de mantener un discurso correcto, respetuoso de
los DDHH, aunque las acciones que se llevan adelante en el escenario
social real vayan a contramarcha de lo dicho.
En muchas ocasiones es una falsedad consciente,
algunas personas saben que dicen algo en lo que no creen y que no regirá sus
acciones, pero en otros casos, hay una inconsciencia real. Nos referimos a esas
situaciones en las que se suele tener convencimiento que se está defendiendo la
igualdad, pero se actúa de un modo natural, impensado, llevando adelante
comportamientos exclusores en forma espontánea en consonancia con la
condición cultural patriarcal que nos caracteriza como sociedad. Son muchos los
casos en que los micromachismos se
expresan en acciones comunes de la vida cotidiana.
En la sociedad del simulacro, sin
embargo, hay instantes en que se dispara por parte de alguno de sus miembros un
chispazo de sinceridad, que muchas veces es casi un “sincericidio”.
Sin duda, los dichos del actual
Intendente de Durazno y ex Legislador, realizados días pasados con respecto a
la posibilidad de fijar una cuota de participación de las mujeres en la
política, deja al descubierto cuánto irrita en algunos casos que las mujeres
reclamemos espacios de participación. El tema volvió a estar en el tapete, y en
este punto necesitamos ser sinceras, si tuviésemos que contestar a secas sobre
la Ley que fija la cuota para la participación política de las mujeres, diríamos
que no estamos de acuerdo. Creemos que cada persona debe ganarse el lugar que
le corresponde acorde a su capacidad, a sus méritos, a sus condiciones, a su
formación.
Sin embargo, también creemos que para poder demostrar esa capacidad o formación específica, hay que tener chance y para que haya chance debe haber un espacio a ser habitado. De lo contrario, caemos en la simplicidad o en la falacia de la meritocracia que tan presente está en la sociedad del simulacro, y que tanto daño hace a la hora de encubrir las desigualdades reinantes.
Sin embargo, también creemos que para poder demostrar esa capacidad o formación específica, hay que tener chance y para que haya chance debe haber un espacio a ser habitado. De lo contrario, caemos en la simplicidad o en la falacia de la meritocracia que tan presente está en la sociedad del simulacro, y que tanto daño hace a la hora de encubrir las desigualdades reinantes.
Por ello la ley que fija la cuota de
participación de mujeres en política es hoy imprescindible, pues poco podrá
mostrarse de la buena capacidad y condición de las mujeres si no hay
oportunidad para que esto ocurra. Al menos, deberá sostenerse el tiempo
necesario que permita desnaturalizar que algunos espacios son privativos de los
hombres.
La sociedad patriarcal, sin lugar a
dudas, tiene un hábito de reparto de funciones hacia los componentes masculinos
en forma automática basado en el androcentrismo. Es un hábito que viene
disimulado últimamente por algunas pocas concesiones a algunas mujeres, porque
la sociedad, aquella sociedad del simulacro, necesita algunas pinceladas
correctas de barniz para sobrevivir. Pero como se niega invariablemente con las
acciones lo que se asume con la palabra, a la hora de la verdad, los cargos más
importantes suelen detentarlos los hombres, a quienes les alcanza su mera
condición de tales, a los que, muchas veces, no se les requerirá ninguna característica
especial para lograrlo.
Entonces, cuando las mujeres salimos a la calle a luchar por nuestros
derechos bajo las más variadas formas, molestamos. Molesta la sed de rebeldía, el afán de
desnaturalización de lo que ya no estamos dispuestas a soportar.
Desconocer nuestra lucha es negar que tenemos motivos particulares para preocuparnos por lo que vivimos cotidianamente. Como si el hecho de que – si seguimos al ritmo que vamos hoy-nos va a costar 115 años cerrar la brecha salarial de género, o que nos inunde el acoso callejero, o que las tareas domésticas y de cuidado sean una responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, o que a pesar de mayor formación casi no ocupemos cargos de dirección, o que 7 de cada 10 mujeres hayan vivido violencia basada en género en algún momento de sus vidas, o que Uruguay sea el país con mayor tasa de feminicidios en la región, fueran todas paranoias de un grupito que intenta “dominar” al sistema. Pues además de las desigualdades y complejidades a las que estamos sujetos todos y todas, nosotras tenemos que enfrentar otros obstáculos. Muchos de ellos invisibles y naturalizados, por tanto, ridiculizados y menospreciados
Desconocer nuestra lucha es negar que tenemos motivos particulares para preocuparnos por lo que vivimos cotidianamente. Como si el hecho de que – si seguimos al ritmo que vamos hoy-nos va a costar 115 años cerrar la brecha salarial de género, o que nos inunde el acoso callejero, o que las tareas domésticas y de cuidado sean una responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, o que a pesar de mayor formación casi no ocupemos cargos de dirección, o que 7 de cada 10 mujeres hayan vivido violencia basada en género en algún momento de sus vidas, o que Uruguay sea el país con mayor tasa de feminicidios en la región, fueran todas paranoias de un grupito que intenta “dominar” al sistema. Pues además de las desigualdades y complejidades a las que estamos sujetos todos y todas, nosotras tenemos que enfrentar otros obstáculos. Muchos de ellos invisibles y naturalizados, por tanto, ridiculizados y menospreciados
Entonces el nerviosismo de algunos
brota y se expresa con diminutivos peyorativos –“puñadito”- para dar a entender
que unas pocas mujeres sueltas, que tienen un afán dominador están enunciándose
y por lo tanto no deberán ser consideradas. Algunas veces la sociedad del
simulacro se ve sacudida por la expresión virulenta de alguno de sus miembros
que olvida la simulación y dice la verdad sentida, que lo atemoriza, que le
provoca pensar en un futuro donde no todo esté resuelto entre hombres que
ser reparten la torta.
Pero… ¿qué pasa si además se constata
que las que parecían “pocas” no son tales, y que encima , no son solo
integrantes del género femenino, sino que están acompañadas por algunos hombres
que SÍ estarían dispuestos a participar sin fingimientos para que esta porción
de mujeres lleven adelante un reclamo que creen lícito?
Si hay algo de lo que estamos
convencidas, es que la lucha no debe ser nunca una lucha en soledad. Tenemos
que dejar ser parte de ella a todos y todas los que quieran pelearla en cada
trinchera con nosotras, para que la sociedad tenga más de coherente y
consecuente que de simuladora, y deje de una vez de perpetuar las complicidades
y el silencio que alimentan la impunidad.
Por eso elegimos
apuñar, agarrar con toda nuestra fuerza esta lucha y sujetarla en nuestras
manos.
Es nuestra.
Apuñamos porque estamos trabajando incansablemente para que no se caiga
lo que traemos, para que no se desmorone lo que hemos logrado, gritando,
gritando en todos los sentidos posibles, pues ya no queremos ser más invisibles
y no permitiremos quedarnos, como diría el tango, con la “ñata contra el
vidrio” mirando lo que está más allá del techo de cristal, sintiendo que muchas
veces, se convierte en un techo de mármol.
(Este texto fue publicado en el Semanario Voces el jueves 9 de febrero de 2017)
Lic. Mariana Chiquiar
Prof. Celsa Puente
Nunca se entreguen, y sigan luchando como antes, como ahora, como siempre.
ResponderEliminarEn eso estamos, en forma sostenida y constante. Generando el cambio
EliminarCOMPARTO TODAS Y CADA UNA DE SUS PALABRAS... NO HAY QUE BAJAR LOS BRAZOS, HAY QUE SEGUIR SOÑANDO Y LUCHANDO POR UN MUNDO MEJOR EN EL CUAL EXISTAN PERSONAS EN VEZ DE HOMBRES, MUJERES , BLANCOS , NEGROS...
ResponderEliminarMuy de acuerdo. Gracias por leer y comentar.
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