Soy Inspectora de Institutos y liceos. Es una tarea que me
gusta, de hecho, accedí a ella por pura elección como parte de mi desarrollo
profesional, pero por momentos, me desespera. Si tuviera que elegir, prefiero
la dirección del liceo porque desde el ejercicio de la dirección uno HACE
directamente y se enfrenta cada día con sus logros y sus fracasos. Como
supervisora, uno acompaña al otro, al Director y al equipo estable de la
institución, pero no puede hacer por él o ellos, debe contener la ansiedad y
tener mucha paciencia, pues aunque crea que es muy sencillo mover los hilos de
la vida para que el liceo tenga una organización adecuada y se instale una
gestión que permita potenciar lo pedagógico, el o la Directora toman o dejan el
consejo, procuran la acción o la obturan, instalan la vida o forjan la
parálisis de muerte.
He tenido que supervisar algunos centros en los que de verdad,
he sufrido. He sentido esa pesada sensación de que con rapidez podría
provocarse otro vínculo, otras acciones, otro modo de gestar la vida, pero el colega de turno, por incapacidad o por
ser portador de otra convicción, no lo
hace.
En uno de esos liceos, muy desordenado, casi caótico, una
tarde fría de invierno, aprendí que las manos de Lucía son los ojos de Carlos.
El cuento es sencillo pero a la vez, infinitamente complejo.
Es que la propia condición de lo humano está marcada por la coexistencia de la
sencillez y la complejidad. Parece un juego de palabras, pero no lo es.
Había ido de visita
al centro educativo, junto a otros Inspectores de asignatura. Como Inspectora
de Insitutos y liceos había permanecido en el espacio de la adscripción dando
indicaciones infructuosas en medio del desquicio, intentando no enloquecer. Y
allí surgió la oferta de Emy, la Inspectora de Química: entrar a visitar una clase.
Me pareció estupendo entrar al aula a ver una clase de una disciplina tan
distinta a la mía y por respeto natural, me acerqué a la docente para
consultarle si estaba de acuerdo con mi presencia en su clase. Lucía me impactó
desde ese instante por su inmensa calidez, su sonrisa franca y su enorme
hospitalidad. Algo mágico tiene esa profe, algo cautivante se esboza en ese
amor por la vida que deja entrever en cada palabra, en cada sonrisa, en cada
gesto.
Y así fue… simplemente mágico. Cuando se cerró la puerta del
salón, emergió una fuerza diferente que me hizo olvidar el desquicio del patio.
Un aire sinceramente tranquilo invadía el aula, y los estudiantes, ocupaban con
calma sus lugares, saludando con afecto a esta profe que con su sola presencia
lograba hacer de ese salón un espacio de calma y disfrute aunque estuviera
geográficamente instalado en medio del Infierno.
Lo impactante es que este clima de aula se produce en forma
automática… algo que ya viene generado a priori, desde mucho antes, en un
acuerdo educativo que habilita la ocasión de compartir los saberes disfrutando,
curioseando en la asignatura, saboreando cada instante.
Sin duda, la personalidad del profesor es clave, y sin duda,
Lucía es muy especial. Es tan especial, que cuando termina la clase y
comentamos la misma, me cuenta la historia de Carlos y me da su cuaderno. Ella
me lo cuenta de un modo que me conmueve aún hoy, cuando hago este ejercicio de
actualización del recuerdo después de tanto tiempo. Creo que pasaron tres años
desde aquel día y en la memoria, emerge
limpito, próximo, cristalino. Lucía simplemente me cuenta que ha creado un
cuaderno para Carlos, aquel chiquito menudito, que apareció el primer día de
clase, un poco más perdido que todos los otros compañeros, porque Carlos además
de adolescente, además de nervioso por el inicio de los cursos, tiene una
característica especial : es ciego. Es
ciego y además tiene una historia compleja y no puede ir al liceo en el que se
concentran los jóvenes con estas características, así que para él la ocasión de
hacer la educación media o se da en el liceo del barrio o no podrá darse...
Lucía me cuenta la historia de Carlos y me muestra el
cuaderno. Una cuadernola amorosamente hecha, artesanalmente hecha, en Braille,
con diagramas, esquemas y dibujos hechos con materiales que dan textura, con
todos los materiales imaginados: con arroz, polenta, goma, todo lo que da
volumen y textura… TODO. El amor completo a la educación está expresado en ese
cuaderno que Lucía hace para Carlos cada fin de semana en su hogar. Y lo mejor
es que ella lo narra con una alegría inusitada, con la alegría de quien se
siente bendecido, de quien siente que es un privilegiado que ha tenido la
suerte de vivir esta experiencia. Su
relato es tan fresco que estimula. Me cuenta
entre risas cómo ingenuamente trató al principio de hacer la escritura Braille
con un punzón y le quedaba una escritura tan inmensa que el pobre Carlos no
llegaba a recorrerla con su dedito. Me contó cómo aprendió con una regleta que especialmente
se compró a hacerla correctamente y cómo en su casa, sus familiares aprendieron
que los domingos cuando todos se iban a dormir la siesta, ella dedicaba ese
tiempo sagrado, concentrada con amor, en la confección del cuaderno de Carlos.
Es así, simple y humanamente complejo: Lucía lo sabe, por
eso lo saborea, los disfruta, lo descubre como parte de una experiencia
increíble de forjar humanidad en otro. Las manos de Lucía, son los ojos de
Carlos
Conmovido y movilizado. Las lágrimas que caen en este momento es de emoción de saber y seguir creyendo que nuestra profesión humaniza y nos humaniza haciend que desde las dificultades emerja lo posible. Estamos ubicados como docentes en un lugar privilegiado de crecimiento inter intra transperosnal. Salu por nuestra educación y estos colegas.
ResponderEliminarConmovido y movilizado. Las lágrimas que caen en este momento es de emoción de saber y seguir creyendo que nuestra profesión humaniza y nos humaniza haciend que desde las dificultades emerja lo posible. Estamos ubicados como docentes en un lugar privilegiado de crecimiento inter intra transperosnal. Salu por nuestra educación y estos colegas.
ResponderEliminarEs así, Carlos. Una profesión única, humaniza dora, forja Dora de vida...
EliminarQue bella historia, y la siento muy cercana. Allí estoy. Esperando reacciones y acciones de equipos de Dirección, y estoy conociendo a de química como Beatriz Santiago en el Centro de Recursos de Ciegos,y un Equipo de Dirección del Liceo 34 muy atentos a sus alumnos ciegos como Carlos.Reconforta el alma.
ResponderEliminarMartha, has visto cómo nos interpela esta profesión? Es maravillosa, intensa, compleja...
EliminarConmovedor! Qué bien nos hace darnos un baño en estos ejemplos de los que Brecht llamaba los imprescindibles....
ResponderEliminarY lo mejor de todo, es recordar que están allí, a nuestro lado, conviviendo cotidianamente con nosotros...
EliminarCarlos ya está hoy en un liceo de 2º ciclo cursando 4º año, gracias a LUCÍA y otros PROFES, que, como ella, creen en la inclusión y ven más allá de las dificultades visibles. Y por suerte son muchos más los que están en nuestros liceos en todo el país. :)
ResponderEliminarEs así, Bea... Gracias a vos también que nos enseñás cada día con tanto amor a descubrir cómo vivir la aventura de enseñar a jóvenes con estas características...
EliminarSimplemente maravilloso. Pido permiso para publicarla en sala de profesores en el liceo. Esta historia hay que compartirla. Se que va inspirar. Además es un recordatorio de que se puede. Pudo Carlos con su discapacidad y pudo Lucía con el desafío, a fuerza de puro corazón! A veces nos paralizamos por mucho menos!!!
ResponderEliminarTodos los permisos concedidos, Lucila... Si de inspirar se trata, no dudemos en poner en juego todos los recursos... Besos
EliminarComo ya nos tienes acostumbrados, Celsa, nos transportas a la situación, nos haces vivir la emoción y nos nutres con cálidos recuerdos! También tengo muy presente esa clase con cinco colegas en el grupo y a Lucia contando de Carlos y mostrando su carpeta! Cuanto amor en ese dúo!!!! Qué hermosa profesión, tan bien representada en Lucia!!!! Por muchos Carlos y Lucías más!!!!
ResponderEliminarQue así sea, Emy!!
Eliminar¡Qué bello relato! ¡Sobre todo inspirador! Celebremos que existan actores educativos con tanto amor como el que expresa Lucía. Transformando vulnerabilidad en posibilidad...
ResponderEliminarHay muchos profes y maestros así: enamorados de su tarea y sencillamente generosos
ResponderEliminarRealmente emocionante. Siempre pensé que cuando una profesión se practica con amor al otro, a ese otro que logra sentirse como los demás aunque sea especial, me llena de regocijo. Gracias Celsa por compartir esta experiencia.
ResponderEliminarGracias a ti por leerla y comentarla. Es hermoso ser docente y la gente sabe poco o nada de los esfuerzos y actos de amor que cada día coronan la práctica educativa en forma anónima
ResponderEliminarHermoso relato. Lucía sabe perfectamente que "sólo el amor engendra maravilla", y sólo el amor puede lograr que los chiquilines estén a gusto en el aula y aprendan. Y eso no son palabras, son gestos. Como el de Lucía. Y Lucía es feliz, porque sabe que sólo la satisfacción de los logros obtenidos y del placer de trabajar para obtenerlos son un antígeno contra el malestar docente y un acicate para la felicidad de sus alumnos.
ResponderEliminarQué lindas palabras!!! Gracias, gracias!!!
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