Era uno de esos días intensamente helados de agosto. Lo
recuerdo y no puedo evitar sentir el frío y el escalofrío de aquellos días. Podría
describir con precisión la escena inicial, pero más que lo que visualmente me
quedó impreso, lo más fuerte fue lo que sentí. Recuerdo a Juanita, aquella
veterana profesora de Literatura que se había reintegrado de su descanso
jubilatorio para tomar unas horas de Espacio Curricular Abierto como modo de
reencontrarse con la actividad que había dado
sentido a su vida , además de completar la magra jubilación. Recuerdo
también, casi como un cuadro grotesco,
su llanto sobre el plato de ravioles en la cantina, mi estado de sorpresa al
detectar la escena y todo el movimiento que se suscitó a continuación.
Había sido una mañana inusual. La subdirectora que había
estado a cargo del turno, pasó a
explicarme el motivo del llanto de la profe: le habían robado, en plena clase, el
dinero que tenía en la cartera, algo que de verdad parece poco creíble, pero
efectivamente había ocurrido. Inútiles fueron el sinfín de preguntas que se
desencadenaron como para disipar errores. ¿Tendría realmente ese dinero en la
cartera?, ¿no estaría confundida y lo habría dejado en su casa por olvido.
Efectivamente, no. Juanita había pagado temprano en la cantina liceal el plato
de ravioles sobre el que le vi derramar tantas lágrimas y el cambio de ese pago
–que era una buena cantidad de dinero porque había abonado con un billete de
mil pesos – estaba en su cartera cuando ella entró a clase.
Desterrando la posibilidad de un hechizo, simplemente me
planteé que era imprescindible comenzar a investigar, porque cuando un hecho se
suscita en un lugar donde hay tanta gente, alguien debió haber visto algo, y
seguramente más de un estudiante sabría dar información para que llegáramos a
descubrir la verdad. Por otra parte, sentía una responsabilidad inmensa, no
podía dejar impune un hecho de este tenor, porque evidentemente el que lo había
hecho había traspasado varias líneas rojas, se había animado a ultrajar el
espacio del aula y la cartera de una profe en presencia de todos sus compañeros.
Como directora siempre me acució la preocupación de dar mensajes claros en
torno a lo que puede admitirse y lo que no se aceptará de ningún modo en el
ámbito de la clase y de la institución educativa. La impunidad nos genera a
todos, ese resto amargo que deja la sensación de enorme vulnerabilidad e
injusticia instalada naturalmente en la vida cotidiana y la sociedad uruguaya
tiene una vasta experiencia sobre este tema.
No voy a entrar en detalles sobre el engorroso y difícil
proceso que se produjo a partir de ese momento y que duró casi un mes de idas y
venidas, charlas con los grupos de tercero y conversaciones individuales con
jóvenes y padres. Solo quiero señalar que fue una de esas veces que recordaré
siempre por haberme enfrentado a la impertérrita actitud de un joven que siendo
responsable, lo negaba todo con un
inmenso caudal de frialdad, aún cuando lo enfrentábamos a la prueba de su responsabilidad frente a lo ocurrido.
Agotamos todos los caminos para lograr que hubiera un reconocimiento por parte
del protagonista.
Siempre me he preguntado acerca de esa inusitada capacidad
que tiene una porción de la especie humana, personas que son capaces de faltar
a la verdad, mirando a los otros a los ojos y declarando falsamente con un aire
de verdad tal que hace dudar al mejor plantado.
En tiempos en que era profesora adscripta, comencé a descubrir
este modo de actuar de algunas personas
que hasta el día de hoy sigue sorprendiéndome. Me ha pasado más de una vez que
al realizar seguimientos a situaciones especiales que a veces se dan en las clases me he encontrado con algunos jóvenes que podían negar o aseverar un
hecho con rotunda certeza, sosteniendo
la mentira y acompañándola con la mirada
y la fuerza de quien no admite ser descubierto.
Este extraño trastorno no deja de desconcertarme aún hoy, cuando yo
ya estoy tan veterana que debería estar inmunizada a estos fenómenos. Sin
embargo, me sigue generando estupor encontrarme con humanos que son capaces de
negar una responsabilidad que les compete, o aseguran algo sobre un semejante
achacándole responsabilidades y culpas o
embretándolo en alguna situación embarazosa, con tal de salvarse. Lamentablemente estos impostores, son muchos
más de los que a simple vista creemos percibir y su increíble capacidad de
simulación suele engañarnos o bien dejarnos tan desconcertados que nos cuesta
aceptar la realidad. Aunque sea difícil,
es necesario desenmascararlos. Es imprescindible hacerlo por ellos mismos, para
intentar el sacudón que provoque la recapacitación y el cambio, pero además, es
indispensable por todos los otros, porque es necesario apostar por una vida
donde reine la verdad y cada uno se haga cargo de los efectos de sus acciones.
Hacerse cargo de un error implica auto-crítica, para no caer en la mentira, principalmente en el auto-engaño y valentía, para asumir las consecuencias del error. Recuerdo claramente el acontecimiento y coincido contigo que el estudiante era plenamente consciente de que había cometido un error ''grueso'' . No tuvo la valentía para asumirlo y si no me falla la memoria, empeoró la situación presionando a sus compañeros para que no hablaran. Qué complicado transformar esto en una situación de aprendizaje para él y para el grupo, que difícil mover al estudiante del lugar en el que se colocó!!! Como madre y como docente de adolescentes creo firmemente en las segundas oportunidades y en poder de la reparación. De alguna forma, cada encrucijada de la vida, debería tomarse como una oportunidad para ''moverse'', para cambiar, para mejorar. Pero si uno no es capaz de ''ver'' la oportunidad, por la circunstancia que sea, la vida nos va a presentar otras. La reparación, por otro lado, tiene poder sanador para el perjudicado por mis acciones, pero primordialmente me va a sanar a mi. Es en base a esto que educo a mis hijos y trato de trasladarlo también a mis clases. Viendo el caso en retrospectiva, pienso que ese estudiante tomó esa actitud, porque no tuvo la capacidad de ver la oportunidad que se abría al reconocer su error aliviando su conciencia a través de alguna forma de reparación.¿Por qué? Porque este estudiante quizás nunca supo de segundas oportunidades en su vida y nunca fue compensado o compensó. Agradezco a la vida no haberme cruzado con adultos incapaces de hacerse cargo.
ResponderEliminarMuy buen comentario, Lucila. Creo que complementa perfectamente la historia que escribí. Es cierto que desde la educación hay que trabajar para la confianza y la certeza de las segundas oportunidades. Sin embargo, me quedó grabado a fuego ese gesto intacto de este joven que realmente nos trastornó. Gracias por recordarlo y por completar las ideas. Son retazos para pensar la vida, vivir y seguir aprendiendo
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