Yo era muy
joven, en ese momento y daba mis clases de Literatura en un liceo privado y en
varios liceos públicos. Fue un tiempo de exploración profesional y por lo
tanto, de fuerte aprendizaje. Fue el tiempo en el que descubrí -entre otras
miles de cosas- cuántos tipos de hambre puede tener un ser humano.
Todos mis
alumnos tenían hambre, pero mis alumnos del privado tenían un hambre diferente
a la que tenían mis alumnos del público. No tenían como dice Galeano, “hambre
de pan” pero sin duda, tenían como bien señaló el gran Eduardo, una profunda
“hambre de abrazos”, de atención, de afecto, de reconocimiento.
Eran
inquietos, desordenados, parecían desinteresados, pero yo intuía que en ese
hormigueo que los recorría, no había ni más ni menos que una intensa insatisfacción
provocada por la posesión de infinidad de cosas materiales y la escasez de
instancias de atención, sencillamente en la mayoría de los casos, la escasa o
nula existencia de tiempos compartidos con los adultos referentes.
Mi
preocupación principal al preparar las clases en aquel tiempo, consistía en encontrar mecanismos para “engancharlos”,
en buscar propuestas desafiantes que me permitieran concentrar la atención de
estos jóvenes, encantadores, pero sin sosiego.
Siempre supe
que la sencillez encierra la respuesta a las grandes cosas, pero también sé que
es muy difícil pensar con sencillez. Fui reflexionando y llevando adelante mil
modos de dar la clase, mil maneras insólitas de presentar los temas, usando
recursos audiovisuales, trayendo noticias y a partir de ellas buscar puntos de
enlace con el texto que estábamos dando, preguntas y palabras disparadoras, propuestas grupales, salidas didácticas, todo lo que estaba a mi alcance y en todos los
casos tuve diversos resultados pero no lograba conseguir que estos chiquilines
tuvieran un estado interior que les permitiera pensar y dialogar escuchándose.
Sinceramente, me agotaban…Asumir una clase con ellos era equivalente a tres o
cuatro en otros grupos.
El estado de
inquietud constante, -del alma y del cuerpo- era un impedimento claro para
gestar aprendizajes. Me daba cuenta que no era una cuestión de voluntad. Yo les
pedía concentración y atención, un esfuerzo que ellos no podían hacer, aunque
estuvieran bienintencionados.
Así que
simplemente un día, decidí dejarme llevar por lo que me había funcionado a mi
siempre como tranquilizador. Decidí empezar la clase con una música suave,
decidí invitarlos a cerrar sus ojos, a visualizar paisajes naturales en los que
se sintieran felices y cómodos… Hicimos un acuerdo, ellos se dejarían llevar
unos minutos por mi voz, sería corto como para que nadie se sintiera incómodo
con el ejercicio pero deberían hacerlo todos, los treinta compañeros del grupo.
Después decidiríamos si había valido la pena, si seguiríamos practicando. Mi
propuesta se concentró en explicarles que eran encantadores pero no estaba
logrando que la clase se diera con un nivel de interés como para propiciar
aprendizajes y para aprender es necesario estar tranquilo, conectado con uno
mismo, sereno, con calma para que fluya lo que cada uno trae y lo pueda poner
en juego combinándolo con lo que yo como profe traía para compartir. Aceptaron.
Así que puse un tema de ENYA y después de invitarlos a tomar la posición más
cómoda que pudieran lograr sin perder el lugar en el banco, intenté guiar la
visualización de un espacio natural que a cada uno le resultara acogedor,
deseado, agradable, tranquilizador.
Fue breve,
pero muy eficaz. Inmediatamente se notó en la clase el efecto de ese instante
de contacto personal de cada uno con su propio ser. Fue muy placentero para mi
descubrir que con pocos elementos podía ayudarlos a sosegarse para estar más
disponibles a que surja lo mejor que cada uno porta y recibir la palabra, el
gesto y las ideas del otro.
Para no
destruir el hallazgo decidí que no siempre lo haríamos. Me resultaba muy
gracioso escucharlos en forma recurrente solicitar ese instante de calma e
incluso algunos colegas llegaron a comentarme que los chicos les pedían su rato
de meditación para aprender mejor.
Hay algunos
aditivos que necesita una clase para preciarse de ser realmente un espacio de
intercambio de saberes, una oportunidad para incorporar conocimientos, ensayar procedimientos,
insistir en el descubrimiento de aspectos de la vida. Uno de ellos es el clima
del aula, la confianza, la calma y la alegría para ir al encuentro del saber y
generar el vínculo sano entre todos. La rutina mata la creatividad. La
reiteración automática es el monstruo que se devora la oportunidad de descubrir
el surgimiento de lo humano. Por eso aunque uno haga un hallazgo como el que
aquí narro, debe resistirse a la repetición, porque la tendencia del sistema
educativo es la de propiciar la reiteración de acciones. Que lo mejor aparezca, depende a veces de
acciones sencillas, de compartir el deseo de encontrar ese instante de disfrute
entre todos y de no desgastarlo, de cuidarlo para que siga siendo un momento
genuino de sensaciones nuevas. Es una circunstancia tan placentera, tan
disfrutable, que creo que solo los profes comprendemos….
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