Tiene 35 años y
con una frase similar a la del título –“fueron los mejores en mi peor momento”-
María definió en una red social a sus docentes.
Cualquiera podría
pensar que es el comentario maduro de alguien que al mirar atrás se ve en plena
adolescencia, cuando cada ser humano es un saco de hormonas que estallan en una
rebeldía incontrolable y hace tan difícil el vínculo con el mundo adulto.
Podría ser, pero no… Es el comentario de una estudiante que estuvo privada de
libertad y accedió a la oferta educativa que secundaria tiene dentro de las cárceles.
Efectivamente,
desde los 27 años estuvo recluida durante casi cinco años en la cárcel de
Paysandú por un delito de rapiña. Su
biografía previa a la detención no dista de la de muchos jóvenes que encuentran
este final: un sinfín de instituciones sociales que fallan, que no operan como
protectoras aún cuando fueron creadas con esta finalidad. Una familia violenta
que somete a los más chicos a vejámenes, otra institución que aparece como intermediaria
para facilitar la salida de ese infierno
que era el hogar familiar y habilitar el
ingreso en un hogar de amparo. Pero lamentablemente el amparo brilla por su ausencia cuando las
prácticas están rutinizadas y no se vislumbra al “otro”, a ese joven que de verdad
necesita la guía, que es un semejante,
un “otro” valioso, al decir de Hannah Arendt portador del “enigma”, de una radical
novedad. Cuando los adultos desalojan la tarea de ser tales, no se “ocupan”, en
el sentido de habitar su rol dignamente,
de asumir la responsabilidad como orientadores de los integrantes de la
nueva generación, los jóvenes quedan a la intemperie, desamparados y sumergidos
en la hostilidad de un mundo que está renunciando a humanizarlos. El camino
tiene entonces finales bastante previsibles y la cárcel es uno de ellos.
Mi conversación
con ella ilumina acerca del sentido de “hacer el liceo” dentro de la cárcel.
Como en la mayoría de estas historias, la biografía educativa de María es
reflejo de la vida personal. Llegó al liceo,
a su tiempo cursó primer año pero luego, como ocurre casi
invariablemente en estos casos, abandonó.
Se hace rígida para muchos jóvenes una propuesta educativa que no
hospeda ni reconoce, que tiene un solo formato como si todas las vidas tuvieran
el mismo ritmo y no estuviéramos marcados por la historia familiar –por
presencia y por ausencia- por las expectativas que los grandes ponen en cada
uno de nosotros haciéndonos sentir con oportunidades o con impedimentos. El liceo
es además otra institución que muchas veces se suma al conjunto social de
abandonantes, aunque es de justicia reconocer que estamos actualmente en plena
“lucha” transformadora humanizante, cimbroneando el formato y apostando a que
sea un escenario para VIVIR, para SER.
“…tengo una banda amiga que me aguanta el
corazón/que siempre está conmigo, tenga o no tenga razón” dice una canción de
la Vela Puerca que resulta muy ilustrativa para estos casos. Es que lo que queda para estos jóvenes es la
calle y la banda de pares que en situación similar genera la red de sostén que
todos necesitamos para transitar por el mundo. Una banda de chicos producidos
por una sociedad que los abandona y los condena, que no los acompaña y los
culpabiliza.
En este caso por
suerte, no fue el destino final. Ella dice que se anotó en la oferta educativa
de la cárcel para “matar un poco el tiempo” y gracias a eso pudo darse cuenta
según sus propias palabras que “casi sin querer (…) vi que tenía una gran
oportunidad en mis manos, desarrollar mi potencial”. Comenzó a esperar con
alegría los días de clase, no solo porque le achicaba el “estar” en situación
de reclusión sino porque pudo generar con sus profes un vínculo que ella califica como
inolvidable. Quizás de todo lo intercambiado,
lo más importante se refiere a la mirada que sobre ella depositaron los
docentes, una mirada nueva, que hasta ahora probablemente no había reconocido
en encuentros anteriores con nadie.
Porque ellos, me dice emocionada “son capaces de verte como un alumno y
no como un recluso”, “no te preguntan por qué estás allí a menos que quieras
contarlo… simplemente no están allí para juzgarte, sino para enseñarte”
Durante nuestra
“charla” María me cuenta un buen número de experiencias vividas: la integración
de un Club de Ciencias, la realización de una obra de teatro, el logro personal
que obtuvo al ser galardonada con la medalla al espíritu sanducero. Pero lo más
importante es lo que comenta con respecto a las expectativas que sus profes
pusieron en ellos, “apostaron por nosotros y respondimos con altura y
dedicación”. Por primera vez, probablemente en su vida, había descubierto la
existencia de personas que estaban dispuestas a depositar su confianza en ella
y sus compañeras. Y hay una frase que enuncia su profesora de Historia que
parece ser la que representa la inauguración del cambio, esa nueva visión sobre sí misma, esa
posibilidad de verse desde el potencial evitando la mirada recurrente hasta ese
momento sobre su déficit: “el saber te hace libre”. De allí un conjunto de
interrogantes que se suceden internamente y que transcribiré textualmente: ”¿Por qué no usar este tiempo que estaré aquí
para aprender? ¿Por qué no revertir la situación? ¿Por qué no aprovechar este
tiempo al máximo?
Los profesores a veces no somos concientes de
cuánto impacta en un joven cada palabra, cada frase, cada gesto. Cala hondo,
más allá de lo que podemos imaginar para cualquier vida, pero en particular
para las vidas dañadas. La suavidad, la paciencia, la ternura, la voz que genera
una apertura optimista sobre un futuro tranformable puede ser clave en la
construcción de la vida de otro sujeto. Para María lo fue y seguro que como
bien ella dice, no fue la única.
Hoy trabaja de
día y aprende un oficio de noche, fundó una familia y recuerda con amor y
optimismo el duro tiempo de la reclusión gracias al dispositivo educativo y a
sus profes que le permitieron encontrarse con su esencia humana, con su
posibilidad de SER aún en un entorno tan negado a la vida.
Mis respetos y orgullo por los profesores e
integrantes de los equipos educativos que trabajan en los espacios de reclusión
del Uruguay . Es muy satisfactorio confirmar una vez más que también los
docentes, reparadores de almas y sueños, podemos ser los mejores aún en el peor momento.
Esta columna fue publicada en la Revista Caras y Caretas, el 22 de mayo de 2018. Montevideo, Uruguay.
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