Solía decirle a mis alumnos que una de las tareas que
debíamos emprender durante el curso era “cuidarnos unos a otros”. Corrían los años
90 en un liceo inmenso como el Dámaso y, -aunque nadie ya lo recuerde- los grupos
eran también enormes, de unos 37 o 40
alumnos cada uno, atiborrados en el salón, donde muchas veces no había ni
bancos suficientes.
Mi preocupación por
aquel tiempo era, en primer lugar, llegar a construir con aquellos jóvenes de
primer año de Bachillerato, una estrategia que asegurara la permanencia de
todos durante todo el año. Si lograba que permanecieran, era seguro que, de un
modo u otro, lograría que aprendieran. Con un número tan alto de alumnos por
grupo y en condiciones de franco
hacinamiento, era difícil, primero identificarlos aprendiéndose el nombre de
cada uno y luego registrar en mi cabeza
la presencia real de todos. Yo tenía siete grupos en ese liceo, lo que significaba
trabajar, reconocer y procurar
aprendizajes a unos doscientos ochenta jóvenes, a los que veía tres veces por
semana, cuarenta minutos en cada ocasión.
Así es que decidí comprometer a los propios chiquilines en
la estrategia de permanencia y asistencia al liceo: les asignaba el cuidado de
un compañero. Cada alumno debía tener conocimiento de lo relacionado con las
inasistencias de un compañero de la clase. Si el compañero asignado en forma
totalmente arbitraria, faltaba, el responsable debía averiguar el motivo y darlo a
conocer en la segunda instancia de la ausencia. De alguna manera tejíamos así una red de
sostén mutuo, en la que cada uno debía ser responsable de sí mismo y también de
otro, en el entendido que concurrir era clave para el desarrollo de cada uno.
Este trabajo de toma de conciencia y desarrollo de la
responsabilidad me llevaba unos dos meses. Estoy convencida que si las clases
comienzan en marzo, uno debe invertir esos dos meses iniciales en reconocer a
los alumnos, en lograr que se conozcan entre sí, en poner juntos las reglas de
funcionamiento del curso y del aula. El resto del tiempo será fértil si esos
dos meses se invierten en estas actividades, con un contrato claro que asegure
el clima del aula para el resto del año. En general me daba muy buen resultado.
Entre los muchos alumnos del grupo que por sus
características podían quedar por fuera de nuestra propuesta educativa, estaba el Rafa. Un morocho pelado, fornido,
acostumbrado a impactar con su presencia. Me acuerdo que el primer día de clase
llegó tarde, se paró en la puerta del salón, me miró increpante como quién
quiere ser el reprochador para salir del lugar del reprochado. Yo lo aflojé con
una bienvenida cálida, preguntándole si tenía los horarios semanales de Literatura,
a lo que él me respondió con una
expresión afirmativa cuajada de sorpresa.
En general, el episodio de la impuntualidad no se repitió
más. Teníamos una buena relación, cumplía con las tareas, participaba en la
clase en un lindo grupo, en el que se disfrutaba el intercambio. Pero un día, intempestivamente, se develó la verdad. Y digo
develó porque realmente lo recuerdo así, se corrió el velo de mis ojos.
Ese día, ingresamos a clase y Rafa entró unos minutos más tarde.
Era un tiempo menor el del retraso porque recuerdo claramente que aún todos nos
estábamos acomodando en el salón. Inmediatamente después que él ingresó, una
tromba humana ocupó el salón de clase, increpándole con fuerza acerca de dónde
había estado, qué había hecho los meses anteriores y un sinfín de reproches,
para mí incomprensibles. El ingreso feroz era de la adscripta. El desoden reinaba al principio con el palabrerío
incomprensible que iba y venía entre los dialogantes y luego, cuando logramos superar la perturbación
inicial, logré entender que Rafa hacía
tiempo que no venía más al liceo, aunque si venía en forma constante a la clase
de Literatura.
Mi sorpresa en ese momento fue enorme. Ahora que miro la
situación con la perspectiva de los años, tomo conciencia de cómo trabajábamos
los docentes. No teníamos casi contacto entre los adultos, no existían los
tiempos adicionales de coordinación y las únicas instancias de encuentro entre
colegas, -fuera de los cruces fútiles y rápidos de la sala de profesores-, eran
las dos reuniones de evaluación, una se hacía a mitad de año y otra al final,
cuando ya conversar sobre el grupo y los jóvenes era más una catarsis de lo
vivido que un eficiente intercambio profesional para gestar una estrategia de
trabajo más fructífera.
Cuando salí del impacto inicial, logré hablar con Rafa y con
la clase, tratando de entender porqué solo venía a la clase de Literatura. Me
contó que había empezado a trabajar y que seguía viniendo a mi clase porque no
quería decepcionarme. No olvidaré nunca la fuerza de la mirada de esos ojos
morenos, diciendo esas palabras. No olvidaré nunca que ese día, comprendí la
importancia esencial que tenemos los adultos en la vida de los jóvenes y qué
enorme responsabilidad esto configura. Sin proponérmelo, esa mezcla de tristeza
y alegría que me abrazó en ese momento, vuelve a embargarme frente al vivído
recuerdo de una situación tan desconcertante.
Mi estrategia había sido sin lugar a dudas, eficiente, pero con un efecto circunscripto a la clase de
Literatura y por lo tanto, con una profunda ineficiencia en cuanto al resultado
más global que deseaba conseguir. Parece increíble que un jovencito de dieciséis
o diecisiete años que tuvo que empezar a trabajar mantenga la asistencia a una
sola asignatura con la única intención de no desilusionar al adulto que tiene
enfrente. Pero así fue, la expresión pura del afecto que se devuelve cuando alguien
se siente tan bienvenido.
En esto radica gran parte del éxito de la cuestión
educativa, en los vínculos francos, de confianza, de responsabilidad y compromiso que uno puede gestar con los
estudiantes y que dejan certezas y enseñanzas para vivir. Para mí, son
enseñanzas más firmes e importantes que los contenidos de la asignatura, porque
seguramente preservaremos el recuerdo de los contenidos si el encuadre de
aprendizaje estuvo dado por un adulto hospitalario que nos hizo sentir que
estábamos aptos y que todo era posible.
Profesora: Yo viví circunstancias, parecidas como docente en bachilleratos del nocturno. Cuando podían darse ciertas fidelidades por gestos personales de los docentes, que podían promover asistencias o inasistencias. Pero actualmente las faltas son la regla, no la norma. Aun los docentes , que excepcionalmente faltan, se encuentran con la sorpresa de la inasistencia total del grupo. La permisidad de nuestro sistema educativo, en parte lo fomenta. Y aun los alumnos con buen rendimiento superan un 20℅ de inasistencias. Ese grado de irresponsabilidad, no augura un futuro de empleo exitoso, sobretodo en un medio laboral privado.
ResponderEliminarLes cierto. La asistencia intermitente se ha vuelto una característica pero francamente no creo que sea solo achaca le al sistema. Creo que hay algunas características de época que tienen este efecto. De hecho, los empresarios se quejan del nivel de inasistencia de sus empleados que no se soluciona con una sanción o un despido, es más fuerte. Por eso para mí es clave trabajar este vínculo profesor-alumno que le da sentido a la idea de concurrir. Para mí hay que volver a los vínculos humanos y humanizantes comprometiendo s los otros desde el afecto humano....gracias por el comentario
EliminarSi esta concepción de "como educar", Celsa logra que la internalicen los docentes, seguramente muchas frustraciones de estudiantes adolescentes se superarían. Quizás en algún momento comparta algo de la estrategia que aplicara tanto como docente como Director de Liceo. Para ayudar a que se comprenda que importan sí los contenidos, pero más importa educar con el afecto para promover la autoestima del educando en su formación como PERSONA.
ResponderEliminarEs importante tener en cuenta que cuando uno se decide a educar, a hacerlo integralmente, los contenidos aparecen en forma natural. La cuestión es salir del modelo magistral de una vez, salir de la imagen de un Profe mero enunciados de discursos, mero repartidos de informaciones y pasar a la figura de un verdadero y genuino formador, generador de oportunidades, dador de ocasiones
ResponderEliminarSoy educadora del nivel secundaria, de Arequipa, Perú. Me encantó tu relato y me hiciste reflexionar en el trabajo con mis estudiantes y cuan importante es el vínculo afectivo... Te felicito por tomarte estos tiempos de escribir y compartir y si acaso quisieras participar, te invito a un grupo que tengo en facebook y que con afecto pedagógico trato de mantener, para compartir también... Será un placer que te integres. Se llama MAESTROS EDUCANDO MEJOR: https://www.facebook.com/groups/720170021400473/?ref=bookmarks
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