Últimamente
he advertido una suerte de amnesia que parece haber atacado a una buena parte
de los que tengo en derredor. Por momentos, tengo la sensación de que los
uruguayos padecemos una fiebre que nos ha dejado vacíos de pasado y creo de
verdad, que es una fiebre peligrosa, con propensión a dejarnos tan desvalidos
como para hacernos fenecer desde lo individual y colectivo. Reconozco que la
memoria es forzosamente selectiva ya que el olvido es necesario, es un
mecanismo de supervivencia porque de lo contrario si nuestra memoria tuviera
que registrar y hacer perdurar cada instante vivido estaría sometida a tanta
presión que al fin, estallaría. Pero justamente, es esa selectividad la que me
alarma. Una selectividad que no habilita a la valoración del presente y por lo
tanto, pone en riesgo su cuidado y preservación.
Creo que por
eso escribo este blog. La
narración es el recurso del que disponemos con frecuencia para actualizar lo que
ocurrió, por lo tanto, para mi, narrar es como hacerle la guerra al olvido, es
un mecanismo por el que me acerco a los otros, donde descubro mi ser, salgo de
mi silencio y consigo que los otros también se abran, construyan su propio
relato a partir de la memoria individual y social. De alguna forma siento que
la acción de compartir mi anecdotario narrativamente, me acerca a los otros.
Hay un
mecanismo natural que se desencadena: cuanto más derechos conquistamos, más
impacientes y ansiosos por progresar profundizando, nos ponemos. Sin embargo, eso nunca debería justificar el olvido de
otros tiempos no tan lejanos y pavorosamente dolorosos, que deberíamos
obstinadamente decidirnos a no repetir jamás.
Yo recuerdo
bien, que apenas comenzado el nuevo milenio, los uruguayos la estábamos pasando
muy, muy mal. Viene a mi memoria la tarea emprendida junto a padres y profes
del liceo 30, en el que en aquel tiempo era directora, para poder alimentar a
un buen grupo de chiquilines que
llegaban a nuestras aulas con el dolor de la pancita vacía, porque era un
tiempo en que todo escaseaba, tiempos en que hasta la basura era escasa porque la necesidad
era tan definitiva, que no se tiraba
nada, se aprovechaba todo.
Imposible olvidarme de Rosa, la mamá de Mónica
y Andrés, que con su pequeña motito, recorría cada anochecer algunas panaderías
del barrio para recoger el pan y los bizcochos que no se habían vendido y que
nosotros calentábamos con amor a la mañana siguiente para que acompañara una
tacita de leche caliente que les dábamos a nuestros queridos gurisitos
uruguayos a los que la historia les había hecho la trastada de hacerlos vivir
en tiempos tan funestos. Cuando uno da comida, da mucho más que un alimento
para el cuerpo, entrega un poco de humanidad, abraza al otro desde la
solidaridad más profunda para que defienda su vida, el mensaje implícito es que
todos queremos defender la vida. Si esto nos pasaba en el Buceo, -que es y
siempre ha sido un barrio de nivel medio-,
qué historias habrá entonces de aquel tiempo en otras geografías
uruguayas, incluso en otros barrios de nuestra ciudad, que habitualmente están
en una condición más desfavorecida.
No puedo
fingir sordera ante algunos comentarios tremendistas que califican los tiempos
que corren.
Insisto en conservar obstinadamente la
gravedad de ese pasado que nos marcó -la crisis que nos ahogó durante muchos
años y que tiene el emblemático sello temporal del año 2002- .
Mariela me cuenta brevemente una situación
escalofriante. Ella trabajaba en ese tiempo, en el liceo de La Paz, y empezaron
a darse cuenta que en general, varios chicos se desmayaban los lunes de mañana.
Era recurrente: cada lunes vivían el sofocón de tener que asistir a muchos
estudiantes que se desplomaban. Costó encontrar la respuesta a una reacción que
se producía con énfasis ese día de la semana y no otro, y al fin, luego de
algunas cavilaciones se dieron cuenta del motivo: los comedores comunitarios no
abrían los fines de semana y nuestros chiquilines llegaban al liceo vacíos de
vida, desgastados por las horas que corroen cuando el alimento no llega y todo
duele en el cuerpo y mancilla el alma.
Del pasado
podemos huir o aprender. Yo elijo la segunda opción.
Cuanto dolor y verdad. Fácil nos acostumbramos a lo bueno, y lo malo, por aquello de no querer avergonzarnos, lo olvidamos. Del pasado feo hay sacar experiencia para no repetirlo, ni más , ni menos.
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