viernes, 19 de agosto de 2016

Tarde de fiesta

Tarde de fiesta.-


Era una tarde clara, de esas que ya anuncian la llegada próxima del verano, cuando hicimos la inauguración del liceo de Nuevo Berlín. Fue un liceo ansiosamente esperado por esta pequeña comunidad, pues hasta el momento el liceo funcionaba en un edificio que era verdaderamente inadecuado. La ansiedad se había agrandado en los últimos meses, porque por cuestiones inesperadas del destino y en forma casi excepcional, la empresa constructora había terminado la obra antes de lo previsto y tenía la pretensión de cobrar a su favor, un dinero por la entrega anticipada que la administración no estaba dispuesta a pagarle. Así que los chiquilines de Nuevo Berlín durante algún tiempo, debieron aceptar que su precioso liceo estaba pronto pero que no podían usarlo. Pasaban hacia el viejo edificio a tener clase y miraban con el rabillo del ojo  el edificio cómodo, luminoso y funcional que les pertenecía pero que aún no podían disfrutar. Fue un sacrificio fuerte que seguramente cristalizó en la alegría y alto nivel de preparación de la ceremonia de inauguración. 

Antes de llegar al liceo, nos dimos con Perla un paseíto por el rio, donde olfateamos la apacible vida de los habitantes de esta localidad: el silencio sonoro de un tiempo impregnado de perfumes y aire limpio y fresco.

La inauguración se hizo en la explanada de acceso al edificio liceal. Allí se agolpó el pueblo entero para festejar, por fin, la posibilidad de disfrutar de ese espacio hermoso que albergaría lo más importante que una localidad puede tener: la educación.

Por un instante el mundo fue eso, una fiesta plena de color, música, palabras emocionadas de grandes y chicos  y alguna lagrimita de alegría que se coló para completar la jornada. Sin embargo, para mi, lo más importante ocurrió después, cuando en la recorrida por las instalaciones apareció una mujer sencilla y expresiva que se paró frente a Javier Landoni y a mi, extendió sus brazos abarcándonos y nos dijo enfáticamente: “Gracias, gracias, gracias, en nombre de mis hijos y mis nietos, mil gracias a los dos” Esos son los instantes mágicos que no se olvidan aunque pasen mil años, que nos permiten recuperar el sentido de porqué estamos, porqué a veces, aguantamos lo que aguantamos y sostenemos con una fuerza que no sabíamos que teníamos algunos procesos. Porque están ellos, allí, los que solo nos tienen a nosotros, -los profes-,  que podemos abrir algunas oportunidades, para hacer de la vida de los otros, una experiencia más humana. 



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