Era una
tarde clara, de esas que ya anuncian la llegada próxima del verano, cuando
hicimos la inauguración del liceo de Nuevo Berlín. Fue un liceo ansiosamente
esperado por esta pequeña comunidad, pues hasta el momento el liceo funcionaba
en un edificio que era verdaderamente inadecuado. La ansiedad se había
agrandado en los últimos meses, porque por cuestiones inesperadas del destino y
en forma casi excepcional, la empresa constructora había terminado la obra
antes de lo previsto y tenía la pretensión de cobrar a su favor, un dinero por
la entrega anticipada que la administración no estaba dispuesta a pagarle. Así
que los chiquilines de Nuevo Berlín durante algún tiempo, debieron aceptar que
su precioso liceo estaba pronto pero que no podían usarlo. Pasaban hacia el
viejo edificio a tener clase y miraban con el rabillo del ojo el edificio cómodo, luminoso y funcional que
les pertenecía pero que aún no podían disfrutar. Fue un sacrificio fuerte que
seguramente cristalizó en la alegría y alto nivel de preparación de la
ceremonia de inauguración.
La
inauguración se hizo en la explanada de acceso al edificio liceal. Allí se
agolpó el pueblo entero para festejar, por fin, la posibilidad de disfrutar de
ese espacio hermoso que albergaría lo más importante que una localidad puede
tener: la educación.
Por un
instante el mundo fue eso, una fiesta plena de color, música, palabras
emocionadas de grandes y chicos y alguna
lagrimita de alegría que se coló para completar la jornada. Sin embargo, para
mi, lo más importante ocurrió después, cuando en la recorrida por las
instalaciones apareció una mujer sencilla y expresiva que se paró frente a
Javier Landoni y a mi, extendió sus brazos abarcándonos y nos dijo
enfáticamente: “Gracias, gracias, gracias, en nombre de mis hijos y mis nietos,
mil gracias a los dos” Esos son los instantes mágicos que no se olvidan aunque
pasen mil años, que nos permiten recuperar el sentido de porqué estamos, porqué
a veces, aguantamos lo que aguantamos y sostenemos con una fuerza que no
sabíamos que teníamos algunos procesos. Porque están ellos, allí, los que solo
nos tienen a nosotros, -los profes-, que
podemos abrir algunas oportunidades, para hacer de la vida de los otros, una
experiencia más humana.
Magnífico!!!
ResponderEliminarMe alegra que te guste...
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