@PuenteCelsa
Es domingo
y el día recién comienza. Al silencio de todos los días, habitual a estas horas
del inicio del mundo, se suma el silencio natural del
domingo. Es mi sexto día de aislamiento voluntario y el sol que entra por la
ventana me recuerda que vale la pena estar aquí y que es necesario el esfuerzo
del encierro porque hay otros soles pendientes en el futuro, otras luces que
albergarán más vida.
Es un
encierro peculiar, con el privilegio de grandes ventanas que no solo me traen
la alegría del hibisco rojo del jardín, siempre desbordante de flores, y del
verde que en sus múltiples matices sigue latiendo vida desde todos los espacios
exteriores de mi casa. Como casi todos los habitantes de este tiempo, tengo
además ventanas virtuales al mundo, un beneficio adicional que en otros
momentos de la historia y en otras pestes, era impensable.
“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y
sin embargo, pestes y guerras toman a las gentes siempre desprevenidas” dice
Albert Camus desde “La Peste”, uno de los tantos textos que estamos recorriendo
por estos días. La literatura da cuenta de que la guerra y la peste es una
constante periódica en la historia de la humanidad y que casi siempre, a pesar
de los tiempos diversos, de los hábitos y costumbres, nos hace reaccionar de
maneras similares. Quizás cierto sentido de omnipotencia nos permite presumir
que no nos tocará. En principio, albergamos la idea de que la peste es en otro
lado, demasiado lejano. China es, en este caso, ese extraño y exótico país que a nuestros ojos
aparece como absolutamente remoto, del lado opuesto del planeta. También cierta
presunción de ominipotencia personal se pone en juego cuando al confirmar la
llegada del virus al país, -evidencia indiscutible de que no hay lejanía posible que logre exonerar
a nuestro territorio-, muchos siguen sintiendo que no será a nosotros a quienes
ataque: “(…) hay quienes tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más
numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo”, dice Camús. Hay
también quienes niegan lo que pasa y hacen como si el virus no existiera o
disminuyen su importancia aún cuando el riesgo es inmenso y en muchos
casos tenga consecuencias irreparables
Pero vuelvo a las ventanas virtuales. Esos pequeños
resquicios que se abren al mundo desde
nuestros dispositivos electrónicos y nos permiten correr visillos, mirar al
otro, entrar en diálogo más allá del tiempo y del espacio, contactarnos,
discutir y solazarnos en el encuentro. En estos tiempos de aislamiento social,
han aparecido incluso los que habitualmente no habitan tan naturalmente este
espacio, y vamos descubriendo presentaciones de artistas desde los recintos de
sus propios hogares, lectura de poesía, obras de teatro, conciertos y
canciones. También aparecieron los grandes poetas de todos los tiempos: los
docentes. Esos maestros y profes que a fuerza de encarar la vida con toda la
energía, siempre y desde siempre, van inventando modos de llegar a nuestros
estudiantes. Así que en medio del arte, el arte educativo de llegar al otro se
va poniendo a la orden del día y circulan videos por las redes con profes que
nos enseñan a hacer ecuaciones de segundo grado, escuchamos audios que nos dan
indicaciones acerca de cómo escribir un texto, visualizamos una práctica de
laboratorio de ciencias a través de una animación o ingresamos con nuestros
niños y adolescentes a las plataformas virtuales para hacer los ejercicios del
día.
Las ansiedades iniciales detectadas frente a la
suspensión de las clases pudieron disminuirse con estos contactos. Proliferan
los grupos de whats app y de Facebook, de Instagram y de cualquier otra red que
pueda estar disponible y sea de acceso frecuente y sencillo. Algunos profes me
han contado que lo inicial ha sido darles confianza a ellos y a sus familias, y que en el fragor del
encuentro, durante los primeros días los contactos eran tan frecuentes que ha surgido la necesidad de establecer horarios
para que no se convierta en una demanda
de día completo. Es cierto que la sobrecarga para chicos y grandes, puede obturar el encuentro, saturar la alegría
inicial y despojarnos del sentido de estar. Lo cierto es que es necesario
establecer que más allá de los
contenidos siempre valiosos que se intercambian, está el sostén humano. Profes y
maestros saben cuán necesario es estar
disponible, identificar a los estudiantes con el mensaje de empatía necesario
para tranquilizar los ánimos y sostener la espera del aislamiento para una
generación de jóvenes que está acostumbrada a la inmediatez, a que no hay
tiempos de deseo porque todo parece poder lograrse a un solo click, a no
aburrirse… “La paciencia es la ciencia de la paz , de la paz interior” decía con acierto el escritor Enrique Barrios.
La paciencia es escasa en nuestro tiempo, no es un bien que cultivemos y sin embargo, resulta ser un bien fundamental
para el desarrollo humano interior.
Así que sin
preverlo, sin permiso, ni aviso, sin advertirlo, se
desató un escenario absolutamente inesperado. Simplemente surgió e irrumpió sin planificación posible y provocó la suspensión presencial de los cursos. Pero en este retazo del mundo, Uruguay, mi país, hay un desarrollo tecnológico previo, y una
ruta anterior llamada Plan Ceibal. Nuestra maleta ya venía bien equipada, y
muchas propuestas que hoy estamos ofreciendo para
todos ya habían sido usadas con anticipación para dar cabida a la diversidad, esos
jóvenes que habitan nuestros centros educativos y necesitan atenciones
especiales.
Con fuerza inusitada se desencandena este hilván de voces, videos,
acciones, propuestas, presencias no materiales que indican que educar es asumir la adversidad como un desafío y
encender la creatividad. Educar será siempre acercarnos al otro para darle
hospitalariamente la bienvenida al mundo… aún cuando el mundo este llenito de
cornavirus.
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