jueves, 12 de abril de 2018

Para calcular los cambios…




El jueves pasado, hace exactamente una semana, Sebastián nos conmovió a todos con una feliz noticia: había logrado aprobar el examen de Matemáticas.

Salvar un examen siempre es motivo de alegría en esta carrera de obstáculos que es en el fondo el sistema educativo, pero en este caso, este examen revestía una condición especial: salvar o perder, significaba quedar fuera o seguir en carrera. Sebas es uno de los tantos uruguayos que hizo en alguna Facultad de la Universidad de la República su inscripción condicional, esperando la ansiada culminación del Bachillerato en el período especial de abril. Hasta aquí, la situación es aplicable a cualquier joven. Comenzar a cursar una carrera con esa preocupación es tensionante y se convierte en una situación  muy angustiante para aquellos que no pueden celebrar porque no lograron salvar la valla que el mes de abril les propone. Quedan definitivamente varados, con un proyecto anual truncado y con los probables impactos que esto puede tener en el proyecto de vida.

El caso de Sebastián, sin embargo, aunque no es único, tiene algunos aditivos singulares. Es un  joven extremadamente inteligente y sensible, que procede de un barrio humilde y que dentro de su familia y su entorno inmediato es el que está logrando “zafar” de la miseria y esto último no se relaciona con  los logros económicos que son aún inexistentes, sino con la clara concepción que él tiene y él mismo ha narrado “estudiar, -nos ha dicho- es lo único que tengo para desenterrarme de la mediocridad en la que vivo”. Es que sumado a su inteligencia y sagacidad, hay en él una condición crítica y una profunda habilidad para poner en palabras lo que siente y piensa. Sorprende en este joven  la capacidad para valorar a sus profesores con expresiones que calan intensamente, destacando el lugar de los educadores en la vida de sus compañeros de barrio que hoy tienen una nuda vida, “docentes necesarios para vaciar su hambre y violencia y llenarse de sueños y esperanza”, una devolución a la tarea de todos los docentes, por extensión,  en términos de impacto de vida, que emociona y llama profundamente la atención. Hay en su relato aseveraciones contundentes como la certeza de que hay muchas cosas peores “que un estómago con hambre” y el agradecimiento a los docentes que le enseñaron a “aspirar, soñar y creer”, que requieren de una madurez que supera su edad cronológica.

Sebastián, el uruguayo joven que está haciendo una ruptura con su entorno familiar y barrial para superarse y ayudar a otros a hacerlo, nos interpela fuertemente desde la sencillez de la celebración del examen aprobado. A partir de sus palabras me asaltan miles de preguntas: ¿Es correcto que quede imposiblitado de hacer una carrera un joven –cualquiera sea su condición- por una asignatura? ¿Y si además ese joven eligió una carrera de letras, como Sebastián que está haciendo una Tecnicatura en corrección de estilo y la asignatura que “debe” es de otro campo del saber opuesto al elegido? Y no es por desconocimiento del valor de las asignaturas que me atrevo a hacer esta pregunta,  sé que cada asignatura además de ofrecer unos conocimientos específicos nos ayuda a desarrollar procesos cognitivos que usamos en forma natural durante toda la vida, por lo que no es posible caer en la tentación de la mentada pregunta popular que escuchamos con frecuencia…¿esto para qué me sirve?  Pero me martillea en la cabeza, una y otra vez...¿es justo, correcto, adecuado que un estudiante que se sobrepone a un entorno difícil corra el riesgo de la desmotivación y de quedar un año sin actividad específica por  tener previa una asignatura? ¿No es tiempo de tomar la evaluación de un modo integral y que podamos a través de ella percibir la evolución de cada uno de los jóvenes de acuerdo a su situación de inicio y tomando en cuenta la ruta que ha diseñado  para seguir adelante? Son preguntas que me asaltan cuando siento que construimos un sistema que funciona como una trampa y  que se produce y reproduce sin cesar con un ritmo constante que imposibilita la interrogante, pero sobre todo, que deshumaniza y niega con sus acciones y rutinas la esencia de lo que verdaderamente debe ser la educación.

Por eso creo que no debe pasar desapercibida la expresión del joven que origina estas palabras, cuando invadido de sabia ironía feliz nos cuenta: “Salvé Matemáticas (…) Bachiller al fin. Ahora voy a poder calcular bien los cambios cuando compre fiambre”

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