El jueves pasado, hace exactamente una semana, Sebastián nos
conmovió a todos con una feliz noticia: había logrado aprobar el examen de
Matemáticas.
Salvar un examen siempre es motivo de alegría en esta carrera
de obstáculos que es en el fondo el sistema educativo, pero en este caso, este
examen revestía una condición especial: salvar o perder, significaba quedar
fuera o seguir en carrera. Sebas es uno de los tantos uruguayos que hizo en
alguna Facultad de la Universidad de la República su inscripción condicional,
esperando la ansiada culminación del Bachillerato en el período especial de
abril. Hasta aquí, la situación es aplicable a cualquier joven. Comenzar a
cursar una carrera con esa preocupación es tensionante y se convierte en una
situación muy angustiante para aquellos
que no pueden celebrar porque no lograron salvar la valla que el mes de abril
les propone. Quedan definitivamente varados, con un proyecto anual truncado y con los probables impactos que esto puede tener en el proyecto de vida.
El caso de Sebastián, sin embargo, aunque no es único, tiene
algunos aditivos singulares. Es un joven
extremadamente inteligente y sensible, que procede de un barrio humilde y que
dentro de su familia y su entorno inmediato es el que está logrando “zafar” de
la miseria y esto último no se relaciona con los logros económicos que son aún
inexistentes, sino con la clara concepción que él tiene y él mismo ha narrado “estudiar,
-nos ha dicho- es lo único que tengo para desenterrarme de la mediocridad en la
que vivo”. Es que sumado a su inteligencia y sagacidad, hay en él una condición
crítica y una profunda habilidad para poner en palabras lo que siente y piensa.
Sorprende en este joven la capacidad
para valorar a sus profesores con expresiones que calan intensamente,
destacando el lugar de los educadores en
la vida de sus compañeros de barrio que hoy tienen una nuda vida, “docentes
necesarios para vaciar su hambre y violencia y llenarse de sueños y esperanza”,
una devolución a la tarea de todos los docentes, por extensión, en
términos de impacto de vida, que emociona y llama profundamente la atención.
Hay en su relato aseveraciones contundentes como la certeza de que hay muchas
cosas peores “que un estómago con hambre” y el agradecimiento a los docentes
que le enseñaron a “aspirar, soñar y creer”, que requieren de una madurez que supera su edad cronológica.
Sebastián, el uruguayo joven que está haciendo una ruptura
con su entorno familiar y barrial para superarse y ayudar a otros a hacerlo,
nos interpela fuertemente desde la sencillez de la celebración del examen
aprobado. A partir de sus palabras me asaltan miles de preguntas: ¿Es correcto
que quede imposiblitado de hacer una carrera un joven –cualquiera sea su
condición- por una asignatura? ¿Y si además ese joven eligió una carrera de
letras, como Sebastián que está haciendo una Tecnicatura en corrección de
estilo y la asignatura que “debe” es de otro campo del saber opuesto al
elegido? Y no es por desconocimiento del valor de las asignaturas que me atrevo
a hacer esta pregunta, sé que cada
asignatura además de ofrecer unos conocimientos específicos nos ayuda a
desarrollar procesos cognitivos que usamos en forma natural durante toda la
vida, por lo que no es posible caer en la tentación de la mentada pregunta
popular que escuchamos con frecuencia…¿esto para qué me sirve? Pero me martillea en la cabeza, una y otra
vez...¿es justo, correcto, adecuado que un estudiante que se sobrepone a un
entorno difícil corra el riesgo de la desmotivación y de quedar un año sin
actividad específica por tener previa una
asignatura? ¿No es tiempo de tomar la evaluación de un modo integral y que
podamos a través de ella percibir la evolución de cada uno de los jóvenes de
acuerdo a su situación de inicio y tomando en cuenta la ruta que ha diseñado para seguir adelante? Son preguntas que me
asaltan cuando siento que construimos un sistema que funciona como una trampa
y que se produce y reproduce sin cesar
con un ritmo constante que imposibilita la interrogante, pero sobre todo, que
deshumaniza y niega con sus acciones y rutinas la esencia de lo que verdaderamente
debe ser la educación.
Por eso creo que no debe pasar desapercibida la expresión del
joven que origina estas palabras, cuando invadido de sabia ironía feliz nos cuenta: “Salvé
Matemáticas (…) Bachiller al fin. Ahora voy a poder calcular bien los cambios
cuando compre fiambre”
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