sábado, 23 de diciembre de 2017

Tiempo de (re) humanizarnos.



Hoy hace tres días que se terminó el largo, tedioso y doloroso viaje a la semilla que emprendió durante este año 2017 mi padre. Fue un año de tiempos apesadumbrados y de afectos sinceros que permitieron sobrellevar  las etapas más duras de este recorrido final pero también fue un año de toma de conciencia del fuerte canibalismo que se ha desencadenado entre todos nosotros, -los mentados humanos-, de un modo tremendamente natural, tan natural que casi nadie registra los hechos dolorosos que le suceden a otros y no omite la exigencia, el comentario mordaz ni disminuye las pretensiones caprichosas aunque el otro esté en estado de congoja constante.

Yo creo que hay dos momentos en la vida a los que uno no puede faltar ni permitir que nadie del entorno falte. Cuando nace un nuevo integrante, cuando la vida inicia y el milagro se expresa en esos gramos de carne alentado por el alma nueva que es como dice Hannah Arendt, portadora de la radical novedad, y cuando un integrante está por abandonar la manada. En este último caso y cuando el que se va es el que vino ejerciendo la jefatura del equipo, es justo, necesario, imprescindible, estar. No solo para asistirlo y favorecer los últimos instantes en este mundo, con dignidad, en el mayor bienestar que se pueda ofrecer de acuerdo a las circunstancias, es porque cuando esto ocurre, hay una inevitable instancia de encuentro con el sentido de la vida, de esa vida, con sus enseñanzas, con el cruce de su historia con la nuestra y que cobra una inusitada fuerza en esos momentos del trayecto vital, en ese regreso a la semilla, que es un viaje personal pero que no deja de lado el camino colectivo que emprende la familia y que llevan con nosotros, los amigos. Así es que se amontonan recuerdos, sueños cumplidos y de los otros, verdades atesoradas a fuerza de palabras compartidas, alegrías y tristezas, reedición de pérdidas anteriores, proyección de historias familiares porvenir.

Con mucho dolor he comprobado que hay quienes se dicen humanos y se empecinan en sacarnos de ese recorrido en que como acompañantes vamos con nuestros afectos aceptando que en tiempos venideros, ese ser que amamos ya no estará. Y ya sé que hay otras formas de la presencia y que la física es solo una manifestación pero somos animales de vínculo y el abrazo, el cuerpo que se besa, el corazón que late, se hace necesario. Mi compañera Gabriela Garibaldi, el día de la despedida final me regaló una imagen ineludiblemente veraz: la vida es como un lápiz, -me dijo- uno escribe, escribe, dibuja, hace trazos y con ellos deja trazas, pero debe ir sacando punta. La punta se gasta y para seguir dibujando, es necesario fortalecer ese extremo agudo que permitirá seguir escribiendo y delineando. Pero claro, hay un punto en que el lápiz se gasta definitivamente  y la punta final no tiene reposición. Sin embargo, a pesar de quedarnos sin el lápiz, nos queda lo escrito, lo anotado, lo dibujado, lo delineado como muestra pura de cómo lo hemos usado… El instante final siempre tiene ese tono de cierre, ya no habrá más escrituras ni imágenes delineadas, el instante final en que la punta del lápiz se acaba siempre tiene la solemnidad gave del fin, la fuerza del pasado que anuncia que ya no habrá futuro  ¿Por qué hay entonces OTROS que se empecinan en robarnos esos instantes finales, exigiéndonos que abandonemos esos momentos para responder a cuestiones banales de este mundo, a situaciones laborales, a reyertas provocadas por el poder, el orgullo o el simple lucimiento personal?

Me abruma constatar que estemos perdiendo los rasgos más humanos que supimos cosechar como especie. Me abruma y entristece el canibalismo que está supliendo al amor. 

Aún así, sigo creyendo que es posible vivir de otra manera y quizás el modo es haciendo el sincero esfuerzo de dejar surgir el amor entrañable a los miembros de la especie y combatir de forma explícita cuando los caníbales emergen, se expresan y desean cumplir su cometido: solo quieren comernos el corazón pero no los dejaremos.
En estos últimos días he pensado que quizás la fecha conspira para acrecentar el dolor. Diciembre es un mes de alegría obligatoria y uno va desentonando con esta pena que está impresa en el alma y se expresa en el gesto indisimulable. Sin embargo, en las últimas horas me he dado cuenta que es una buena fecha. Si, porque más allá de las creencias religiosas, en general todos nos reunimos al menos una vez, con nuestras familias y afectos cercanos en la nochebuena, en la Navidad  y en el fin de año. Quizás es tiempo este para rehumanizarnos, para reencontrarnos con lo que llevamos de humanos en nuestro ser y amerita ser revalorizado, con el abrazo que busca la sintonía de los latidos cardíacos, con la canción que puede ser cantada colectivamente y las risas que deben quedar desprendidas de las banalidades materiales del mundo, de las vanidades y las luchas, de las afinidades o discordias.


A todos, una buena Navidad y un mejor inicio de año. Más humanos, más conectados con los otros, más dignos. 

2 comentarios:

  1. Mi más profunda solidaridad y apoyo! Como decía la canción de Violeta "el amor es un camino que se recorre hasta el fin...yo conozco caminantes que no debieron partir"

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