Hoy hace tres días que se terminó el largo, tedioso y
doloroso viaje a la semilla que emprendió durante este año 2017 mi padre. Fue
un año de tiempos apesadumbrados y de afectos sinceros que permitieron
sobrellevar las etapas más duras de este
recorrido final pero también fue un año de toma de conciencia del fuerte
canibalismo que se ha desencadenado entre todos nosotros, -los mentados humanos-,
de un modo tremendamente natural, tan natural que casi nadie registra los
hechos dolorosos que le suceden a otros y no omite la exigencia, el comentario
mordaz ni disminuye las pretensiones caprichosas aunque el otro esté en estado
de congoja constante.
Yo creo que hay dos momentos en la vida a los que uno no
puede faltar ni permitir que nadie del entorno falte. Cuando nace un nuevo
integrante, cuando la vida inicia y el milagro se expresa en esos gramos de
carne alentado por el alma nueva que es como dice Hannah Arendt, portadora de
la radical novedad, y cuando un integrante está por abandonar la manada. En
este último caso y cuando el que se va es el que vino ejerciendo la jefatura
del equipo, es justo, necesario, imprescindible, estar. No solo para asistirlo
y favorecer los últimos instantes en este mundo, con dignidad, en el mayor bienestar
que se pueda ofrecer de acuerdo a las circunstancias, es porque cuando esto
ocurre, hay una inevitable instancia de encuentro con el sentido de la vida, de
esa vida, con sus enseñanzas, con el cruce de su historia con la nuestra y que
cobra una inusitada fuerza en esos momentos del trayecto vital, en ese regreso
a la semilla, que es un viaje personal pero que no deja de lado el camino
colectivo que emprende la familia y que llevan con nosotros, los amigos. Así es
que se amontonan recuerdos, sueños cumplidos y de los otros, verdades
atesoradas a fuerza de palabras compartidas, alegrías y tristezas, reedición de
pérdidas anteriores, proyección de historias familiares porvenir.
Con mucho dolor he comprobado que hay quienes se dicen
humanos y se empecinan en sacarnos de ese recorrido en que como acompañantes
vamos con nuestros afectos aceptando que en tiempos venideros, ese ser que
amamos ya no estará. Y ya sé que hay otras formas de la presencia y que la
física es solo una manifestación pero somos animales de vínculo y el abrazo, el
cuerpo que se besa, el corazón que late, se hace necesario. Mi compañera
Gabriela Garibaldi, el día de la despedida final me regaló una imagen
ineludiblemente veraz: la vida es como un lápiz, -me dijo- uno escribe,
escribe, dibuja, hace trazos y con ellos deja trazas, pero debe ir sacando
punta. La punta se gasta y para seguir dibujando, es necesario fortalecer ese
extremo agudo que permitirá seguir escribiendo y delineando. Pero claro, hay un
punto en que el lápiz se gasta definitivamente y la punta final no tiene reposición. Sin
embargo, a pesar de quedarnos sin el lápiz, nos queda lo escrito, lo anotado,
lo dibujado, lo delineado como muestra pura de cómo lo hemos usado… El instante
final siempre tiene ese tono de cierre, ya no habrá más escrituras ni imágenes
delineadas, el instante final en que la punta del lápiz se acaba siempre tiene
la solemnidad gave del fin, la fuerza del pasado que anuncia que ya no habrá futuro
¿Por qué hay entonces OTROS que se
empecinan en robarnos esos instantes finales, exigiéndonos que abandonemos esos
momentos para responder a cuestiones banales de este mundo, a situaciones
laborales, a reyertas provocadas por el poder, el orgullo o el simple
lucimiento personal?
Me abruma constatar que estemos perdiendo los rasgos más
humanos que supimos cosechar como especie. Me abruma y entristece el
canibalismo que está supliendo al amor.
Aún así, sigo creyendo que es posible vivir de otra manera y quizás el modo es haciendo el sincero esfuerzo de dejar surgir el amor entrañable a los miembros de la especie y combatir de forma explícita cuando los caníbales emergen, se expresan y desean cumplir su cometido: solo quieren comernos el corazón pero no los dejaremos.
En estos últimos días he pensado que quizás la fecha conspira
para acrecentar el dolor. Diciembre es un mes de alegría obligatoria y uno va
desentonando con esta pena que está impresa en el alma y se expresa en el gesto
indisimulable. Sin embargo, en las últimas horas me he dado cuenta que es una
buena fecha. Si, porque más allá de las creencias religiosas, en general todos nos
reunimos al menos una vez, con nuestras familias y afectos cercanos en la
nochebuena, en la Navidad y en el fin de
año. Quizás es tiempo este para rehumanizarnos, para reencontrarnos con lo que
llevamos de humanos en nuestro ser y amerita ser revalorizado, con el abrazo
que busca la sintonía de los latidos cardíacos, con la canción que puede ser
cantada colectivamente y las risas que deben quedar desprendidas de las
banalidades materiales del mundo, de las vanidades y las luchas, de las
afinidades o discordias.
A todos, una buena Navidad y un mejor inicio de año. Más
humanos, más conectados con los otros, más dignos.
Mi más profunda solidaridad y apoyo! Como decía la canción de Violeta "el amor es un camino que se recorre hasta el fin...yo conozco caminantes que no debieron partir"
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