Hace casi cuatro años que dirijo y presido el
Consejo de Educación Secundaria con todo
lo que esto significa en relación al desempeño y organización de los trescientos
dos liceos que existen a la fecha y de
todos los otros dispositivos educativos que funcionan en espacios adicionales a
los liceos. Así que me creerán si les digo que es bastante frecuente asistir a
ceremonias de nominación de los centros educativos. En Uruguay, cada vez que se
abre un liceo, -y últimamente esto es muy frecuente, desde 2005 a la fecha ya
inauguramos 37 liceos nuevos- se le
adjudica el número correlativo dentro del departamento[i],
lo que no impide que además de su número, actualmente la propia comunidad
educativa discuta y proponga un nombre para
la institución. Es que un nombre es un vocablo para dar identidad, para una comunidad educativa significa quizás
un modo de expresar cómo quieren ser,
qué creencias y valores reconocen
como esenciales, a quién quieren homenajear porque sienten que los representa.
El pasado primero de noviembre asistimos al
acto de nominación del liceo 26 de Montevideo, pero lo interesante es que no
fue un acto más. En primer lugar, porque no es un liceo nuevo, muy por el
contrario, fue fundado en el año 1972, en el marco de un instante histórico por
demás fuerte para todos los uruguayos. Tampoco es que no tuviera nombre, lo tenía
y acorde con el momento histórico de su fundación. En parte por esto digo que
esa celebración que vivimos el primero de noviembre no fue un sencillo y
habitual acto de nominación, sino un sentido y esperado acto de Memoria,
tampoco fue un acto circunscripto a la comunidad educativa del liceo 26, sino a
todos los uruguayos.
Esa comunidad educativa, naturalmente,
siempre se sintió representada por el poeta obrero, el hilvanador de palabras
profundas y sencillas, el distraído pero intensamente comprometido Líber Falco.
Por eso, desde hacía décadas el cambio de nombre del liceo se vivió como un
clamor de lucha, como la expresión ferviente de la resistencia, como el modo de
dar a conocer el deseo de que el mundo
pudiera pasar a tener otra organización, democrática y justa, un mundo a ser
recorrido a la manera del “atajo en el
cielo” del que nos hablara el poeta, donde “todos iremos del brazo”,
construyendo, creando, soñando juntos. La lucha supuso el riesgo, el dolor, las
pérdidas y la desesperanza en muchos momentos. Sin embargo, la lucha acumulada,-
nunca abandonada-, siempre redoblada por las diversas generaciones de
estudiantes, docentes y vecinos, al final dio sus frutos, y allí estuvimos
todos para confirmar el anhelado cambio, para colocar en el lugar donde antes
estuvo el retrato del representante de los dictadores, una placa conmemorativa
de ese día singular, que fue descubierta
por el grupo de jóvenes que hacía treinta años había tenido el valor de bajar la foto del dictador e instalar en su
lugar la del poeta, aunque eso les terminara costando a muchos la pérdida de la
calidad de estudiantes.
Quizás en tan largo trayecto, haya habido muchos
incrédulos o desesperanzados que pensaron que este día nunca iba a llegar, sin
embargo, allí estuvimos, restaurando los sueños, reencontrando el camino,
reafirmando la lucha y cerciorándonos hoy más que nunca de la validez genuina
de las palabras del poeta:
La vida es como un
trompo, compañeros.
La vida gira como todo gira,
y tiene colores como los del cielo.
La vida gira como todo gira,
y tiene colores como los del cielo.
A la comunidad educativa del liceo No 26 , Líber Falco , ¡Salud!
Rara vez comprendemos que los acontecimientos
que vivimos en la vida cotidiana son instancias que pasarán a ser historia. La mayoría
de las veces son sucesos que ocurren como encuadre político, social y cultural
de nuestra vida personal. A veces, son momentos que nos involucran como
protagonistas. El primero de noviembre tuve la suerte de vivir con lucidez un
hecho de este tipo, del que tengo plena conciencia de su valor histórico, mojón
inmaterial de memoria, señal esperanzadora de que luchar vale la pena.
Brillante!
ResponderEliminarExcelente
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