Conocí a Graciela cuando yo ya
era hacía unos cuantos años directora del liceo 30 y ella tomó sus horas de clase de Biología nuevamente en
el turno vespertino. Graciela había trabajado durante años en el liceo, -de
hecho es vecina del local liceal- , pero había elegido otros rumbos y destinos
, cuando se había impuesto lo que los uruguayos llamamos en la jerga común la
reforma Rama, una reforma impuesta que en los años 90 dividió a los profesores
dolorosamente. El liceo 30 fue uno de los centros en los que se desarrolló este
plan y Graciela eligió un nuevo escenario para su desarrollo profesional
durante un tiempo.
Recuerdo que al conocerla me
impactó su solvencia profesional y su inmensa sensatez. Una profe de años que
prefería trabajar con los grupos de primer año de educación media básica, cosa poco frecuente, pues en general los
profesores a medida que avanzan en su carrera, prefieren elegir sus horas en el
bachillerato en el entendido de que los humanos a medida que crecemos damos
menos trabajo. Sin duda, ella es conocedora del lugar del docente como
orientador de la vida de los estudiantes en forma integral, más allá de los conocimientos de la asignatura que debe
procurar. Por eso la recuerdo tan nítidamente por ejemplo, cuando rezongaba a
Allan, un chiquito recién ingresado al liceo, al que le costaba tanto aceptar
las dinámicas nuevas y e insistía con jugar todo el día. Ella, con su tono firme
pero siempre cariñoso, le hablaba una y otra vez, como una madremaestraprofe para hacerlo
reaccionar.
Me unieron siempre muchas cosas a
esta mujer maravillosa. Fuimos construyendo como adultas un vínculo que al
principio fue profesional y que luego devino en un afecto personal y en una
profunda admiración por mi parte, pues demostró que además de una gran
capacidad como docente tiene una profunda entereza humana y sabe remar con fuerza y decisión en todas las aguas tormentosas
en que la vida va poniendo su barca. Por eso forma parte hoy de mi equipo de
mujeres incondicionales, no porque me toleren todo, muy por el contrario porque
el afecto se expresa en la crítica constructiva y el intercambio constante que me
ofrece posibilidades de crecimiento y desarrollo, permitiendo que el
enfrentamiento con errores y debilidades siempre sea desde la posibilidad de
redefinir el rumbo y reconducir el barco.
Cada día Graciela me sigue
sorprendiendo. Hace unos días la invité a conocer el nuevo edificio del liceo
29, un edificio precioso, con un diseño vanguardista, cómodo, luminoso,
funcional que sustituye a la vieja casona que en su tiempo fue un convento y que con algunas adaptaciones fue el modo en
que las autoridades de su tiempo dieron una respuesta para la existencia del
liceo 29. Aunque estábamos en receso de
clases por las vacaciones de julio,
encontramos en el liceo igualmente a algunos estudiantes. Las mesas de exámenes estaban
funcionando y como resultado de la instalación de las mismas, algunos estudiantes se arracimaban buscando
compartir la preocupación de alguna posible pregunta. Nada ha cambiado en
relación a los exámenes desde que yo me acuerdo. Son en definitiva, un
ejercicio de control de un recorte de información suministrada durante el año a juzgar por lo que el trío de profes cree
que son saberes relevantes de esa nueva porción del saber que es la asignatura.
Son para mi, un ejercicio de valor puntual al momento en que se producen. Se
recuerdan algunos conceptos para el momento, para inevitablemente olvidarlos luego. Es un juego donde prevalece lo efímero: se
recuerda para convencer momentáneamente al equipo docente que uno sabe los
contenidos solicitados y una vez cumplida esa meta, se olvida esa información para siempre.
Como buena profe, mientras caminábamos
descubriendo espacios nuevos, explorando el edificio liceal, Graciela se acercó
a un grupo de estudiantes que esperaba. No pudo evitar entrar en conversación
con con ellos y descubrió que estaban
por dar examen de Biología , por lo que fue imposible resistirse a hacer recomendaciones y sacarles dudas. Lo
hizo con la sencillez y la alegría con que los profes nos acercamos a los
chiquilines para facilitarles en lo posible el acceso al saber. Yo no había
reparado en que hubo en ese rato de
intercambio una orientación sobre posibles preguntas del examen. Fue un
intercambio rápido y discreto, pero sin duda, fecundo. Por eso me sorprendió el
vértigo con el que se descolgó desde los últimos escalones ese chiquilín flaquito cuando nosotras nos
estábamos por retirar y conversábamos las palabras del estribo en el pie de la
escalera. Bajó galopante, con la
felicidad impetuosa del que siente que ha cumplido su función, agradeciéndole a
Graciela. Ella le preguntó qué le habían preguntado y él le dijo: -Lo que vos
me explicaste: Sinapsis. Esa conexión entre neuronas que ella le había
explicado con sencillez, de alguna manera mostraba la conexión que ella supo
establecer con él. La adscripta añade al instante un dato que completa esta
anécdota vital : -No sabés la falta que le hacía esta alegría a este chiquilín.
Inmediatamente relata una situación
personal de orfandad materna que se
había sucedido en tiempos muy recientes. Yo me quedé tan emocionada de ver la
escena, de recoger en unos instantes tanta información, tanta fuerza acumulada
en cada palabra y cada gesto que no me
salió más que decirle, -Viste; Graciela, hoy fuiste su ángel! Ella simplemente me miró con los ojos llenitos de
lágrimas, -Es cierto, hoy fui su ángel.
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