“Y la educación también es donde decidimos si amamos a
nuestros niños lo suficiente como para no expulsarlo de nuestros mundo y
dejarlos librados a sus propios recursos, ni robarles de las manos la posibilidad
de llevar a cabo algo nuevo, algo que nosotros no previmos; si los amamos lo
suficiente como para prepararlos por adelantado para la tarea de renovar un
mundo común”[i]
Hannah Arendt
La creación de las Aulas Comunitarias en el marco de la
oferta del Consejo de Educación Secundaria en el año 2007, fue francamente
imprescindible. Era un tiempo coincidente con la reciente creación y los
primeros pasos del Ministerio de
Desarrollo Social y la necesaria visibilización de uruguayos, hasta ese
momento, invisibles. Fue el tiempo del
Plan de emergencia porque la emergencia se imponía como modo de actuar para
traer dentro de las fronteras sociales a los compatriotas que se encontraban
más allá de los bordes, despiadadamente olvidados, privados de sus derechos
fundamentales, deshumanizados. El Uruguay se dio por tanto a una serie de
acciones inmediatas para dar respuesta a una situación social de profunda
gravedad.
El dispositivo era necesario e impostergable: apostar por la
convocatoria y posterior formación de aquel conjunto de jóvenes que no habían
radicado inscripción alguna en la educación media luego de haber egresado de
primaria, o que habían intentado infructuosamente cursar educación media pero
se habían desvinculado por no haber encontrado en los liceos un espacio
adecuado para las condiciones de la que eran portadores. Aún desde el esfuerzo
que ya venían haciendo las comunidades liceales, -particularmente algunos colectivos docentes-,
por discutir con la meta fundacional de los liceos, no era posible dar
respuesta a este conjunto de jóvenes tan desamparados. Es válido, sin embargo, reconocer el arduo proceso llevado adelante
por las instituciones educativas liceales, desde aquella génesis que hablaba de atender a la
población que luego iría a la Universidad y que concebía la natural
circunstancia del apoyo familiar de sus estudiantes, -en tiempos donde solo se
consideraba la educación primaria como imprescindible y suficiente para el desempeño humano-, a
estos tiempos en que posicionados desde el derecho a la educación, sabemos que
la educación media debe ser universal, debe ser una oferta que brinde respuesta
al ejercicio pleno del derecho a la educación. Con menor o mayor acierto ha
habido desde los liceos un esfuerzo por abrir las puertas a todos, luchando contra
la historia de origen.
Sin embargo, las Aulas Comunitarias fueron dispositivos
fundamentales, porque los esfuerzos no fueron suficientes para dar respuestas a
todos. Se constituyeron en espacios de trabajo flexibles, desde los que se
generaron procesos múltiples: convocar a los jóvenes, ofrecerles un trayecto
posible adaptado a sus condiciones de ingreso, generar un desarrollo de
habilidades sociales y de aprendizajes variados como para promover su evolución.
Para esto sin duda, la presencia de la sociedad civil fue clave, atendiendo a
la historia de trabajo de la que estas organizaciones son portadoras, un “saber
hacer” acumulado en el abordaje de niños
y jóvenes vulnerados del que es indispensable que se nutra la educación formal
para trazar una ruta y llegar a estos
destinatarios.
Una década más tarde.
El Programa Aulas Comunitarias nació entonces como un
programa “puente”. Un mecanismo intermedio para captar jóvenes que no iban a
llegar solos a la educación media formal, acompañarlos en un trayecto de uno o
dos años e incluirlos en el liceo, por tanto fue concebido como un mecanismo de
conexión y continuidad. Al pasar el
tiempo cualquiera advierte que el mecanismo de captación de jóvenes es muy
bueno pero no así el de continuidad. Es cierto que hay que concentrar la mirada
en el liceo como institución rígida, que tiene unos “modos de hacer”
cristalizados y pretende, como ya se ha dicho tantas veces, a la manera de
Procusto, la adaptación de todos a un mecanismo único. No quedan dudas respecto
a la necesaria revisión de la gramática institucional en tanto el liceo
está organizado a la manera de un damero
en el que se van distribuyendo asignaturas en forma rigurosamente inamovible,
por lo que resulta difícil creer que el
mero pasaje durante un período por el dispositivo de Aulas Comunitarias puede
ser lo único que asegure la continuidad educativa de estos ciudadanos. También
es hoy seguro que la mayoría de los liceos están haciendo esfuerzos
organizacionales y pedagógicos, que se van generando dinámicas nuevas que se
expresan en acciones concretas que presentan al liceo como institución
susceptible de generar variaciones según las circunstancias o necesidades que
se vislumbren. Es además cierto que aún
falta. Es necesario poner en la mesa, con honestidad cuánto falta aún para completar
el proceso que permita pensar en el liceo y sentir que es un espacio
hospitalario, que responda a los ritmos variados y a las necesidades y
características de todos los jóvenes, un espacio para las adolescencias.
Parte de este proceso de transformación del liceo debe estar
centrado en la oferta de un recorrido adaptado a estos jóvenes que no cumplen
con la norma, con lo esperado. En principio, y fundamentalmente porque los
liceos deben ser espacios para todos los jóvenes y no debe la sociedad uruguaya
contentarse con tener unos dispositivos paralelos al liceo que funcionen como
cápsulas de contención de la porción de juventud más desfavorecida.
Es claro que debe diseñarse una ruta que ofreciendo un
recorrido peculiar y adaptado a las características de estos ciudadanos, pueda
también concebir espacios para que todos los estudiantes liceales compartan
tiempos de aprendizaje en común. Todos son jóvenes y el liceo debe ser el
escenario natural de desarrollo educativo de todos, admitiendo en forma simultánea la existencia de recorridos
peculiares y la convivencia en tiempos comunes. Los talleres son los espacios
naturales para que todos los estudiantes se encuentren, por lo que además de
enriquecer la propuesta curricular y permitir explorar otras actividades e
intereses no tradicionales en relación a la oferta curricular de la educación
media, son además potentes espacios de fortalecimiento de habilidades sociales
y grupales.
Como primer dispositivo facilitador de la transición desde
las Aulas Comunitarias hacia el liceo, durante el año 2016 se comenzó a
implementar una propuesta que viene desarrollándose por segundo año y que adolece de ciertas debilidades, algunas de ellas, de
implementación por lo que está en proceso de revisión y rediseño. Lo cierto es
que ha tenido un desempeño desparejo en los siete centros en los que se está
llevando adelante. Por supuesto que se está haciendo un análisis minucioso de cada
situación, levantando evidencia empírica que nos permita “leer” cada caso. Yo
tengo la hipótesis inquietante de que
uno de los escollos es el
imaginario que se cierne sobre estos jóvenes y el injusto modo de verlos como “los diferentes”.
En muchos centros no se ha logrado que los adultos puedan ver a estos muchachos
y muchachas como parte natural de la
matrícula del liceo, por lo que tampoco se ha operado en la habilitación de los
espacios de taller como lugares habitables para todos, dejando a este colectivo de
jóvenes en la misma situación capsular que vivían dentro de las AC pero ahora
trasladado al liceo. Sin embargo, es importante señalar que hay experiencias
exitosas, donde los equipos impulsores están trabajando con fuerza, y han permitido el desarrollo de experiencias
muy favorables tanto desde el punto de vista social como pedagógico. La
diversidad de situaciones impera, porque
hemos confirmado la existencia de centros
en los que son los profesores de aula los más entusiastas y el equipo
directivo del liceo el más esquivo o reticente y viceversa. No hay afirmaciones
definitivas. Por eso parece importante
reflexionar que no habrá diseño válido,
por perfecto que este pueda parecer si no hay en el educador una convicción
clara de reconocimiento del Otro como un ser humano, sujeto de derechos. Pèrez
Aguirre dice que “Educar (…) es afectar los corazones, los estilos de vida, las
convicciones. Y es evidente que esto no puede hacerse sino desde las actitudes
profundas del propio educador (en el entendido de la “comunión”
educador-educando en la vida cotidiana). No podemos concebir al proceso educativo,
más que como una especie de empatía, de mímesis de actitudes de ambos sujetos”[ii]
En esta tarea transformadora, movilizadora de concepciones, cimbroneadora de lo
cultural, estamos trabajando
obstinadamente.
Inspectora Prof. CelsaPuente.
Directora General
CES
Una condición fundamental para que la inclusión ocurra de verdad, es la apertura,la flexibilidad y un fuerte liderazgo en los equipos de dirección. Estos deben promover y facilitar espacios y modalidades de trabajo que trasciendan el aula, la grilla de horarios, las asignaturas, las formas y momentos de evaluación tradicionales, entre otros aspectos. El liderazgo debe ser fortísimo, pues les toca demostrar,por ejemplo que el paradigmas de educación en el cual fuimos formados, primero, como estudiantes de secundaria y luego como docentes, no sirve, se hace pedazos cuando hablamos de una escuela inclusiva. Las evidencias de que seguimos parados en un paradigma obsoleto, se pueden ver aún en las reuniones de profesores, cuando por característica del grupo, la palabra recurrente en todos los juicios es HETEROGÉNEO, como si la heterogeneidad fuera algo fuera de la norma, algo a destacar.
ResponderEliminarAgradezco sinceramente este comentario. Es cierto para mi también que el equipo directivo impulsa u obtura la posibilidad de trabajar con TODOS los jóvenes. En el caso de Secundaria tenemos muchos planes, muy adecuados para acompañar a los estudiantes en procesos de aprendizaje más personalizados, atentos a los ritmos diversos, comprobadamente adecuados para estudiantes más vulnerados, sin embargo, los directores no los piden cuando se les consulta por la malla curricular del año próximo. Es fundamental aceptar que no hay un solo modo de recorrer el ciclo educativo, que hay caminos diferentes que pueden tomarse para lograr el mismo destino. Hay que decidirse a hacerlo...
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