De la chacra
a la máquina de coser, es el recorrido que ha hecho infinidad de veces, una
madre del liceo de Santa Rosa. Esto me lo cuenta Margarita Goday, antigua
directora del liceo, después de un abrazo apretado en el que nos fundimos para
consagrar la alegría del logro. Es que ayer, inauguramos el nuevo gimnasio del
liceo, y fue un día de fiesta en el que nos encontramos todos: los chiquilines,
los profes, los directores y secretarios de ayer y de hoy, los vecinos, los
padres y las autoridades. Y fue uno de esos días en que uno se reenamora de la
vida porque siente que la prevalencia de lo colectivo todavía circula como
motor en algunas comunidades y puede llegar a reinaugurarse en otras donde hoy
se confirma que ha calado fuerte el
individualismo y la amnesia del hacer juntos.
El gimnasio
que ayer inauguramos y que es el único que tiene la localidad de Santa Rosa,
existió primero en el corazón y la cabeza de un grupo de padres, soñadores pero
decididos a hacer. Ellos albergaron la idea de hacer de una antigua y
desgastada cancha, un gimnasio, en un sueño “un poco alocado” al decir de
Magarita pero tan genuino como para permitirles construir un camino hacia el
logro. Iniciaron sin éxito algunas rutas previas, pero no desistieron, como no
desisten cada día en trabajar juntos para lograr las mejores condiciones de aprendizaje
para sus propios hijos y para los de todos. Así compraron los equipos acondicionadores de
aire, las cortinas y tantas otras cosas que mejoran la vida de los que habitualmente
integran la comunidad educativa de esta pequeña localidad canaria. El secreto
es dar, cada uno pone lo que tiene en su
bagaje personal: una idea para hacer un festival y juntar fondos, el vínculo
con un conocido que le hace precio en algún comercio, una habilidad personal
para resolver problemas, un oficio, un tiempo de la vida, un amor que se
instala en la convicción de lo colectivo. Todos pueden poner algo, TODOS, padres y madres, tíos y abuelos y
sencillamente así lo viven y lo hacen. Aún aquellos mal llamados pobres que no
pueden aportar nada material pero si son poseedores de algo de lo que acabo de
mencionar y a veces no saben que lo tienen y por eso no pueden darlo. En estos
grupos de trabajo se les hace saber cuán ricos son y cuánto tienen para dar. Esa es la fuerza de lo colectivo, descubrir el
caudal individual para ponerlo en juego, ver las dificultades como desafíos que
merecen ser abordados y que son abordables entre todos, con la fuerza sumada y
la energía disponible generosamente.
Por eso
pudimos ayer festejarlo todo y con todos. Porque hay madres que pueden ir de la
chacra en la que trabajan para sustentar a la familia, a la máquina de coser
para hacer de un pedazo de tela unas preciosas cortinas. Son trayectos que se
construyen cada día con la decisión de lo que todos podemos hacer juntos, sin
quejas, con sueños, con trabajo, con alegría, sintiendo JUNTOS que se puede…
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