sábado, 1 de abril de 2017

De la chacra a la máquina de coser.



De la chacra a la máquina de coser, es el recorrido que ha hecho infinidad de veces, una madre del liceo de Santa Rosa. Esto me lo cuenta Margarita Goday, antigua directora del liceo, después de un abrazo apretado en el que nos fundimos para consagrar la alegría del logro. Es que ayer, inauguramos el nuevo gimnasio del liceo, y fue un día de fiesta en el que nos encontramos todos: los chiquilines, los profes, los directores y secretarios de ayer y de hoy, los vecinos, los padres y las autoridades. Y fue uno de esos días en que uno se reenamora de la vida porque siente que la prevalencia de lo colectivo todavía circula como motor en algunas comunidades y puede llegar a reinaugurarse en otras donde hoy se confirma que  ha calado fuerte el individualismo y la amnesia del hacer juntos.

El gimnasio que ayer inauguramos y que es el único que tiene la localidad de Santa Rosa, existió primero en el corazón y la cabeza de un grupo de padres, soñadores pero decididos a hacer. Ellos albergaron la idea de hacer de una antigua y desgastada cancha, un gimnasio, en un sueño “un poco alocado” al decir de Magarita pero tan genuino como para permitirles construir un camino hacia el logro. Iniciaron sin éxito algunas rutas previas, pero no desistieron, como no desisten cada día en trabajar juntos para lograr las mejores condiciones de aprendizaje para sus propios hijos y para los de todos.  Así  compraron los equipos acondicionadores de aire, las cortinas y tantas otras cosas que mejoran la vida de los que habitualmente integran la comunidad educativa de esta pequeña localidad canaria. El secreto es dar, cada  uno pone lo que tiene en su bagaje personal: una idea para hacer un festival y juntar fondos, el vínculo con un conocido que le hace precio en algún comercio, una habilidad personal para resolver problemas, un oficio, un tiempo de la vida, un amor que se instala en la convicción de lo colectivo. Todos pueden poner algo, TODOS,  padres y madres, tíos y abuelos y sencillamente así lo viven y lo hacen. Aún aquellos mal llamados pobres que no pueden aportar nada material pero si son poseedores de algo de lo que acabo de mencionar y a veces no saben que lo tienen y por eso no pueden darlo. En estos grupos de trabajo se les hace saber cuán ricos son y cuánto tienen para dar.  Esa es la fuerza de lo colectivo, descubrir el caudal individual para ponerlo en juego, ver las dificultades como desafíos que merecen ser abordados y que son abordables entre todos, con la fuerza sumada y la energía disponible generosamente.


Por eso pudimos ayer festejarlo todo y con todos. Porque hay madres que pueden ir de la chacra en la que trabajan para sustentar a la familia, a la máquina de coser para hacer de un pedazo de tela unas preciosas cortinas. Son trayectos que se construyen cada día con la decisión de lo que todos podemos hacer juntos, sin quejas, con sueños, con trabajo, con alegría, sintiendo JUNTOS que se puede… 

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