- ----¿A qué viniste? –la voz del profesor de Física sonó estridente y
dura. –Mirá que hoy hay escrito y no sé qué vas a hacer si hace como veinte
días que no venís.
Esto es parte de una escena bastante común
en los liceos sobre todo a partir del mes de julio, al que yo llamo “tiempo de
los desencantos”.
A esa altura del año lectivo, ya circuló un
tiempo bastante importante del año, se entregaron al menos en dos ocasiones los
boletines de calificaciones y muchos profes han hecho su clasificación interna
de la clase. Todos ya se han desencantado y
a menos que aparezca la fuerza de aquellos que creen en el antidestino y
siguen luchando, el desencanto de los chiquilines es tal, que se transforma
en un inexorable tiempo de fuerte abandono. Es un abandono aceptado. La institución va
perdiendo a los integrantes que no acompañan el ritmo, como si el ritmo pudiera
ser único e incluso como, -si aún considerando a mi juicio la imposible hipótesis
de un ritmo único-hubiera un solo modo de bailar.
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Aleyda[i]
es psicóloga y se desempeña en un liceo
de un barrio pobre de Montevideo.
A pesar de que ella es muy joven, el
destino conspiró para que nos conociéramos hace unos cuantos años, cuando ella
era practicante y venía con el grupo de Psicología educacional al liceo 30. Siempre
fue intensamente comprometida, con un decir pausado y una mirada escudriñadora
que trata de desentrañar la esencia de la persona que tiene delante.
Seguramente la intensa experiencia de haber sido hija de una docente de porte,
la llevó a elegir dentro de la Psicología el espacio institucional de los
liceos para desarrollar su actividad profesional. Es que habla de los
chiquilines y se le ve el alma comprometida que emerge en cada palabra, cada
suspiro, cada expresión. Sin duda, está haciendo una labor importante y
comprometida en este centro, pero qué difícil es lidiar con las convicciones
que se le presentan a uno como mandatos del alma cuando una buena parte de los
colegas, no las comprende. Ella, sin embargo, no baja los brazos. Trabaja
incansablemente intentando mostrarle a los alumnos y sus familias la
posibilidad que les abre la educación, la oportunidad de cambiar los destinos,
de conseguir un desarrollo personal que incidirá seguramente en toda la
familia. Algunos profes tienen sintonía con esta postura, pero muchos otros,
van allí, a ese liceo de un barrio pobre, como cuerpos que cumplen la tarea,
descorazonados y sin esperanza de generar un cambio. Van los cuerpos… muchas
veces van a la hora… Algunos solo van…
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Efectivamente, Yonathan hacía veinte días o
un poco más que ya no iba al liceo. Se quedó cuidando la casa y a la hermanita
chica cuando la madre por fin consiguió trabajo, y como él andaba con las notas
bajas, -porque al decir de la madre “la
cabeza no le da”-, era más productivo que diera una mano en la casa que andar
perdiendo el tiempo en el liceo. A él
tanto le daba…a sus catorce años era difícil que pudiera advertir lo importante
que era renunciar a ejercer su derecho en el espacio educativo. En verdad, -mejor-, pensaba. Se salvaría de
madrugar, de aguantarse los rezongos de los profes, podría dormir y cuando
regresara su madre a casa, a eso de las cinco o un poco más tarde, podría
encontrarse con sus amigos del barrio. Total, la hermanita era muy tranquila,
dormía de mañana y luego la llevaba a la escuelita, tenía que esperar para ir a
buscarla y al fin se desligaría al llegar su madre.
La verdad que Yonathan es un buen
chiquilín, pero tiene escasos recursos personales para poner en juego en la
clase. Su papá es albañil y su madre, empleada doméstica y aunque es una
familia bastante bien constituída, no ven en el estudio una posibilidad de
desarrollo para sus hijos. Es un
chiquilín tranquilo que impresiona capaz, pero seguramente será una capacidad latente si
no encuentra una mano que fértilmente provoque su desarrollo. Si no se cruza
con ese ser que pueda ayudar a que lo mejor aparezca en la superficie de su
vida, quedará ligado al destino familiar
de tareas de fuerte esfuerzo físico y baja retribución. Será un mero reiterador
de la historia familiar.
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Un equipo pequeño de profes junto a la
Dirección y la psicóloga trabajan ardorosamente para traer otra vez al liceo a
aquellos chiquilines que se fueron “cayendo” en el año. El resultado del
“tiempo de los desencantos” suele ser fuerte,
tiene una aparente causalidad forjada en los problemas personales con un
abanico inmenso de posibilidades, desde los que tienen que cuidar la casa y los
hermanos, con lo que nos enfrentamos a los modos del trabajo infantil
encubierto, hasta los que no tienen championes para venir al liceo, pasando por
los problemas de disolución de las parejas parentales y la violencia en todos
sus matices, tanto la doméstica como el acoso liceal.
La institución educativa como cartografía de lazos de la que nos habla
Frigerio, va perdiendo integrantes y por lo tanto chances de nuevos lazos,
posibilidades de anudamiento y desanudamiento. Hay cierta anestesia en esa
pérdida, en ese goteo sangrante que es una forma de selección aceptada. Hay sin
embargo, por suerte, equipos docentes que reaccionan, que se rebelan, que no
aceptan esa selección naturalizada.
Allí están ellos, el equipo liceal,
intentando generar redes para dar soluciones, consiguiendo championes, ropa y
materiales, procurando la participación de técnicos para abordar los problemas
familiares, intentando conseguir un horario más extenso en las guarderías para los pequeños , inventando soluciones para
conseguir el regreso. Es destacable que lo logran en un número alto de
situaciones, pero en verdad, también es claro que no logran ir más allá de ese
regreso casi furtivo, ocasional, en un lapso limitado. Es que nada de lo
institucional puede funcionar si dentro del aula no hay cambios, o al menos la
disponibilidad para entender la importancia y el esfuerzo de todos invertido en
este regreso. No hay nada que pueda hacerse si no es en equipo y en equipo en
forma completa. Los llevan a la puerta del salón, procuran su ingreso al aula
pero allí dentro, muchas veces la rutina reina, el día del escrito sigue siendo
el día clave del mes, las prácticas se reiteran anestesiadamente y la expulsión
vuelve a operarse. ¿Hay maldad en quienes operan de este modo? No, en absoluto.
Hay unas prácticas que llevan muchas décadas de reiterarse una y otra vez, hay una vida profesional de los docentes que
deja poco tiempo para pensar, hay una incapacidad involuntaria de registrar al
Otro, ese Otro que antes no llegaba a educación media.
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Yonathan está nervioso. Está volviendo al
liceo… En la puerta del salón lo sorprende algún compañero que lo saluda con
afecto, inesperadamente para él. Entra a clase.
- - ¿A qué viniste? –la voz del profesor de Física sonó estridente y
dura. –Mirá que hoy hay escrito y no sé qué vas a hacer si hace como veinte
días que no venís.
[i]
Aleyda Fontana es Licenciada en Psicología , integrante por años de los equipos
multidisciplinarios institucionales. Actualmente, se desempeña en el Centro de
Recursos para alumnos ciegos y con baja visión. Es una profesional noble y
comprometida , digno exponente del colectivo del que forma parte.
Conozco a la Madre y a la Hija, "un reconocimiento muy merecido"
ResponderEliminarAsí es. Ambas forman parte del grupo de "las indispensables". Muchas gracias por leer y comentar
ResponderEliminarUna historia que nos conmueve y nos refleja....comparto!
ResponderEliminarFue una fotografía, tu relato! Quiero pensar que lo es en blanco y negro... pero lamentablemente aún lo es virtual y a color! Estamos trabajando para ese cambio, con mucha fuerza, por muchas Aleydas!! Por muchos Yonathan incluidos!
ResponderEliminarTotalmente, Emy! Lo mejor, es que estoy segura, porque en muchos lugares ocurre, que es posible hacerlo, es posible romper la rutina, eliminar el piloto automático y trabajar para que todos los jóvenes tengan a su ritmo la oportunidad de aprender y encontrar en el liceo un espacio que dote de sentido su vida. Allí reside la capacidad profesional del docente, en esa construcción puntual, específica de un intercambio a medida. Muchos ya lo hacen, con total éxito, cosechando la satisfacción de proponer el antidestino
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