lunes, 9 de enero de 2017

Re-anudar


-         ----¿A qué viniste? –la voz  del profesor de Física sonó estridente y dura. –Mirá que hoy hay escrito y no sé qué vas a hacer si hace como veinte días que no venís.
Esto es parte de una escena bastante común en los liceos sobre todo a partir del mes de julio, al que yo llamo “tiempo de los desencantos”.
A esa altura del año lectivo, ya circuló un tiempo bastante importante del año, se entregaron al menos en dos ocasiones los boletines de calificaciones y muchos profes han hecho su clasificación interna de la clase. Todos ya se han desencantado y  a menos que aparezca la fuerza de aquellos que creen en el antidestino y siguen luchando, el desencanto de los chiquilines es tal, que se transforma en  un inexorable tiempo de fuerte  abandono.  Es un abandono aceptado. La institución va perdiendo a los integrantes que no acompañan el ritmo, como si el ritmo pudiera ser único e incluso como, -si aún considerando a mi juicio la imposible hipótesis de un ritmo único-hubiera un solo modo de bailar.

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Aleyda[i] es psicóloga  y se desempeña en un liceo de un barrio pobre de Montevideo.
A pesar de que ella es muy joven, el destino conspiró para que nos conociéramos hace unos cuantos años, cuando ella era practicante y venía con el grupo de Psicología educacional al liceo 30. Siempre fue intensamente comprometida, con un decir pausado y una mirada escudriñadora que trata de desentrañar la esencia de la persona que tiene delante. Seguramente la intensa experiencia de haber sido hija de una docente de porte, la llevó a elegir dentro de la Psicología el espacio institucional de los liceos para desarrollar su actividad profesional. Es que habla de los chiquilines y se le ve el alma comprometida que emerge en cada palabra, cada suspiro, cada expresión. Sin duda, está haciendo una labor importante y comprometida en este centro, pero qué difícil es lidiar con las convicciones que se le presentan a uno como mandatos del alma cuando una buena parte de los colegas, no las comprende. Ella, sin embargo, no baja los brazos. Trabaja incansablemente intentando mostrarle a los alumnos y sus familias la posibilidad que les abre la educación, la oportunidad de cambiar los destinos, de conseguir un desarrollo personal que incidirá seguramente en toda la familia. Algunos profes tienen sintonía con esta postura, pero muchos otros, van allí, a ese liceo de un barrio pobre, como cuerpos que cumplen la tarea, descorazonados y sin esperanza de generar un cambio. Van los cuerpos… muchas veces van a la hora… Algunos solo van…


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Efectivamente, Yonathan hacía veinte días o un poco más que ya no iba al liceo. Se quedó cuidando la casa y a la hermanita chica cuando la madre por fin consiguió trabajo, y como él andaba con las notas bajas,  -porque al decir de la madre “la cabeza no le da”-, era más productivo que diera una mano en la casa que andar perdiendo el tiempo en el liceo.  A él tanto le daba…a sus catorce años era difícil que pudiera advertir lo importante que era renunciar a ejercer su derecho en el espacio educativo. En  verdad, -mejor-, pensaba. Se salvaría de madrugar, de aguantarse los rezongos de los profes, podría dormir y cuando regresara su madre a casa, a eso de las cinco o un poco más tarde, podría encontrarse con sus amigos del barrio. Total, la hermanita era muy tranquila, dormía de mañana y luego la llevaba a la escuelita, tenía que esperar para ir a buscarla y al fin se desligaría al llegar su madre.
La verdad que Yonathan es un buen chiquilín, pero tiene escasos recursos personales para poner en juego en la clase. Su papá es albañil y su madre, empleada doméstica y aunque es una familia bastante bien constituída, no ven en el estudio una posibilidad de desarrollo para sus hijos.  Es un chiquilín tranquilo que impresiona capaz,  pero seguramente será una capacidad latente si no encuentra una mano que fértilmente provoque su desarrollo. Si no se cruza con ese ser que pueda ayudar a que lo mejor aparezca en la superficie de su vida,  quedará ligado al destino familiar de tareas de fuerte esfuerzo físico y baja retribución. Será un mero reiterador de la historia familiar.


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Un equipo pequeño de profes junto a la Dirección y la psicóloga trabajan ardorosamente para traer otra vez al liceo a aquellos chiquilines que se fueron “cayendo” en el año. El resultado del “tiempo de los desencantos” suele ser fuerte,  tiene una aparente causalidad forjada en los problemas personales con un abanico inmenso de posibilidades, desde los que tienen que cuidar la casa y los hermanos, con lo que nos enfrentamos a los modos del trabajo infantil encubierto, hasta los que no tienen championes para venir al liceo, pasando por los problemas de disolución de las parejas parentales y la violencia en todos sus matices, tanto la doméstica como el acoso liceal.
La institución educativa como  cartografía de lazos de la que nos habla Frigerio, va perdiendo integrantes y por lo tanto chances de nuevos lazos, posibilidades de anudamiento y desanudamiento. Hay cierta anestesia en esa pérdida, en ese goteo sangrante que es una forma de selección aceptada. Hay sin embargo, por suerte, equipos docentes que reaccionan, que se rebelan, que no aceptan esa selección naturalizada.
Allí están ellos, el equipo liceal, intentando generar redes para dar soluciones, consiguiendo championes, ropa y materiales, procurando la participación de técnicos para abordar los problemas familiares, intentando conseguir un horario más extenso en las guarderías para  los pequeños , inventando soluciones para conseguir el regreso. Es destacable que lo logran en un número alto de situaciones, pero en verdad, también es claro que no logran ir más allá de ese regreso casi furtivo, ocasional, en un lapso limitado. Es que nada de lo institucional puede funcionar si dentro del aula no hay cambios, o al menos la disponibilidad para entender la importancia y el esfuerzo de todos invertido en este regreso. No hay nada que pueda hacerse si no es en equipo y en equipo en forma completa. Los llevan a la puerta del salón, procuran su ingreso al aula pero allí dentro, muchas veces la rutina reina, el día del escrito sigue siendo el día clave del mes, las prácticas se reiteran anestesiadamente y la expulsión vuelve a operarse. ¿Hay maldad en quienes operan de este modo? No, en absoluto. Hay unas prácticas que llevan muchas décadas de reiterarse una y otra vez,   hay una vida profesional de los docentes que deja poco tiempo para pensar, hay una incapacidad involuntaria de registrar al Otro, ese Otro que antes no llegaba a educación media.


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Yonathan está nervioso. Está volviendo al liceo… En la puerta del salón lo sorprende algún compañero que lo saluda con afecto, inesperadamente para él. Entra a clase.
-         - ¿A qué viniste? –la voz  del profesor de Física sonó estridente y dura. –Mirá que hoy hay escrito y no sé qué vas a hacer si hace como veinte días que no venís.



[i] Aleyda Fontana es Licenciada en Psicología , integrante por años de los equipos multidisciplinarios institucionales. Actualmente, se desempeña en el Centro de Recursos para alumnos ciegos y con baja visión. Es una profesional noble y comprometida , digno exponente del colectivo del que forma parte. 

6 comentarios:

  1. Conozco a la Madre y a la Hija, "un reconocimiento muy merecido"

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  2. Así es. Ambas forman parte del grupo de "las indispensables". Muchas gracias por leer y comentar

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  3. Una historia que nos conmueve y nos refleja....comparto!

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  4. Fue una fotografía, tu relato! Quiero pensar que lo es en blanco y negro... pero lamentablemente aún lo es virtual y a color! Estamos trabajando para ese cambio, con mucha fuerza, por muchas Aleydas!! Por muchos Yonathan incluidos!

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  5. Totalmente, Emy! Lo mejor, es que estoy segura, porque en muchos lugares ocurre, que es posible hacerlo, es posible romper la rutina, eliminar el piloto automático y trabajar para que todos los jóvenes tengan a su ritmo la oportunidad de aprender y encontrar en el liceo un espacio que dote de sentido su vida. Allí reside la capacidad profesional del docente, en esa construcción puntual, específica de un intercambio a medida. Muchos ya lo hacen, con total éxito, cosechando la satisfacción de proponer el antidestino

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  6. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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