Cada vez que circulo por la rambla y paso por la curvita a
la altura del Buceo, me asalta en forma espontánea, -sin proponérmelo, pero
también sin poder evitarlo-, la imagen de aquella familia. Es que los vi
tantas, tantas veces al atardecer cumplir aquel ritual maléfico, que no puedo
sacar de mi mente y mi corazón aquella reiteración constante de estampas casi
idénticas que se sucedían cada puesta del sol durante el verano. Cambiaban los colores del fondo, pero las
figuras y sus acciones eran las mismas.
Eran dos hermanos varones, -que se llevaban muy poquitos
años entre si-, la pareja aparentemente de padres y aquella delgadita y triste
adolescente, que luego devino joven y que no hacía más que servir al resto de
la familia. Ellos subían desde la playa, cada tarde que iba llegando a su fin
en medio de los colores matizados del sol poniente, y la silueta de ella,
esmirriada y desganada se recortaba contra el crisol, mientras se desplazaba en
forma constante, casi haciendo un surco, de la orilla al murito de la rambla,
arrastrando el balde con agua. La aguardaban impertérritos cada uno de los
miembros de su familia. La primera vez me quedé estupefacta, pero bien dicen
que las cosas a fuerza de repetirse se van volviendo naturales, y así fue
también, tristemente para mí. El
recuerdo no me exonera de haber sido también cómplice silencioso de aquella
muestra de servidumbre que se repetía como si una obligación inexcusable, casi
como si un designio de los dioses le
hubiera conferido realizar aquella tarea in eternum.
Cada verano culmina con el inicio del año lectivo. Es un
tiempo de movimientos, de descubrimientos, de mucha ilusión. Llegan nuestros
nuevos alumnos, sus hábitos, sus intereses, sus posiblidades y nuestra
creatividad para forjar ocasiones acordes a todos ellos, asegurándonos que
aprendan. Desde los primeros días de aquel año 2002, entre los recién llegados,
se destacó un estudiante de tono particularmente despectivo. Los profesores se
sorprendieron por el modo burlón, especialmente dirigido a las compañeras a
quienes prepoteaba en forma persistente y de quienes se burlaba insidiosamente.
Comenzamos a indagar sobre su situación en los antecedentes escolares y en los
datos que contenía la ficha. De las conversaciones que tuvimos con Daniel,
-portador de un aire de superioridad preeminente-, se desprendía
claramente una mirada machista del mundo.
De acuerdo a su relato, las compañeras eran unas exageradas, las profesoras
estaban nerviosas, las adscriptas eran muy sensibles. Sin duda para él, las
mujeres siempre estábamos equivocadas y en algún momento de la charla, pareció
desprenderse cierto dejo de sorpresa de su parte en relación a los
requerimientos que con respecto al tema del vínculo con las compañeras le
hacíamos. Solo que era tan pero tan hábil que supo disimularlo a tiempo como
para no generar mayores dificultades de las que ya había, ni instalar una
incomodidad mayor a la que reinaba.
Cuando conocimos a los padres, en dos o tres minutos de
charla, entendí todo. Entendí las reacciones de este joven varón que creía
–porque así se lo habían enseñado- que era superior solo por el hecho de ser
poseedor del sexo masculino. Una simple mirada del padre a la madre cuando
intentó hablar, me generó un escalofrío
cuyo estupor aún recuerdo. Recordé la figura sin vida recortada contra el cielo
multicolor que anuncia la llegada de la noche y no precisé nada más para
entender que tenemos que trabajar mucho para lograr relaciones mínimamente aceptables.
Mis ojos vuelven a ver el agua correr por los pies de los
hermanos. Seguramente Daniel había cambiado y ya no reconocía a aquel niño que
aguardaba pacientemente que le quitaran la arena, pero debo confesar que tampoco recuerdo con
mayor claridad aquellos rostros. Sin embargo, veo aquellos pies... Mis ojos vuelven
a ver el agua arenosa circular por la vereda y despeñarse por el orificio del
murito de la playa del Buceo. Vuelven a ver la escandalosa escena de la
esclavitud de quien por haber sido la hija concebida con anterioridad al
matrimonio,- la hija de otro, de un amor que no pudo o no quiso ser nada más
que instante-, esta pobrecita tenía que pagar el precio de limpiar los pies de
cada miembro de su familia como el
suplicio asignado por haber sobrevivido como testimonio de un tiempo de amor
fugaz. Vuelvo a ver con horror y aversión a aquella madre que pagaba el precio
del fragor adolescente, sumiendo a su joven hija a este vejamen de cada día. Me
pregunto si esta situación se hubiera dado del mismo modo si en lugar de niña, hubiera
sido varón. Y entiendo todo… entiendo por qué
vivimos en el mundo en el que vivimos, por qué es importante intervenir
a tiempo y desnaturalizar lo que no es natural y pienso -Pucha, cuánto nos queda aún por recorrer para ser
dignos…
Mejor descripción de una situación tantas veces ingratamente clonada, imposible!!! Mucho por hacer aún, recién se comienza a levantar la tapa de la olla!!! Gracias!!!!
ResponderEliminarHay que trabajar mucho, con los jóvenes y con las familias. Mi preocupación fundamental hoy es que existe un discurso correcto y una práctica que sigue siendo socavadora. Seguimos estando en un segundo plano y somos las propias mujeres las que alentamos en forma consciente o inconsciente para que esto sea así y los hombres sigan siendo los preeminentes. Queda mucho por hacer...ñ
ResponderEliminary trabajar como tu dices sobre nosotros mismos, nuestro machismo interiorizado, el oprimido que debe expulsar a su opresor de su psique, trabajar sobre nuestros mitos, miedos, sobre nuestros prejuicios, ser madres y docentes concientes de que somos la oportunidad liberadora, de ellas y de ellos, pues ambos géneros estamos privados de algo, nosotras tal vez relegamos autonomía y ellos sensibilidad, trabajar, trabajar pensando en que no tenemos la verdad de que construimos con el otro y no para el otro, trabajar recordándonos, como tu haces en el relato que tendemos a naturalizar los roles y así cristalizamos estereotipos. Permiso me gusta tu relato, tu forma amigable de sobre un cuento, una situación reflexionar y también tu forma de intervenir en la historia, de reconocer cosas por hacer, nunca culpas sino responsabilidades. Tu forma natural de mostrar como no reproducir. Felicitaciones y gracias, se lo voy a mostrar a mis hijos, con mi hija quise ser liberadora, en mi contexto algo logré, con mi hijo tb intento día a día respetar su sano sentimiento, ese instinto reivindicativo natural que el tiene y que le marca sus tiempos, ojalá sus vínculos con el género complementario lo vallan guiando hacia relaciones naturales de solidaridad y complementación, porque no quiero que se pierda la oportunidad de ser un hombre pleno. Pero a diferencia de que con mi hija sabía como romper estructuras y códigos limitantes, con mi hijo me resulta un desafío. Dicen que una madre trabajadora y que busca su camino profesional es una influencia positiva en materia de autoestima y autovalía para una hija mujer, pero cuando se trata de un varón esto cambia, por eso soy más precavida aún, si tienes algún consejo lo recibo de agrado.
ResponderEliminarAKGC.