Conocimos a Simón una mañana de fines de abril. Apareció después
que habían terminado de entrar al liceo todos los chiquilines del turno
matutino, como una sombra que se recortaba contra el resplandor de la puerta. Traía
en la mano, arrugadito, un papelito que era la boleta de inscripción que su
madre había realizado el día anterior.
De la charla inicial con él, quedaban claras algunas cosas: no
tenía mucha idea de cómo moverse en Montevideo, tenía miedo, se sentía
inseguro. Durante todo el día, buscamos información de él a través de su propio
relato y más tarde, a través del relato inquietante que hizo Sonia, la
adscripta del turno vespertino que había atendido a la madre el día anterior
cuando vino a inscribirlo. Por suerte, vivía a pocas cuadras, en un
apartamentito en Santiago Rivas, por lo que moverse por la ciudad, al menos
para ir y venir al liceo, no iba a requerirle más orientación que aprenderse el
camino por algunas calles y sostener el rumbo sobre sus propios pies. La
diferencia entre nuestro Montevideo y su Artigas natal era enorme y era
bastante natural que se sintiera indefenso en un mundo tan distante y tan distinto.
Ese día se quedó con nosotros. En verdad, tenía un lugar
asignado en el turno vespertino, pero según él mismo nos contó, la madre lo
mandó de mañana para ver si nos encontraban “distraídos” y le asignábamos algún
grupo. Igual, no valía la pena volver, -según sus propias palabras- en la casa
no había nadie.
Quizás fue ese día el que marcó en algo su buen vínculo con
todos nosotros, los adultos del liceo, una
buena relación que por suerte, seguiría
por siempre. Quizás la feliz casualidad de darnos cuenta que esa mañana había clase de
Educación Física de segundo año y la decisión de incorporarlo invitándolo a participar,
fue lo que permitió abrir una puerta a
su integración, que seguramente por ese motivo fue diferente. Además, Cecilia,
la profe, lo recibió de mil amores y como él no tenía indumentaria adecuada
para hacer ejercicio lo puso de “ayudante”. El mismo se presentó a los compañeros, -con un
hilito de voz- y colaboró llevando y colocando en su lugar los conos,
recogiendo las pelotas o tomando el tiempo de cada ejercicio y al final de cada
uno, haciendo sonar el silbato. Sin haberlo planificado, le dimos una gran mano,
y allí logramos que en un ratito, Simón conociera a los estudiantes del turno
vespertino que serían sus compañeros, más allá de su clase. Creo que fue una combinación de
circunstancias que le permitieron insertarse con tanta facilidad, que desde ese
día, asumió su lugar natural como
ayudante en la clase de Educación Física
de todos los segundos y fue aceptado por los compañeros con esa espontaneidad
inexplicable que dan las casualidades, permiten ejercer una fuerza motora en la
asignación de roles, que nadie más se anima a interpelar.
Pasó una buena parte del año y Simón seguía integrado, había desarrollado buenas habilidades
sociales pero nada más. La primera reunión de evaluación develó la cantidad de
asignaturas insuficientes que tenía y algunos comentarios de los profesores
sobre su condición. Todos coincidían en que era un muy buen muchacho,
colaborador, pero no se enganchaba nunca en la propuesta de la clase. No
estudiaba ni hacía tareas domiciliarias, ni entregaba las láminas de Educación
Visual y Plásica, aunque era muy buen dibujante, pero no cumplía. No había
trabajo en el hogar, ni de lectura, ni de búsqueda de materiales o realización
de tarea de ningún tipo.
Sonia, que era la única que conocía a la madre, desde aquel
incierto día de abril en que vino a inscribirlo, me comentó que no estaba
segura que valiera la pena llamarla. -¿Por qué?, le dije, incrédula, a lo que
ella me contestó fulminante, -¿Qué pensás de una madre que no quiere darte el
número de teléfono para ubicarla y que cuando a regañadientes te lo da te dice
que No la llames?. Sin palabras…
La verdad es que Simón, un chiquilín con buenas condiciones,
de corazón noble, colaborador, inteligente
y sensible, es víctima de un mundo adulto omiso, de un padre que no
comparece y de una madre que le entregó sus hijos a su propia madre y se fue de
la ciudad a reiniciar otra vida como si no hubiera tenido pasado o nada en él
que la ligara a las responsabilidades
más básicas, como la maternidad. Una historia tremenda sin tremendismos. Sin
grandes titulares, sin expresiones desgarradoras pero desgarrante en el día a
día del abandono silencioso de los adultos. Creo que quiero salvar a la abuela,
que habiéndose hecho cargo de sus cuatro nietos, fue invitada por su otra hija
a pasar un par de meses en Estados Unidos y recurrió a la madre de los niños
como responsable de ellos para poder tener la libertad de viajar. Ese era el
motivo por el que Simón y sus hermanos terminaron viviendo en Montevideo.
La madre de Simón, amnésica de su pasado, consiguió un
trabajo “de muchas horas”, razón que arguyó cuando se le preguntó
telefónicamente porqué no podía venir al liceo, pero además tenía una pareja
que vivía en la Ciudad Vieja, por lo que, al salir de trabajar se iba para allí
y no regresaba a su casa. Todos, Simón y dos hermanos más chicos se quedaban a
cargo de una hermana de un par de años más grande que Simón.
Muchas veces me pregunto sobre el lugar de los adultos en
nuestro mundo. Me pregunto sobre la facilidad de procreación y la incapacidad
para acompañar responsablemente a estas nuevas vidas que traen al mundo. Hay un
vacío enorme en la respuesta. Hay una cantidad de excusas y un sinfín de
pretextos que se enumeran sin sentido.
Ellos quedan solos.
A la intemperie, a cielo descubierto, aunque tengan techo,
no tienen hogar.
Demasiado buenos son.
Lo veo como ex-docente, lo analizo como ex-estudiante de Ciencias Sociales; y no hay caso, sigo sintiendo el tremendo puñetazo en el estómago que me dio la "simple realidad".
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