viernes, 10 de junio de 2016

Los sonidos de Tambores.


Salimos de Tres Cruces un poco antes de las seis de la mañana, con los ojos chiquitos, casi pegaditos por el sueño pero con muchas ganas de ver en las tierras de Tacuarembó algunas pruebas confirmatorias  de que educar vale la pena y que la polifonía puede ser una realidad. Salimos juntas, como tantas otras veces, cada una con su caudal de sueños a cuestas,  Reyna, Nelly y yo. Cada una con su historia propia en su mochila,- pero portando la mochila común de los sueños y las convicciones compartidas-.
Nos esperaba un salón poblado de jóvenes y docentes, de vecinos y miembros de la sociedad civil pertenecientes a los trece liceos del departamento. El evento fue vigorosamente convocado por Leticia, la Referente del Espacio de Participación, que cálida y firme tiende su mano tierna a cuantos van llegando, inclusive a nosotras. Y se para con la fuerza  sólida de quien viene sostenido por la tarea previa, aportando conceptos, promoviendo redes, provocando acciones. Y nos envuelve, nos involucra y también, por momentos, su discurso nos emociona. 
Reyna saca una y otra vez a relucir su calidad de orientadora técnica, y nos enseña reglamentos,  artículos, circulares, en fin, normas, esas que tantas veces nos cuesta cumplir porque nos constriñen pero que también garantizan nuestros derechos, en tanto que  Nelly abre el abanico de su experiencia y pregunta con acierto, completa ideas mientras paga pasajes, confirma datos y se asegura que todo esté en orden…Yo me conmuevo con este vértigo de ideas y reclamos, de alegría y preocupación, de sabiduría y exploración que este espacio me propone. Pero nada me conmueve más que lo que al final me dice Heber. 
Heber López es un alumno del liceo de Tambores. Vino con otra compañera y con un profe sereno que plantea un interesante trabajo sobre violencia de género. Cualquier observador desprevenido podría pensar a primera vista, que Heber tiene más edad que la que verdaderamente tiene, por el porte robusto, la barba, pero sobre todo por el vocabulario que usa, el tono de su voz, el elegante y adecuado uso de las pausas.  Su discurso impresiona. El afirma que a medida  que los alumnos circulan por el liceo, van perdiendo a los padres. Heber participa junto a su profe con una solidez de tal magnitud que bien podría pensarse que es un profe y no un alumno. Llama la atención  sobre todo su tono, su seguridad, el volumen adecuado de su voz, que convoca la atención de los presentes en el amplio salón que se silencia para darle paso.
Cuando todo termina y van saliendo, nosotras tres -Reyna, Nelly yo-, quedamos casi en fila antecediendo la puerta para dar  los besos de despedida como en los cortejos que se hacían en los cumpleaños de quince de antaño. Al acercarse Heber,  me atrevo a preguntarle en qué año está 
-En sexto, me dice, y yo agrego
-Qué bueno y por supuesto que vas a seguir estudiando, le digo.
Si, me dice con la firmeza que da una decisión ya acuñada hace tiempo, -Voy a ser cura.
Yo exhalo un Ahhh, de sorpresa, porque me resultó inesperado el rumbo y él inmediatamente agrega:
-Yo sabía que en algún momento me iba a cruzar con gente como ustedes que sabe que un liceo es mucho más que una fábrica para hacer trabajadores. 

No olvidaré jamás esas palabras. Muchas veces vienen a mi cabeza  una y otra vez, cuando en la problematización sobre el sentido de la educación en la vida del ser humano, caemos en la tentación de pensar en el trabajo como actividad que ocupa la mayor parte del tiempo de la vida. Es intensamente cimbroneador escuchar a un joven que reclama el lugar de la educación como una oportunidad para  el desarrollo completo de lo humano… A no olvidarlo…

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