domingo, 5 de junio de 2016

(Con) Vocación

Estaba esperando frente al mostrador de una tienda cuando un “Hola profe” detrás de una sonrisa inconfundible, me llevó de un sacudón quince o quizás, dieciséis años atrás. La recuerdo perfectamente, con sus quince años nuevitos, sentadita en los bancos del medio del salón, junto a su inseparable amiga. Pelo largo, rizado y rubio, sonrisa a flor de piel, ternura constante.
-  ¿Cómo estás, corazón? Le digo y ella me contesta – ¿ te acordás de mi?...¡Cómo no hacerlo! Me acuerdo con profunda nitidez de las charlas con aquel grupo encantador con el que disfrutábamos mutuamente el encuentro educativo tres veces por semana en los salones del liceo 14.
-No me acuerdo de tu nombre, pero puedo describirlo todo de aquel tiempo, -le digo- ¿Cuánto hace? ¿Cuántos años tenés? –Tengo 32 y me llamo Adriana. Vos me decías Rulitos. – ¡Cierto! Ahora me acuerdo, tu amiga se llamaba Fabiana, ¿verdad?  –Si y todavía cada tanto nos vemos. Ahora menos porque ella tuvo un bebé y cuesta más salir cuando sos mamá. – Claro, -le  digo-, y  sin poder resisitir la tentación de conocer qué pasó con aquel promisorio futuro educativo, le pregunto  - ¿y a qué te dedicás? – Y…soy colega tuya, estoy dando clase. – ¡Qué alegría! – no pude controlar la satisfacción narcisista que la sospecha de haber incidido de algún modo en aquella decisión de ser docente, me generaba-.  ¿De qué?  - De dibujo.
 Y ahí comienza  a narrar toda la historia.  Me cuenta que desde cuarto año de liceo quería hacer el profesorado de Dibujo, pero que sus padres pusieron el grito en el cielo. Que profesora mejor no, que te vas a morir de hambre, que te vas a pasar de un lugar a otro corriendo para dar clase. Que no te conviene, que te conviene hacer una carrera que te permita ser independiente. Que sería lindo que fuera Arquitecta. Y bueno… fue Arquitecta. Yo la recuerdo como buena alumna, dueña de las dos cualidades que constituyen una combinación perfecta para prosperar en los estudios: aplicada y lúcida. Portadora de un buen caudal de inteligencia era también muy trabajadora.  Me contó que hizo la carrera de Arquitectura, con el sacrificio natural pero sin dolorosas dificultades y que finalmente la culminó para darle el gusto a la familia y que  logró llegar a la meta porque mientras hacía la carrera, se enteró de un llamado abierto para dar clases en secundaria, que fue lo mejor que le pasó en la vida. Y fue muy intensa al contarme que no solo el trabajo la salvó para permitirle un pasar económico mientras terminaba su formación, señaló claramente que fue el motor emotivo, el sostén de alegría que le permitió llegar a la meta. Y  tanto, que ahora está estudiando profesorado y no trabaja de Arquitecta, sencillamente porque no le gusta, no le interesa.
Nos despedimos con un abrazo enorme, sabiendo que pronto nos encontraremos porque la vida de los profes es así,  nos encontramos y desencontramos  inesperadamente en diversos puntos del camino. Seguramente un liceo será escenario propicio para un nuevo apretón amoroso que anude el pasado con el presente.
Después del abrazo conmovedor con aquella mujer treintona en cuya vida de algún modo participé al punto de dejar el recuerdo duradero tantos años después,  me quedé pensando en lo que dijo de los padres y en el lugar que nuestra sociedad nos adjudica a los docentes. El discurso circulante, correcto, nos pone en el lugar abnegado de la entrega a los otros, del loable apostolado, de la incansable y casi heroica actividad pero cuando llega la hora de que la entrega la haga el hijo propio, la familia protesta, trata de inhibir la decisión, sigue apostando por carreras más prestigiosas. No sé si por suerte o por desgracia pero ya está comprobado que cuando la vocación docente abraza, es casi como un designio de los dioses, absolutamente inevitable por muchos obstáculos que se interpongan. Es triste pensar que en lugar de luchar para que la profesión docente, -de la que derivarán las posibilidades de desarrollo de todo el colectivo-, sea prestigiosa, reconocida, valorada, cada uno juega el papel de “sálvese quien pueda”, intentando impedir que los miembros de su familia sean docentes, en lugar de poner la energía en la transformación necesaria.
La sociedad se sostiene gracias a la tarea que hacemos los docentes cada día, traspasamos el legado y producimos humanidad permitiendo que cada uno de nuestros alumnos recomponga su identidad construyendo su propio horizonte. Es tiempo de salir de la esfera discursiva.

Sin lugar a dudas, el egoísmo prevalece. Queda todavía mucho por hacer.  

1 comentario:

  1. Cuántas/os Rulitos en este mundo, como fallamos los padres a veces queriendo lo mejor para nuestros hijos (no lo dudó en esos padres aunque no lo comparta, claro!) y qué importante la fuerza vocacional del docente... Te lo dice una QF que no ejerce!!! 👏🏽👏🏽👏🏽 por Rulitos!!!!

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