Estaba esperando
frente al mostrador de una tienda cuando un “Hola profe” detrás de una sonrisa
inconfundible, me llevó de un sacudón quince o quizás, dieciséis años atrás. La
recuerdo perfectamente, con sus quince años nuevitos, sentadita en los bancos
del medio del salón, junto a su inseparable amiga. Pelo largo, rizado y rubio,
sonrisa a flor de piel, ternura constante.
- ¿Cómo estás, corazón? Le digo y ella me
contesta – ¿ te acordás de mi?...¡Cómo no hacerlo! Me acuerdo con profunda
nitidez de las charlas con aquel grupo encantador con el que disfrutábamos
mutuamente el encuentro educativo tres veces por semana en los salones del
liceo 14.
-No me
acuerdo de tu nombre, pero puedo describirlo todo de aquel tiempo, -le digo- ¿Cuánto
hace? ¿Cuántos años tenés? –Tengo 32 y me llamo Adriana. Vos me decías Rulitos.
– ¡Cierto! Ahora me acuerdo, tu amiga se llamaba Fabiana, ¿verdad? –Si y todavía cada tanto nos vemos. Ahora
menos porque ella tuvo un bebé y cuesta más salir cuando sos mamá. – Claro,
-le digo-, y sin poder resisitir la tentación de conocer
qué pasó con aquel promisorio futuro educativo, le pregunto - ¿y a qué te dedicás? – Y…soy colega tuya,
estoy dando clase. – ¡Qué alegría! – no pude controlar la satisfacción
narcisista que la sospecha de haber incidido de algún modo en aquella decisión
de ser docente, me generaba-. ¿De qué? - De dibujo.
Y ahí comienza
a narrar toda la historia. Me
cuenta que desde cuarto año de liceo quería hacer el profesorado de Dibujo, pero
que sus padres pusieron el grito en el cielo. Que profesora mejor no, que te vas a morir de hambre, que te vas a
pasar de un lugar a otro corriendo para dar clase. Que no te conviene, que te
conviene hacer una carrera que te permita ser independiente. Que sería lindo
que fuera Arquitecta. Y
bueno… fue Arquitecta. Yo la recuerdo como buena alumna, dueña de las dos cualidades
que constituyen una combinación perfecta para prosperar en los estudios: aplicada
y lúcida. Portadora de un buen caudal de inteligencia era también muy
trabajadora. Me contó que hizo la
carrera de Arquitectura, con el sacrificio natural pero sin dolorosas dificultades
y que finalmente la culminó para darle el gusto a la familia y que logró llegar a la meta porque mientras hacía
la carrera, se enteró de un llamado abierto para dar clases en secundaria, que
fue lo mejor que le pasó en la vida. Y fue muy intensa al contarme que no solo
el trabajo la salvó para permitirle un pasar económico mientras terminaba su formación, señaló claramente que
fue el motor emotivo, el sostén de alegría que le permitió llegar a la meta. Y tanto, que ahora está estudiando profesorado y
no trabaja de Arquitecta, sencillamente porque no le gusta, no le interesa.
Nos
despedimos con un abrazo enorme, sabiendo que pronto nos encontraremos porque la
vida de los profes es así, nos
encontramos y desencontramos
inesperadamente en diversos puntos del camino. Seguramente un liceo será
escenario propicio para un nuevo apretón amoroso que anude el pasado con el
presente.
Después del
abrazo conmovedor con aquella mujer treintona en cuya vida de algún modo
participé al punto de dejar el recuerdo duradero tantos años después, me quedé pensando en lo que dijo de los
padres y en el lugar que nuestra sociedad nos adjudica a los docentes. El
discurso circulante, correcto, nos pone en el lugar abnegado de la entrega a
los otros, del loable apostolado, de la incansable y casi heroica actividad
pero cuando llega la hora de que la entrega la haga el hijo propio, la familia
protesta, trata de inhibir la decisión, sigue apostando por carreras más
prestigiosas. No sé si por suerte o por desgracia pero ya está comprobado que
cuando la vocación docente abraza, es casi como un designio de los dioses,
absolutamente inevitable por muchos obstáculos que se interpongan. Es triste
pensar que en lugar de luchar para que la profesión docente, -de la que
derivarán las posibilidades de desarrollo de todo el colectivo-, sea prestigiosa,
reconocida, valorada, cada uno juega el papel de “sálvese quien pueda”,
intentando impedir que los miembros de su familia sean docentes, en lugar de
poner la energía en la transformación necesaria.
La sociedad
se sostiene gracias a la tarea que hacemos los docentes cada día, traspasamos
el legado y producimos humanidad permitiendo que cada uno de nuestros alumnos
recomponga su identidad construyendo su propio horizonte. Es tiempo de salir de
la esfera discursiva.
Sin lugar a
dudas, el egoísmo prevalece. Queda todavía mucho por hacer.
Cuántas/os Rulitos en este mundo, como fallamos los padres a veces queriendo lo mejor para nuestros hijos (no lo dudó en esos padres aunque no lo comparta, claro!) y qué importante la fuerza vocacional del docente... Te lo dice una QF que no ejerce!!! 👏🏽👏🏽👏🏽 por Rulitos!!!!
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